Condecoraciones del Tercer Reich vol.1 – Gregorio Torres

56 páginas
Muy ilustrado
24 x 17 cm.
Editorial Galland books
2009

Encuadernación rústica cosido
Precio para Argentina: 60 pesos
Precio internacional: 12 euros

Desde mucho antes del comienzo de la II Guerra Mundial el gobierno de Adolf Hitler había puesto en marcha una campaña para adaptar la estética de las fuerzas armadas alemanas al ideario nacionalsocialista. Ello incluyó la modernización de la uniformidad, la adición de la heráldica nazi a las banderas, distintivos y emblemas de las diferentes armas y unidades, e incluso la modificación de las condecoraciones de mayor tradición en la historia militar germana, introduciéndose nuevos premios y distinciones que vinieron a engalanar los flamantes uniformes de una Wehrmacht que se había reconstruido a marchas forzadas.

Con la llegada de la contienda de 1939 y su posterior prolongación durante casi seis años, el número de medallas, órdenes y distintivos se disparó, creándose un rico y complejo catálogo de premios que en su día sirvieron para dar motivación a las tropas y que hoy son el objetivo preciado de coleccionistas e inversores de todo el mundo.

En esta primera parte se estudian las condecoraciones otorgadas a la Legión Cóndor, así como la Cruz de Hierro en todas sus variantes, las condecoraciones y distintivos generales de la Wehrmacht y condecoraciones conmemorativas de campañas.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

LOS PREMIOS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA LA CRUZ DE HIERRO

CONDECORACIONES Y DISTINTIVOS GENÉRICOS DE LA WEHRMACHT

CONDECORACIONES CONMEMORATIVAS DE CAMPAÑAS

Escritos Políticos Completos – Rodolfo Irazusta

1405 págs.
Tomo I: 447 páginas (1927-1930) “La Nueva República” – Criterio – Baluarte
Tomo II: 458 páginas (1931-1941) La Nueva República – Criterio – Nuevo Orden – Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas
Tomo III: 500 páginas (1941-1959) Nuevo Orden – La Voz del Plata – Partido Libertador – unión Republicana – La Voz Republicana – Azul y Blanco –  Discursos – Conferencias – Reportajes
Editorial Independencia
1993, Argentina
Precio para Argentina: 140 pesos (3 tomos)
Precio internacional: 28 euros 
(3 tomos)

Rodolfo Irazusta inicia la revisión de las ideas políticas en el país; es el primer laico que en este siglo defiende la religión Católica y a su Iglesia; comienza el revisionismo histórico; formula una apasionada interpretación critica de la Constitución nacional; es él fundador del nacionalismo argentino y su máximo exponente, ocupándose permanentemente de los problemas del país que constituyeron la preocupación fundamental de su vida.
Aunque en algunos casos parezcan repetitivos, no hubo repetición en sus escritos, hubo coherencia en sus ideas y en su apreciación de la realidad del país, pues desde que comenzó a escribir, en diciembre de 1927, hasta que murió, en julio de 1967, la Argentina fue un país dependiente, esto es, una colonia. Y es muy triste tener que afirmar que lo sigue siendo.
Es un misterio por qué Dios regaló a la Argentina dos personalidades de la talla de los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta; político genial, uno, y eminente historiador el otro. ¿Es posible que se pierda ese servicio público de ambos, realizado con generosidad, abnegación y sacrificio, sin poner remedio a la decadencia que, desde 1852, sufre el país, y que en la actualidad amenaza con su disolución?
Esta recopilación es un acto de justicia hacia la persona de Rodolfo; e intenta ser también el medio para que los argentinos conozcan sus ideas, su acción, sus escritos, que contienen el diagnóstico acertado de la enfermedad que mata a la Argentina, y, además, las soluciones para su curación y su salvación. ¡Que así sea!

ÍNDICE TOMO I

Escritos en:
La Nueva República – Criterio – Baluarte

 

Prólogo             7
Rodolfo Irazusta (Testimonio personal),
por Félix S. Fares        11
Nuestro programa        48
La presidencia             52
La jerarquía en las funciones del Estado          54
La política. – I. Los orígenes de la crisis agra­ria. – II. La campaña presidencial. – III. El precio de la deslealtad. – IV. Una evocación ..    56
La política. – I. Los orígenes de la crisis agra­ria. – II. Impuestos confiscatorios. – III. La campaña presidencial                60
La campaña presidencial. – Nicaragua              64
La política. – I. Orígenes de la crisis agraria. -II. La campaña presidencial. – III. Meló en Cuyo. – IV. La conjuración del silencio                69
La política. – I. La conferencia de La Habana. -II. Los servidores del soberano. – III. La cam­paña presidencial               73
La política. – I. El escándalo. – II. El verda­dero culpable. – III. “La emboscada del cuarto oscuro”    78
La política. – I. Los frigoríficos y la democra­cia. – II. Han ganado las ciudades. – III. Los de­fensores del orden. – IV. El cuesta bajo liberal    82
La política. – I. El federalismo y la democra­cia. – II. La campaña presidencial. – III. Los socialistas de veras. – IV. Quedan los cuadros extranjeros                86
—    La política. – I. Revisión constitucional. – II. El escrutinio. – III. El partido Nacionalista. – IV. El semanario    90
La política. – I. Los fondos electorales. – II. Gobierno y Jurisprudencia. – III. El escrutinio ..    94
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. El artículo 1º. – III. Las condiciones de un partido nacional. – IV. Ibero-américa              98
La política. – I. El aniversario de la Constitu­ción. – II. La democracia no está en la Consti­tución. – III. Las condiciones de un partido nacional               105
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. La revolución en las puertas del Senado. – III. Nacionalismo imperial               112
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. La conquista espiritual. – III. “La generosidad democrática”. – IV. Cesarismo   118
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. La democracia en acción. – III. Los verdaderos culpables                125
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. La propaganda de las sectas. – III. Las ventajas de la ideología. – IV. Las órdenes del soviet                131
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. El socialismo y la Iglesia. -III. La formación de un partido nacional….   138
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. La conquista espiritual. – III. El debate    143
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. El régimen del derroche. -III. La defraudación. – IV. El triunfo del senado 150 La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. La democracia como fin. -III. Bajo la impresión de una derrota. – IV. El mensaje              156
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. La democracia como fin. – III. La ubicación. – IV. La verdadera política 164
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. El fracaso de nuestra diplomacia. – III. La huelga de Rosario                173
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. Un asesinato más. – III. Sagarna tiene estudio propio      179
La política. – I. La vicepresidencia. – II. El caso constitucional. – III. La encuesta. – IV. Nuestra opinión. – V. República y democracia         184
La política. – I. La convención. – II. La elección presidencial. – III. La residencia. – IV. La cre­ciente        191
La política. – I. La democracia no está en la Constitución. – II. El escrutinio. – III. La propia seguridad                196
La política. – I. La asamblea. – II. El ladrón. – III. La defensa del ciudadano       201
La política. – I. La celebración de la paz con el Brasil. – II. El triunfo de los intereses particu­lares. – III. Rumbo a la izquierda. – IV. Un discurso de Carlés      206
La política. – I. La paz perpetua. – II. Las jubi­laciones. – III. La celebración de la paz con Brasil             214
La política. – I. El homenaje a Rawson. – II. Los favoritos del régimen. – III. El cínico. – IV. “Un loco argentino”              219
La política. – I. La labor legislativa. – II. El otro proyecto. – III. La conferencia de Vandervelde. – IV. Fin de fiesta           226
La política. – I. “Como se formó el país argen­tino”. – II. La intervención a San Juan. – III. La labor legislativa      235
La política. – I. La intervención a Mendoza. – II. El subsidio para la Caja de Jubilaciones. –
III. El presupuesto. – IV. La invitación de la Liga. – V. Al servicio del privilegio. – VI. Contestación a un regalo       241
La política. – I. El final de la legislatura. – II. Los disfrazados. – III. Unidad de acción gubernamental                  249
Juicio de residencia a los gobernantes del período 1922-1928           256
La política. – I. El 12 de octubre           265
Programa de gobierno de “La Nueva República”  267
Las funciones del Estado        283
La posesión de las Orcadas               285
La política. – I. El federalismo en la democracia. – II. Rubor demagógico         287
La política – I. La democracia no está en la Constitución. – II. La ascensión al imperio. –
III. Los resultados de la ideología. – IV. Independencia gubernamental    290
La política. – I. La huelga política. – II. Imperialismo sin ambajes. – III. “El mal de la democracia”           297
La política. – I. El licenciamiento de conscrip­tos. – II. Garantías para el trabajo. – III. Abstención acertada. – IV. Las elecciones municipales. – V. La reacción             305
La política. – I. Nuestro aniversario. – II. La redención de las colonias. – III. La utilidad de la intervención           314
La política. – I. La intervención a Santa Fe. – II. El presidente y el comicio. – III. Una confirmación auspiciosa                320
La política. – I. El conflicto del Chaco. – II. El centenario de la tragedia de Navarro. – III. El huésped. – IV. La sobra sobre el fuerte………   326
La política. – I. El triunfo de la paz. – II. La elección municipal. – III. La complicidad. – IV. Las vacaciones          333
La política. – I. La paz difícil. – II. La intervención a Mendoza. – III. Las vacaciones        339
El conflicto del Pacífico. – I. Solución parcial. – II. La Etiopía americana. – III. La solución continental                 344
La política. – I. Retorno tardío. – II. La indig­nidad de los tiempos presentes. – III. El pro­tector de los humildes. – IV. El criterio eliminatorio. – V. Las garantías de la ley. – VI. El silencio               347
La cuestión del Pacífico y la Argentina. – I. Paralelismo diplomático. – II. La cuestión del Pacífico. – III. Bolivia entre el Atlántico y el Pa­cífico. – IV. La Argentina y los Estados Unidos. -V. El hábil juego de la diplomacia chilena ….   354
El precio del liberalismo         360
La política. – I. El problema de la actualidad. – II. Directivos y directivas. – III. Yrigoyen. – IV.
El interinato. – V. El cesarismo. – VI. La reacción. – VII. La retrogradación              365
El caso de Entre Ríos             375
La política. – I. El relajamiento de la autori­dad. – II. Discernimiento necesario. – III. Las ferias de concentración. – IV. – El atentado. – V. Aclaración              378
La política. – I. Ernesto Torquinst y Cía. – II. El destino de las revoluciones. – III. El gobernador de los caminos            384
La política. – I. El presidente y el pueblo. – II. La dificultad de la revolución. – III. Bolivia y nosotros                  390
La política. – I. El centenario de la Independen­cia oriental. – II. El liberalismo y las Provincias Unidas. – III. El triunfo del Brasil. – IV. Los ideólogos y la política. – V. Consecuencias eco­nómicas de la segregación. – VI. La vinculación social. – VII. El futuro…….. 395
La política. – I. La seguridad pública. – II. Delincuencia y represión. – III. Democracia y re-
pública. – IV. La política internacional        404
La política. – I. El Panamá cordobés. – La moral del 90. – III. La moderna combatividad. – IV. Combatividad argentina. – V. Imposible razonar 411 La política. – I. La visita del príncipe. – II. Falta de gobierno, falta de voluntad. – III. Cesarismo y urbanismo. – IV. El poder de la mayoría               417
La política. – El desafío. – II. Solución política. -III. Actualidad del federalismo. – IV. Actitud de la oposición       424
Función histórica del gobernador de Entre Ríos 429 La política. – I. Política interior. – II. San Mar­tín y Artigas. – III. Enseñanza religiosa. – IV. La crisis económica. – V. Inglaterra y el pro­greso argentino. – VI. Dependencia comercial. VII. Necesidad de gobierno. – VIII. Incapaci­dad de la oposición. – IX. “Viva la revolución”. – X. Desvarios

ÍNDICE TOMO II

Escritos en:
La Nueva República – Criterio – Nuevo Orden – Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas

La política. I. La restauración del orden. – II. El estado y la milicia. – III. El estado y la socie­dad. – IV. El hecho consumado. – V. El jefe. – La caída        7
La política. I. Nuestras previsiones. – II. La fe en el pueblo. – III. Derrota de las facciones. – IV. Política de paz. – V. La restauración del presti­gio. – VI. La reacción. – VII. Partidos nacionales    12
La política. I. El orden del 53. – II. Responsabilidad. – El estado de sitio            18
La política. I. El manifiesto del gobierno. – II. Los términos del manifiesto. – III. El interés “superior”. – IV. La opinión del país. – V. El pensamiento del gobierno     23
La política. I. Quien triunfó el 6 de setiembre. – II. Destellos de luz. – III. El vehículo de la voluntad nacional. – IV. Sistemas electorales. – V. El escrutinio de lista. – VI. Proporcional y circunscripcional. – VII. La lista incompleta        28
La política. I. El espíritu de justicia. – II. Sincronismo. – III. La independencia judicial. – IV. Un constructor           37
La política. – I. Consideraciones setembrinas. – II. La libertad de prensa. – III. Gobierno de
hecho y justicia de derecho. – IV. La revolución y el orden. – V. Colaboración        43
La política. I. El fruto de la experiencia. – II. El fracaso de dos generaciones. – III. La recua. –
IV. Incompatibilidades. – V. El aniversario de “La Prensa”             49
La política. I. Los principios contra la Nación. – II. Por qué queremos la dictadura. – III. Las elecciones en los Estados Unidos    58
La política. I. La revolución americana. – II. Brasil y Argentina. – III. Una gran manifestación
de inteligencia. – IV. La locura pacifista      65
La política. I. La inspiración del gobierno. – II. Cómo se traduce esa inspiración. – III. La función esencial          73
La política. I. La defensa de la producción na­cional. – II. Los inconvenientes de la protección. – III. Actitud de guerra civil                78
La política. I. El escándalo universitario. – II. La cuestión social y las elecciones. – III. Autoridad
y popularidad. – IV. Una ley injusta. – V. El aniversario      83
La política. I. El orden de la calle. – II. La re­nuncia del rector. – III. La unidad política ….    90
La política. I. Los dos caminos. – II. Los emigrados. – III. La ayuda a los agricultores     95
La política. I. La plutocracia según “La Prensa”. –
II. Lucha de influencias            101
La política. I. Año nuevo. – II. La República Argentina y la Liga de las Naciones. – III. Una solución para la crisis           106
La política. I. La justicia en la provincia de Buenos Aires. – II. Las instituciones y los hombres  113
La política. I. La reforma constitucional. – II. El refugio de la emigración. – III. La jubilación
del ingeniero Canale       119
La política. I. Contragolpe geográfico. – II. ¡Aquellos tiempos! – III. La política patagónica   126
La política. I. La reforma constitucional. – II. La reacción           130
Formación de los poderes de la república. I. La soberanía. – II. El voto. – III. Distribución de las
funciones sociales. – IV. Cómo se puede formar gobierno sin sufragio universal. – V. Separación clásica. – VI. Composición del Senado. – VII. La representación popular. – VIII. Las provincias. –
IX. El municipio               135
La política. I. La alianza británica. – II. El auxilio de la memoria             148
La política. I. El miedo del liberalismo. – II. Las facultades dictatoriales            154
La política. Declaración           159
La política. I. La alianza. – II. El socialismo y el librecambio. – III. Un discurso del general Justo.
– IV. La libertad electoral              166
Notas políticas. I. La normalidad deseada. – II. Los partidos y el mal gobierno. – III. Utilidad de la revolución. – IV. Restauración conservadora ..   172
Notas políticas. I. Actitud revolucionaria. – II. La revolución y el gobierno. – III. El régimen de los partidos        176
Notas políticas. I. Plebiscito obligatorio. – II. Elección directa. – III. El discurso de Laurencena  180
Notas políticas. I. La anulación de las elecciones bonaerenses. – II. La farsa aliancista            185
Notas políticas. I. El Día de la Raza. – La dictadura en Alemania          188
Notas políticas. I. El estado de la opinión. – II. La renuncia del señor Alvear    192
Notas políticas. I. Imposibilidad de un gobierno conservador. – II. La alianza con el antipersonalismo. – III. La derivación hacia el socialismo. – IV. Retroceso socialista. – V. Coincidencias prácticas. – VI. La solución  195
Notas políticas. I. Utilidad de los hombres de negocios          200
Notas políticas. I. “Política criolla”. – II. “Barbarie política”         203
Notas políticas. I. Animo destemplado. – II. Em­pecinamiento faccioso. – III. El sistema homi­cida. – IV. La necesidad de la concordancia ….   206
Notas políticas. I. El alcance de la revolución. -II. La revolución y la ley. – III. La ley pareja. – IV. Un hombre insaciable               210
Notas políticas. La profesión del candidato     214
Notas políticas. I. Vuelco de la situación. – II. La jurisprudencia del veto. – III. El estado de sitio  217
Notas políticas. – I. Savwlasky-Born. – II. Un precedente funesto          221
Notas políticas. I. La obsesión electoralista. – II. La abstención            225
Notas políticas. I. Normalidad revolucionaria. -II. La ley Sáenz Peña y la revolución. – III. El veto y la ley Sáenz Peña               228
Notas políticas. I. Serenidad difícil. – II. La alianza y el gobierno          232
Notas políticas. I. La abstención. – II. El documento abstencionista. – III. La alianza y el gobierno   235
La política. La filiación histórica           239
Notas políticas. I. El hecho y el derecho. – II. El favorito          244
Notas políticas. I. El tonus gubernamental. – II. La remuneración al parasitismo            247
Notas políticas. I. La amistad y el parentesco. – II. La independencia del gobernante               250
Notas políticas. I. El Dr. de la Torre opositor. – II. Elecciones libres     253
Notas políticas. I. La representación de los territorios. – II. La inercia estadual              257
Notas políticas. I. La moralidad electoral. – II. La moral y las doctrinas políticas. – III. El plebiscito del 8            260
Notas políticas. I. El yugo. – II. La estética liberal  264
Notas políticas. I. Conclusiones de la campaña. – II. El despechado    270
Notas políticas. I. La voluntad del soberano. – II. El ideal colmado       274
La riqueza petrolífera va a ser enajenada a un monopolio yanqui. La Standard Oil es la beneficiaría del estupendo despojo                       277
Las críticas al tratado                       279
Aclaración sobre la democracia                   283
Las falsas adaptaciones                  290
La introducción del fascismo                       296
La conjuración antiargentina                         300
La política británica en el Río de la Plata
Comentarios políticos. Significado de la ley de emergencia. – Las libertades del liberalismo ante
la democracia. – Mayoría, libertad. – Los partidos Comentarios políticos. I. La voz del buen sentido. – II. El radicalismo y la política internacional. – III. El lenguaje de la diplomacia norteamericana
Comentarios políticos. I. Una lección de política. – II. Evolución y continuidad en la política
argentina. – III. La experiencia de nuestros políticos. – IV. El cambio de equipo
Comentarios políticos. El proyecto Gancedo. Un defensor del capitalismo. La política del tero …
Comentarios políticos. I. La responsabilidad política. – II. El régimen en peligro. – III. Los armamentos
El nuevo gobierno. I. La continuidad guberna­mental. – II. Las cadenas del Estado. – III. Un ministerio de guerra. – IV. Los coloniales crudos. – V. La dirección de la economía        328
La voz de la reflexión             332
Comentarios políticos. I. La convención radical. – II. La adquisición de armamentos. – III. La visita
del lord               335
Comentarios políticos. I. El final del período parlamentario. – II. El negocio de la Cade            339
La defensa del régimen          343
La intervención en Buenos Aires y las compañías de electricidad. – I. Política personal. – II. El escollo capitalista        347
Opiniones sobre la guerra y sus consecuencias  350
La política de nuestra economía. I. Una reputación y su fundamento. – Las confesiones del Dr. Pinedo. – III. La inflación disfrazada. – IV. El expediente del crédito. – V. Las medidas necesarias              354
Las llaves del estuario            359
La cuestión de las bases        363
Variaciones sobre las bases navales              366
Tres aspectos de un mismo asunto. I. La sor­presa de lord Willingdon. – II. La negociación financiera en Washington. – III. El traspaso de la política tradicional inglesa a los Estados Unidos. – IV. Las postergaciones del Dr. Roca                     369
El triunfo de nuestra tesis                 375
Reactivación financiera y sometimiento colonial       378
Solidaridad rioplatense                    382
“El gran dictador” y “Petróleo”                     384
Un debate indiscreto en diputados              387
La guerra y nosotros                       389
La libertad de prensa                      394
Trascendencia de la hora presente              398
El Dr. Ortiz y el conflicto institucional                        403
Las corrientes de opinión en la política argentina     408
La ofensiva económica                    411
La revolución de setiembre y los nacionalistas        414
Hacia la organización del nacionalismo                    417
Organización y autonomía del nacionalismo ….        421
Las verdaderas víctimas del bloqueo inglés ….       424
Los coloniales en busca de metrópoli                     429
Utilidad política de la información                 433
La ley de armamentos                     436
Nacionalismo y comunismo. Una identificación falsa                        439
La organización del nacionalismo                442
El presidente Ortiz y el “Cabildo Abierto”                 444
La política del mensaje presidencial                        448

ÍNDICE TOMO III

Escritos en:
La Voz del Plata – Partido Libertador – unión Republicana – La Voz Republicana – Azul y Blanco –  Discursos – Conferencias – Reportajes

La interpelación sobre actividades contrarias al régimen                  7
En torno a la investigación proyectada                     11
El peligro alemán y la investigación ……….. 15
Las opiniones de Vargas ante la opinión argentina               17
El temor a la libertad                                   22
La política del régimen está completamente deshumanizada. Es necesario crear el instrumento de las aspiracionales nacionales                   26
Totalitarismo y democracia. La ideología democrática ya no sirve a la propaganda anglofila 30
Incitaciones a la guerra civil             34
La ofensiva oficial contra el nacionalismo                 38
Influencias exóticas en la política argentina ….         43
Los filofascistas malmanejan la tópica creada por el nacionalismo                                            47
La persecución a las actividades “antiargentinas”     53
El resultado de la investigación                   57
El cumplimiento de las actividades generales ..       61
A la búsqueda de un grave conflicto internacional                     64
La trampa del empréstito norteamericano                 67
El manifiesto de los radicales                      70
La disolución del Concejo Deliberante                     73
La estatua del general Roca            76
El cincuentenario del banco                        83
La conversión                     90
La conversión y sus diversos aspectos                   93
Las perspectivas económicas a través de la agricultura                   96
Nueva arremetida del imperialismo yanqui ….          99
El primer compromiso con el imperialismo yanqui                                102
Una política de entrega                    105
Estrategia argentina             108
Funcionamiento del régimen constitucional argentino                       114
Convocatoria para constituir un partido nacional        118
La repercusión interna del desorden mundial ..        121
La conferencia de Río                     125
Diálogo sobre la guerra                   129
Un nuevo aspecto del complejo de inferioridad       135
Los problemas del país ante el cuerpo electoral      139
Apasionamiento ideológico y capacidad política      143
Doctrinas internacionales                 147
Las elecciones de Entre Ríos y el radicalismo         150
Alen                        154
Nuestra posición                 161
Nacionalismo y totalitarismo                         165
La gran ocasión perdida                  169
Dictadura y regulación de consumos                       172
Inhibición gubernamental y neutralidad                     176
Un éxito del oficialismo. La manifestación del 1° de Mayo               181
La crisis del papel               185
25 de Mayo                         189
Entre gallos y medianoche              191
Providencialismo y garantías individuales                194
Las encrucijadas del destino                       198
El partido de los patriotas                203
Imprevisión, inepcia            207
El concejo corporativo                    210
Economía de guerra artificial                        214
La beneficencia y el régimen                       217
El madrugón                       220
Grandeza de unos, servidumbre de otros                223
La economía contra la política                      227
La política económica del régimen              229
La anarquía del régimen                  232
Partido Libertador. Declaración de principios ..        235
Política libre de ideologías              238
Los mitos antinacionales                  242
Intransigencia contra “infiltración”                  245
Variaciones de la política colonial                248
Una falsa solución               252
Las elecciones de Entre Ríos                      254
El segundo acto de la comedia                   257
Política de inquietud                        260
El sueño de la “continuidad” y las realidades
La elección de Entre Ríos               262
Constitucionales         266
La verdadera independencia económica        269
La Corte Suprema y el derecho de reunión ..   272
La política contra la economía             275
La revolución              278
Las declaraciones del presidente       285
Restauración de la soberanía              288
Igualdad contributiva               292
Consideraciones sobre la dictadura                205
El general San Martín y la política        298
Los acuerdos con Chile          302
La carta          305
La política. – I. Variaciones sobre el estado de emergencia. – II. La política de recuperación. -III. La diplomacia de puertas abiertas. – IV. La campaña del miedo       308
La política. – I. Las corrientes de opinión. – II.           Ideología y penacho. – III. La independencia económica. – IV. Repatriación de capitales            313
El problema ferroviario. – I. El discurso de Mr. Eddy. – II. El problema de los transportes. – III.          El monopolio ferroviario. – IV. La negociación diplomática. – V. El diálogo de actualidad. –
VI. La solución            319
El último peligro. – I. La eliminación de los fantasmas. – II. El peligro comunista. – III. Las ideas comunistas y el sentimiento argentino. – IV.
La organización comunista      327
La reforma administrativa. – I. La Constitución Federal y los unitarios. – II. Las atribuciones del poder federal. – III. El gobierno de la Capi­tal. – IV. Las autonomías provinciales. – V. La solución necesaria. – VI. La timidez ante la letra constitucional      332
Declaración del Partido Libertador      337
Luis Dellepiane           347
Manifiesto de la Unión Republicana     350
Unión Republicana. Declaración de principios ..   352
Carta pública al Presidente Provisional de la Nación, Gral. D. Pedro Eugenio Aramburu          355
Unión Republicana      358
Una agrupación política que no se parece a ninguna otra en el país. Se llama “Unión Republicana”    361
Libertad y ciudadanía              367
La nueva reglamentación sobre el cinematágrafo     374
Unión Republicana. Plan de emergencia para la reestructuración económico financiera del país           379
Antecedentes históricos de la Constitución              382
Los compromisos políticos              394
Estatuto de los partidos políticos                 400
La defensa de los intereses públicos                      404
Comunismo                         407
El comercio exterior                        409
El problema económico-financiero               412
Petróleo                  419
La política de Frondizi                     420
La C.A.D.E              422
La crisis del régimen                       424
Unión Republicana. – Comunicado               431
Crisis moral             433
La representación popular               437
Unión Republicana. Reforma del estatuto de los partidos políticos y de la ley electoral                    440
Influencias extrañas en la política argentina ..           442
La ganadería                       446
Consecuencias del régimen                        449
Unión Republicana. – Nota sobre el proyecto de ley de energía                   455
Unión Republicana. – El presidente y el comunismo                        458
Las empresas políticas                    460
Un ganadero que piensa: Rodolfo Irazusta opina sobre las carnes               467
El nacionalismo                   471
Un precedente funesto                    477
La reconquista española                  482
El nacionalismo como necesidad                486

PRÓLOGO

Don Rodolfo Irazusta no era proclive a la publica­ción de sus escritos, porque —decía— “me he repetido mucho”. No hubo repetición, hubo coherencia en sus ideas y en su apreciación de la realidad del país, pues desde que comenzó a escribir, en diciembre de 1927, hasta que murió, en julio de 1967, la Argentina fue un país dependiente, esto es, una colonia. Y es muy triste tener que afirmar que lo sigue siendo.
Rodolfo inicia la revisión de las ideas políticas en el país; es el primer laico que en este siglo defiende la religión Católica y a su Iglesia; comienza el revisionis­mo histórico; formula una apasionada interpretación critica de la Constitución nacional; es él fundador del nacionalismo argentino y su máximo exponente, ocupándose permanentemente de los problemas del país que constituyeron la preocupación fundamental de su vida.
Esas son algunas de las razones que nos impulsaron a los que fuimos amigos de Rodolfo Irazusta a concre­tar esta publicación, que ha sido posible por la labor paciente, tesonera y responsable de nuestro inolvidable y querido amigo, Félix S. Fares, que reunió su pro­ducción.
Esta publicación comprende todos los artículos que Rodolfo escribió en “La Nueva República”, periódico político que dirigió desde su aparición el 1° de diciembre de 1927, hasta su último número, publicado el 10 de noviembre de 1931.
Se incluyen, también, sus artículos de los semana­rios “Nuevo Orden” (1940-1942), “La voz del Plata” (1942-1943), “La voz republicana” y “Unión Republica­na”, y los artículos publicados en la revista “Criterio”.
Él 12 de octubre de 1942 Rodolfo fundó, con un grupo de amigos, el partido Libertador, cuya declaración de principios redactó y que se incluye; así como la de­claración de dicho partido, del 7 de diciembre de 1945, analizando la situación del país y que es de su autoría.
También le pertenece el manifiesto en que se anun­ció la aparición del partido Unión Republicana, en reali­dad transformación del partido Libertador; cuya con­vención nacional aprobó, el 20 de noviembre de 1955, en la ciudad de Córdoba, su declaración de principios, re­dactada por Rodolfo, cuyo texto se reproduce sin el agregado que hizo la convención de la frase “debemos afianzar las instituciones democráticas”, que tuvo el voto opuesto de aquél.
Están incluidos los manifiestos y declaraciones que para Unión Republicana escribió, comenzando por la carta abierta dirigida al presidente de la Nación, general Pedro E. Aramburu, y que tuvo amplia repercusión. Sus discursos, como presidente del partido; declaraciones y reportajes, hasta el último de ellos, realizado poco antes de su muerte. Se agregan dos crónicas publicadas en la revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, que aunque no reproducen textual­mente sus palabras, exponen claramente sus ideas.
No se incluyen en esta publicación el libro “La Ar­gentina y el imperialismo británico”, escrito en colabo­ración con su hermano Julio, porque tiene vida propia; algunos escritos inéditos — como sus proyectos de ley sobre jubilación anticipada de las maestras que fueran madres, y sobre el nombre, que ha sido imposible con­seguir; y la correspondencia política que mantuvo en cierta época con el contador público Marcial Ángel Gon­zález, correligionario y amigo de Córdoba, que espera­mos sea publicada en breve por este distinguido argen­tino y amigo.
Una noche cenábamos Rodolfo, él doctor Guido Soaje Ramos (que había venido desde Mendoza donde residía entonces) y yo, en el restaurante “El Parque” (desaparecido hace años), y en un momento de la con­versación el primero expresó que el amor a la patria es un sentimiento natural, espontáneo, que tiene todo indi­viduo bien nacido; pero que a la patria además de amar­la había que quererla, que consistía en el sentimiento elaborado conociendo los defectos de la patria, y que por esa imperfección, e intentando superarlos, se la quería más. Y concluyó diciendo sin énfasis alguno, “yo amo y quiero a mi patria”.
Al cumplirse el primer año de la muerte de Rodolfo, sus copoblanos de Gualeguaychú organizaron actos en su recuerdo. En el cementerio hablaron él doctor Félix S. Vares y el señor Carlos Muñoz, cuyos discursos apare­cen en el folleto “Rodolfo Irazusta. Artículos y discur­sos. Un homenaje a su memoria”. Posteriormente en una reunión en la estancia “Las casuarinas” hablaron el ge­neral Dalmiro Videla Balaguer, el doctor Constantino Lorenzo, el doctor Marcelo Sánchez Sorondo, Carlos M. Dardán, y otras personas, y finalmente su hermano Julio, quien al explicar las razones de su decisión de desistir de vivir en forma permanente en Europa, dijo textual­mente: “yo fui él primer discípulo de mi hermano Rodolfo”.
Al cumplirse el décimo aniversario de la muerte de Rodolfo, se efectuaron en Gualeguaychú actos en su memoria. En la capilla del cementerio rezó la misa el Rvdo. P. Luis A. Jeanot, cuya homilía fue una clara exposición de las ideas de Rodolfo; y habló ante el pan­teón donde están sus restos la señora Luisa Barel. En la que fue casa natal de los Irazusta se descubrió una placa, y hablaron los señores Antonio Augusto Giménez y Carlos P. Muñoz, y los doctores Carlos E. Fortini y Constantino Lorenzo.
Reunidos luego en el club Náutico, se pronunciaron varios discursos, cerrando la lista de oradores Julio, que repitió su reconocimiento de nueve años atrás, con las mismas palabras: “yo fui el primer discípulo de mi hermano Rodolfo”.
Es un misterio por qué Dios regaló a la Argentina dos personalidades de la talla de los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta; político genial, uno, y eminente histo­riador el otro. ¿Es posible que se pierda ese servicio público de ambos, realizado con generosidad, abnegación y sacrificio, sin poner remedio a la decadencia que, desde 1852, sufre el país, y que en la actualidad amenaza con su disolución?
Esta recopilación es un acto de justicia hacia la persona de Rodolfo; e intenta ser también el medio para que los argentinos conozcan sus ideas, su acción, sus escritos, que contienen el diagnóstico acertado de la en­fermedad que mata a la Argentina, y, además, las solu­ciones para su curación y su salvación. ¡Que así sea!

Carlos L. Royo Bes

INTRODUCCIÓN

RODOLFO IRAZUSTA 
(Testimonio Personal)

Ascendencia y familia
El abuelo paterno, Cándido, nació en España, cursó estudios de medicina y revalidó su título en Argentina en 1851. En 1860 se casó en Gualeguaychú con Felipa Echazarreta, hija de don Julián Echazarreta, nacido en Buenos Aires en 1816 y radicado posteriormente en Gua­leguaychú, donde ejerció los cargos de juez de paz y de convencional en representación del departamento cuan­do se sancionó la primera constitución provincial, al mismo tiempo que administraba sus intereses.
Cándido adquirió en 1864 una fracción de campo de casi cuatro mil hectáreas, a la que denominó “Las Casuarinas”, y participó activamente en la vida pública. Fundador y primer director del Departamento de Sani­dad de Entre Ríos, actuó como miembro de la comisión que colaboró en el censo de la provincia y se desempeñó en el periodismo local, siendo redactor de “El soldado entrerriano”, con Olegario V. Andrade. Las censuras al gobierno le acarrearon ataques policiales que lo obliga­ron a emigrar a Montevideo en 1884. Una estación del Ferrocarril de Entre Ríos, donde se ha formado una flo­reciente villa, lleva su nombre. Falleció en 1893. Su es­posa lo sobrevivió hasta 1919.
De su matrimonio nacieron cuatro hijos, Cándido Eulogio, Julián, Dolores y Felipa. Dolores se casó en 1880 con un belga que había llegado como empleado del Ban­co Nacional a Gualeguaychú. Cuando el suegro emigró, confió al yerno el cuidado de sus intereses, y éste mos­tró una excepcional capacidad para la tarea, intervinien­do además en múltiples actividades públicas. Apoyó la descentralización judicial, intervino en la gestión para el mejoramiento del puerto, en la compra del edificio propio del Club Recreo, en la construcción del nuevo edificio para el hospital, en la fundación de las sociedades anónimas para el gas, el tranvía, el teatro, el frigorífico, empresas todas que lo contaron entre sus primeros accionistas, y actuó como cónsul belga en Gualeguaychú hasta poco antes de su muerte.
Felipa casó con Pedro Borrajo, de una arraigada fa­milia del lugar, y Cándido Eulogio con una huérfana, Emilia Fudickar, protegida de la familia de su cuñado, cuyos padres, alemanes, habían fallecido en Guale­guaychú.
De este último matrimonio, nacerían Marcelo, Ro­dolfo, Julio y María Julia Felipa, casada con el doctor Juan Labayen y fallecida a temprana edad. Cándido Eulogio se dedicó de lleno al periodismo y a la política, siendo atraído por la prédica de Leandro N. Alem, a quien acompañó como representante de Gualeguychú en la convención reunida en Rosario, en 1891, que auspi­ció la fórmula Bartolomé Mitre-Bernardo de Irigoyen para la presidencia de la república.
Mitre abandonó a sus partidarios para convenir con Julio A. Roca una nueva fórmula, Luis Sáenz Peña-José Evaristo Uriburu, que originó la escisión de la Unión Cívica en dos fracciones, la acuerdista, deno­minada nacional, y la que aspiró a mantener su posición, denominándose radical. Irazusta fundó un periódico, “La Idea”, en defensa de los postulados de esta última e in­tervino activamente en las luchas cívicas, llegando a ser en 1899 diputado provincial, como único legislador de la oposición en ambas cámaras en Entre Ríos. Para cos­tear su actividad publica había comprometido la fortuna heredada, de modo que debió aplicarse a rehacerla con la ayuda materna, adquiriendo para ello un campo que llamó de “San Marcelo”. Fue intendente de Gualeguay­chú en 1905, jefe de policía en Concepción del Uruguay, jefe de una dirección en el Ministerio de Agricultura de la Nación, y viajó frecuentemente a Buenos Aires para vigilar la educación de sus hijos, huérfanos desde tem­prana edad. En 1918 una pleuresía provocó su falleci­miento.

Estudios
No debió ser un alumno brillante. La falta de la ma­dre, fallecida en 1906, cuando contaba nueve años de edad, la actividad del padre y sus ausencias, los pusie­ron a él y a sus hermanos al cuidado de la abuela.
Inició estudios primarios en Gualeguaychú. En 1911 pasó a La Plata como interno en el Colegio Nacional, dependiente de la Universidad local, que dirigía Ernesto Nelson. En 1914 estuvo en el histórico colegio de Con­cepción del Uruguay, y terminó su bachillerato en el Co­legio Nacional de Gualeguaychú, como integrante de su primera promoción, egresada en 1916.
Al año siguiente se inscribió en la Facultad de De­recho de la Universidad de Buenos Aires, donde dio las primeras  materias,  abandonando posteriormente  de echo la carrera, junto con su hermano Julio, al falle­cimiento de su padre.
No por eso dejó de formarse una cultura de autodi­dacto, consistente en la frecuentación de los clásicos cas­tellanos, de los tratadistas políticos como Saavedra Fa­jardo, Quevedo y Balmes. Leía francés, idioma que comprendía buena parte de sus lecturas e italiano con igual fluidez, y poseía sobre todo una buena información his­tórica, geográfica y estadística, del mundo entero, y, en especial de la Argentina.
Dueño de una envidiable preparación, no era un erudito; sus discursos públicos sorprendían por su carga de fondo y la elegancia de la forma; sin título universi­tario, silenciaba a los doctores con sus conocimientos y la penetración de su razonamiento; intransigente en las Ideas, vivió rodeado de amigos que no compartían las suyas. Imposible sorprenderlo en cuestiones de mera erudición, pero cuando se trataba del interés nacional, de un problema argentino, entonces la amplitud y exac­titud de conocimientos era notable.

Periplo europeo
Dueños Rodolfo y Julio Irazusta de una renta suficiente de los bienes heredados de sus progenitores, en un tiempo en que la moneda argentina permitía vivir sin escaseces en Europa, resolvieron viajar, el uno, a España, Italia y Francia; el otro, a Inglaterra, en cuya universidad de Oxford siguió diversos cursos. En esos años adquirió Rodolfo el hábito de la lectura de todos los diarios de alguna significación, que se hacía dejar en su alojamiento: la concurrencia a los debates parlamentarios y a las conferencias de los nota­bles del momento, y la aproximación personal a los po­líticos importantes y a las personalidades descollantes.
De Unamuno recordó alguna vez aquella dramática exposición escuchada en Hendaya, en la que afirmó, para su asombro de americano, en frases cortantes y enfáti­cas, la inexistencia de España y la única realidad de sus nacionalidades.
Refirió también en una oportunidad la honda im­presión que le produjo un discurso de Benedetto Croce, senador del reino, que levantó vigoroso su voz para opo­nerse a un proyecto de Mussolini, entonces en el auge del poder, sustentado nada más que en la razón y en de­fensa de la libertad, en términos que le erizaron la piel.
De Francia podía recorrer después de muchos años toda la gama de sus parlamentarios, a los que conocía de nombre y por circunscripción, como así también sus tendencias y su actuación, cuando no sus obras al igual que la de sus ministros y gobernantes. Comentaba sus actos en detalle, las fechas de los mismos, sus interven­ciones públicas, y la incidencia del conjunto de la polí­tica europea en la marcha del mundo.
Sus referencias a este lapso de su vida fueron siem­pre parcas. A lo largo de más de tres décadas, las men­ciones son escuetas, y referidas a personas y hechos aislados. Sólo en una ocasión lo vimos exhibir sus cono­cimientos, precisamente con un político y publicista francés, a quien enmendó repetidas veces la plana mien­tras lo sometía a un ininterrumpido interrogatorio. Pre­firió siempre analizar la circunstancia política europea (como lo hizo), desde su perspectiva de ciudadano ar­gentino. De ahí la falta de citas que, en casos similares, suelen abundar en la conversación o en los escritos de quienes han vivido en el extranjero, o gustan hacer gala de sus lecturas. Su pasión desdeñó el lucimiento perso­nal, pues estaba orientada hacia el hijo del país, el crio­llo, o sobre el acontecimiento nacional, provincial o mu­nicipal del día, de su propia tierra.

La bohemia literaria
Vuelto al país, se inician unos años de bohemia lite­raria, frecuentación de peñas, en especial la de Manuel Pardo, que publicaba sus versos en Caras y Caretas fir­mando como Luis García, por cuya tertulia “pasó todo el mundo, atraído por su encanto personal, su cortesía y el tono plácido y cordial que su presencia imponía a la mesa. De los jóvenes, los que iban con mayor frecuen­cia eran Luis Cané, Samuel Glusberg, Arturo S. Mont, Ernesto Palacio, Eduardo Keller Sarmiento, Julio y Ro­dolfo Irazusta, Luis L. Franco, Enrique Santillán, An­drés L. Caro…”, a los que se agregaban, en el recuerdo de Conrado Nalé Roxlo, a quien transcribimos, Baldo­mcro Sanín Cano, embajador de Colombia, Francisco Villaflor, cuya autopsia impidieron clamando a coro en la noche ante la ventana del juez doctor Artemio Mo­reno, encargado de la causa originada en el deceso de aquél, que vivía solo.
Refiere también Nalé Roxlo, que luego de un home­naje a Pedro Herreros, en 1924, por la publicación de un libro de poesías ilustrado por Alejandro Sirio, salie­ron del restaurante en manifestación por la calle Co­rrientes y siendo tantos y con tantas copas, cantos, vivas y escándalo terminaron en la comisaría. “Todos quería­mos explicarlo a nuestra manera y la algarabía era ver­daderamente infernal. Por fin el comisario optó porque declarara el más caracterizado, como vulgarmente se dice. El más caracterizado era sin discusión posible Ro­dolfo Irazusta. No tenía más edad que el resto de los cautivos pero con su alta estatura, su forma de vestir un tanto anticuada, la fingida gravedad y reposo de sus palabras, parecía, sino nuestro padre, al menos nuestro tío. Esa grave presencia que ocultaba un humor muy especial, le valió a los veinticinco años el apodo de él Coronel; téngase en cuenta que en aquel tiempo los co­roneles eran muy serios, o trataban de parecerlo.
“El comisario Oyuela salió de recorrida y el más Caracterizado se sentó frente a un desdichado escribien­te, y comenzó:
“La poesía castellana, cuyos orígenes se remontan al poema del Cid…
“Aténgase a los hechos —ordenó el escribiente. “A ellos me atengo, —dijo muy serio Irazusta—, pero como se trata del homenaje a un poeta tengo que tomarlos desde sus orígenes. Soy yo el que declara.
“Había tal gravedad en sus palabras, tanta autoridad en su tono, que el tonto del escribiente hizo un gesto vago, agachó la cabeza y su pluma corrió rápida y eficiente sobre el papel romaní.
“El tiempo pasaba y las hojas de papel se amon­tonaban sobre la mesa y la literatura castellana seguía el curso de los siglos…
…”Cuando el comisario regresó estábamos en: “—Don José de Espronceda representa el romanti­cismo español. Su “Diablo Mundo” y su “Canto a Te­resa” …
“El comisario, tras la primera sorpresa, ahogó una sonrisa, y haciéndose cargo de la tontería de su subor­dinado iba a decir algo, cuando entró un agente y, des­pués de cuadrarse, informó:
“Señor comisario, una persona que parece tener las facultades mentales alteradas dice que viene a consti­tuirse en prisión por solidaridad con los detenidos.
“—¿Cómo sabe que está loco?, inquirió Oyuela.
“—Lleva un ramo de flores en la cabeza, señor co­misario.
“Era Herreros, huido durante la detención, pero al que su limpia conciencia, con la que había estado lu­chando en una lechería, obligaba a aceptar la cárcel y cadenas con sus amigos y admiradores.
“Cuando el comisario lo vio entrar, con la corona de laureles y roble y las cintas patrias y madrepatrias que le caían por la espalda, soltó una franca carcajada a la que todos hicimos coro con la que estábamos aguan­tando a duras penas desde hacía largo rato.
“La despedida fue muy cordial; hubo apretones de manos, palmeo de espaldas y hasta, cosa inaudita en el patio de una comisaría., vivas a la institución policial. Y desfilamos hacia la libertad y las copas, ante el escri­biente estupefacto que no sabía qué hacer con aquel cur­so de literatura castellana que Rodolfo Irazusta le había dictado por sorpresa”.
Tal es uno de los recuerdos que Conrado Nalé Roxlo dedica en su Borrador de memorias, a quien había de iniciar más tarde la obra política en “La Nueva Repú­blica”, modelo de periódicos combatientes y bien escri­tos, que fundó y dirigió con talento original mi grande y querido amigo Rodolfo Irazusta”, según sus palabras.

“La Nueva República” y la revolución de 1930
La primera etapa de la vida política de Irazusta se concreta en su colaboración y dirección en “La Nueva
República”, a partir de 1927, y cuando estaba al filo de los treinta años de edad.
Se notan todavía, muy sensiblemente, las ideas con fuerza de juventud, es decir, de crítica, que no obstante su tono de protesta contra las actitudes que perjudican al país, sabe aplaudir, sin embargo, los aciertos. Toda­vía no llega el desengaño de la experiencia que habría de marcar su evolución. De esta última habló tres lustros después para explicarla en los siguientes términos:
“Fue en esa época, dice, cuando se plantearon la mayor parte de los problemas nacionales, se realizó la crítica de las instituciones, se creó la tópica del mo­vimiento nacionalista, excepto el anti imperialismo y la revisión histórica, aspectos que no exigía la oportuni­dad y que habríamos de plantear más tarde en ‘La Ar­gentina y el imperialismo británico’. Asumimos entonces un nacionalismo de fondo que inspiraba tanto nuestros planteos doctrinarios como la crítica de actualidad. El análisis de la democracia, en plena función entonces, se efectuó en extensión y en profundidad, de acuerdo con la misión que le tocaba cumplir dentro del régimen”.
Y prosigue: “En cuanto a la práctica del gobierno, tratamos con estricta ecuanimidad los actos de los go­bernantes, aplaudiendo muchas veces la eficacia de la administración Alvear, sobre todo en lo tocante a la de­fensa nacional, y reprochamos duramente las inescrupulosidades e inmoralidades administrativas. Y mientras criticábamos los desbordes demagógicos del irigoyenismo, lo acompañamos fervorosamente en su lucha por salvar la explotación petrolífera del Estado y preconiza­mos el monopolio que se proponía”.
“Uno de los cargos que habíamos hecho a la demo­cracia nacional se confirmó poco después. La acusába­mos de su ineptitud para crear capacidades, reputacio­nes y prestigios, y depender, por lo tanto, de los viejos prestigios del año 90. La gerontocracia democrática pro­dujo la caída desastrosa del año 30. Los ochenta años del señor Yrigoyen, su personalismo exagerado, desvir­tuaron la función, en ciertos momentos utilísima, de la autoridad plebiscitaria, que de haber sido mejor ejerci­da hubiera permitido grandes progresos en la vida pú­blica”.
Y el esquema de la situación en 1930 lo resume así: “Nuestra participación en la revolución de septiembre no es suficiente como para atribuirnos su respon­sabilidad. Creíamos entonces que la coyuntura podía ofrecer una oportunidad de reorganizar las instituciones de la república, adecuándolas a los tiempos. Nuestro cálculo de posibilidades era erróneo; el intento de crear una tercera fuerza que no fuera ni irigoyenismo inorgá­nico y acéfalo, ni los restos del conservadorismo liberal, se frustró al iniciarse. Pero los liberales supieron apro­vechar la coyuntura para apoderarse del gobierno.
“Fuimos los primeros en advertir el peligro nacien­te; fuimos también los primeros en hacer oposición franca al régimen instaurado en septiembre… Com­prendimos de inmediato que no estando la democracia en función, que habiéndose la oligarquía apoderado del gobierno, era éste, no aquélla, el enemigo del naciona­lismo, tanto más cuanto que representaba el liberalismo tradicional, extranjerizante y anti argentino… Si en todo momento fuimos demófilos, haciendo nuestras re­servas sobre la identificación entre democracia y liberalismo ¿por qué no habíamos de ser demócratas?… En la encrucijada .que ofrecía el destino unos evolucionaron hacia la convivencia con los oligarcas minoritarios… nosotros preferimos plegarnos a las huestes populares que desde ese momento serían perseguidas…”.

Intermedio
El martes 10 de noviembre de 1931 apareció el últi­mo número de “La Nueva República”.
Lisardo Zía, en una de las siluetas cuya serie publi­cara en “Criterio” por aquella época, traza una sem­blanza de Rodolfo Irazusta que lo retrata de cuerpo entero.
“Tan bien plantado como es, con esa imponencia de alcalde de Zalamea, y con el recio bastón sarmentoso que se acomoda a su figura de distribuidor de justicia, Rodolfo Irazusta tiene la reciedumbre que la sangre éuskara transmite de generación en generación, y pare­ce, cuando se le ve de paseo por la calle, con su alta estatura y su firme y acompasado andar, un caballero principal de pueblo vasco, camino del frontón.
“Sus pensamientos también son de talla superior. Es un hombre de patria, y así como hay muchos que la sienten con el interés y muy pocos con la inteligencia y algunos con la piel, Rodolfo Irazusta la respira: ¡respi­ra la patria! Respirar es realizar la más completa de las funciones vitales!
“…Yo no creo que haya en este país un hombre con más sentido de ‘lo nacional’ que Rodolfo Irazusta. Dueño de una intuición particularísima que lo mueve a rechazar aun esas cosas que están aparentemente ampa­radas por la razón; nunca patriotero ni verboso; siem­pre enemigo de esa forma teatral de patriotismo empin­gorotado que llena las funciones de gala con himnos y banderas pero vende el país al extranjero por ese plato de lentejas que es la cuenta de unos honorarios de rábu­la, Rodolfo Irazusta siente el dolor del nativo condenado a dejar su tierra, en ella desterrado no por la espada sino por el oro extranjero. ¡Dulcia linquimus arva!, como en el verso de Virgilio.
“…Alrededor de Rodolfo Irazusta, que era como el eje orgánico, la columna vertebral de aquel primer grupo nacionalista, “La Nueva República” planteó por primera vez, en toda su extensión y en la adaptación natural a los sucesos de la hora, los verdaderos proble­mas del país, para conformar sus organismos políticos y sociales a la auténtica realidad argentina. Todo fue predicho allí, en tanto ¿1 coro batracio del viejo liberalismo estridulaba sus despechos y muchos democrati­zantes a tanto por dieta en el Parlamento, fingían una enconada indiferencia. Pero Rodolfo Irazusta sabía que el tiempo viene con la verdad y cuando, con el bastón en alto, gritaba su ¡Abajo los facciosos!, establecía su profundo anhelo de unidad nacional, sin facciones en­contradas en la estéril lucha politiquera del comicio y del comité.
“Muchos de aquellos que con sesgada sonrisita hicie­ron el comentario torvo a la acción intelectual del gru­po republicano, mientras merodeaban por sus alrededo­res, son precisamente los que aprovechan ahora sus frutos. Del mismo modo, los otros, que fingieron una in­dignación de energúmenos ante el abrir de ojos que las plumas de “La Nueva República” presentaban al país, recogen la cosecha de la generosa siembra ideológica. Pero Rodolfo Irazusta es demasiado señor para reclamar su parte y demasiado dueño de sí para pedirla, porque le sobran arrestos para tomarla”.

La Argentina y el Imperialismo Británico
La crisis motivada en el mundo por la quiebra fi­nanciera que afectó a los Estados Unidos, a la que se agregaron diversos factores que se originaban en las consecuencias de la primera guerra mundial, llevó a Gran Bretaña a proponer restricciones en su comercio inter­nacional, reservando sus preferencias para sus domi­nios. Argentina respondió mediante el envío de una mi­sión financiera encabezada por el vicepresidente de la nación, doctor Julio A. Roca, quien al cabo de largas negociaciones, firmó el 1° de mayo de 1933, con el minis­tro de comercio de Gran Bretaña, “una convención acce­soria, acompañada de un protocolo, perfeccionando el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre la Ar­gentina y Gran Bretaña, del 2 de febrero de 1825”.
Los preliminares y las conclusiones de las tratativas fueron acompañadas de expresiones y discursos ana­lizados por los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta, en largas conversaciones con su coterráneo, maestro y ami­go, don Luis Doello Jurado, viejo liberal y anglofilo, que los encontraba perfectos.
Las palabras trajeron la reflexión y un ahondamien­to del análisis del problema, primero, y de sus orígenes después. Así nació una obra liminar, esclarecedora, en el campo político, de la situación nacional: “La Argentina y el imperialismo británico” integrada por dos partes. Una dedicada al análisis de la actuación de la delega­ción argentina y a sus implicancias. La segunda titula­da: “Historia de la oligarquía argentina” cuyo original escribió Rodolfo en una noche, y de un tirón, según su hábito, y que luego corrigió y completó Julio, dándose a conocer en su forma actual, pues no ha sufrido re­formas.
La obra constituye la síntesis de un pensamiento que venía madurando desde la iniciación de la actividad po­lítica de Rodolfo, y echa los cimientos de concepciones fundamentales del pensamiento político nacional: 1) el imperialismo británico; 2) el revisionismo histórico; 3) la oligarquía argentina.
El volumen apareció en 1934, y no ha vuelto a ser reeditado.
Un premio municipal
Se conocía por referencias verbales el episodio, ra­tificado posteriormente por Manuel Gálvez en sus “Re cuerdos de la vida literaria”, quien se refiere al episodio en los siguientes términos:
“Cuando los Premios Municipales de 1935, Julio y Rodolfo Irazusta iban a llevarse el primer premio por su libro “La Argentina y el imperialismo británico”. Ve-dia y Mitre, intendente municipal, trató de impedirlo. Lla­mó a su despacho, separadamente, a dos de los jurados: Juan Unamuno y Pedro Juan Vignale. Los convidó con cigarros habanos, estuvo cordialísimo con ellos. Les di­jo, entre otras cosas, que premiar ese libro sería como si en Francia hubiesen premiado “El capital” de Carlos Marx… A Vignale ya se le había dicho que, si votaba por el libro de Irazusta, perdería sus cátedras”.

Un debate sobre las carnes
A mediados de 1935 se inició el debate en el senado de la nación sobre la situación del comercio de expor­tación de carnes argentinas, originado en una interpela­ción al ministro de agricultura, Luis Duhau, y en el que también se vio comprometido el ministro de hacienda, Federico Pinedo, por cuestiones de pago de impuestos y de control de cambios.
El problema se planteó en virtud de que “el comer­cio de exportación de carnes enfriadas argentinas se realiza bajo un régimen de monopolio”, situación agra­vada porque “el comercio interno va en camino de ser absorbido por las mismas empresas que monopolizan la exportación”.
Quedó expresamente aclarado que: “La aspiración legítima a poner término al monopolio de la exportación de carne que explotan en la Argentina unas cuantas com­pañías extranjeras, no oculta propósito alguno inamis­toso para el gobierno de la Gran Bretaña, ni para los consumidores británicos. Al contrario; el interés de los consumidores británicos coincidirá con el interés de los productores argentinos en todo aquello que tienda a hacer llegar el ‘chilled’ argentino a las carnicerías de
Londres y de las demás ciudades del Reino Unido sin intervención de los frigoríficos, y de esa manera el be­neficio que los frigoríficos hacen suyo, se repartiría en­tre los consumidores y productores”.
Se formularon cargos contra la renuencia de las empresas a proporcionar informes, contra la Sociedad Rural Argentina que “contestó el cuestionario que se le sometió en breves palabras que no guardan relación con la importancia del asunto y después no aportó dato al­guno”, contra las sociedades rurales que tampoco con­testaron, y se destacó la solitaria colaboración del Cen­tro de Consignatarios.
El debate se centró en la cuestión tal como se encon­traba planteada, y el peso del mismo lo llevaron tres protagonistas, a saber: los dos ministros mencionados y el senador por Santa Fe, Lisandro de la Torre. La ma­yoría de la documentación exhibida por este último, como prueba de sus aseveraciones y reproducida en facsimilar en el diario de sesiones, provenía de los frigo­ríficos Grondona y Gualeguaychú. Estos últimos, apor­tados en persona por Rodolfo Irazusta, a quien reme­mora Jorge Koremblit en la crónica que dedicara a su deceso, en el diario “El Mundo”, en 1967: “.. .Lo recuer­do hace veinte años por la rotonda de la cámara de dipu­tados (¿senadores?) asesorando a legisladores opositores en un debate sobre carnes, su tema por excelencia…”
Situación similar se repitió en 1949, al abrirse nue­vamente los grandes debates sobre carne y petróleo, que ocuparon abundantes páginas de los diarios de sesio­nes, y que, si bien no tuvieron resultado efectivo en­tonces, sirvieron como sus anteriores, y más allá de la intención de sus responsables, para ilustrar a la postre a la opinión del país, modificar una mentalidad secular, y hacer que fueran aceptadas las afirmaciones de fondo sostenidas por Irazusta. Hoy día es común leer en las publicaciones de cualquier tendencia la referencia a la dominación británica, a la expoliación colonial (ya de­nunciada por Maynard Keynes en 1919 en su Consecuen­cias económicas de la paz, con referencia a Argentina).
Pero no logró Irazusta, entonces, que los legislado­res superaran la cuestión meramente monopolista y de ganancias más o menos bien distribuidas, para realizar el planteo político de fondo, es decir, la liberación del país en su integridad. Las estructuras se mantuvieron incólumes, continuó digitándose la elección de los gobiernos, se mantuvo un comercio exterior ruinoso, y se inició la gran era de la inflación originada en el dete­rioro de los términos del intercambio y en la existencia de las “libras lápiz”, que denominaba en dos corrosivas palabras que nada tenían de humorísticas, pues sólo indicaban que Inglaterra consumía y en lugar de pagar, anotaba en el gran libro de la deuda que finalmente saldó, que nos pagó, con chatarra, en algunos casos, y forzadamente en otros, pero siempre con pingüe bene­ficio. Arquetipo fue la declaración de Miguel Miranda al pagar los ferrocarriles mil millones de pesos más so­bre su valor, “por razones sentimentales”, sin imputar el monto a la deuda inglesa, sino a la exportación de carnes del año siguiente, 1948, pagando en el Ínterin, además, por esa suma inflada un interés del 4%, en tan­to por los saldos bloqueados sólo se reconocía el 2 y 1/2%.
De la Torre no osó arrastrar la cuestión a fondo. Él no evitó que le dispararan el tiro que mató a Enzo Bordabehere. Sus adversarios, en cambio, plantearon audazmente el “truco de la verdad”, que llamaba Ira­zusta, llevando sus afirmaciones a términos extremos, pero envueltos en el contexto de la exposición. “Es cierto que la Argentina no constituye una colonia británica, afirmó el senador Landaburu, pero en el orden econó­mico es como si lo fuera…”
Y el ministro de agricultura: “.. .el daño que Gran Bretaña nos infiera con su política de restricciones a las importaciones argentinas, reducirá automáticamen­te, por efecto espontáneo, nuestras compras de produc­tos británicos, sin contar con los efectos, también es­pontáneos, que una política semejante tendría sobre el cumplimiento de los servicios de nuestra deuda públi­ca… Demostremos a Gran Bretaña nuestra capacidad para manejar eficazmente el negocio de exportación que los ganaderos han organizado… y estoy segu­ro… que el gobierno británico, animado como está de los mejores propósitos y de un espíritu tradicional de equidad, no dejará de prestarnos su valiosísimo apoyo. Este es el único camino a seguir. El camino de la coope­ración y del entendimiento con el gobierno británico… (el subrayado es del Diario de Sesiones). El gobierno “británico… no acepta medida alguna que signifique sacar todo o parte de la cuota a algunos frigoríficos para que sea concedida por el gobierno argentino a otras empresas. Esta es la política real y positiva del gobierno británico que el señor senador de la Torre se empe­cina en no ver. Aunque no quiera verla, esa política existe y no es con declaraciones retóricas que vamos a cambiarla… El gobierno británico tiene un altísimo concepto de la justicia y la equidad, y le repugnan las actitudes compulsivas… Es necesario decirlo, es un de­ber imperioso, cuando un senador de la nación preconiza esa política de represalias en materia aduanera, sintién­dose halagado tal vez por la fácil repercusión que sus palabras tendrán en una parte de la opinión pública y olvidando muchas veces que la defensa de los grandes intereses de la nación, el propósito firme de evitar que se siga por peligrosísimos caminos, obliga a comprimir profundos sentimientos, cuyo desahogo llevaría tal vez a males irreparables al país…”.
Toda una confesión de inferioridad que no merece mayor comentario.

Su obra escrita
Además de “La Nueva República” (1927-1931), Ira­zusta participó en la fundación de otros semanarios, desde los cuales aspiró a constituir el partido político que les diera a él y a quiénes compartían su pensa­miento, la posibilidad del gobierno efectivo, o, por lo menos, una tribuna pública para hacer oír su voz y su opinión sobre los problemas nacionales. Así surgie­ron “Nuevo Orden” (1940/42), y “La Voz del Plata” (1942/43). Invariablemente, en todos ellos, su comentario se refirió a la política del día, o a concepciones que estaban referidas a la situación vigente, como, por ejemplo, sus comentarios sobre que “La democracia no está en la Constitución”, para fundamentar su oposi­ción a la demagogia, al engaño mayoritario, y su sentir de que lo que debe ser sostenido y defendido son las instituciones republicanas.
Lo que sí, nunca el artículo llegó sino a última hora, cuando corregidas galeras y páginas, quedaba el huevo para las dos o tres cuartillas que pergeñaría urgido por el chasque llegado desde la redacción o la imprenta con órdenes precisas de no volver sin el trabajo. Escribía con lapicera de pluma “cucharita”, mojando en el fras­co con tinta. Los palotes inclinados y la caligrafía abierta hicieron siempre muy difícil la lectura de sus originales. Don Alberto Lascano, uno de los esforzados directores de esos periódicos, había encontrado la solu­ción en un linotipista para quien aquéllo era letra de Imprenta y al cual obligaba a permanecer de guardia hasta que recibiera y “tradujera” los originales, de acuerdo con el propietario de la imprenta, ubicada en Perú casi esquina Venezuela, un oriental de apellido Ceppi, quien terminó siendo amigo y partícipe de mu­chas de las inquietudes del grupo.
Alguna vez se le insinuó la posibilidad de que auto­rizara la colección de sus artículos en volumen. Nunca aceptó. “Deje esas cosas… No me complique…”, y cambiaba de tema de conversación. Unos pocos artícu­los fueron recopilados en una publicación efectuada con motivo del homenaje rendido a su memoria en 1968. En este otro, al cumplirse diez años de su desaparición, se espigan opiniones y pensamientos. Y Jorge Castellani anuncia ahora la aparición de sus obras completas.

La obra oral
La desarrolló en la tertulia, a la que se aficionó des­de que joven se incorporara a la que mantenía don Luis García. Llegó a Buenos Aires recomendado al secreta­rio de redacción de “La Prensa”, don José Manuel Eyzaguirre, pero prefería, como sus contemporáneos, la com­pañía de don Joaquín de Vedia, quien reinaba desde “La Nación” con la incomparable facundia de su verba, sus amplias vinculaciones con el mundillo teatral y su pro­verbial espíritu.
En esas tertulias nacieron amistades que habrían de mantenerse invariables y sólidas a todo lo largo de su vida, pese a la diversidad de caminos de cada cual. Conrado Nalé Roxlo, Roberto Arlt, Baldomero Fernán­dez Moreno, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez, y tantos otros que le guardaron afectuosa y admirativa conside­ración. Luego vinieron las afinidades políticas, Ernesto Palacio, Juan Emiliano Canilla, Ramón Dolí, Armando Cascella y los colaboradores permanentes u ocasionales del periódico de turno. Y siempre, invariable a lo largo de toda la vida, la presencia entrañable de su hermano Julio, al punto de formar un todo inescindible, no obs­tante las profundas diferencias de temperamento, afi­ciones y modos de vida que llevaron uno y otro.
Y finalmente, la tertulia con los jóvenes, ya orga­nizado el movimiento en partido político. Tres veces por semana, al anochecer en lugares que brindaban sucesi­vos el albergue propicio se organizaba a su alrededor la tertulia abierta a quienes quisieran incorporarse a ella y a los fieles infaltables. El tema, la política, el aconte­cimiento del día, la reflexión histórica, el pensamiento abierto y la contradicción permanente, que ejercitaba la mente, la dialéctica, la comprensión, y permitía, a quie­nes lo quisieran, ascender en el tratamiento mental de materia tan abstrusa, celosa y atrayente. Luego se seguía durante la cena, disminuido el número de participantes.
Cumplía Irazusta un magisterio y una actividad constructiva, destinada a sumar voluntades alrededor de un programa básico, resultado de un debate perma­nente y público, cumplido día a día, a fin de pulir la in­teligencia y crear el hábito de la sindéresis y el trasteo de los asuntos, para usar palabras de su preferencia y gusto personal.
Nunca aspiró a enseñar, de modo que su lección no llegaba por la vía didáctica, sino como fin y solu­ción de una discusión o intercambio de ideas efectuado a su alrededor. En determinado momento se erguía y exponía contundente su opinión, fundada cuando era ne­cesario en episodios de la historia, sobre todo patria, o en la naturaleza de las cosas, es decir, de las caracterís­ticas del territorio y de sus habitantes, que conocía bien.
Sus afirmaciones no eran librescas sino extraídas de la observación propia. “Lo universal suele ser lo más particular”, decía, previniendo contra las ideologías en boga, y poseía el arte de extraer la enseñanza oportuna del episodio minúsculo del que le había tocado en suerte ser protagonista o espectador. Pero era necesario que la moraleja tuviera interés general o nacional, pues de lo contrario evitaba el asunto. Su intuición lo guiaba hacia la materia de sus preferencias permanentes, la cosa pú­blica, ya que nada apreció tanto como su condición de ciudadano, a la que tuvo como a su prenda más cara. Afirmó siempre ser la política el reino de lo opinable. Cuando se la pretende absoluta, comienza la tiranía y la creencia, en un momento determinado, de que existe un orden social óptimo, la origina inevitablemente. Ese tem­bladeral constituye el desafío permanente a las más ex­celsas cualidades del ser humano, y por ello se emprende en conjunto, acompañado de ese sustento misterioso que constituye la opinión.

Sus lecturas
Ante todo, los diarios, para enterarse de lo aconte­cido en el país. Luego, los censos, que conocía bien y cuyas cifras coordinaba con acierto. “La música de los números”, decía, riéndose, para referirse a las conse­cuencias que resultaban de su condición de inmutables, y de su certeza que los hacía iguales para todos. Luego la enciclopedia, para proporcionarse los datos cuyo aná­lisis acompañaba de un gastado atlas de Vidal Lablanche, y referencias y fechas históricas. Como entreteni­miento, las novelas policiales. Y como obra de cabecera”; el Dante, “cuya lectura en el idioma original no es nada difícil, así que deje las traducciones y pruebe”, y Petrar­ca, algunos de cuyos sonetos solía recitar con dotes in­dudablemente negativas, procurando no obstante mostrar su belleza y hondura. Preferencias, los clásicos españo­les. Favorito, Pérez Galdós. Problemas de rechazo, los novelistas rusos. Poesía, Lugones, Banchs, entre nosotros y los autores corrientes en las antologías de la lengua castellana.

El secreto del acierto
Poseía un curioso don de prever las consecuencias del acto o del hecho político, esencial e intransferible en quien se precia poseer cualidades adecuadas para el menester, y algunas de sus aseveraciones tuvieron con el tiempo una concreción asombrosamente exacta.
Preguntado por el secreto de ese instinto que lo guia­ba, afirmó: “Es muy sencillo. No soy rutinario”. De ahí sus sorprendentes posibilidades y su permanente frescu­ra de espíritu, siempre dispuesto a abrirse ante nuevas perspectivas y a evolucionar rápidamente en la aprecia­ción de los acontecimientos y de los hombres, sin ate­nerse a otra guía que a la realidad cambiante de las cir­cunstancias.
Ya en 1941 anunció al gobierno peronista con pala­bras que sólo los más avisores podrían suscribir aun hoy; así sucedió con el imperialismo británico, el revi­sionismo histórico, el auge de las finanzas internaciona­les, y muchos otros aspectos diseminados en toda su prédica escrita, para enseñanza de quienes puedan y se­pan aprovecharlas. Es que los genios políticos lo son más por su sensibilidad, por un sexto sentido que los dirige en su actividad y que les permite percibir la ten­dencia general de los acontecimientos y sobre los cuales el hombre que tiene perspicacia y hábito no se equivoca. Los hechos sociales manifiestan una corriente cuyas con­secuencias a largo plazo son previsibles para el político, y ello constituye la condición de su importancia como tal. No son los agoreros ni los fantaseosos, sino los que expresan una verdad que se concreta.

La labor cotidiana
La lectura de los diarios era acompañada de lápiz y papel. Cuando era necesario, cotejaba, comparaba, hacía cuadros, sacaba conclusiones, guardando los nú­meros en la memoria privilegiada y que le servían para fundamentar sus aseveraciones sin desviaciones ideoló­gicas. Su hermano le observó alguna vez: “Con los apun­tes que tiras al canasto podría hacerse un tratado de economía política”.
Lo acuciaba un inquieto afán de mejoramiento de su patria, y estaba convencido de que el modo de lo­grarlo era ilustrando a la opinión, sirviéndose para ello de los medios puestos a su alcance, el primero de los cuales era conocer su propio país.
“El periodismo es combate, sino, no vale la pena”, afirmó alguna vez.
“Todos hablan de la libertad de prensa. Es cierto, se trata de un derecho inalienable. Pero a condición de que se cumpla su contraparte, que es el deber de infor­mar. Entre nosotros existe lo primero, pero lo segundo se deforma, cuando no se oculta”.
“O, como afirmaba a veces, se dicen las cosas de modo tal que no se creen. Se juega el truco de la verdad y pero disfrazada ésta de modo tal que resulta la convic­ción contraria” en el lector desprevenido.
Cristiano viejo
Con dos tíos monseñores y una educación cristiana recibida en la cuna, tenía toda la prudencia del hijo que sabe hasta dónde le es dado llegar, cosa que no le im­pedía ejercer sus derechos de cristiano viejo, que de­fendía celosamente, y uno de los cuales, según decía con grandes risas, era el de criticar al clero, cosa ésta que no toleraba en quien no fuera también hijo obediente de la Santa Madre Iglesia.
Oportunidad hubo en que echó con cajas destem­pladas a quien ostentaba vestiduras talares, pero que mostraba carecer de límites cuando se dejaba llevar por la pluma en el comentario destinado al periódico. “A mí no me va a crear usted un problema con la Iglesia”, le hizo saber en tono rotundo y vigoroso, al dar por con­cluida su colaboración.
Una uniformada del ejército de salvación solicitaba en cierta ocasión un óbolo entre las mesas del restau­rante, y ante su negativa o indiferencia se detuvo para preguntarle por qué se negaba a contribuir. “¡Porque creo en la Inmaculada Concepción, c…!”, afirmó rotun­do, mientras daba un vigoroso puñetazo en la mesa.

Los apurados
Solía ser de manga ancha, y nunca negó su mano, su abrazo, su casa, su mesa y su cordialidad a quienes militaban en posiciones a veces encontradas con la suya.
Compartió con Alfredo L. Palacios la integración de la Junta para la Recuperación de las Islas Malvinas, pero no le perdonó el que con motivo de la guerra, en 1940, le negara ser la oportunidad para recobrarlas, aprove­chando precisamente el apurado trance que pasaba el usurpador británico. “Siempre que se trata del interés del país, aparece un pretexto para renunciarlo”.
Tampoco le perdonó a Dorrego su apresuramiento en firmar la paz con el Brasil, que nos dejaba perdedo­res. “Hubiera podido dilatarla en espera de una oportu­nidad propicia, pero cuando se trata de firmar en contra de la nación, todos se apresuran a hacerlo!”.
Sus fiestas
Las tenía fijas y variables. Las primeras eran tres, a saber: el 25 de Mayo, su cumpleaños y el año nuevo. Reunía a los amigos en su casa y ofrecía una generosa hospitalidad, llena de risas y agasajos.
Respecto de la celebración maya, escuchaba cierta vez el elogio que hacían su hermano Julio y un amigo común acerca de la obra de España en América, de su incidencia cultural, de sus ventajas y afirmaciones, de sus virtudes, y suma y sigue, y le comentó socarrón a un ocasional interlocutor, de pie a su lado: “Estos dos ga­llegos parecen olvidar que aquí hubo un 25 de Mayo!…”
Las fiestas movibles variaban según la ocasión, pero no tenían la calidad de rito de las primeras, aun cuando el corazón revistiera la misma cordialidad y la fina cor­tesía de gran señor que caracterizaba todos sus actos.

La salud y la política
Dotado de un físico privilegiado, lo maltrató siste­máticamente desde su primera juventud. Su vitalidad le permitió no obstante llegar a los setenta años, y sólo el cáncer pudo acabar con ella. Sin embargo, pensó que la plenitud del individuo es condición necesaria para el ejercicio de las altas funciones de gobierno. Por eso, al cumplir los sesenta, consideró acabado su derecho a una actuación directa y personal. Las exigencias de una ma­gistratura nacional demandan un cúmulo tal de fuerzas y dedicación que aquélla no puede confiarse sin grave riesgo a quien no las tiene en dimensión óptima.
Coincidía en esto con sus contemporáneos. No se puede contar sino con algunos años para desarrollar una actividad política plena. La “década” de que hablaba Roosevelt; “hacer la guerra a los cincuenta antes que a los sesenta”, que decía Hitler; encontrar, antes de morir, la ocasión del pleno empleo de todas sus dotes.
Irazusta influyó en el cambio de la mentalidad ar­gentina, pero no tuvo la oportunidad del gobierno. Era difícil resistir su simpatía, pero la notoria diferencia de sus talentos hacía que lo temieran y respetaran antes que estimarlo. Y volaba demasiado alto para su tiempo.
Los más dotados sólo acertaron a pisar su huella, pero no alcanzaron a seguirle el paso. Fue un solitario rodea­do de amigos. Vio triunfar sus ideas, hoy aceptadas y convertidas en lugar común, pero lo que él desvelada-mente perseguía era ver el país en marcha. Su victoria intelectual sólo constituyó un dejo de cenizas amargas, pues tampoco las utilizaron quienes tuvieron la oportu­nidad de obrar para superar el estancamiento.

La crítica
Irazusta gustaba de las personalidades vigorosas. La suya era demasiado fuerte, desbordante, como para soportar a los mediocres, con quienes se aburría a me­dida que descendían en calidad. “No tengo alma de maestrillo”, afirmó alguna vez.
Gustaba del vino, como su admirado don Marcelino Menéndez y Pelayo del jerez, y bebía abundantemente y sin resentirse. Generalmente, solía dejar a cada cual en su casa cuando la tertulia se alargaba alrededor de las copas hasta avanzada la madrugada. Se burlaba de quienes utilizaban con aviesa intención el comenta­rio sobre esa inclinación suya. “También lo decían de Alem: don Leandro bebe”, recordaba, y lanzaba una car­cajada. “Son los puros quienes me achacan la bebida”, y alguien recordaba una salida iracunda suya a quien lo molestaba con la observación: “¿Y a cuál de los diez mandamientos falto?”. Terminante.

El sonsonete
Abuelo médico en un medio rural, que invirtió sus ingresos para adquirir tierras. Padre, periodista, políti­co, funcionario público a ratos, que pudo sobrellevar azares de fortuna al refugiarse en el rincón de su naci­miento. Irazusta heredó con sus hermanos los campos denominados “Las Casuarinas” y “San Marcelo”, que­dándose finalmente con parte muy disminuida del pri­mero, embellecido por el tío forestador (“el plantador no trabaja para sí, sino para su descendencia”), en con­dominio con su hermano Julio. Eso les valió el invaria­ble sonsonete de “ganaderos del litoral”, utilizado con malicia peyorativa, especialmente por quienes hacen del ejercicio de la pluma una profesión, para indicar una “capitis diminutio” de inteligencia, de comprensión, de amor a la patria, como si todo esto estuviera reservado exclusivamente a los desastrados de las ciudades, a los aventureros de la urbe, a los leguleyos sin clientela, a los estrategas de café, a los conspiradores profesionales, a los seguidores incondicionales del lema partidario, a los sin conducta cívica, a quienes desde el cómodo refugio de la crítica han ocultado todas sus imprevisiones y su radical incapacidad de sentir en la piel esa fuerza mis­teriosa de los pueblos, que indica el rumbo, bueno o malo, por el que van, y lo que les aguarda mas allá del horizonte inmediato.
Irazusta nunca respondió a tales ataques. Tomó la iniciativa en cambio, o los repelió, cuando lo que estaba en juego era una cuestión de interés público. Un desafío público a Raúl Prebisch, un mentís permanente a cuanto significara desmedro del país y de sus hijos, fueron su respuesta cívica. Nunca descendió a la cuestión personal y aceptó de buen grado la crítica y el debate. Es más, abogó porque ambos fueran permanentes. Sólo que en este último era excesivamente diestro y fuerte para sus contrarios. Ya en tiempos de estudiante universitario, como única forma de poder llevar adelante una tumul­tuosa asamblea en la que se encontraba en minoría de número y en mayoría por sus razones, optaron por de­jarlo afuera y deliberar a puertas cerradas. El episodio le causó siempre muchísima gracia, y lo festejaba como una ocurrencia tan efectiva como feliz de sus ocasiona­les adversarios.

La izquierda
“El comunismo es una religión”, afirmaba, “y sus secuaces y adeptos no razonan, creen”.
No hace mucho que nos tocó vivir, apenas rozados por un hálito envenenado, la acción y el clima de quie­nes se figuran que existe un orden ideal que ha de ins­taurarse revolucionariamente y será capaz de mantener­se a sí mismo. Lo impulsaban los destructores fogosos del presente, pero conservadores de antemano de un futuro utópico.
Irazusta no cayó en la discusión ideológica. Se limi­tó a constatar el problema, y el hecho de que entre nosotros tales ideólogos eran de buena posición social y económica, y en lo que concierne al país y a su política, tan regiminosos como sus presuntos adversarios.

La primera salida
En diciembre de 1941 aparecía el texto de la invita­ción a fundar el Partido Libertador, concretada en la convención nacional realizada en Córdoba, el 11 y 12 de octubre del año siguiente.
La misma expresaba:
“Compatriotas: La gravedad ya crónica de los ma­les que afligen al pueblo argentino nos obliga a plantear seriamente el problema de solucionarlos. Si se considera la ineficacia invariable de todas las reacciones patrióti­cas, pareceríamos condenados a una inevitable adversi­dad. Muchos espíritus elevados se debaten en la impo­tencia, y la juventud bien intencionada se desmoraliza ante el espectáculo de la corrupción general y del cinis­mo triunfante.
“La pendiente que nos lleva a la miseria colectiva y a la servidumbre nacional se hace día a día más pro­nunciada, sin que nadie atine a impedir la caída. Los partidos que comparten la posesión de los instrumentos del estado están completamente desnacionalizados. Los patriotas, que son por su número la inmensa mayoría del país y por su fervor la más poderosa fuerza espiri­tual, no encuentran el medio de agruparse. Los dirigen­tes, poseídos por ideas falsas, enviciados en el hábito de la conspiración sistemática, sufren el complejo de inferioridad de las minorías incomprendidas y no logran crear el instrumento que haga prevalecer las ideas na­cionales. Esta situación debe cambiar; y debe cambiar urgentemente. Para ello es necesario que los hombres de buena voluntad se decidan a plantear el problema político del país en sus verdaderos términos”.
Y luego de analizar la trayectoria de los principales partidos en existencia, agregaba:
“Frente a los organismos políticos del régimen se encuentra el gran movimiento nacionalista que cuenta con la parte más sana del pueblo, con la casi totalidad de la juventud y con el descontento general. Pero ese movimiento, inspirado en los sentimientos más elevados, adolece de fallas políticas fundamentales, que conviene analizar para corregir.
“La primera, la falta de confianza en el pueblo de ciertos sectores, insuflada por teorizadores bisoños en el manejo de la filosofía política, o imbuidos de un es­píritu de selección minoritaria, que se creen nacionalis­tas y no hacen otra cosa que inventar sucedáneos al sufragio para asegurar la estabilidad de la oligarquía.
“La segunda, la obsesión de la jefatura personal que traduce un servil mimetismo de los experimentos euro­peos y que resulta inadecuada entre nosotros cuando no es el resultado de una gestación natural, producto de un prestigio legítimo.
“La tercera, una tendencia irreprimible a la facili­dad, sugerida por el éxito del pronunciamiento de sep­tiembre, que les impide dedicar el tiempo suficiente para realizar una organización de carácter permanente.
“Estas modalidades son fomentadas por los agentes gubernamentales que pululan en los ambientes naciona­listas, pues el gobierno teme más que nada la aparición de un gran partido que aúne las aspiraciones y canalice los descontentos nacionales.
“De eso se trata, estimado compatriota. De formar un poderoso organismo que traduzca el sentir, que en­carne las aspiraciones y asuma la representación del pueblo argentino traicionado por sus gobernantes. Para eso solicitamos su concurso ciudadano, sin exigirle el acatamiento a determinada jefatura, ni proponerle más compromisos que los que surjan de la identidad de pro­pósitos y de la espontánea concordancia en la aprecia­ción de los problemas nacionales”.
Insuperable retrato de una época. Imposible decir más con menos palabras. Sólo restaría el comentario, y es el de que esos agentes del régimen pudieron más que todos los esfuerzos del patriotismo y la inteligencia, y acertaron a llevar este y otros movimientos, a vía muerta.

La Unión Republicana
A principios de octubre de 1955 se dio a conocer el manifiesto del nuevo partido, la Unión Republicana, cuya sustancia es la siguiente:
“Los llamados partidos tradicionales y los movi­mientos en formación parecen más inclinados a las dis­quisiciones ideológicas que al examen de los problemas concretos de nuestra realidad. Sin desconocer el valor de los principios, los organizadores de la Unión Republi­cana llaman la atención de la ciudadanía sobre la im­portancia de las soluciones prácticas y de la conducta en la acción.
“Proclamamos nuestra decisión de procurar la recu­peración espiritual del pueblo argentino; de dignificar la ciudadanía, humillada por la corrupción y el despo­tismo; de lograr la verdadera liberación de nuestra eco­nomía; de promover una justa distribución de la riqueza colectiva; de estimular el progreso del país con el fin de afianzar la prosperidad necesaria para que la nación alcance la plenitud de su grandeza, a la que la predispo­nen sus condiciones económicas, su posición estratégica, y las cualidades no aprovechadas de sus habitantes.
“Enunciamos asimismo la necesidad de contener la inflación monetaria, de suprimir la excesiva ingerencia del Estado en la economía, de eliminar el presupuesto clandestino basado en el agio sobre los permisos de cambio, de acabar con la expoliación del agro y de la industria, de que el enjuiciamiento político en trámite resulte justificado por una gran política nacional, de res­tituir progresivamente a las provincias sus medios eco­nómicos y financieros, de propugnar una legislación so­cial adecuada a la libertad de la empresa revisando las actuales leyes de tipo fiscalista que traban la producción y actúan en desmedro de la economía de cada ciuda­dano”.
Al cabo de casi un cuarto de siglo, seguimos aguar­dando.

La condición del extranjero
“No me niego a compartir una mesa con cocina vas­ca, decía una vez que hablamos de la condición de los extranjeros, pero a las colectividades no debe concedér­seles personería. Hay que obligar al extranjero a asimi­larse, romper las trenzas de a ocho que algunas de ellas forman”.
En 1928 advertía: “El poder asimilativo del pueblo argentino, indudablemente el más fuerte que se haya podido constatar en la historia de las migraciones huma­nas, se ha debilitado debido a un género de instituciones que constituye una novedad en nuestro problema inmi­gratorio. El influjo del país podía luchar contra el espí­ritu mutualista de los extranjeros. Ni aun la superioridad social y económica que daba a las colectividades el espí­ritu de asociación sobre la masa de criollos, inermes y dispersos, ha sabido tentar a los hijos de extranjeros. Al acriollarse éstos perdían el espíritu de asociación y preferían renunciar las ventajas que les brindaba la exis­tencia de la colectividad, con tal de poder ostentar orgullosamente la calidad de ciudadanos argentinos.
“Pero de los derechos otorgados a los extranjeros en carácter de tales, que debían y deben ser considerados como derechos individuales, no se sigue necesariamente que esos mismos derechos deban ser otorgados a las colectividades extranjeras. El derecho que tienen los ex­tranjeros de asociarse con fines útiles no debe extender­se al de asociarse con sus connacionales y con exclusión de los demás habitantes del país. El derecho de publicar sus ideas por medio de la prensa no determina expre­samente que puedan hacerlo en sus respectivas lenguas. El derecho de enseñar y aprender, no significa que pue­dan hacerlo en su lengua de origen. El estado puede y debe considerar el problema desde el punto de vista de los supremos intereses de la nación, y en ese caso supri­mir, prohibir por ley expresa, la existencia de escuelas y colegios extranjeros, de periódicos extranjeros, de aso­ciaciones extranjeras. Ello no afectará en nada a las li­bertades de los extranjeros, individualmente considera­dos, y así se preservará el poder asimilativo del país, que es contrarrestado por la existencia de todas esas institu­ciones que responden al espíritu de colectividad”.

El mal gobierno
Ese fue el objeto permanente de su crítica, y, llega­do el caso, del ataque de Irazusta. No personalizo. No le interesaron los hombres sino sus obras, y por eso a la comitiva presidencial que encabezada por Hipólito Yrigoyen se dirigía al solemne Te Deum en la Catedral, el martes 9 de julio de 1929, le gritó: “¡Viva la patria! ¡Abajo el mal gobierno!”, originando el consiguiente desorden, según la calificación policial, que le valió unas horas de detención, no obstante su empeño en ser juz­gado para hacer oír su voz.
Toda su vida mantuvo similar actitud dejando de lado preferencias personales para centrar su observa­ción o su apoyo en la realidad del quehacer político. No le arredraron alianzas siempre que sirvieran para alcan­zar un podio más alto, desde el cual llegar a la ciudada­nía, provocar el debate, invitar a los mejores a participar en el esforzado servicio del interés general.
El episodio quedó para la historia. No obstante su insistencia para que le iniciara sumario, pese a la carta abierta que publicara en “La Fronda”, dirigida al presi­dente, y al comentario editorial aparecido con nombre y apellido en “La Prensa”, el asunto fue sofocado “in ovo’.

La clase dirigente
Sus ideas y aseveraciones, siempre urticantes, polé­micas, originales, correspondía a la clase dirigente apli­carlas. Pero esa clase directiva argentina, “corrompida por una cultura esquemática y deshumanizada, parece no poder dar de sí las fórmulas elementales de la revo­lución nacional que se requiere como primera condición para lograr nuestra ubicación en el mundo.
“Una nube de ideólogos tradicionalistas, imbuidos de nociones extrañas a nuestro medio, de las más ex­travagantes doctrinas de nacionalismo internacional, de fascismo y totalitarismo, solicitan la audiencia de la opi­nión pública, sin encontrar otro eco que las manifesta­ciones de fastidio de un pueblo hastiado de tópicos, de doctrinas, de modelos y de precedentes.
“Los partidos políticos, que representan mal que bien los distintos sectores de la opinión pública y cuyo per­sonal fabricado en serie por la universidad plutocrática hace vanos esfuerzos por diferenciarse siquiera en algu­nos matices han llegado a una tal identificación ideoló­gica que apenas si se percibe ya cuál es el oficial y cuál el opositor.
“El tratamiento de lo propio, en cuanto a idea e in­tereses, se difunde y se acentúa día por día, sin encontrar traducción en la política.
“De nada valen las condiciones extraordinariamente favorables de nuestra economía; de nada la magnífica situación estratégica que nos brinda la naturaleza; de nada el constituir la única comunidad de raza blanca en América; de nada la superior difusión de ciencia aplíca­da, técnica que podemos apuntar como único resultado favorable del régimen liberal.
“El estado argentino no cuenta para nada en los consejos que deciden la marcha del mundo. Lo que ocu­rre en el terreno de lo contingente nos cae encima como la lluvia, nos empuja como el viento, nos resquebraja como la sequía, sin que pensemos como ente colectivo, que nuestra participación relativa en los centros genera­dores puede influir en el desarrollo de los acontecimien­tos, sobre todo de aquellos que nos conciernen más di­rectamente”.

El liberalismo
Rodolfo Irazusta, según recuerda su hermano Julio, se proclamaba en su juventud “el último de los libera­les”. Pero muchos de sus amigos refieren en cambio, que los liberales excitaban su enojo como la capa roja irrita al toro, según la expresión de Juan Emiliano Camila. Pese a la aparente contradicción esta no es tal, y si bien se ve pueden coordinarse ambas actitudes. Irazusta no era ideólogo, y, en consecuencia, no hacía cuestión de regímenes. Nunca negó la obra de los liberales en otros países, pero lo abrumó la incompetencia de quienes lo fueron en nuestro medio, y ensartan a lo largo de la historia un fracaso tras otro, y sucesivos desastres que empequeñecen el recuerdo de los que ya hemos pasado.
En una referencia a las “Influencias extrañas de la política argentina”, recuerda que el auge del liberalismo en Europa “arrastró entre nosotros a los estratos de la burguesía, a las gentes de letras y de intereses, que por entonces coincidían en ideales comunes”, pero “no con­movió el espíritu de las poblaciones, de los pueblos de Hispano América, que sospechaban en ese movimiento un enemigo oculto”.
“La desconfianza de los pueblos, afirma, estaba jus­tificada. Porque si el liberalismo era completamente ene­migo de la dominación española en América, de la men­talidad y modos de vida tradicionales de los criollos, no lo eran en la misma medida de las pretensiones de dominio manifestadas harto claramente por las dos gran­des potencias marítimas de entonces: Inglaterra y Francia.
“Los liberales se hicieron los engañados y se plega­ron cínicamente a las tentativas de dominación de los poderes europeos… Los liberales en Europa eran nacio­nalistas y unificadores; los nuestros resultaron colonia­les y separatistas… Imitando a los liberales de Europa lo hicieron tan mal que llegaron a traicionar sus prin­cipios”.
Y se preguntaba: ¿qué pensarían los liberales italia­nos del Risorgimento, los alemanes que hicieron la unidad de su país en contra de los pequeños principados, o los patriotas que lucharon por la creación y la independen­cia de Polonia, frente a estos colegas que traducían tan mal sus principios?
“A los liberales, afirmó en otra ocasión, no les inte­resa más que sostener el orden al día, sin suprimir las causas que puedan originar su destrucción mañana. De ahí que en la práctica parezcan hombres de orden, sin que lo sean en realidad en la teoría”.

La finanza internacional
A principios de julio de 1930, con motivo de cum­plirse el centenario de Ernesto Tornquist y Cía., Irazusta glosó la prosperidad de la banca. “Ninguna de las catás­trofes políticas, económicas, financieras; ninguna de las crisis ruinosas que la República ha soportado durante ese lapso de tiempo, han podido destruirla. La habilidad de sus directores, la índole misma de su actividad, la han preservado de todos los peligros, de todos los contras­tes, al mismo tiempo que las fortunas territoriales de las familias argentinas daban los mismos tumbos que el país, asociadas forzosamente a las dichas y a las desdi­chas de éste, a su ruina y a su prosperidad. Y es que el carácter egoísta y escurridizo de la finanza, le permite desaparecer en los malos momentos, trasladar su esencia sutil a otros climas, emigrar como las golondrinas, para reaparecer sonriente en la primavera de la prosperidad. A ella no le oprime el peso agobiador de la fiscalidad que agobia a los hacendados; a ella no la perturban las sucesiones que diezman el patrimonio de las familias ape­gadas al suelo nacional por el conducto de códigos mal fraguados; a ella no la alcanzan las confiscaciones, ni le hacen daño las crecientes, ni sequías, ni la langosta. To­dos los desastres le son provechosos, y para postre tiene siempre la sonrisa del gobierno democrático que necesita oro para mantener a sus paniaguados. ¡Y a qué precio!”
Terminaba augurando el auge de “una nueva estrella, la estrella aureolada de la finanza, que constituirá la futura aristocracia argentina. Aristocracia sin amor por el país, sin lástima por el pueblo, sin solidaridad con la nación”.

La influencia inglesa
Al referirse a Inglaterra y el progreso argentino, en 1930, escribía:
“Los ingleses nos ayudaron a libertarnos del mono­polio español para implantar en nuestro país otro mo­nopolio, que, si menos evidente, mucho más perjudicial. El capital inglés se empleó en construir vías de comu­nicación y en fomentar el comercio. Últimamente, en la construcción de la industria frigorífica, con la cual ha progresado indudablemente nuestra producción rural, pero aumentando la dependencia.
“En efecto, mientras los productos principales de la industria agropecuaria fueron el cuero y la lana, sin con­tar el hueso y la grasa, nuestra producción podía en­contrar diversos mercados, pues estos productos son ma­terias primas de la industria en muchos países. Podían, además, industrializarse en el país, y seguramente la pro­pia ganadería se hubiera interesado en fomentar la crea­ción de esa industria. La valoración de la carne, como producto de exportación, absorbió la actividad de la ga­nadería trayéndola al estado actual en que cualquier ame­naza de competencia en el mercado británico la hace temblar.
El comercio, la industria, la producción de la carne, han hecho desatender la producción de lana, materia pri­ma de universal colocación. Así, desde hace mucho tiem­po, en las estancias se disminuían las majadas para aumentar los rodeos. La producción se hizo cada vez más unilateral, y el beneficio que dejaba se empleaba en la importación de reproductores, aumentando así el capital en la producción de carne y haciendo de esta producción la mayor de nuestras entradas.
El beneficio mayor de este comercio tenía que quedar fácilmente en manos del capital británico por interme­dio de los ferrocarriles que transportaban las haciendas hasta los frigoríficos, hábilmente centralizados para aumentar el tráfico y dueño también de los frigoríficos que regulan el precio del producto. Total: monopolio ferroviario, monopolio frigorífico, ¡monopolio!
“Ahora la industria ganadera se empeña en mante­ner tal estado de cosas creyéndolo beneficioso para ella. No lo es porque con tal sistema se la mantiene en cons­tante crisis desde el año veinte. Y de ella no podrá salir si no se decide a gestionar de los poderes públicos, no que éstos le conserven el cliente a costa del interés ge­neral sino que traten de formar la industria que emplee las materias primas, industria del tejido, del cuero, de lubrificantes animales y vegetales, etc.”.
Este artículo, del 30 de agosto de 1930, debe cons­tituir seguramente el prolegómeno de lo que ratificaría el pacto Roca-Runciman y que daría motivo para la pu­blicación de La Argentina y el imperialismo británico, cuyo prólogo está fechado en marzo de 1934. El subtítu­lo: “Los eslabones de una cadena – 1806/1933”.

La jerarquía en las funciones del estado
Bajo este título apareció en el primer número de “La Nueva República” un comentario al que los aconte­cimientos del presente confieren relevante actualidad.
“Entre nosotros, dice, se da a la instrucción pública una importancia capital dentro del estado… criterio erróneo que ha subvertido en nuestro país la jerarquía de las funciones del estado. En realidad, la educación no es función de estado… la instrucción lo es sólo en sus estadios superiores y nada más que como elemento de contralor. En cambio la justicia es uno de sus fines primordiales, el segundo después de la seguridad exte­rior, encomendada al ministerio de Relaciones exterio­res; pero dada la falsa doctrina de la separación de los poderes, ha pasado aquélla a último término en el interés gubernamental… no se atiende a preservar el instru­mento de la justicia, el más delicado en la sociedad, de la influencia de los intereses en juego.”
¿Qué agregar al presente, en que el país está jaquea­do en la Antártida, en la Patagonia, en la Cuenca del Plata, en el mismísimo Río de la Plata, y se plantea en editoriales periodísticos la dramática pregunta de si Ar­gentina sobrevivirá sin ser dividida al año 2000?
Dueños del privilegio del territorio y de nuestra si­tuación geográfica, pero constituidos en “una rueda pa­rada” en el progreso del continente, y en los detentadores de la abundancia que no permitimos usufructuar a nues­tros vecinos americanos, Irazusta expresó más de una vez su preocupación de que las exigencias de la necesi­dad llevara al reparto del país, inerme ante el reiterado desacierto de su clase dirigente.

El peronismo
Cuando todavía se procura discernir el fenómeno del peronismo, sus causas y motivaciones, resulta útil cascar el huevo de Colón en las predicciones formuladas por Irazusta respecto de lo que se preparaba.
A raíz de las resoluciones adoptadas por el doctor Castillo y su ministro del interior, Culaciatti, que so pre­texto de lo que entonces se llamó las actividades anti­argentinas reprimían la libertad de prensa, ideaban me­canismos que impedían la formación de nuevos partidos políticos, etc., todo en nombre de la guerra o de la neu­tralidad, según conviniera, para ser más exactos, en agos­to de 1941, Irazusta prevenía:
“Estamos acostumbrados a servir a la patria sin nin­gún género de consideraciones de interés personal, pro­pio o ajeno. Las medidas de Culaciatti contra el derecho de reunión, los abusos de ese mismo funcionario con­tra la libertad de prensa, los atropellos de la comisión investigadora contra los derechos de los extranjeros y contra la libertad de comercio, están preparando la cama del dictador cortado a la medida de este régimen que les ofrece el destino. Ese incógnito, militar ambi­cioso o aventurero político, sin normas morales, no ten­drá necesidad para nada de violentar la Constitución y las leyes. Le bastará con acudir a los decretos y edictos de que se vale el régimen de septiembre para crear y preservar un privilegio político electoral perfectamente ilegítimo en el sistema que pretende amparar y que su­prime totalmente los fundamentos del gobierno republi­cano.”
Y apenas quince días después insiste en su comen­tario semanal:
“Ya hemos señalado reiteradas veces en estas mis­mas columnas que lo que hacen los dictatoriales gober­nantes de la hora presente es preparar la cama del futu­ro dictador que, esta vez, no tendrá que chocar contra los prejuicios populares en lo que respecta a la libertad de prensa, a la libertad de reunión, a los fueros de la ciudadanía allanados todos en nombre de la democracia, y, aunque no lo sepan los miembros de la comisión (in­vestigadora), ni los directores de los diarios anglofilos, es cosa tan vieja como el mundo que los dictadores siem­pre excusan sus atropellos a la libertad en nombre de la democracia; que las más de las veces, los verdaderos dictadores son los tribunos del pueblo, que arremeten en nombre de éste contra los privilegios constituidos al amparo de la libertad”.
La idea del origen legítimo del poder que se decía ostentar, hacía olvidar el principio mucho más impor­tante del uso legítimo del poder, y los resultados del fatal equívoco no tardaron en aparecer.

La política exterior
En una conferencia sobre “La reforma constitucio­nal”, pronunciada en 1957, resume Irazusta nuestro des­membramiento y desacertada política internacional en estos términos:
“La notable política exterior de la Confederación era difícil de contrarrestar y difícilmente se hubiera pres­tado el Brasil a desafiarla, si no hubiera encontrado agentes argentinos dispuestos a secundar sus designios. Desgraciadamente, éstos sobraban. En primer lugar los sitiados en Montevideo; a continuación, todos aquellos que se sentían fatigados por una lucha de veinte años. El general Urquiza personalizaba la fuerza mejor organizada de la época y tenía ambición. Habiendo vencido a Rivera en India Muerta y a Paz en el potrero de Vences, que­daba consagrado como el mejor guerrero de su tiempo. Conocía como nadie el terreno de una posible contienda con el enemigo tradicional. Esa era su guerra si se ofrecía pero no la quiso hacer. En vez de esa guerra nacional que muchos creían inevitable, prefirió el planteo con­trario. En vez de orientar sus caballerías hacia Río de Janeiro decidió dirigirlas contra Buenos Aires, ayudado inclusive por las tropas del Brasil. ¡Abismos del corazón humano! Quien pudo quedar en la historia argentina como un capitán más grande que San Martín, prefirió defraudar a sus hermanos de armas, empañar su pres­tigio al extremo de buscarse una muerte siniestra.
La enseñanza de Caseros es la más gráfica de la his­toria constitucional argentina. El general Urquiza quería sinceramente la constitución. Para lograr su propósito se complotó con el extranjero en circunstancias particular­mente onerosas. No teniendo genio político alguno, se comprometió sin medida ofreciendo al aliado extranjero la satisfacción de todas sus ambiciones en desmedro de nuestra nación. Prometió el reconocimiento de la sobe­ranía del Brasil sobre las Misiones Orientales que esta­ban al alcance de un caballazo de sus huestes y cuya propiedad involucraba la definitiva independencia de la Banda Oriental. Prometió y cumplió el reconocimiento de la independencia del Paraguay que Rosas había dife­rido esperando que el tiempo y la reflexión convencieran a los paraguayos de lo absurdo de tal independencia. Tomó en préstamo el dinero necesario para la moviliza­ción y prometió pagarlo y pagó después, otorgando ven­tajas que valían mil veces más.”

El nacionalismo
El concepto del nacionalismo lo aclaró en forma ter­minante Irazusta en 1967, durante el gobierno de Onganía, al ser entrevistado respecto del asunto.
“Algunos creen, dijo entonces, que el telurismo, el hispanismo, la derecha o el tradicionalismo son necesa­riamente nacionalismo. Otros consideran al nacionalismo como una expresión política del catolicismo, lo que tam­bién es un error (aunque naturalmente no sean incom­patibles). El nacionalismo ni siquiera es el patriotismo natural, sino algo distinto: es una necesidad, cuando la gestión de los intereses públicos resulta equivocada, in­suficiente o nociva, como en nuestro país. Los países que están en alza o en progreso, no necesitan del naciona­lismo. No lo necesitan porque con el patriotismo elemen­tales ven cumplidos todos los objetivos de la ciudadanía. Aquí, en cambio, es imprescindible.
“El nacionalismo es la defensa de los intereses de la patria. Recalco eso: la defensa de los intereses, de todos los intereses. Políticos, económicos, sociales y espiritua­les. Cuando hay defensa quiere decir que es necesaria, que hay ataque, que esos intereses peligran.
“Hoy vivimos una etapa de nuestra historia que se caracteriza por el casi total olvido de esta defensa. Esta­mos asistiendo a la virtual disolución del estado. Se ha llegado a proponer a potencias extranjeras la copartici­pación en los impuestos que se cobran en el país, como en el caso del acuerdo pactado por este gobierno con Alemania Federal. Este es un caso evidente de abdica­ción de soberanía.
“Otro caso evidente es el de la exención a la Iglesia de todas las reglas fijadas por el régimen del patronato. No es que yo sostenga que el patronato es una cosa con­veniente, buena ni sagrada, sino más bien lo contrario. Pero el patronato es un principio por el cual se luchó desde el momento de la Independencia, mucho antes de la Constitución. Y al tratarse de una vieja prerrogativa histórica del estado, no puede ser renunciada así, por decreto, sin sustituirla por un concordato. Tal cual se gestó, la eliminación del patronato no es más que una abdicación de soberanía. Porque en el curso normal de las relaciones entre la Iglesia y el Estado suele haber fricciones por razones muy diversas, a veces por cuestión de temperamento de los gobernantes o de los obispos y hasta por motivos protocolares. Por eso todos los países católicos tienen concordatos establecidos; hasta Austria, la última defensora de la fe, se avino a firmar uno.
“Un síntoma de la decadencia del espíritu nacional en la Argentina es que estos hechos que menciono hayan pasado prácticamente desapercibidos. Nuestro país abun­da en buenos católicos y en buenos patriotas, pero carece de una opinión mayoritaria dotada de espíritu público. Si no formamos esa opinión, nunca llegaremos a ser na­ción. Porque el nacionalismo es, específicamente, una actitud de la ciudadanía. No es una actitud de grupos tradicionales, derechistas o católicos, sino de la ciuda­danía como tal.
“En la Argentina el nacionalismo es indispensable ante el abandono total de los intereses del pueblo por el estado argentino, que fue normalmente un agente de los intereses extranjeros”.

Colofón
En una desordenada exposición quedan retazos de la personalidad más singular de nuestro tiempo, exhibi­dos a través de la anécdota, no sé si aleccionadora o gráfica de una manera de sentir, y, en especial, a través de sus palabras e ideas, extraídas según el gusto del com­pilador.
Siempre he creído que Irazusta escapa al análisis. La razón es que muchas de sus admoniciones, dadas a conocer sin sentido dramático, lo adquieren en el mo­mento menos pensado del devenir nacional, como resul­tado de la intuición, instinto, sentido político, o como quiera llamársele, del cual estaba dotado, y que escapa al comentarista o antólogo.
De ahí que no queda sino el abrevar en sus obras completas, en procura de la enseñanza adecuada al pre­sente, de la reflexión aleccionadora, del estímulo para perseverar, y, quizás para los más dotados, de la orien­tación del rumbo. Pero el esfuerzo debe ser personal. El pensamiento de Irazusta no puede darse a la manera de receta, ni transmitirse en dosis medicinales. Hay un ser vivo, que es el país y su gente. Necesita en forma perma­nente de una inteligencia que diagnostique y de una voluntad que realice. Cuando se abreva en Irazusta es para aproximarse a ese país y a esas gentes, no para encontrar una idea que luzca original y se deshaga en mero lucimiento. Es una obra para ciudadanos, no para lectores.
Y en donde todo está por hacerse en política, como es entre nostros, donde la practican los profesionales en organizar partidos, en ganar elecciones, o los apresura­dos siempre prestos a la crítica y nunca dispuestos a profundizar un análisis y a sacrificar tiempo y esfuerzo para conocer qué es lo que se tiene entre manos cuando se habla de la república, y ocupan el ámbito de resonan­cia de la opinión que sin embargo, oscuramente, los re­chaza una y otra vez, cabe preguntarse hasta cuándo podrá seguir indemne a ese ataque, a veces directo, otras deletéreo, de la insensatez, el organismo nacional. Siem­pre fue ya tarde. No obstante, seguimos viviendo el mi­lagro de nuestra integridad. ¿Puede pecarse tan impune­mente contra el espíritu, sin plazo histórico? Irazusta constituye una vibrante negativa al sometimiento, que trasciende a través del tiempo, y justifica el homenaje de esta publicación, como una invitación a la buena gente, que constituye la mayoría en el país, según sus reitera­das palabras, a salvarlo de la necedad y la inoperancia de tantos malos gobiernos. Que así sea.
Buenos Aires, octubre de 1978.
Félix S. Fares

Los mitos platónicos vistos desde América – Alberto Buela

127 páginas
15 x 21 cm
Ediciones Theoria
2009

Encuadernación rústica
Precio para Argentina: 80 pesos
Precio internacional: 16 euros

Iniciamos ya hace unos cinco años, una serie de artículos sobre los mitos platónicos y su interpretación a partir de las necesidades y vivencias de nuestra sociedad y entorno actual.
Nuestra intención expresa fue dejar de Lado las anotaciones eruditas, no porque las despreciemos, sino para que no nos oscurezcan el camino a la comprensión del texto, por aquello que sostenía don Miguel Reale, el viejo maestro brasileño en el sentido que: cultura es aquello que queda cuando se desmorona el andamiaje de la erudición.
Ello se transformó luego en un seminario que dictáramos en la localidad de Saladillo, provincia de Buenos Aires en el marco del CURS (Centro Universitario Regional Saladillo) durante los meses de mayo, junio y julio de 2007.

Si encaramos esta tarea de interpretación de todos los mitos platónicos es porque no tenemos noticias que se haya hecho aún sobre todos y cada uno de los mitos que Platón trata en sus diálogos. Se ha hecho parcialmente, con los más significativos y conocidos pero no sobre todos absolutamente como en este caso
El método que empleamos fue el fenomenológico hermenéutico y consistió en la lectura comentada total de cada uno de los mitos que Platón trata a través de todos sus diálogos. El método es fenomenológico porque va «a los mitos mismos» sin intermediarios y «los describe» tal cual se presentan sin agregar ni interpretaciones históricas ni apreciaciones subjetivas. Y además es hermenéutico porque buscamos el sentido del mito a través de su «comprehensión» e intentamos una «explicación» del mismo mediante el estudios de sus referencias.

Aire puro para descontaminar la atmósfera del pensamiento ilustrado

Hace más de 2.500 años, los grandes filósofos griegos enseñaron el camino. Con Sócrates, Platón y Aristóteles, la tríada más influyente de aquel pensamiento, procuraron dar respuesta a las incógnitas que plantea la existencia humana.
Pero corrió mucha agua bajo el puente de la historia. Si en su hora más vital los principios de raíz griega determinaron que los atributos naturales del hombre eran la libertad y la inteligencia (más allá de que el pueblo quedaba excluido); la Edad Media postuló la idea de aquel como siervo de Dios, Y el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración, fue más allá aún: la concepción teocéntrica fue apartada por una nueva cosmovisión, individualista y material, negadora de la trascendencia del hombre y de Dios como autor y centro del universo.
Como en otras tantísimas oportunidades en que salió al escenario a enseñarnos su oficio de arkhegueta (un eterno comenzante que le busca sentido a la vida), Alberto Buela se toma el trabajo de retomar la necesaria hoja de ruta de aquellos pioneros que viajaron por el mundo de las ideas para hallar respuestas. Para ello, nos invita a descubrir en los mitos de Platón la riqueza de un pensamiento que, a más de simple y práctico, centró su búsqueda en el ejercicio de la virtud, que vendría a ser algo así como el método para practicar el sentido común.
De esta manera, en cada mito encuentra una «verdad de vida». Y con la potencia reflexiva y reflectora de un faro, ilumina el camino de los interrogantes ayudándonos a «desprogramar» de nuestra mente muchas cosas que no son… A pensar «en natural»… A tener criterio para impugnar —si se permite la expresión- las berretadas ideológicas que en los últimos siglos coparon el mercado del pensamiento occidental.
Buela quiere y consigue en esta obra volver a ubicar las condiciones esenciales para alcanzar sabiduría en lugar de conocimiento. Lo hace a través de un recurso muy entretenido. Y, sobre todo, con la mirada de alguien que es de «esta parte del mundo», lo que convierte a su ejercicio intelectual en una exploración auténtica y valiosa, totalmente antagónica a la explotación de los concesionarios del pensamiento que buscan alienar con sus chafalonías importadas.
La riqueza de su trabajo reside en haber extraído la vigencia que mantienen aquellos mitos en el presente, enseñanzas de eternidad que lucen como magníficos frescos contemporáneos aunque hayan sido pintados hace 25 siglos.
Así, nos hace ver la tremenda actualidad que conserva el mito del Andrógino ante el avance de las «nuevas opciones» sexuales traídas por la posmodernidad, como si el género del hombre y la mujer debiera responder a cuestiones culturales o de moda y no fuera imposición de la naturaleza. Lo mismo que en el mito del Juicio Final: los hombres no deben ser juzgados por parcialidades sino de manera integral, de principio a fin, algo que como sabemos no suele ocurrir como es el caso de tantos prohombres de la política hechos próceres antes de tiempo.
Después interpreta cabalmente la ética del hombre bueno y su contracara: la impunidad de los que hacen el mal sin temor al castigo, que es el sustento del mito de Giges. Traza una hermosa metáfora, en el mito de la caverna, sobre las paradojas de la actividad política contemporánea, que salvo contadas excepciones no es vista como esa luminosidad interior que sólo va a sacarnos de las sombras si aceptamos que la única manera de ejecutarla es como parte de un proceso liberador del hombre en forma integral.
En varios pasajes del libro sobresalen evidentes guiños a la figura de Perón. O, más que a la persona, a los preceptos filosóficos que llevaron al líder argentino a conformar un movimiento de características inéditas en el mundo del siglo XX, con plena vigencia si se analiza el fenómeno de la crisis mundial-moral de este tiempo.
Por ejemplo, en el mito de las cigarras Buela expone nítidamente la armonía que debe existir entre lo material y lo espiritual, dos estadios en apariencia antagónicos que en verdad no lo son, y que se corresponden el uno con el otro desde el cultivo del esfuerzo hasta el disfrute de las cosas que nos dan placer o bienestar.
En igual sentido habría que leer su reflexión acerca del mito de los ciclos invertidos del cosmos, que refiere a la virtud de los grandes conductores de comunidades que hacen de la persuasión su regla de oro para dirigir y guiar a un pueblo en su búsqueda redentora.
Efectivamente, lo que el texto me dice en mi condición de lector es que a Perón no le interesaba tanto el hoy como el mañana: quería sembrar para cosechar a su debido tiempo; tenía un proyecto y sabía que, como tal, no se concreta de un día para otro. No quería el poder por apetito material, sino que buscaba la virtud. Con actitudes de docencia: en su doctrina deja una enseñanza para los que le seguirán después. El quería llegar a la conquista de alguien o de algo convenciendo. Pero además quería que estén convencidos. Porque una vez que la idea se hizo carne, no hay vuelta atrás, no hay forma de que la voluntad quiera retroceder. «El hombre puede desafiar cualquier mudanza si se halla aunado de una sólida verdad», dice en ‘La Comunidad Organizada’. Lo otro no sirve, son burbujas en el aire que se disuelven rápido.
Buela nos hace ver todas estas cosas con una claridad conceptual infrecuente en el mundillo intelectual de hoy, donde pululan los derviches que hablan «en difícil» para que no podamos entender nada… ¿O será que son ellos los que no saben interpretar lo que nos pasa?.
es que son muy pocos los lugares de nuestra Iberoamérica, por no decir ninguno, que hoy tienen la posibilidad de respirar el aire puro y refrescante de Alberto. Virtud que le da una estatura enorme como pensador al servicio del hombre común y de los pueblos que comprenden que si los filósofos se han preocupado por interpretar al mundo, a ellos les corresponde ahora cambiarlo. Por eso hay que abrir la ventana y dejar entrar el viento campero que desde el Sur nos trae este Gaucho.
Claudio Díaz

PRÓLOGO GALEATO

Iniciamos ya hace unos cinco años, una serie de artículos sobre los mitos platónicos y su interpretación a partir de las necesidades y vivencias de nuestra sociedad y entorno actual.
Nuestra intención expresa fue dejar de Lado las anotaciones eruditas, no porque las despreciemos, sino para que no nos oscurezcan el camino a la comprensión del texto, por aquello que sostenía don Miguel Reale, el viejo maestro brasileño en el sentido que: cultura es aquello que queda cuando se desmorona el andamiaje de la erudición.
Ello se transformó luego en un seminario que dictáramos en la localidad de Saladillo, provincia de Buenos Aires en el marco del CURS (Centro Universitario Regional Saladillo) durante los meses de mayo, junio y julio de 2007.
Queremos agradecer al secretario de Cultura de la Municipalidad, Claudio Massaccesi, que lo hizo materialmente posible y al alma mater de este seminario, la señora Guillermina Saggión, quien puso todo de sí para llevar a feliz término esta iniciativa que nació de los propios estudiantes, y a quienes les dedicamos este trabajo.
Queremos dejar constancia que varios de estos, nuestros estudios, han sido levantados por prestigiosos profesores europeos pertenecientes a, aún más, prestigiosas universidades como la de Navarra, Aix en Provence y Perugia.
Nos queda a nosotros la satisfacción de poder afirmar sin temor a equivocarnos que también el espíritu filosófico alumbra del otro lado del Salado, del Salado exterior como se decía en antiguo. A partir del cual comenzaba la verdadera Pampa, la tierra del indio, el desierto como decían nuestros abuelos.
Con lo cual ofrecemos un mentís real y efectivo a la afirmación de Hegel que en la América española no había alumbrado aún el Espíritu.
Es de esperar que los gobernantes locales recojan esta iniciativa que no se mide con cantidades, sea de dinero o rating, pero que muestran la calidad espiritual, la enjundia intelectual y la profundidad crítica de sus vecinos de todos los días.
La mejor resistencia al pensamiento único y políticamente correcto nace a partir de la profundización seria de los temas, cuestiones y problemas, y no escondiendo la cabeza como el ñandú para desentenderse de los mismos.
En definitiva, la realización con éxito de este seminario muestra que Argentina tiene reservas espirituales inconmensurables.

Noticia bio-bibliográfica
Aristocles, cuyo pseudónimo era Platón, el de espaldas anchas, fue hijo de Aristón y de Perictione, aristócrata ateniense que venía del linaje de Solón, uno de los antiguos siete sabios. Nació en el 428 a.C. Desde su niñez hasta su juventud se desarrollan las Guerras del Peloponeso(431 -404) entre Atenas y Esparta que terminaron con el triunfo de Esparta. Su primer maestro fue Cratilo, discípulo de Heráclito, y a partir de la edad de veintiún años, en el 409, conoce a Sócrates que en ese entonces tenía sesenta y tres años, a quien acompaña por diez años hasta su muerte en el 399.
Al término de las Guerra del Peloponeso(404) cae la democracia y se instala en Atenas el gobierno de los Treinta Tiranos, dos de los cuales, Cármides y Critias, eran tíos suyos. Además Platón entiende la política y sus formas como un proceso de paulatina decadencia que va desde la sociedad natural hasta la tiranía, a través de la descomposición, por perversión, de las distintas formas políticas.
Con semejantes parientes y preconceptos Platón no pudo nunca hacer política en Atenas. Es  por eso que la quiso hacer en Sicilia con los tiranos Dionisio el Viejo (en 388) y Dionisio el Joven (en 367), pero el primero terminó vendiéndolo como esclavo (tuvo la suerte que lo compró su discípulo Anníkeris) y el segundo lo encarceló y tuvo que ser liberado con el envío de una nave de guerra por parte de su amigo y discípulo Arquitas, el tirano que gobernaba la ciudad de Tarento. (Cfr. Paul Notorp: Platos Ideenlebre)
En el 387 funda la Academia, que tendrá una duración de 916 años, pues fue cerrada recién en el año 529 d.C. por Justiniano. En el año 367 ingresa como alumno Aristóteles, que lo será por veinte años hasta la muerte de Platón en el 347.
Platón escribió en forma de Diálogo y se destacan cuatro períodos: De juventud (del 393 al 389): Apología (sobre la virtud); Ión (sobre la poesía), Critón (sobre el deber cívico), Laques (sobre la valentía), Protágoras (sobre la virtud y la educación), Lysis (sobre la amistad), Cármides (sobre la temperancia) y Eutifrón (sobre la piedad), Libro I de la República.
De Transición (del 388 al 385); Gorgias (sobre la retórica), Menón (sobre la virtud), Eutidemo (contra la erística), Hipias Menor (sobre lo falso), Cratilo (sobre los nombres), Hipias Mayor (sobre lo bello), Menexeno (sobre los oradores).
De la Madurez (385 al 370): Banquete (sobre el amor), Fedón (sobre el alma), República (sobre lo justo) y Fedro (sobre el amor).
De la Vejez (369 al 347): Teeteto (sobre la ciencia), Parménides (sobre las ideas), Sofista (sobre el ser), Político (sobre el poder), Filebo (sobre el placer), Timeo (sobre la naturaleza), Critias (sobre la guerra), Leyes (sobre la legislación), Epínomis (sobre el número y la diferencia).

INTRODUCCIÓN

Hablar o escribir sobre Platón y su filosofía es una tarea infinita que se viene haciendo desde hace 2600 años, de modo tal que está lejos de nuestra intención decir algo novedoso sobre el maestro de Atenas.
Si encaramos esta tarea de interpretación de todos los mitos platónicos es porque no tenemos noticias que se haya hecho aún sobre todos y cada uno de los mitos que Platón trata en sus diálogos. Se ha hecho parcialmente, con los más significativos y conocidos pero no sobre todos absolutamente como en este caso. Incluso el último trabajo de que tenemos noticias, el de Genevieve Droz: Les mythes platoniciens (1992) obvia al menos dos mitos. Y también los trabajos de nuestro buen compañero de la Sorbona y mejor estudioso de los mitos platónicos, Luc Brisson, que no han llegado a ser extensivos a todos.
Solo nos restaría ordenarlos cronológicamente para que su lectura sucesiva muestre al mismo tiempo la evolución de las ideas en el propio Platón.
Grosso modo podemos afirmar que Platón parte de la base que existe un mundo ideal de formas (eidos=ideas) perfectas y acabadas de las cuales participan las cosas para ser, para existir en la realidad ontológica del mundo, y que el mayor o menor quantum de participación indica la mayor o menor plenitud de ser de las cosas. La idea de bien es la que se encuentra en el sitial más elevado y a partir de ella y en vista a ella se deriva el resto.
Platón entiende la política y sus formas como un proceso de paulatina decadencia que va desde la sociedad natural hasta la tiranía, a través de la descomposición, por perversión, de las distintas formas políticas. Sueña siempre con la restauración más que con la creación de un nuevo régimen de gobierno.
Para él, el mejor es el gobierno de uno, el del déspota ilustrado o el del monarca filósofo.
En cuanto a los mitos se entiende por tales, relatos que no se encuentran expresados en estructuras conceptuales lógicas y precisas sino que tienen una cierta tradición popular. Poseen tres características esenciales: a) no son argumentativos, b) son eficaces y c) no son verificables. La diferencia con las alegorías también utilizadas por Platón, como la de la línea o la del Sol, es que estas últimas son un puro invento del que las expone para decir las cosas de otro modo o con otras palabras. Las alegorías tienen un autor, en cambio los mitos son impersonales, de allí que comiencen siempre con «se dice» (légetai).
La otra característica de los mitos platónicos es que van casi siempre al final de los diálogos, es decir, cuando ya se dieron por terminados los diferentes argumentos racionales.
El método que empleamos fue el fenomenológico hermenéutico y consistió en la lectura comentada total de cada uno de los mitos que Platón trata a través de todos sus diálogos. El método es fenomenológico porque va «a los mitos mismos» sin intermediarios y «los describe» tal cual se presentan sin agregar ni interpretaciones históricas ni apreciaciones subjetivas. Y además es hermenéutico porque buscamos el sentido del mito a través de su «comprehensión» e intentamos una «explicación» del mismo mediante el estudios de sus referencias.

Cartas desde la celda 7 Selección y edición de Ilse Hess – Rudolf Hess

220 páginas
medidas: 14,5 x 21 cm.
Ediciones Sieghels
2014
, Argentina
tapa: blanda, color, plastificado,
Precio para Argentina: 110 pesos
Precio internacional: 15 euros

Desde 1966 Rudolf Hess es el único prisionero de la cárcel de Spandau. Condenado a prisión perpetua por el tribunal de Nüremberg, es el único de los grandes jerarcas nazis que permanece encarcelado. La trágica aventura iniciada con su misterioso vuelo a Inglaterra en 1941 —fuga cuya finalidad jamás ha sido aclarada suficientemente— se prolonga ahora, tras casi treinta años de prisión, en la celda solitaria de Spandau. Pocas figuras de nuestro tiempo superan en trágica intensidad a la de este misterioso personaje que fue durante un tiempo el vice-Führer del partido Nacionalsocialista alemán. Esta dimensión dramática y misteriosa aparece reflejada la correspondencia intercambiada desde la celda con su esposa Ilse y su hijo Wolf, y ahora por primera vez dada al público. Estas cartas constituyen elemento primordial para vislumbrar hasta qué punto fue Rudolf Hess un loco, un alucinado o bien un idealista horrorizado ante la crueldad de una guerra a la que quiere poner fin a cualquier precio —incluso al precio de su vida—. Entre los jefes de la Alemania nazi, Hess era el que disponía de un bagaje cultural más amplio, de una formación filosófica y literaria —no sólo política— más sólida y de una profunda vocación universitaria. En estas cartas, junto a reflexiones políticas que sorprenden por su agudeza, expone Hess una concepción del mundo asentada en las más puras esencias de la tradición alemana. Hess comenta —a veces irónicamente— los últimos acontecimientos políticos, de los que recibe puntual información a través de su esposa Ilse. Analiza otras veces con agudeza las obras de los más destacados pensadores germanos —Schopenhauer, especialmente— o aborda temas literarios, lingüísticos, musicales. Pero quizá lo que presente un interés mayor con vistas a desvelar el misterio de esta personalidad contradictoria, son las cartas en las que Hess hace balance de su vida, de sus éxitos y fracasos, pide perdón a su esposa por estos largos, años de soledad o aconseja a su hijo sobre las lecturas o los estudios que debe seguir.
En su conjunto, esta correspondencia sostenida desde la cárcel constituye uno de los documentos humanos más impresionantes de nuestro siglo, una obra a la que habrá que recurrir en el futuro cuando se intente penetrar, no sólo en el drama íntimo de Rudolf Hess, sino en la angustia como dimensión última del hombre, en la tragedia de un fracaso purgado hasta su límite más cruel.

ÍNDICE

Prólogo 11
SOBRE LA VIDA DE MI PADRE 15
CARTAS… ¿SOLO CARTAS? 35
Spandau, 27-II-1955 35
Al hijo 11. III. 1956 36
Al hijo 19-V-1956 37
Al hijo 3-6-1956. 39
De Ilse Hess a R.H. – Gailenberg, 12.6.1956 41
Spandau, 24.6.1956. 42
De Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 22.7.1956 45
Spandau, 5.8.1956 45
14.10.1956 47
31.3.1957. 48
8.6.1957 50
Al hijo. 15.6.1957. 50
Al hijo 22.6.1957. 52
30.6 1957 53
Al hijo 7.7.1957 54
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 22.8.1957 55
Spandau, 25 8.1957. 55
15.9.1957 56
Al hijo 25.1.1958. 57
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 25.3.1958 58
Spandau, 29.3.1958. 59
Al hijo 12.4.1958. 61
20.4.1958 61
Al hijo. 26.4.1958. 61
Al hijo. 22.11.1958. 63
Al hijo. 15.12.1958. 64
Querida: 25.1.1959. 65
Ilse Hess a R.H. – Gailenberg, 5.2.1959. 67
Spandau, 8.2.1959 68
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 10.2.1959 69
Spandau, 15.2.1959. 70
21.2.1959. 73
9.8.1959. 74
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 28.9.1959. 75
Spandau, 11. 10.1959 76
27.12.1959. 77
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 10.1.1960 79
Spandau, 24.1.1960 80
30.1.1960 81
28.2 1960 82
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 5.4.1960 83
Spandau, 22.4.1960 83
24.4.1960 85
Al hijo 1.5.1960 86
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 5.5.1960 87
Spandau, 15.5.1960 88
21.5.1960 90
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 15.6.1960 92
Spandau, 25.6.1960 93
23.7.1960 94
31.7.1960 96
7.8.1960 96
21.8.1960 98
16.10.1960 99
30.10.1960 100
Ilse Hess a R. H. – Camino de Bederkesa, 15.11.1960. 101
Bederkesa, 24.11.1960. 102
Spandau, 4.12.1960. 102
5.2.1961. 103
25.6.1961. 104
20.8.1961. 105
3.9.1961. 107
Al hijo 18.11.1961 108
En el Polo Norte, 17.12.1961 109
20.12.1961 111
Día de San Silvestre, 1961 111
25.2.1962 111
22.3.1962 112
25.3.1962 113
31.3.1962 115
Al hijo 31.3.1962 116
8.4.1962 117
22.4.1962 117
Al hijo 22.4.1962. 118
29.4.1962 118
20.5.1962 120
3.6.1962 121
Al hijo 24.6.1962 122
8.7.1962 126
29.7.1962 126
Al hijo 19.8.1962 127
28.10.1962 129
Al hijo 4.11.1962 130
17.11.1962 132
25.11.1962 133
12.1.1963 135
7.4.1963 137
24.5.1963 138
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 11.6.1963. 140
Spandau, 23.6.1963. 140
18.8.1963. 141
14.12 1963. 141
Al hijo 12.1.1964. 143
A la cuñada, señora Irmgard Beinert. – Spandau, 8.3.1964. 145
14.3.1964. 145
20.3.1964. 146
Al hijo 28.3.1964. 146
2.5.1964. 148
10.5.1964. 148
24.5.1964. 150
Al hijo 9.8.1964 150
A la cuñada Ingeborg Pröhl. 22.8.1964. 153
Al hijo 26.12.1964. 153
7.2.1965. 155
13.2.1965. 156
27.3.1965. 158
11.4.1965 159
Al hijo 25.4.1965 161
16.5.1965 163
23.5.1965 163
29.5.1965 165
A la madre política, señora Else Horn 12.6.1965 167
11.7.1965 169
19.9.1965 170
25.9.1965 172
3.10.1965 174
Al hijo 23.10.1965. 177
6.11.1965. 177
Al hijo 6.11.1965. 178
Al hijo 21.11.1965. 179
4.12.1965. 181
13.12.1965. 183
24.12.1965. 186
Al hijo 24.12.1965. 187
15.1.1966. 188
Al hijo 22.1.1966. 188
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 25.1.1966. 190
Spandau, 29.1.1966 190
12.2.1966 192
19.2.1966 192
6.3.1966 193
12.3.1966 194
Al hijo 21.3.1966 195
Al hijo 27.3.1966 196
3.4.1966 197
30.4.1966 199
Al hijo 7.5.1966 201
Ilse Hess a R. H. – Gailenberg, 11.5.1966 202
Spandau, 14.5.1966 203
Al hijo 28.5.1966 204
Al hijo 2.7.1966 205
9.7.1966 207
31.7.1966. 208
Al hijo 5.8.1966. 208
6.8.1966. 210
Wolf Rudiger Hess a R. H. – Wiesbaden, 15.8.1966 210
Ilse Hess a R.H. – Gailemberg, 16.8.1966 211
Spandau, 19.8.1966. 212
Al hijo 21.8.1966. 212
3.9.1966. 213

PRÓLOGO

Desde 1966 Rudolf Hess es el único prisionero de la cárcel de Spandau. Condenado a prisión perpetua por el tribunal de Nüremberg, es el único de los grandes jerarcas nazis que permanece encarcelado. La trágica aventura iniciada con su misterioso vuelo a Inglaterra en 1941 —fuga cuya finalidad jamás ha sido aclarada suficientemente— se prolonga ahora, tras casi treinta años de prisión, en la celda solitaria de Spandau. Pocas figuras de nuestro tiempo superan en trágica intensidad a la de este misterioso personaje que fue durante un tiempo el vice-Führer del partido Nacionalsocialista alemán. Esta dimensión dramática y misteriosa aparece reflejada la correspondencia intercambiada desde la celda con su esposa Use y su hijo Wolf, y ahora por primera vez dada al público. Estas cartas constituyen elemento primordial para vislumbrar hasta qué punto fue Rudolf Hess un loco, un alucinado o bien un idealista horrorizado ante la crueldad de una guerra a la que quiere poner fin a cualquier precio —incluso al precio de su vida—. Entre los jefes de la Alemania nazi, Hess era el que disponía de un bagaje cultural más amplio, de una formación filosófica y literaria —no sólo política— más sólida y de una profunda vocación universitaria. En estas cartas, junto a reflexiones políticas que sorprenden por su agudeza, expone Hess una concepción del mundo asentada en las más puras esencias de la tradición alemana. Hess comenta —a veces irónicamente— los últimos acontecimientos políticos, de los que recibe puntual información a través de su esposa Ilse. Analiza otras veces con agudeza las obras de los más destacados pensadores germanos —Schopenhauer, especialmente— o aborda temas literarios, lingüísticos, musicales. Pero quizá lo que presente un interés mayor con vistas a desvelar el misterio de esta personalidad contradictoria, son las cartas en las que Hess hace balance de su vida, de sus éxitos y fracasos, pide perdón a su esposa por estos largos, años de soledad o aconseja a su hijo sobre las lecturas o los estudios que debe seguir.
En su conjunto, esta correspondencia sostenida desde la cárcel constituye uno de los documentos humanos más impresionantes de nuestro siglo, una obra a la que habrá que recurrir en el futuro cuando se intente penetrar, no sólo en el drama íntimo de Rudolf Hess, sino en la angustia como dimensión última del hombre, en la tragedia de un fracaso purgado hasta su límite más cruel.

SOBRE LA VIDA DE MI PADRE

A la pregunta dirigida por carta a Spandau por mi madre sobre si después del 1 de octubre de 19661 tan grave para él, no desearía recibir una visita de su hijo, respondió:
«No sería, en realidad, un reencuentro sino un primer conocimiento. Pues del último encuentro, cuando tenía tres años, no puede haber quedado durante veinticinco años más que una sombra como recuerdo del padre. Y el niño de entonces no tiene con la fotografía del hombre crecido de hoy nada en común más que la certeza de que ambos son mi hijo…»
Con excepción de un brevísimo momento, de todos modos bastante nítido, no ha quedado en mi recuerdo nada que pueda semejarse a un contacto personal, a un conocimiento personal con él. Tuve que reconstruir su imagen a través de relatos, anécdotas, informes e investigaciones personales, tal como acostumbra a hacer un estudioso con una figura histórica. Y sin embargo, se hizo sentir y sigue obrando todavía en mí algo singular: la sangre paterna, la herencia que siento actuar en mí, tiende el puente hacia un hombre a quien — por decir así — no conozco personalmente y del cual me encuentro muy próximo. Gracias también, sobre todo, al intercambio epistolar y los debates que en estas cartas se han suscitado sobre diversos temas y problemas, siempre con la rígida censura de Spandau de por medio, ha podido transformarse una imagen difusa y poco clara al principio, en una concreta figura de mi padre, a la que ahora creo ver con absoluta concreción. Todas las particularidades restantes que he ido descubriendo — procedentes de años muy lejanos con frecuencia o en papeles amarillentos por el tiempo— han contribuido a trazar esta visión de conjunto de su personalidad.
En el bosquejo de la familia Hess que a continuación se ofrece y especialmente en el que trazo de la vida de mi padre, trato de transcribir este cuadro, por lo menos en sus contornos más precisos.
* * *
Los antepasados de la familia Hess por nosotros conocidos aparecen asentados en la región de Wunsiedel, en los montes del Fichtel. donde según una presunción no confirmada, debieron establecerse alrededor de 1730, procedentes de las zonas germanas de Bohemia. El primero cuya existencia es posible puede seguirse de una manera concreta nació en el año 1740, en Oberredwitz2. Sus años de estudios y de viajes le llevaron lejos del país; finalmente, volvió a la tierra natal y se estableció en Wunsiedel como zapatero. El carácter prolífero de la familia — Peter Hess tuvo cuatro hijos y dos hijas y también las siguientes generaciones fueron prolíferas — hizo que la estirpe comenzara a ampliarse. La mayor parte de los hijos y nietos de Peter Hess abandonaron Wunsiedel y emigraron a todos los puntos cardinales del antiguo Reich: como artesanos, médicos, clérigos, funcionarios, químicos, e ingenieros aparecerían en los tiempos subsiguientes.
Sin embargo, nuestros directos antepasados permanecieron todavía por espacio de dos generaciones arraigados en Wunsiedel y también el bisabuelo de mi padre, Johan Hess, fue allá un apreciado maestro zapatero hasta su muerte (1863).
El ansia de lejanías que heredado de Peter Hess, no se había hecho patente al principio más que en otras ramas de mi familia, se reprodujo en la nuestra en la persona de Christian Hess, mi bisabuelo. En su caso, como luego en el de mi padre — cuya capacidad para ello también se puso de manifiesto— no parecieron faltarle resoluciones que llevar consecuentemente a término. Nacido en Wunsiedel en el año 1836, abandonó el año revolucionario de 1848 la casa paterna y atravesando los Alpes con los coches de posta, viajó hasta Livorno, a casa de unos parientes lejanos. La agitación que aquel año reinaba también en Italia no pareció asustar gran cosa al muchacho de trece años que era entonces. Unos años más tarde, tocado otra vez del afán viajero, apareció en Trieste, donde ingresó en la razón social del comerciante suizo Johannes Bühler. Según ha quedado puntual constancia, su principal le tuvo en gran estima por «su capacidad y su «excelente carácter», hasta el punto de serle concedida en 1862, cuando tenía veintiséis años, la mano de la tercera de las hijas de Bühler.
A los tres años de la boda, cuando le habían nacido una hija y un hijo, abandonó Christian Hess la razón social de su suegro para vivir nuevas aventuras: en Alejandría, en Egipto, fundó en el año 1865 la empresa de importación «Hess Co .», que más tarde fue regentada por sus hijos Fritz y Adolf.
Este Fritz Hess —mi abuelo— se buscó novia en la patria: Clara Münch, con quien contrajo matrimonio en 1892, era hija de un industrial procedente de la Franconia septentrional. Su familia aportó a la herencia paterna y mediante una tradición de afición musical, un cierto equilibrio a los caracteres prosaicos y secos de los antepasados de los Hess y los Bühler3.
El primer hijo de esta unión —mi padre— nació el 26 de abril de 1894 y fue bautizado en el templo alemán evangélico de Alejandría con los nombres de «Rudolf Richard.»
Fritz Hess no solamente había heredado de su padre Christian la competencia y el espíritu de iniciativa, sino una severidad llevada en ocasiones a los máximos extremos. Sobre el orden que por voluntad del dueño y señor de la casa reinaba en el hogar de mi padre, en Alejandría, se contaban en el seno de la familia reveladoras anécdotas. Por ejemplo, las comidas se efectuaban con la máxima puntualidad de que era capaz el reloj. Los miembros de la familia se encontraban ya en torno a la mesa cuando el padre llegaba, procedente de la empresa, en el minuto exacto. Durante la comida, no se atrevía nadie —ni siquiera la madre— a pronunciar una sola palabra en tanto que el padre no hubiera abierto la conversación. Desde que un día rechazó la ensalada con las palabras «No soy una cabra», no hubo más lechuga en la mesa de casa de los Hess. La existencia de la casa estaba enteramente ajustada a las idas y venidas del padre, a sus horas de levantarse y de comer y sus gustos y sus inclinaciones: era un patriarca, que ejercía la autoridad ilimitada en el seno de la familia. En una de sus cartas desde Spandau recordaba mi padre que el patriarca en cuestión, en el año 1897 y por razón de que el acontecimiento no parecía inminente y en definitiva, tampoco le concernía a él de una manera activa, durmió tranquilamente mientras nacía su segundo hijo4.
De bastante tiempo después data otra anécdota que caracteriza a mi abuelo Hess: hacia los años 30 y al efectuar un viaje fuera de las fronteras, comprobó que el aduanero alemán había escrito en el formulario su apellido «Hess» con «ss» y le llamó para que rectificara y lo hiciera con doble «s»5. El funcionario comentó: «¡Ah! ¿Lo escribe usted como el lugarteniente del Führer?». A lo que respondió Papá Hess: «No; él lo escribe como yo porque soy su padre.»
A pesar del orden tan severo que reinaba en el hogar, los dos hermanos transcurrieron una infancia feliz; jugaban con amigos en el jardín paterno y aprendían por el contacto de los numerosos sirvientes aquello que no hubieran debido aprender. En especial parecieron haber adquirido una especie de maestría en el uso de juramentos árabes; mi padre contaba luego, no sin un punto de orgullo, que con el natural horror de la madre, podía recitar durante un minuto, sin interrupción ni repetición, aquella estridente parte del caudal lingüístico árabe sólo apto para labios masculinos.
No había en el gran jardín, arrebatado con mil penalidades al desierto y convertido en un mar de flora africana y europea, rincón que no hubiera sido conquistado por los «Oíd Shatterhand», «Winnetous» y «Hadchi-Halef-Omar»6. que no hubiera sido transformado en campamento de pieles rojas o guaridas de piratas. Los escorpiones eran algo cotidiano; tan solo cuando de unos matorrales especialmente favoritos y frecuentemente explorados apareció en una ocasión una cobra —que fue muerta por un portero árabe con un palo — se colocó en un gran vaso lleno de alcohol, como símbolo y a manera de advertencia.
Al lado de estos aconteceres infantiles y divertidos, el ambiente oriental, con sus características y peculiaridades, dejó al primogénito una marcada huella, ya en aquellos primeros años. Décadas más tarde escribiría al recordar Egipto desde Spandau que «recibido con la fuerza vital de la juventud» había dejado, como segunda patria «imborrables huellas».
Hacia finales de siglo y con la finalidad de vincular más estrechamente la vida de su familia con Alemania, Papá Hess se hizo construir en Reichsgoldgrünn, en las montañas del Fichtel, una gran casa de campo. La casa fue a partir de aquel instante el objetivo de viajes anuales de vacaciones. También estos viajes aparecen evocados en algunas de las cartas de Spandau. Despertaron en mi padre, en años juveniles, el amor por la naturaleza, que tan sugestiva se muestra en aquellos rincones de la Alta Franconia.
La vida cotidiana de su niñez transcurrió, empero, en Alejandría, donde ingresó en el año 1900 en la escuela evangélica alemana. Pero como la tarea escolar estaba al cuidado del escaso número de familias alemanas y el pequeño número de alumnos no parecía de acuerdo con lo que esperaba y exigía Papá Hess, quitó a sus dos hijos de aquel colegio y les puso al cuidado de unos preceptores particulares, que les daban las clases en el propio domicilio, con vistas a prepararles para los futuros quehaceres en la empresa paterna. Porque en este punto no abrigaba el padre la mínima duda: sobre todo su primogénito sería comerciante, continuando los casi cuarenta años de tradición de «Hess & Co.» Aquel hijo experimentó inclinaciones profesionales en otro sentido. En los ensueños sobre el futuro no se veía a sí mismo como comerciante en Alejandría, sino que su interés se centraba en la naturaleza y cuando elevaba la mirada al estrellado cielo que cubría el desierto egipcio, sus aficiones se dirigían a la astronomía; más tarde, experimentó una gran inclinación por las matemáticas y la física. Pero el severo padre no podía aceptar aquellas «diversiones» como una auténtica profesión. Cuando dirigió un día a su hijo la concreta pregunta sobre lo que quería ser «en un tono que por sí solo nos helaba la sangre»7 no le fue posible a éste más que articular con dificultad la palabra «comerciante».
Con semejante objetivo se le envió en el año 1908 al Pedagogium Evangélico de Bad Godesberg; su retorno a la patria fue para ingresar, pues, en un internado alemán de jóvenes donde —como recordaban luego los propios profesores — se puso de manifiesto su talento y aptitud técnico-matemática y donde tuvo ocasión de expresar por vez primera su secreto deseo de seguir la carrera de ingeniero.8 Por desgracia, la voluntad paterna estableció también en ello una frontera: tras conseguir la denominada «prueba de madurez media», tuvo que cambiar el «Pedagogium» por la «Ecolé Supérieur de Commerce» de Neuchatel. El hijo resultaba algo refractario a todo ello —entretanto, el padre se había dado perfecta cuenta — pero se vio obligado a pesar de todo a establecer contacto con la doble teneduría de libros, los cheques y el intercambio, que proyectaron las correspondientes luces sobre el oficio del comercio.
Además del respeto a las opiniones del padre, le había acompañado también a Suiza el recuerdo de la tradición de la empresa paterna; una tradición que no podía interrumpir y a la que estaba dispuesto a sacrificarse. Entre padre e hijo se había creado, a pesar de la rígida y severa dictadura paterna, una relación entrañable, hecha del mayor afecto mutuo. Así como el hijo respetó en los años juveniles la voluntad del padre, en los años últimos del padre ocurrió lo contrario, a pesar de que el hijo había terminado por no ser comerciante, sino haberse dejado llevar por una labor idealista que mereció, en definitiva, el máximo respeto paterno. Ambos experimentaban por su parte la fuerza de una convicción interna; los imperativos de una tarea y la abnegación y entrega precisas para llevarla a buen término. Tales eran las medidas y normas por las que se rigió su mutua relación.
Si la «Ecole Supérieur de Commerce» no consiguió imponer, en definitiva, a mi padre en los secretos del «balance» y «la doble teneduría», aquellos años transcurridos en Suiza tampoco dejaron ninguna huella en su espíritu. Su disposición y habilidad para forjarse un propio mundo interior — que le acompaña en sus dilatados años de cautiverio — tuvo entonces su primera expresión.
También durante su estancia de aprendizaje en Hamburgo, prevista y preparada por su padre, obró como siempre le dictaba su conciencia: a pesar de que no le atraía en absoluto cuanto formaba parte de su actividad diaria procuró, según propias palabras ser «mejor primero que último.» Sin embargo, su verdadera atracción eran los libros: día y noche se entregaba a la lectura con verdadera pasión. Aquellos años estuvo asimismo poseído de un «fanatismo marino»; poseía abundantes catálogos y volúmenes y se había aprendido de memoria listas enteras de armadores, con las unidades, el tonelaje, la velocidad, etc. Al lado de su interés por los aspectos técnicos se ofrecía en ello un primer atisbo de preocupación política: al igual que el hijo de un alemán residente en el extranjero había asociado ya el concepto del Reich con la «bandera alemana», en los años de Hamburgo se acostumbró a asociar el valor alemán en el mundo con las dimensiones de la flota.
En el decisivo mes de julio de 1914, la familia Hess se encontraba en Reichcholdsgrün reunida para pasar unas semanas de vacaciones: mi padre y su hermano habían llegado de Hamburgo y sus padres de Alejandría (donde no les fue posible regresar hasta 1919).
El entusiasmo bélico de los primeros días de agosto di 1914, significó un punto final para las relaciones entre padre e hijo, en su carácter hasta entonces autoritario. Para el joven aprendiz de comerciante no hubo un segundo de duda: dejó que los estudios continuaran sin él y se alistó inmediatamente y contra el deseo del padre como «voluntario de guerra».
El sentimiento impetuoso que agitaba la entera Alemania, la patria, que era para él patria de sus antepasados y arrebatadamente querida desde el extranjero, hizo que olvidara cualquier otra cosa. Nada hubiera podido detenerle. Se dirigió a Munich, donde ingresó el 20 de agosto de 1914 como recluta de la sección suplementaria del 7o Regimiento de Artillería de Campaña, del que fue traspasado el 18 de septiembre al arma de infantería (Primer Batallón de reserva del Regimiento Bávaro de Infantería número 19. El día 4 de noviembre de 1914 entró en campaña y fue adscrito finalmente a la primera compañía del Regimiento Bávaro de Infantería número uno, llamado «del Rey». El 21 de abril de 1915 fue nombrado cabo y pocos días después, obtuvo la Cruz de Hierro de segunda clase, siendo promovido algo más tarde — el 21 de mayo de 1915— a la categoría de suboficial.
Su regimiento estuvo a la sazón destacado por espacio de varios meses en el Somme; en el invierno de 1915-16 pasó al Artois y en junio de 1916 lanzado a la batalla de Verdún. Ante el fuerte de Douaumont fue herido, el 12 de junio de 1916, por un casco de granada.
A mi padre le ocurrió lo que a tantos de los jóvenes alemanes de entonces, que se fueron al campo de batalla con el himno en los labios y el ardor en el corazón. La crueldad de las mortíferas batallas de material hizo que aquellos muchachos que apenas habían dejado atrás la adolescencia se convirtieran de pronto en hombres maduros.
Uno de los que fueron entonces sus camaradas en el Regimiento Bávaro de Infantería número 1 me ha explicado: «Tu padre pertenecía a aquellos que tras un breve conocimiento y tras intercambiar las primeras palabras era admitido como un auténtico camarada. No se apartaba un instante de sus hombres y muy pronto se convirtió en uno de los más acometedores soldados. Cuando se trataba de encontrar voluntarios para patrullas de reconocimiento o grupos de asalto, aparecía con frecuencia entre ellos. Durante los ataques era un ejemplo por su sangre fría y su escasa preocupación por sí mismo. Pero no sólo venerábamos a tu padre por su valor personal y su arrojo, sino por sus juicios y criterios sobre los hechos y situaciones de las que éramos protagonistas.»
Tras reponerse de las graves heridas sufridas en Douaumont, pasó a formar parte, el 4 de diciembre de 1916, del Regimiento de Infantería de Reserva número 18, como jefe de pelotón de la Décima Compañía. Le enviaron de nuevo en campaña, aquella vez a Rumania. Del 25 de diciembre de 1916 al 8 de enero de 1917, tomó parte en la batalla invernal de Rimnicul-Sarat y los decisivos combates de persecución; estuvo en la batalla del Putna y en los combates de posiciones del Sereth y fue herido de nuevo, aunque en esta ocasión levemente, por un fragmento de granada en el antebrazo izquierdo, en los Cárpatos transilvanos. En las luchas en el Moldava occidental y la marcha por las estribaciones carpáticas, cuando ponía cerco a Ungureana, un disparo de fusil le penetró en el pulmón izquierdo; en lucha con la muerte fue trasladado al hospital de campaña de Bezdivasarhely, justamente a tiempo para que pudiera salvarse. Siguió una convalecencia de varios meses; mientras se reponía llegó —el 8 de octubre de 1917— su nombramiento como teniente.
Así como había tenido suerte a raíz de su segunda grave herida —una suerte de apenas un centímetro, puesto que de alojarse un poco más allá la bala le habría matado—, el hecho tuvo asimismo en otro sentido una repercusión feliz para él: considerado a partir de entonces no apto para su servicio en infantería, fue trasladado, tras una solicitud largamente expresada, a los servicios de vuelo.
Siguió una brevísima instrucción, en la primavera y el verano de 1918 (Escuela de Aviadores número 4) y en octubre de 1918 fue destinado a la escuadrilla número 35, y, finalmente, al servicio de vuelo, tomando parte en los últimos combates aéreos de la Primera Guerra Mundial, del 1 al 10 de noviembre, sobre Valenciennes. Tras el armisticio, la escuadrilla fue pronto disuelta: se le concedió permiso para regresar a Reicholdsgrün y el 13 de diciembre, «licenciado sin destino del servicio militar activo», tal como decía el documento oficial.
La guerra había terminado y quienes habían salido hacia el frente con las banderas desplegadas, regresaban —aquellos que sobrevivían— derrotados y endurecidos. Lo que experimentó mi padre en su interior al enterarse de las brutales exigencias del armisticio, sólo puedo intuirlo. En una carta escrita más tarde —en el año 1927— a una prima, expresó retrospectivamente algunos de aquellos sentimientos.
«Sabes que sufro por la situación a que se ha llevado a nuestra nación antes tan orgullosa. He luchado por el honor de nuestra bandera allá donde un hombre de mi edad tenía que luchar, allá donde resultaba más duro, entre la suciedad y el barro, en el infierno de Verdún, de Artois, y allá donde tenía que ser, arrostré el peligro de la muerte en todos sus aspectos, me sacudió durante jornadas enteras el estrépito del fuego, dormí en un hoyo donde yacía el cadáver de medio francés, pasé hambre y sufrí, como los luchadores del frente sufrieron y pasaron hambre. ¿Tiene que haber sido todo ello en vano? ¿Y los sufrimientos de las personas decentes, en la Patria, tienen que haber sido igualmente vanos? Sé por ti misma lo que vosotras, las mujeres, hicisteis. No; de haber sido inútil, lamentaría que el día en que fueron conocidas las duras condiciones del armisticio y su aceptación, no me hubiera atravesado un proyectil la cabeza. Si no hice los posibles porque así fuera, fue con esta única esperanza: «Puedes todavía tener tu parte en la evolución del destino.»
La fe y la voluntad en «la evolución del destino» fue, a partir de aquel instante, su pensamiento predominante. En la Alemania del invierno 1918-19, sacudida por alzamientos comunistas y atormentada por «consejos de obreros y soldados», reconoció que a pesar de todos estos elementos de derrota, existían todavía posibilidades para su país y su pueblo. Su principal anhelo fue oponerse con todas las fuerzas a la visible situación de servidumbre en que había quedado Alemania: un anhelo que se trocó, paulatinamente, en irritación y concentrada ira.
* * *
La derrota y la subversión de Alemania afectaron también profundamente las relaciones familiares de mi padre. La razón social Hess y Co. de Alejandría fue expropiada, mi abuelo, de sesenta años, tuvo que reconstruirla con grandes sacrificios y no pudo ofrecer así a su hijo un apoyo económico.
Sobre aquellas semanas he encontrado en los papeles de familia indicaciones de que mi padre, en enero de 1919, telegrafió a Potsdam en solicitud de un puesto de servicio: «Ruego información sobre si necesitan instructor aviador, con experiencia del frente.» La respuesta fue igualmente lapidaria: «Todos los puestos de instructores de aviación están ocupados.» Hubo otro intercambio de cartas con Berlín: un conocido de Egipto, que ocupaba un puesto en el ministerio del Exterior, informó sobre la solicitud de mi padre sobre la creación de cuerpos francos para «Defensa de nuestra marca del Este».
Fracasaron públicamente también, en febrero de 1919, sus planes militares, de tal manera que mi padre se dirigió a Munich, para inscribirse en la Universidad como estudiante.
Era aquel un Munich convertido en un hervidero: entre la generación del frente se preparaba el levantamiento contra el dominio de la ciudad por los consejos. Mi padre —que estaba obligado a ganar su propio sustento— no solamente fue empleado por un antiguo camarada de guerra en la pequeña empresa «Munchner Wohnungskunst GmgH.», ejerciendo con ello una actividad remunerada, sino que entró también mediante el jefe de la empresa en contacto con un importante círculo de correligionarios: la sociedad «Thule». Con estos camaradas formó, en los almacenes de la razón social y también en los locales de la sociedad, un verdadero arsenal que jugaría su papel en las luchas decisivas para la liberación de Munich.
Cuando el choque con el gobierno de los consejos llegó a su punto culminante, con el tronar de los cañones en el perímetro exterior de la ciudad, a cuyas inmediaciones llegaban ya las tropas del gobierno procedentes de la Alemania del norte y Wurtemberg, así como el Cuerpo Franco bávaro de Epp, fueron asesinados siete miembros de la sociedad Thule, entre ellos una mujer, la condesa Westarp. Mi padre escapó entonces por milagro de la detención y el fusilamiento e incluso llegó a conseguir, mediante un golpe de mano, un cañón que el Cuerpo Franco en retirada había tenido que abandonar en el Altheimer Eck, uno de los reductos rojos situados en el centro de la ciudad.
Cuando las luchas en Munich terminaron, mi padre llevó a cabo los planes trazados ya en Reicholdsgrün e ingresó por cinco meses en el «Cuerpo Franco Epp» (5.a Compañía de Alarma) como voluntario temporal.
Por aquella época se inició asimismo un contacto que sería de fundamental importancia para la trayectoria siguiente de mi padre: su jefe en la «Wohnungskunst GmbH.» le presentó al general Karl Haushofer, que era una personalidad extraordinaria: general del Estado Mayor bávaro, había efectuado con anterioridad a la primera guerra mundial numerosos viajes al Asia Oriental y obtenido, después de tres años de estancia en Japón, extraordinarios conocimientos políticos y geográficos.
Coincidente con Ratzel y en unión del profesor sueco Kjellen, desarrolló Haushofer nuevas ideas sobre la geografía política, sintetizadas bajo el concepto de «geopolítica». En la primavera y verano de 1919 —Haushofer estaba aún encargado de misiones militares —se preparó para su carrera académica y en el año 1921 fue llamado a una cátedra de la Universidad de Munich. En el joven teniente Hess no sólo encontró Haushofer un interesante oyente, sino también un decidido interlocutor. Para mi padre, aquellas conversaciones fueron el primer paso del pensamiento político instintivo al concreto y para ambos hombres, constituyeron el principio de una auténtica amistad que se prolongó durante un decenio.
Todos aquellos acontecimientos y circunstancias habían hecho que los estudios universitarios quedaran en un segundo término. Como se deduce de algunas de sus cartas de entonces, no por ello los abandonó. Además de las asignaturas que más le interesaban, se había decidido también por las leyes y la economía: una última concesión al padre y a la «Hess & Co. siempre amenazadora en el horizonte».
En la primavera de 1920 volvió a producirse una interrupción, cuando fue llamado a prestar servicio en el aeródromo de la Reichswehr de Sleissheim, a raíz del alzamiento de los espartaquistas en la región del Ruhr, el 29 de marzo de 1920. Una semana más tarde voló —tal como atestigua su documentación militar— para llevar un aparato a la «Escuadrilla Háfner», en la región del Ruhr, y terminó así su servicio militar Queda lacónicamente informado así en la lista del escalafón de guerra: «Separado el 30 de abril de 1920.»
* * *
Debió ser por aquella misma época cuando —al lado de Haushofer— una segunda personalidad influyó en la vida de mi padre. Según el relato de mi madre, fue durante un acto oratorio, en la sala de actos de la «Sternecker Brau», en el Münchener Tal, donde el estudiante Rudolf Hess oyó hablar por vez primera a Adolfo Hitler. Casi inmediatamente se sintió atraído por él.
Unos dos años después, remitió a un concurso convocado por la asociación estudiantil, patrocinado por un alemán del extranjero que vivía en España, un trabajo, que no solamente fue importante por haber obtenido el primer premio, sino más aún: porque —sin citar el nombre de Hitler— describía las reflexiones y esperanzas que habían hecho que mi padre se convirtiera en uno de los primeros partidarios de aquel hombre.
El tema era el siguiente: «¿Cómo tiene que ser el hombre que devuelva Alemania a su nivel?» Mi padre respondió aquella pregunta, en la que se caracterizaba precisamente la situación alemana a la sazón:
«Si queremos buscar lo probable para el futuro, tenemos que mirar atrás, en el pasado. La historia se repite a grandes rasgos. El desencadenamiento de idénticas enfermedades hace que los políticos formados sean igual a médicos.
¿De qué sufre el pueblo alemán?
Ya antes de 1914, el cuerpo no estaba sano. Los trabajadores intelectuales y los manuales aparecían enfrentados, en vez de obrar conjuntamente. El intelectual contemplaba con una cierta soberbia al manual. En vez de dar líderes de sus filas, dejó a los otros abandonados a sí mismos, como pasto propicio a unos cabecillas que aprovecharon las injusticias para hacer mayor el abismo.
Se tomaron el desquite cuando tras el enorme esfuerzo de los cuatro años de guerra, fallaron de pronto los nervios. La derrota fue en primer lugar obra de aquellos líderes y los apoyos que encontraron entre el enemigo. Desde entonces, Alemania aparece presa de la fiebre. Apenas se mantiene en pie. Una hemorragia en sus principales arterias, como consecuencia del Tratado de Versalles; una administración dilapidadora, con las cajas vacías, y una circulación fiducidaria enfebrecida, con una grotesca desvalorización del dinero. Entre el pueblo, brillantes fiestas al lado de una miseria clamorosa; buena vida al lado del hambre, usura al lado de la propiedad y la honradez. Las últimas fuerzas parecen haber desaparecido.»
Describía así al «hombre» capaz de dominar aquella situación:
«Con sus discursos lleva a los obreros hacia el nacionalismo, destruyendo la ideología internacional-social del marxismo. En su lugar presenta el concepto nacional-social. Además, educa a los obreros manuales como a los llamados intelectuales: el interés general tiene que superar al interés personal; primero la nación y luego el «yo» personal. Esta conjunción de lo nacional con lo social es el eje de nuestro tiempo, como fueron las reformas del barón Von Stein antes de las guerras de liberación. El jefe tiene que recoger las ideologías sanas de su tiempo y transformarlas en unas ideas incendiarias que vuelvan a ser efectivas entre las masas.»
«Una gran pasión política es el más valioso tesoro; el corazón pusilánime de la mayoría de las gentes ofrece escaso espacio para ello. Feliz el linaje al que una necesidad impone una noble ideología política, grande y sencilla, comprensible para todos y aprovecha todas las otras ideas de la época.»
(Treitschke)
También los pensamientos de Haushofer eran identificables en algunos párrafos:
«El destino de un pueblo se determina por la política sobre la economía. Todas las reformas internas, todas las medidas económicas serán inefectivas mientras estén en vigor los tratados de Versalles y St. Germain. El hombre guía, político-geográfico, deberá tener un concepto general del mundo. Conocer a los pueblos y sus influyentes particularidades. Según las necesidades y circunstancias, tendrá que pisar con botas de coracero o anudar hilos con dedos cautos hasta en el quieto océano.
»Su tarea más destacada será el restablecimiento de la dignidad alemana en el mundo. Saber lo que es imponderable; saber que la antigua bandera bajo la cual se desangraron millones en la fe por su pueblo, tiene que volver a ondear; saber que hay que llevar a cabo la lucha contra la mentira de la culpabilidad con todos los medios. El fuerte sentido nacional en el interior, la fe en sí mismo, fortalece a un pueblo tanto como la salvación del honor en el exterior.»
El trabajo premiado terminaba como una llamada con versos de Dietrich Eckart:
«Todavía no sabemos cuándo el «hombre» intervendrá para efectuar la salvación. Pero millones tienen la intuición de que aparecerá. Habrá llegado el día cantado por un poeta:
Ataque, ataque, ataque.
Suenan las campanas de torre en torre.
Llaman a los hombres, los ancianos, los niños
Llaman a los durmientes en sus estancias
Llaman a la muchacha que desciende la escalera,
Llaman a la madre que está junto a la cuna
Tienen que retumbar y resonar en el aire
Enfurecerse entre los truenos de la venganza
Llamar a los muertos de su sepulcro.
¡Despierta, Alemania!»
(Dietrich Eckart)
* * *
Entretanto, y para facilitar los estudios de mi padre, afectados por la desvalorización creciente del dinero, una hermana de su padre que vivía en Suiza, había decidido remitirle mensualmente cien francos oro. En los tiempos de la avasalladora inflación alemana, aquello permitía llevar un tren de vida efectivo, aunque sin grandes lujos. Así es que pudo despedirse de la «Munchener Wohnungskunst GmbH», aunque no sin proporcionar al jefe amigo una experta sucesora en la persona de su posterior esposa, mi madre. La tía de Suiza estaba muy lejos de sospechar que en el abundante tiempo libre conseguido, mi padre se dedicaría más a la política que al estudio.
Sobre el principio de esta actividad, ha aparecido al efectuar la investigación de los documentos de aquel tiempo en los archivos oficiales bávaros, una carta de mi padre con fecha del 27 de mayo de 1921. Fue dirigida al presidente del consejo de ministros, Von Kahr. De ello se extrajo que había acompañado ya a Hitler en una audiencia concedida por el presidente del Consejo; en esta carta solicitaba mi padre la confianza de Kahr, ya que escribía lo siguiente sobre la posición política de Hitler:
«El punto central es que Hitler se halla convencido de que solamente es posible un restablecimiento de la postura mundial de Alemania si se consigue atraer a la gran masa, en especial a los trabajadores, hacia lo nacional. Pero esto es solamente concebible con un socialismo razonable y honrado. Por de pronto, antiguos elementos comunistas y miembros del USP han ingresado en considerable número en el «Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista». Al final de un arrebatador discurso de Hitler pronunciado en el Circo Krone, unos dos mil comunistas cantaron, de pie, el himno alemán. Las diferencias de clase se han superado y el obrero manual alterna en las asambleas con los oficiales y los estudiantes. Para mí, que como alemán nacido en el extranjero, detesto todos los partidos, este movimiento representa el «partido sobre los partidos», que está llamado a un gran futuro. Conozco muy bien personalmente al señor Hitler, puesto que casi cada día converso con él y también me siento muy próximo a él como persona.»
Al final decía:
«Para dar a mis palabras algún peso más, ruego a Su Excelencia que, en caso de desear informes sobre mí, tenga a bien solicitárselos al general, profesor doctor Haushofer, con el que me une una estrecha amistad.»
La siguiente intervención de mi padre en el acontecer político fue de naturaleza más violenta: pertenecía a la «Defensa de salas del NSDAP», antecesora de las «Secciones de Asalto». En tal condición, tomó parte en el ya famoso encuentro en la cervecería «Hofbrauhaus», de Munich, el 4 de noviembre de 1921, y fue herido, inclusive. Sobre aquel hecho escribió Hitler con posterioridad que aquella noche «había aprendido a conocer verdaderamente a Rudolf Hess».
Más tarde organizó en la Universidad de Munich un «Grupo estudiantil del NSDAP», del que fue jefe hasta los acontecimientos del 8 y 9 de noviembre de 1923. Acontecimientos en los que llevó a efecto una misión especial: tuvo que custodiar, la noche del 8 de noviembre, a los ministros bávaros detenidos en la «Bürgerbräu». Efectuó la tarea de una manera muy cortés. En un libro aparecido recientemente, donde se hace historia de dichos acontecimientos, puede leerse;
«La jefatura de la «Kampfbund» sabía exactamente porqué confió aquel pelotón a un antiguo teniente aviador procedente de una familia de la gran burguesía, que apareció casi tímidamente ante sus prisioneros. A ninguno de los rehenes le ocurrió nada grave.»
De todos modos, aquel episodio tuvo una consecuencia: en un proceso paralelo al gran «Proceso de Hitler», fue mi padre condenado, a finales de abril de 1924, y en unión de cuarenta participantes en el «putsch» de noviembre, a pena de reclusión en la fortaleza de Landsberg.
Siguieron casi tres cuartos de año de forzada holganza, que supo aprovechar de todos modos. Al lado de estudios para la explicación de un curso y actividad deportiva —había montado en el jardín de la cárcel un dispositivo para efectuar saltos de altura—, sostuvo conversaciones con Hitler, que, como es sabido, se hallaba entonces atareado en la redacción del «Mein Kampf».
En aquella época, mi padre escribió a máquina, al dictado de Hitler, el manuscrito del «Mein Kampf». Efectuó, tras cada una de sus conversaciones privadas con Hitler un borrador privado; tan sólo después fue encargado de repasar las correcciones del «Mein Kampf».
* * *
Tras la liberación de Landsberg, en la noche de San Silvestre de 1924, mi padre tuvo que tomar una decisión difícil: el profesor Haushofer ofreció al recién salido de la cárcel, un puesto de ayudante en ciencias, que mi padre aceptó primeramente. Pero cuando, a mediados de febrero de 1925, permitió el gobierno bávaro la nueva fundación del NSDAP y Hitler le ofreció el puesto de secretario particular, se decidió por Hitler. Fue éste un paso que Haushofer no le perdonó por entero. Aunque la geopolítica atraía mucho a mi padre, aunque veneraba y apreciaba al anciano caballero, tan lleno de ciencia y sabiduría, la dinámica y el impulso del joven movimiento político, ejercían una intensa fuerza de atracción sobre él. Terminó sus estudios y se entregó de lleno a su nueva tarea. Iba con Hitler de reunión en reunión —muy pronto los recorridos se extendieron a la entera Alemania—, escribía, organizaba y planeaba conjuntamente con él.
La empresa «Hess & Co.» de Alejandría —a pesar de su reconstrucción— desapareció de su existencia; la vida de aquel hombre de treinta años estaba fundamentada y decidida de otra manera. Podía llevar a cabo los deseos tantas veces reprimidos. En los documentos familiares que todavía se conservan se encuentra una carta, fechada el 20 de noviembre de 1927, dirigida a sus padres, en la que les anuncia su boda prevista para el 20 de diciembre y se hace constar lo siguiente:
«Pero os hablo de boda y viaje de bodas, sin que sepáis siquiera que vuestro hijo mayor piensa casarse. ¿O acaso no tenía que habéroslo dicho? Sin duda, habíais ya contado con que un día me casaría con la buena camarada de tantos años, con la compañera de escaladas y práctica de esquí, con la compañera en los días buenos y malos del tiempo pasado, con le visitante de la cárcel, que me aportaba los domingos un cambio en la monotonía de la vida de cautiverio, con aquélla que era objeto de todos mis pensamientos y acciones, con Use Pröhl, en una palabra. Con ella entro en el puerto del matrimonio: es ese puerto cuyos escollos conozco tras años enteros de estar juntos, como el piloto las aguas, que recorre durante la tempestad y la calma. Por demás, no preciso haceros una larga descripción de «ella»; la conocéis. No necesito convenceros, como un buen hijo, de que es un ángel y por qué es un ángel. O para repetir la imagen utilizada por Schopenhauer en una de sus cartas, aclararos, porque estoy convencido de «haber pescado la mejor anguila en un saco de culebras». Que esta anguila sea seis años menor que yo, tranquilizará sin duda a mi padre, dada su actitud ante este problema. No esperamos necesariamente —la anguila y yo— el cielo en la tierra en todo momento, pues estamos demasiado maduros para ello, pero sí cuanto pueden conseguir dos personas que se conocen y que se aman como no se han conocido otras personas antes del matrimonio y que están decididas a recorrer juntas el camino de la vida…, esto es, con frecuencia, más hermoso que el «cielo» en un sentido estricto. Con el cielo en el sentido corriente no tenemos que ver mucho ninguno de los dos, puesto que no tenemos ninguna relación con las confesiones actuales…, acaso por sentirnos ambos profundamente religiosos. No conocemos aquí ningún sacerdote que coincida con nuestra concepción. Por ello hemos efectuado nuestro matrimonio para nosotros, con Dios y rechazado todas las formalidades externas…»
Sus temores sobre si los padres aceptarían aquel sorprendente escrito, resultaron infundados. El padre envió inmediatamente sus felicitaciones; la madre escribió con una retrospectiva alusión llena de humor al alistamiento voluntario efectuado al estallar la guerra:
«Cuando en el año 1914 fuiste soldado de Infantería, nos escribiste: “Alegraos conmigo; soy de Infantería.” Como padres, recibimos la noticia con escasa alegría, pero pusimos buena cara a aquel grave juego. Tu carta actual termina igualmente con las palabras: “Alegraos conmigo…” En la presente ocasión, lo hacemos de todo corazón.»
El 20 de diciembre de 1927, los dos hombres que había escogido como maestros, fueron sus testigos: Adolf Hitler y el profesor Karl Haushofer. Una fiesta nupcial celebrada en casa del conocido editor de Munich, Hugo Bruckmann, entre un estrecho círculo de amistades, cerró el día que consagró la unión de dos personas que no podían sospechar entonces los acontecimientos adversos a que se vería sometida su unión; unión que ha capeado todos los temporales y no sólo ha crecido, sino que se ha hecho más profunda. Es hoy mucho más fuerte que entonces.
* * *
Los años siguientes, hasta el 30 de enero de 1933, aportaron, como los transcurridos anteriormente, innumerables viajes, asambleas, encuentros violentos, esperanzas, decepciones, derrotas y victorias. Aquéllas eran las señales de una ardua lucha política, llevada con fe fuerte e indomable en la victoria de las propias convicciones, estimuladas y apoyadas por los crecientes triunfos.
Es de hacer notar también que mi padre no había abjurado como «secretario» de su antigua pasión por el vuelo, sino que lo practicaba en su aspecto deportivo como pionero. Pertenecía a los primeros «aviadores privados» de Alemania, tras haber conseguido de la editora del periódico del Partido y con finalidades de propaganda, la adquisición de un «Messerschmitt 25», en cuyo fuselaje podía leerse, con grandes caracteres, «Völkischer Beobachter», y cuyos mandos ocupaba el «secretario» volante. Mi padre consiguió convencer a Hitler para no trasladarse a las asambleas o mítines en tren o en automóvil, sino utilizar el «vehículo aéreo», como lo denominaba, para ahorrar tiempo. Pero la técnica imperfecta —de acuerdo con los niveles actuales— de los aviones deportivos, los escasos medios auxiliares para la navegación y el desconocimiento de las condiciones atmosféricas de ello resultante, hacían que mi padre llegara a los lugares previstos después de innumerables aventuras y con considerable retraso o bien le obligaban a aterrizar en lugares no previstos para ello. Hitler llegó a decir un día, irónicamente, a su «loco volador»: «Cuando vuelva a hablar en Hamburgo, le dirigiré a usted a Colonia y en tal caso existirá por lo menos una probabilidad de que tropiece con usted en Hamburgo.» Semejante ironía espoleó el amor propio del aviador, que se esforzó en demostrar a partir de entonces que podía llegarse a Hamburgo cuando se quería ir a Hamburgo. Pero los éxitos permanecieron inciertos, según los deseos del tiempo, el motor o diversas circunstancias.
Mi padre aspiraba también a llevar a efecto grandes designios deportivos; llegó a pensar en replicar a. la primera travesía del Atlán33
tico por Lindbergh, en 1927, con un vuelo desde Europa a América; todavía en el año 1932 —el año decisivo desde el punto de vista interior— obtuvo el segundo premio, que fue el primero en 1934 en la prueba para aviones deportivos «en torno al Zugspitze»10. Su mayor hazaña aérea fue también la última: el vuelo solitario a Inglaterra en la noche del 10 al 11 de mayo de 1941.
* * *
Las fechas de la trayectoria pública de mi padre constan en todas las obras de consulta: a las pocas semanas de que Hitler, como jefe del mayor partido alemán a la sazón, fuera llamado a la cancillería del Reich, había encargado a su «secretario» de una importante tarea, al nombrarlo, tras la denominada crisis Strasser, presidente de una «Comisión Política Central del NSDAP», recién creada.
Cómo mi padre valoraba su trayectoria ascendente quedó de manifiesto, ya en aquel diciembre de 1932, en la respuesta que dio a las felicitaciones por su cargo:
«Hacer carrera está emparentado con el «hacer dólares» americano. «Haz dólares, hijo mío, si puedes, honradamente…, pero de todos modos, haz dólares.»
El que hace carrera está con frecuencia muy cerca del chanchullero. Está más próximamente emparentado con el seductor que con el que verdaderamente sabe.
Frecuentar compañías, atar relaciones, aprovechar estas relaciones: estos son los medios del que hace carrera. Se puede bailar carrera, cenar carrera, beber carrera, impulsar carrera hacia arriba, hacerla descender, intrigar hacia arriba y hacia abajo, casarse con carrera y hasta incluso dormir carrera…
«Hacer una cosa por propia voluntad» y hacer carrera se lleva mal una cosa con otra. El que hace carrera lleva a cabo las cosas en pro de ella.
Ante el que hace carrera se halla situado aquél que debe todo a su carácter ascendente. Efectúa su deber, sin pararse a considerar el resultado que tendrá sobre su carrera. También puede cuidar la sociabilidad, si así lo desea; puede bailar, amar, fumar en compañía de otros caballeros, casarse…, pero nunca con el pensamiento puesto en la carrera, sino en primer lugar en aquello que sirve.
Llegar a la cumbre fresco y descansado: he aquí la ambición del que hace carrera y que trata de conseguir a todo trance puesto en el funicular. El otro, en cambio, asciende por su propio esfuerzo: «Llega más alto aquél que no sabe dónde sube.» Aquél que no escoge las etapas de la carrera como punto de orientación, sino que sigue al impulso interno para alcanzar la verdadera creación.»
Tras la toma del poder por Hitler, el 21 de abril de 1933, pasó del puesto de «Presidente de la Comisión Central» al de «Lugarteniente del Führer del NSDAP», al que siguió el nombramiento hecho todavía por el presidente Hindenburg de «ministro del Reich sin cartera». La tarea de mi padre permaneció invariable: tuvo que dirigir en representación de Hitler al Partido Nacionalsocialista, convertido en partido estatal. Con su iniciativa de paz en mayo de 1941 rebasó ampliamente su «competencia». Que tras haber llevado a efecto aquella acción aventurera, con evidente peligro de su vida y tratando de poner fin a los hechos bélicos, fuera condenado en el proceso de Nuremberg por un presunto «crimen contra la paz» —y solamente por ello— es una de las más amargas «majaderías» que marca la historia de nuestro siglo.
En su declaración final ante el tribunal de Nuremberg, mi padre dijo:
«No me arrepiento de nada. Si volviera a estar al principio, actuaría como lo hice. Incluso si supiera de que al final ardería una hoguera para mi muerte en las llamas. Poco importa lo que hagan los humanos; algún día me sentaré ante el Juez Eterno; ante El me responsabilizaré y sé que me declarará inocente.»
Hoy han transcurrido más de dos décadas desde que fueron pronunciadas estas palabras; más de veinte años largos transcurridos tras gruesos muros, en la celda de una prisión.
No han podido doblegarle, no han podido quebrantarle; sigue con la fe puesta en su derecho rígido y correcto. Rechaza pedir gracia. Y a quienes le encadenaron, les responde: «Mi honor es para mí algo más alto que la libertad.»

Volf Rudiger Hess

NOTAS:

1 Véase el epílogo del libro.
2 Estos datos proceden de un “Árbol genealógico de la familia Hess”, en cuyo texto de “ Wilhem Hess, hijo de Michael Hess”, se dice con el estilo de la época que “de todo corazón” se desea “que la amada Patria obtenga por largo tiempo hombres y mujeres alemanes. Así lo quiera Dios.”
3. A ellos se refieren las alusiones que en las cartas de Spandau se hacen a los “antepasados suizos”, a los que pertenecía el famoso pedagogo Pestalozzi.
4. Ver carta del 14.III.1954. (“Prisionero de la paz”). En el año 1908 nació una niña.
5 La doble ese tiene un carácter propio en alemán, procedente del alfabeto gótico. (N. del T.)
6 Personajes de las novelas de Karl May. (N. del T.)
7 Véase carta del 24.11.1954.
8 Ídem.
9 Sobre la carrera militar de mi padre informo tan sólo de una manera fragmentaria y esquemática, según los datos que he podido procurarme. En una carta dirigida a Spandau le rogué respuesta sobre algunas preguntas que le hice sobre hechos y sucedidos lejanos y obtuve una contestación marcadamente afectuosa: los recuerdos de la juventud y los años adultos le conmovían tanto, según me escribió el 17 de diciembre de 1966 “que la vuelta atrás de la memoria me causa daño, en el estado en que me encuentro. Me resulta tan doloroso, que evito pensar en ello y he conseguido tender un velo que evito tocar en lo posible. Os ruego que tengáis comprensión por ello si no respondo a diversas preguntas que me habéis hecho en la última carta. No se compagina bien haberse sumido en semejante tabú y luego tratar de quebrantarlo. ¡Nada de experimentos!
Y añade que la palabra “sonríe”, que tan a menudo aparece entre paréntesis en los párrafos de sus cartas para indicar su visión irónica de alguna cuestión, se refiere a veces a circunstancias que ni para él ni para nosotros tienen nada de agradable. (N. del A.).
10 La montaña más alta de Alemania. (N. del T.)

El ‘Misterio Hiperbóreo’ – Julius Evola

127 páginas
21 x 15 cm.
Ediciones Nueva República
Colección «Arrels» / 1
Barcelona, 2005

Cubierta a todo color, con solapas y plastificada brillo
Precio para Argentina: 96 pesos
Precio internacional: 16 euros

¿Fue Evola antirracista? No. ¿Fue Evola racista? No. Evola fue crítico, como escribe Lombardo en el prólogo que sigue, tanto con el “antigermanismo latino, estetizante y soñador”, como con “los mitos pangermanistas, que caen en el error opuesto”. Evola fue, a decir de Giovanni Monastra, antiigualitario, que es cosa bien distinta del estéril cacareo racismo/antirracismo. Para Evola el término raza es sinónimo de calidad. Dicho de una manera más llana: hay mucha más calidad —mucha más raza— en un nativo africano firmemente arraigado a sus tradiciones y su entorno, libre del deslumbramiento occidental, que en un homo consumans, rubio, con los ojos azules y la piel blanca, cuyo horizonte vital descanse en las anfetaminas, el vehículo último modelo y el sexo a crédito… La antropología evoliana, escribe Monastra, “no aspira a ser el producto de un pensamiento ‘original’ en el sentido moderno del término, individualista, sino que se proyecta como una Sabiduría universal y perenne, situada en una dimensión arquetípica”.
Pero no nos quedemos en la anécdota aunque la anécdota sea de calado: este volumen es más, muchísimo más, que un reproche tradicionalistaal materialismo biológico. El principal aporte de estas páginas consiste en que la Tradición, de la mano de Evola, entra de lleno en un campo monopolizado, prácticamente sin excepciones, por arqueólogos y lingüistas, y sobre el que han revoloteado políticos cuya huella no ha sido siempre muy saludable que digamos. Ayer, por exceso. Hoy, por defecto, inmersos como estamos en la era del meltingpotismo.

ÍNDICE

— Párrafos previos del editor [J.A. Llopart]
— Prólogo. “Julius Evola, los indoeuropeos y el ‘Misterio hiperbóreo’” [Alberto Lombardo (comp.)]

El “Misterio hiperbóreo”. Escritos sobre los indoeuropeos (1934-1970) [Julius Evola]
— “El ciclo nórdico-atlántico”
— “El misterio del Ártico prehistórico: Thule”
— “Raza y Cultura”
— “Prehistoria mediterránea”
— “Sentido de la tesis nórdico-aria”
— “El equívoco latino”
— “¿Poblaciones primordiales habitaron el polo norte?”
Apéndice 
— “Investigaciones sobre los orígenes: La migración ‘dórica’ en Italia”
— “Júpiter, Marte y Quirino para los antiguos romanos”
— “Religiosidad indoeuropea”

— Epílogo. “Protohistoria indoeuropea” [Mario Giannitrapani]
— Bibliografía

Apología de la Barbarie – José Luis Ontiveros

145 páginas
Ediciones Aztlán-Austral
Tapa: rústica
Precio para Argentina: 18 pesos
Precio internacional: 6 euros

En una época en la que la clase intelectual es inimaginable divorciada del poder y, de ahí, incapaz de toda labor de zapa de la conciencia y discurso del desorden establecido, resulta cuando menos sorprendente el inequívoco detalle de quien se atreve con tres malditos contemporáneos de la catadura de Ernst Jünger —el novelista indigesto a los totalitarios de toda laya—, Yukio Mishima —el último e inaccesible samurai— y Ezra Pound —el cantor outsider, el molesto trovatore, el enemigo público número uno de la usura—. «El gesto crítico de Ontiveros —ha escrito Eduardo Milán— manifiesta el cerco al que está expuesto el individuo de una masa sospechosamente homologada». No extrañe, pues, que este tríptico esconda algo más que una desmesurada adhesión: esta barbaridad es, además, material metapolítico cifrado, disidencia —¡que no resentimiento!— en medio de una zivilisation cansada, insaciable, policial…

SOBRE EL AUTOR

JOSÉ LUIS.ONTIVEROS

Narrador, ensayista y poeta de la tierra de Aztlán, México. Habitual colaborador de importantes publicaciones de literatura y pensamiento hispanoamericano y europeo. Actualmente, es uno de los principales referentes del estudio de la metapolítica aplicada a la literatura. Profundo conocedor de las tradiciones sagradas y de la literatura a la que considera la verdadera “Patria del espíritu”, “el reino imbatible de la imaginación”. Cercano espiritualmente a Louis-Ferdinand Céline , Ernst Jünger, y Jorge Luis Borges ha publicado entre otros libros La treta de los signos (1986),’ Aproximaciones a Yamato, los escritores mexicanos y Japón (1989), Cíbola (1990), la novela El Hotel de las Cuatro Estaciones (1995) El Húsar Negro (1999) Rubén Salazar Mallen y lo mexicano, reflexiones sobre el neocolonialismo (2002) y otros relatos y ensayos diversos. Su obra es amplia, orgánica y polémica. Apología de la Barbarie es el primer libro corregido y aumentado especialmente para Argentina.

ÍNDICE

Estudio Preliminar (por Juan Manuel Garayalde)…………………………………………………. 7
Apología de la Barbarie………………………………………………………………………………… 18
I- Ernst Jünger: la revuelta del anarca……………………………………………………………….. 23
II- Yukio Mishima: la vía de la espada……………………………………………………………… 58
III- Ezra Pound: Los cantos y la usura……………………………………………………………… 81
IV- Julepe de Menta y otros aperitivos, en homenaje a Ernesto Giménez Caballero, GeCe……………………………………………………………………………………………………….. 104

APOLOGÍA A LA BARBARIE

En recuerdo de Ernst Jünger, maestro y amigo.

Heidegger describe la época actual como la del tiempo de indigencia: «Es el tiempo de los dioses que han huido y del dios que vendrá», en esta circunstancia con un estilo y una tradición cultural diferente, aparecen tres escritores: Ernst Jünger, Yukio Mishima y Ezra Pound que por caminos distintos anuncian el cierre de un ciclo y de una forma cultural agotada: la de la cultura racionalista y la civilización de la ciudad.
A su manera y con una personalidad propia, opuesta al igualitarismo y al colectivismo, cada uno de ellos desarrolla una apología de la barbarie. ¿Cómo un junker, partidario de la tradición (Jünger), un héroe y un esteta (Mishima), y el enemigo de la usura, forjador de los cantos (Pound), se aproximan a la barbarie? ¿Cómo encarnan esa nueva barbarie? Los valores bárbaros de acuerdo a Nietzsche son aquellos que permanecen cargados de sentido y de vitalidad, separados de las abstracciones y de las justificaciones humanitarias, portadores de un para sí y de una acción incondicional. En parte corresponden a la descripción que Cioran hace del pensamiento reaccionario: «Esa idolatría de los comienzos, del paraíso ya realizado, esa obsesión por los orígenes es el signo distintivo del pensamiento reaccionario, o si se prefiere, tradicional».
Los tres escritores han tenido el atrevimiento de reaccionar contra su circunstancia, mas su afirmación no consiste en una respuesta reactiva, se propone remontar el tiempo en que surge, crear valores y rebasar los existentes. En este sentido Jünger, Mishima y Pound representan un claro desafío a la rebelión de las masas, a la lógica del poder burgués y al conocimiento materialista.
Por senderos distintos, en la experimentación existencia! y artística de vías de realización diferentes buscan por la voluntad de Poder, hallar la voluntad del Origen. El itinerario de la «pregunta por el Origen», significa el retorno a las fuentes, la marcha hacia lo primigenio, el encuentro con la raíz. Jünger concebirá la figura del trabajador, del guerrero y del anarca. Mishima revitalizará la tradición samurai. Pound tratará de poetizar la política. Por ahora no juzgo el sentido de esos fines ni la idoneidad de sus propósitos.
Apología de la barbarie o clausura de la actual civilización: «Yo simplemente quiero otra civilización» (Ezra Pound). Esa apología ha sido descrita por el español Isidro Juan Palacios como el opio de la ciudad, el estado de postración de la «masa de los durmientes», que en las torres ciclópeas de las grandes ciudades hacinan su existencia nómada y desarraigada, en la senectud de la civilización: «Es tarde para que prenda en la sociedad contemporánea la alarma, pues los habitantes de la urbe están —cercana ya la noche— demasiado despreocupados y con escasísima vigilancia, preparando la nueva fiesta de la ociosidad absoluta, de la fiesta sin entraña, de la servidumbre del placer indomado: la última etapa de la decadencia que precede al derrumbe… y a la instauración de lo nuevo».
Trataré de matizar brevemente esa revuelta contra el mundo moderno que representa las vidas y las obras de Jünger, Mishima y Pound. Jünger se propondrá superar el nihilismo como el «estado normal de la humanidad» a través del nihilismo activo. Su participación en las dos guerras mundiales, como su actividad en los «cuerpos francos» de la entreguerra, postularán por el «dominio y la forma» el abatimiento de la civilización producto del Siglo de las Luces y de la mentalidad cientificista del siglo XIX, esa aspiración se plasmará en el intento de «dotar de sentido» a la figura del trabajador. El trabajador comprendido como una manifestación articulada del soldado y del técnico, que según Heidegger proporcionaba «una forma» a Zaratustra. Sin embargo el trabajador como operario de una obra épica y colectiva no tiene sentido en una edad en que la guerra ha dejado de tener una relación orgánica con el hombre, y en que el mismo héroe es de acuerdo a Hegel un «simple funcionario del Espíritu Absoluto». El trabajador, deberá entonces ser reemplazado por el anarca. La apología de la barbarie se expresará en el dar la espalda a lo social, en habitar la soledad del bosque, en renunciar a la salvación de los otros. El anarca es por excelencia el nuevo bárbaro que no reconoce su misión a las órdenes, a las banderas, a los regimientos. El anarca muchas veces vive en la ciudad pero su existencia está separada de la masa. Su vida se revela como una poética de la destrucción y de los instantes privilegiados.
Mishima, por su parte, afirmará dos caminos: el de las letras y el de la acción. En la vía de la literatura se manifiesta el ser femenino, que sólo pasivamente puede actuar en el mundo. Ese contemplar la realidad sin penetrarla es advertido como «un hablar y decir», un simple juego de palabras, que remite a la idea de Hólderlin de la poesía como «la más inocente de todas las ocupaciones». Mishima exigirá al mundo de sueños de la literatura la facultad de la decisión. Su ser se rebelará contra lo inofensivo: querrá preparar su cuerpo para asumir el poder de la acción. El esteta Mishima, de un palacio rococó, extasiado en la imagen del martirio de San Sebastián tendrá que «hacer de su propia vida una obra de arte» (Yukio Mishima). Ese deseo lo encontrará paradójicamente en otra de las caracterizaciones de la poesía como «el más peligroso de los bienes». Mishima vencerá el tiempo de indigencia —en que los dioses se han retirado— con su propio sacrificio. Romperá el falso respeto de una paz permanente impuesta por los aliados y la civilización occidental a Japón al término de la segunda guerra mundial. La palabra de Mishima, dejará de ser una diversión inocua, una negación de la decisión, una apuesta desfalleciente a la perennidad. Mishima asumirá el credo de la Yomeigaku, de la doctrina de la acción: «Saber y no actuar es no conocer». Para vencer la «noche del mundo» se abismará, correrá el peligro de perder el ser, vivirá con su seppuku o sacrificio ritual el máximo riesgo de la palabra. Tendrá la audacia inaudita de realizar un acto de valor incondicional en un mundo en que impera la cobardía: el no confrontar el ser, la raza de los hombres en fuga.
Pound vivirá en dos vertientes la apología de la barbarie. Se revelará contra el ambiente académico y la concepción de la poesía como un decir que no es responsable de la acción de la usura. Así criticará una y otra vez, la educación universitaria como una transmisión muerta de conocimiento. La función social del escritor consistirá en escribir bien, con la máxima precisión y con economía en los términos. Esa función social debe estar unida a la ética: de ahí que Confucio recomendara a sus discípulos la lectura de las Odas para la perfección de su carácter. La poesía expresa un conocimiento exigente y una civilización tiene la poesía que se merece. Mas la poesía debe ser hablada y escrita en una realidad en que impera neschek, la usura corrosiva. La usura afecta no sólo la vida económica de los hombres sino la manera de pintar un cuadro, de comprender una lectura, de escribir un libro. Si el demonio de la política, según Max Weber, hace perder el alma, resulta necesario poetizar la política. Poetizar el limo para acuñar la forma. Forjar el canto para que cada quien cumpla su papel y reine la «armonía». Aun cuando ese poetizar ese responder por la belleza del ser se derrumbe ante el orden operístico del milenarismo fascista y valga ser internado en un manicomio.
Jünger, Mishima y Pound conforman la divina horda con que la nueva barbarie prepara su asalto. Sus armas son los cantos y el ser, su zona la del «nihilismo perfecto». Sus adversarios los amantes de la fealdad, de la uniformidad, de la nivelación.
Ahora bien, ¿esa barbarie a dónde conduce?, ¿por qué es necesario en la postmodernidad referirse a ella? Si pueden objetarse cada uno de los senderos escogidos por estos escritores, su decisión de revertir la circunstancia, de no permanecer esclavos de los criterios de su época indica un problema más profundo que la «inadaptación», la «egolatría del artista», el «individualismo pequeño-burgués», o cualquiera otras de las figuras con que el hombre moderno, alejado de la metafísica, procede a digerir la disidencia de los artistas, que hoy deben cumplir la misión del vagabundo, del filibustero, del aventurero en una sociedad secularizada, cuya estructura se finca en la negación del mito y de la aventura.
La postmodernidad no sólo quebranta la fe dogmática en el progreso y la evolución lineal que caracteriza el ser moderno, se pone asimismo de manifiesto el eclipse del intelectual orgánico, partidista y militante. Ni Jünger ni Mishima ni Pound entregaron su conciencia personal a un sistema único de ideas, a un monismo mesiánico o a una estructura burocrática. Jünger se mantuvo distante del nacional-socialismo alemán, y fue el primer novelista que lo criticó en lo que representaba de revolución plebeya y promiscua en su texto Sobre los acantilados de mármol. Mishima se opuso a la derecha liberal japonesa defensora de la «paz perpetua» y del «crecimiento capitalista». Pound fue considerado siempre un extravagante por los burócratas fascistas y nunca aceptó ser una voz partidaria.
La postmodernidad que Octavio Paz ha estudiado en lo que significa de «desengaño» sobre las certidumbres de la modernidad, tiene quizá una virtualidad inexplorada: la del surgimiento de un intelectual distinto al del «arte por el arte», y diferente, también, del intelectual misionero y proselitista. Ese intelectual que no cree en el Estado, que permanece al mismo tiempo independiente de la sociedad civil, es por principio un bárbaro, un ser desmesurado, cuyo tipo aún no ha sido definido, ya que subvierte la normalidad racional y la función del intérprete de lo social.
La desmesura del intelectual que parece emerger en la pleamar de la modernidad, no tiene relación directa con el ideal romántico, o con la fiebre dionisíaca. Esa desmesura es contradictoriamente serena. Obedece a un rebasamiento de los puntos de referencia modernos: democracia, ciencia, felicidad. El frágil equilibrio con que la sociedad ha tratado de marcar los cauces de la inteligencia se encuentra en crisis. El intelectual no puede teorizar más sobre las utopías, éstas se han transformado en catástrofes o en cementerios. Le está negada de antemano la posibilidad de la reforma altruista, y la razón del Estado ha petrificado a las revoluciones. El intelectual —desconcertado— no sólo observa la invasión de las masas sino la masificación del poder: el intelectual es absorbido y devorado por el poder de la sociedad moderna, se transforma en un objeto de la razón calculador.
La apología de la barbarie se refiere a ese agotamiento, y al tipo de un nuevo intelectual cuyo rango esencial es probable que sea su misma atipicidad. Jünger, Mishima y Pound andan sobre esa línea, en que el pasado reciente se desmorona y no aparece aún la claridad del día. Su barbarie ha soportado la historia aunque los políticos crean que ellos la han dirigido, representan la palabra que recobra la facultad de decidir en el tiempo de indigencia, tiempo de postmodernidad en que debemos resolver «si nos prometemos a los dioses o nos negamos a ellos».

 

Cuando el cielo ardía La ruta de la Luftwaffe – Karl Bartz

315 páginas
16 páginas de fotografías ilustración
21 x 14,5 cm.
Ediciones Sieghels, 2010
Encuadernación rústica

Precio para Argentina: 80 pesos
Precio internacional: 24 euros

Cuando el cielo ardía es a la vez un riguroso estudio histórico desde la perspectiva alemana sobre la guerra aérea durante la II GM, y un apasionante relato sobre los hombres que participaron en aquellos sucesos. Su autor, Karl Bartz, recorre los diferentes aspectos estratégicos y tácticos del conflicto articulando los distintos frentes bélicos, las vicisitudes de la industria aeronáutica y los vaivenes en la conducción de la Luftwaffe, con pequeñas historias que dan cuenta del drama humano de sus protagonistas.
Desde los fulgurantes éxitos de las blitzkriegs y las audaces operaciones con tropas aerotransportadas como la toma de la fortificación de Eben-Emael o la invasión a Creta; pasando por el fallido puente aéreo a Stalingrado y los ataques a los convoyes aliados en el Mar del Norte y en el Mediterráneo; hasta los devastadores bombardeos sobre Alemania y la evolución de las “armas secretas” como última esperanza para cambiar el curso de los acontecimientos antes del colapso, todos estos sucesos -entre otros- son desarrollados por Bartz con severidad histórica y cuidado narrativo.

ÍNDICE

“¿Dónde estamos?” 7
Una orden incomprensible 15
El sueño de Hitler. Promesa imposible de Göring 17
Avance hacia la costa 19
Se salva un Ejército 23
¿Desembarco aéreo en Inglaterra? 31
Eben – Emael 33
Alarma en Bélgica 35
Caos en lugar de planes 41
Los campos de golf, salpicados de obstáculos 49
Göring: ¿Es esta mi Luftwaffe? 53
Secreto: Radar 57
“… Entonces se oscurecerá el cielo sobre Inglaterra” 65
Una palabra cruel: “Coventrizar” 77
La escuadrilla “Corazón Verde” y una arenga memorable 87
Operación “Barbarrossa”:
Tácticas cambiantes del ataque contra Inglaterra 91
“¡Construid Cazas, Cazas, Cazas!” 97
Soldados se lanzan sobre Creta 105
El Moloch ruso: Stalingrado 121
Se construyó un techo sobre Alemania y fue desmantelado 141
Sangrientos sacrificios sobre el Mediterráneo 159
Aparecen los americanos 175
Un hombre llamado Harris 179
La muerte se cierne sobre Hamburgo 185
Humo sobre Peenemünde 215
Mar Ártico, camino de la muerte 223
Errando 36 horas en las aguas 229
“Deje nomás, todo es inútil” 235
Señales que llaman a la reflexión 237
El drama del Me-262 239
Padre e Hijo (Mistel) 263
El “Natter” 269
Cuando el cielo ardía 275
La invasión 281
Fue demasiado tarde 287
La última ofensiva 291
El motín de los ases 295
El fin llegó en mayo 303
Y reina el silencio entorno a Harris 313

La bolsa del Voljov División Azul – Juan Negreira

García Hispán Editor
2009
107 págs.,
15×21 cms.
Tapa: blanda
Precio para Argentina: 84 pesos
Precio internacional: 12 euros

La bolsa del Voljov, primer libro de Juan Negreira, no es uno más de la ya amplia bibliografía que surge a raíz de la gesta divisionaria en el frente ruso durante la segunda guerra mundial.
Lejos de cualquier veleidad novelesca, su autor nos presenta, en un texto tan denso como documentado, los datos precisos para comprender la realidad objetiva -pero no por ello menos descarnada y estremecedora- de una de las últimas epopeyas de las armas españolas.

ÍNDICE

Aviso……………………………………………………………………………………………………………… 7
Agradecimientos…………………………………………………………………………………………… 9
Prólogo……………………………………………………………………………………………………….. 13
Capítulo I……………………………………………………………………………………………………. 19
Capítulo II…………………………………………………………………………………………………… 25
Capítulo III………………………………………………………………………………………………….. 31
Capítulo IV…………………………………………………………………………………………………. 39
Capítulo V…………………………………………………………………………………………………… 51
Apéndice I…………………………………………………………………………………………………… 57
Apéndice II………………………………………………………………………………………………….. 61
Apéndice III………………………………………………………………………………………………… 67
Apéndice IV………………………………………………………………………………………………… 75
Apéndice V…………………………………………………………………………………………………. 81
Apéndice VI………………………………………………………………………………………………… 83
Apéndice VII……………………………………………………………………………………………….. 87
Apéndice VIII……………………………………………………………………………………………… 89
Bibliografía……………………………………………………………………………………………… 105
Documentación……………………………………………………………………………………….. 107

AVISO

Este libro no es una historia general de la División Azul, sino úni­camente sobre una de sus muchas acciones llevadas a cabo en el frente ruso. En este trabajo hablaré de los combates que libraron unidades españolas, agregadas a fuerzas alemanas, por tanto no como 250a División en sí, al Norte de su sector en lo que quedaría en llamarse “batalla de la bolsa del Voljov”.

Aquellos que deseen tener una visión más completa del tema, pueden recurrir a la bibliografía existente, mucha de ella en esta misma editorial, o contactar con la Fundación División Azul (calle Narváez 65, 2º D, 28009 Madrid), donde les podrán orientar.

El Autor

PRÓLOGO

He aquí, un hombre joven, 34 años, que contra la convicción general de que, a la juventud no les interesa para nada lo referente a la División Azul, demuestra todo lo contrario, pues sí, les interesa.
Mi buen amigo y camarada Juan Negreira, ha escrito este libro sobre una de las muchas batallas en las que tomó parte, integrada en la Wehrmacht como División 250, la División Azul: “La Bolsa del Voljov”.
Negreira, es uno de los jóvenes camaradas que me honra con su amistad y camaradería, por lo cual no he podido negarme a su petición, unas letras a modo de prólogo para su libro.
Nos conocimos en el Capítulo General de la Hermandad Nacional de la División Azul, celebrado en Cuenca el año 1989; vivimos en hermandad pues nos une el mismo espíritu divisionario. El, por su edad, no estuvo en la División pero sí está y trabaja en la Hermandad de Palma de Mallorca y en la nacional, conjuntamente con nosotros los “viejos” (así nos llamaban a los veteranos en la División Azul).
Es secretario de la Hermandad balear, fue el relevo de un héroe del Lago limen, el entrañable amigo y camarada Ramón Farré Palaus (q.e.p.d.) y, siguiendo la pauta de su presidente Juan Ackermann, trabaja en este presente, cara al futuro, para que perdure “el espíritu de la División Azul”.
Me satisface y quiero resaltarlo, es más importante quien lo cuenta, que lo que se cuenta. Es un joven que no había nacido cuando sucedieron los hechos que relata, documentadamente, lo cual demuestra que a la juventud le interesa la Historia de España, pues historia fue y es la División Azul, mal que le pese a algunos renegados, que para no nombrar a España, dicen este país.
Las Hermandades de la División Azul, fieles al mandato de sus fines estatuarios, vienen manteniendo la defensa de la verdad histórica. Loque fue y, para que fue, la División Española de Voluntarios -llamada popularmente, División Azul- a combatir al comunismo en el frente del Este, en la II Guerra Mundial.
Ahora simplemente combatimos con otras armas, pero con el mismo espíritu divisionario de siempre.
Esta tarea, nada fácil, será el “testigo” que las hermandades pasarán a la Fundación División Azul y, tenemos la seguridad de que los más jóvenes que lo recojan, velarán con el mismo espíritu que nosotros. Es decir, con “el espíritu de la División Azul”.
Felizmente este propósito de continuidad, que representa la Fun­dación es ya un hecho, hemos logrado su reconocimiento oficial.
Hasta la fecha, se han escrito muchos libros sobre la División Azul, la mayoría por protagonistas de sus hechos de armas, pero considero muy importante que escriban sobre nuestra División, perso­nas ajenas a la misma.
En poco tiempo se han publicado dos libros sobre la División Azul, extensos y bien documentados, por extranjeros; el primero por un francés, Saint-Loup; y el segundo, por dos profesores de Historia de la Universidad del Estado de California, Kleinfeld y Tambs. Ambos libros y especialmente el segundo, constituyen la más apasionada y entusias­ta apología del heroísmo de los voluntarios españoles. Contraste con las viles calumnias de la prensa oficial y la televisión española, que vierten sobre los hombres que lucharon y murieron en el frente del Este, y la opinión de extranjeros, de cuya imparcialidad no cabe duda.
Y ahora tenemos la inmensa satisfacción de comprobar que, un “mortadela” (así llamábamos a los novatos en la División), de nuestras Hermandades, pero con el espíritu divisionario, escribe un libro sobre una de las gestas de la División Azul: “La Bolsa del Voljov”. Operación en la que intervino el legendario II Batallón del Regimiento 2-6-9 para liberar a la guarnición alemana cercada en Bol-Somoschje. Luego cooperó la División, en el cierre de la “bolsa” que se había formado con la cabeza de puente soviética, quedando encerrados más de catorce mil enemigos con su General Vlasov. Esta operación terminó el 23 de junio, si bien se siguió colaborando en la limpieza de la misma y en la lucha contra partidas sueltas, que habían quedado en el interior y que actuaban como partisanos.
Quienes constituimos las Hermandades de la División Azul y mantenemos su espíritu, tenemos un tiempo limitado, por imperativo de la edad, por ello y para proyectar en un futuro más amplio nuestro empeño de conservar la verdad histórica y proclamar, en conmovida jaculatoria, nuestra fidelidad a los que cayeron por una España mejor y una Europa más justa, en el Voljov, Smieko, Russa, Sitno, Tigoda, Nitlikino, Dubrowka, “Los Cuarteles”, Otenskij, Possad, Udarnik, “Intermedia”, lago limen, Teremez y Poselok y en los cielos de Klin, Orel y Bobruisk, etc. etc, hemos constituido la Fundación División Azul.
Es importante la publicación de este libro, escrito por un hombre joven, que por su edad podría ser hijo mío, pero que vive en hermandad con nosotros los divisionarios en su amor a nuestro Padre celestial Dios y a nuestra madre España.
Estamos viviendo el derrumbe del comunismo en el Este que ha sido un acontecimiento tremendo para cierta tradición marxista. Los partidos comunistas occidentales llevan tiempo desangrándose. Ideoló­gicamente el comunismo ha muerto.
Nadie esperaba que cuando se levantara el telón sólo aparecería el desorden, el atraso, la miseria espiritual y el desastre colectivo, setenta años de revolución marxista han dejado un balance catastrófico, sin haber aportado nada. El tópico a que se agarran aún, los comunistas de que, gracias a la existencia de una potencia comunista, la URSS, (socialismo real) la clase obrera occidental pudo conseguir importantes conquistas sociales, es un triste y cínico sarcasmo.
El socialismo real (comunismo), ha sido un doloroso estudio, una vía, según decían, hacia la sociedad perfecta. El desplome del comunis­mo en los países del Este, ha desmitificado, por la fuerza de los hechos, todos los tópicos que se presentan ahora, completamente descarnados: la división del mundo entre buenos y malos, la tergiversación de la historia, ha terminado con todas sus coartadas y sólo les queda la frustración.
Cuando hace cincuenta años, unos miles de jóvenes, habiendo sufrido en su propia carne, los efectos del comunismo ateo, en España principalmente en zona roja, fueron los precursores de la lucha antico­munista que ahora, vemos emerger en todos los pueblos que han estado sojuzgados y han padecido el comunismo.
Casi nadie les comprendió y aún ahora, siguen siendo incomprendidos e incómodos. Pero la verdad siempre resplandece y la historia da la razón a aquellos “locos”. El comunismo es culpable.
Vislumbramos una nueva primavera, en el invierno de nuestras vidas. Encuadrados en nuestras Hermandades, están varios jóvenes que trabajan, conjuntamente con nosotros, los que ya no lo somos tanto, es este presente fieles al pasado, cara al futuro a través de la Fundación Di­visión Azul, son nuestro relevo, y les tocará llevar a buen fin nuestro empeño en esta nueva andadura que hemos empezado en este Cincuenta Aniversario de la División Azul.
Quiero agradecer, a riesgo de olvidarme de alguno, que ruego me perdone, la labor y entusiasmo de esos jóvenes camaradas, en la confianza de que serán fieles al “espíritu de la División Azul” y nuestro relevo: Rafael íbáñez, Carlos Caballero, García Hispan, Juan Negreira, Alfonso Escuadra, Erik Norling, Miguel Ángel Vázquez, José Antonio Navarro, Alfredo Campello, Enrique Bisbal, Carlos Mielgo, etc, etc.

José Viladot Fargas (*) Barcelona 19 de marzo de 1991

(*) José Viladol Fargas es ex-combatiente le la División Azul. Miembro fundador de la Hermandad de Barcelona, colaboró con Tomás Salvador en el boletín divisionario Hermandad. Actual mente pertenece a la Junta Rectora de la Fundación División Azul.

RICHARD WAGNER – SU VIDA Y SUS OBRAS – HOUSTON STEWART CHAMBERLAIN

277 páginas
21 x 14 cm.
Ediciones Sieghels, 2014
Encuadernación rústica

Precio para Argentina: 300 pesos
Precio internacional: 22 euros

En la primera parte de este libro, totalmente histórica, me he esforzado en no citar más que los hechos importantes, significativos, que pueden ayudar a la comprensión de la persona y del alma de Richard Wagner. Me he extendido más en la segunda parte, que trata de los escritos y de la doctrina: en efecto, es la primera vez que el pensamiento de Wagner es expuesto de una manera sistemática; y no he creído posible exponerlo con más claridad sin entrar, a tal propósito, en ciertos desarrollos. Muy al contrario, en la tercera parte, consagrada a las Obras de Arte, me he limitado a indicaciones de un orden muy general, hechas sobre todo para aclarar el alma de Wagner, para poner de relieve la evolución de sus sentimientos y de sus pensamientos, para completar y profundizar, en cierto modo, su biografía, más que para guiar al lector en el estudio de la obra que, en verdad, hablan bastante neta y elocuentemente por sí mismas.

Finalmente, una cuarta parte me ha parecido necesaria para mostrar cómo estos tres modos de la actividad de Wagner: la lucha por la vida, el pensamiento y la producción artística, considerados separadamente por la comodidad del análisis, se unen y confunden en un todo armonioso, en el que los Festpiele de Bayreuth, serán, para siempre, el símbolo vivo.

ÍNDICE

Prólogo…………………………7
Advertencia del autor para la traducción francesa…………………………9
Prólogo del autor…………………………11

PRIMERA PARTE:
LA VIDA DE WAGNER…………………………15

I.- Primera mitad de la vida de Wagner (1813-1849)…………………………21
1.- 1813-1833…………………………21
2.- 1833-1839…………………………27
3.- 1839-1842………………………….30
4.- 1842-1849…………………………34
II.- Segunda mitad de la vida de Wagner. 1849 – 1883…………………………47
1.- 1849 – 1859…………………………47
2.- 1859 – 1866…………………………56
3.- 1866 – 1872…………………………70
4.- 1872-1883…………………………74

SEGUNDA PARTE:
LOS ESCRITOS Y LA DOCTRINA…………………………83

I.- La política de Richard Wagner…………………………93
II.- La Filosofía…………………………108
III.- La doctrina de la regeneración…………………………125
IV.- La doctrina artística…………………………149

TERCERA PARTE:
LAS OBRAS DE ARTE…………………………169

I.- Obras anteriores a 1848 …………………………177
1.- Ensaos de juventud…………………………177
2.- Las hadas y la prohibición de amar…………………………180
3.- Rienzi y el holandés errante…………………………184
4.- Tannhäuser y Lohengrin…………………………192

II.- Los cuatro grandes proyectos…………………………207

III.- Obras de arte posteriores a 1848 …………………………213
1.- Los maestros cantores de Nüremberg…………………………215
2.- El anillo del Nibelungo…………………………219
3.- Tristán e Isolda…………………………230
4.- Parsifal…………………………235

EPÍLOGO:
Bayreuth…………………………247

Apéndice I:
Lista de los escritos de Richard Wagner…………………………265
Apéndice II:
Catálogo general de la obra artística de Richard Wagner…………………………271

PRÓLOGO

Este libro se escribió hace más de cien años. En aquella época el avión no se había inventado, pero entretanto el hombre ya ha llegado a la luna. El teléfono era una reciente novedad apenas desarrollado, pero ahora es posible hablar con los amigos desde la cima del Everest. Muchos otros aspectos de la vida han sufrido esta misma frenética evolución, y no sólo los técnicos sino también los morales y los ideológicos, pues aunque el Manifiesto Comunista es de 1848, hasta bastante más de medio siglo después, no se concretó como un poder real. En cuanto al fascismo o al nacionalsocialismo alemán, faltaba un cuarto de siglo para que se “inventasen”. Hoy día las cosas “políticamente correctas” son totalmente diferentes de las de la época en que fue escrito el libro. Actualmente es posible burlarse de la Virgen Maria o de Jesucristo, negar su existencia o hacer chistes sobre ellos, algo que en los tiempos de Chamberlain era impensable. Ahora, como contrapartida, hay muchos temas y cuestiones que no es posible criticar ni cuestionar y que en tiempos de Chamberlain eran “legales”. Los tiempos cambian pero no resulta aceptable, como pese a todo se ha hecho con algunas ediciones de la Biblia, intentar adaptar a los tiempos actuales textos escritos en el pasado. La presente obra de Chamberlain puede contener pasajes que nos sorprendan y que podamos considerar totalmente desfasados en la época actual pero… ¿teníamos que suprimirlos? ¿era conveniente traducirlos “libremente” para suavizar algunas expresiones?  Una cuestión que podría servir como ejemplo, son las referencias al pueblo judío que se contienen en el libro. En esos años no se utilizaba de manera habitual la palabra inglesa “lobby”, que expresa muy correctamente la diferencia entre un grupo de presión que puede provenir de una religión, una nación o una raza, y  los demás miembros de dicha religión, nación o raza. Cuando Wagner se refiere a los judíos, en realidad está haciendo alusión al “lobby”, toda vez que es bien sabido que Wagner tuvo siempre a lo largo de su vida muy buenos amigos judíos. Incluso el propio Chamberlain escribió un artículo necrológico con motivo del fallecimiento del gran director wagneriano de origen judío, Hermann Levi, sumamente respetuoso y mostrando la gran admiración que le profesaba. Otro tema, entre otros, a tener en cuenta, es la poca importancia que le da Chamberlain a la influencia de Mathilde Wesendonck en la composición de “Tristan” y de otras obras subsiguientes. A este respecto hay que tener en cuenta por un lado que el propio Chamberlain se hallaba vinculado familiarmente con Cosima Wagner a la que sin duda respetaba y admiraba y a la que no quería molestar u ofender. Por el otro toda la relación Wagner-Mathilde ha sido estudiada con posterioridad y puede asegurarse que el propio Chamberlain no disponía de la información necesaria. A este respecto Chamberlain menciona al final de su libro que se han editado unas 500 cartas del maestro. En la actualidad hay localizadas y la mayoría editadas, unas 10.000 y aún teniendo en cuenta que a muchas de ellas debió tener acceso en los archivos de Wahnfried, es evidente que le faltó una parte de información.
Pero si por un lado es un inconveniente publicar un texto tan antiguo y en el que resulta evidente que investigaciones posteriores pueden haber modificado algunos aspectos, aunque siempre secundarios, es también una gran ventaja conocer la realidad sobre la vida y obra de Wagner en tiempos del compositor. Tenemos la tendencia a considerar que ya que Wagner es tan famoso, lo ha sido siempre, pero como muy bien nos señala el presente libro, hasta en los últimos días de su vida, el maestro tuvo que luchar con los problemas económicos y con la indiferencia de sus conciudadanos. Tenía muchos entusiastas partidarios, la mayoría de los cuales en vez de hallarse en situación de prestar ayuda a Wagner, lo que precisaban era ser ayudados ellos mismos. Unos pocos entusiastas wagnerianos, como el propio Liszt, tenían recursos económicos que les permitían hacer algunos donativos, pero no afrontar los gastos de unos en aquel momento utópicos “Festivales de Bayreuth”. El caso excepcional de Luis II salvó la situación, pero los problemas continuaron siempre, y primero Richard Wagner, luego Cosima, más tarde Siegfried y al final Winifred tuvieron que afrontar grandes problemas para garantizar la independencia de la obra wagneriana. Después de la II Guerra Mundial, Wieland y Wolfgang se dejaron arrebatar esa independencia tan duramente mantenida.
Pese a las pequeñas cuestiones conflictivas mencionadas y a otras quizás erróneas, hemos creído que era necesario mantener la integridad del texto. Este libro se halla editado en alemán, inglés y francés, era imprescindible su traducción al español. Las ediciones en esos otros idiomas fueron realizadas en el momento de su aparición y no tuvieron pues necesidad de plantearse esos escrúpulos. En aquel momento nadie veía nada especialmente raro en el texto, sin embargo, pese a que en la actualidad algunas páginas –no muchas- puedan sorprendernos, consideramos que es una obra esencial para comprender la vida y obra de Richard Wagner

ADVERTENCIA DEL AUTOR PARA LA TRADUCCION FRANCESA

En el prólogo de mi estudio sobre el drama wagneriano (publicado en 1894 en la Editorial Chailley), anunciaba la próxima publicación de una obra de conjunto sobre la vida y las obras de Richard Wagner. Esta obra ha aparecido desde entonces en lengua alemana (1896, en la Editorial Bruckmann) y en lengua inglesa (1897, en la Editorial Dent). Gracias a la abnegada ayuda del Sr. Alfred Dufour, de Ginebra, puedo sacar hoy una traducción francesa, abreviada en muchos puntos, modificada en algunos otros, pero, en el fondo, enteramente conforme con la obra original.
No he tratado, en este libro, de hacer una obra de crítica. Todo mi esfuerzo ha consistido en asimilarme, cuanto me ha sido posible, el pensamiento de Wagner. Sin renunciar a mi propia personalidad, la he dejado rigurosamente en la sombra, para tratar de considerar hombres y cosas a través de los mismos ojos del gran artista cuya figura viva quería reconstituir. Luego, después de haberme asimilado este pensamiento tan completamente como he podido, he tratado, no de reflejarlo de una manera mecánica, sino de realzar, agrupar, comparar sus diversas manifestaciones, con objeto de ofrecer al lector una visión de conjunto clara e instructiva.
Era, creo yo, una empresa útil. Wagner, en efecto, tuvo un destino tan accidentado que, a veces, es difícil seguir el hilo de los acontecimientos de su vida, incluso cuando sólo se tiene por objetivo un estudio puramente biográfico. Pero mucho más difícil es, aún, para un lector no preparado, describir las ideas fundamentales que dominan en sus obras, y en particular en sus escritos teóricos. Y es que el pensamiento de este infatigable creador no es solamente ardiente y frondoso: se complace en un incesante contrapunto de antinomias, de tesis que, a primera vista, nos dan a menudo la impresión de contradecirse. Nietzsche, un buen juez en esta materia, ha declarado que la prosa de Wagner era admirable. Y ciertamente lo es, por poco que uno se acostumbre a practicarla; pero también es, al mismo tiempo, de una práctica difícil, sobre todo debido a ese incesante embrollo de las ideas. Es imposible clasificar y analizar estos documentos, que tanto sobrepasan su ámbito inmediato, que no se consigue comprender, tras ellos, la personalidad del autor.
Y esto es lo que yo he intentado hacer. En cada una de las diversas partes del libro, he tratado de poner de relieve todos los rasgos que podrían servir para mejor dar a conocer al hombre que era Wagner: mi libro no tiene la pretensión de ser nada más.
Que sirva, por lo menos, para interesar en este punto de vista al público francés, y hallar en él la acogida que ha tenido en Alemania e Inglaterra.

H. S. C.
Viena (Austria), a 8 de Julio de 1899.

PROLOGO DEL AUTOR

Tengo pocas cosas a decir sobre la disposición del libro que presento al lector: el plan es tan sencillo que una ojeada sobre el índice bastará para darla a conocer, sin necesidad de ningún comentario.
En la primera parte, totalmente histórica, me he esforzado en no citar más que los hechos importantes, significativos, que pueden ayudar a la comprensión de la persona y del alma de Richard Wagner. Me he extendido más en la segunda parte, que trata de los escritos y de la doctrina: en efecto, es la primera vez que el pensamiento de Wagner es expuesto de una manera sistemática; y no he creído posible exponerlo con más claridad sin entrar, a tal propósito, en ciertos desarrollos. Muy al contrario, en la tercera parte, consagrada a las Obras de Arte, me he limitado a indicaciones de un orden muy general, hechas sobre todo para aclarar el alma de Wagner, para poner de relieve la evolución de sus sentimientos y de sus pensamientos, para completar y profundizar, en cierto modo, su biografía, más que para guiar al lector en el estudio de la obra que, en verdad, hablan bastante neta y elocuentemente por sí mismas.
Finalmente, una cuarta parte me ha parecido necesaria para mostrar cómo estos tres modos de la actividad de Wagner: la lucha por la vida, el pensamiento y la producción artística, considerados separadamente por la comodidad del análisis, se unen y confunden en un todo armonioso, en el que los Festpiele de Bayreuth, serán, para siempre, el símbolo vivo.
Por lo que se refiere a las fuentes de donde he sacado mi información, el lector observará, que todas las veces que me ha sido posible, he cedido la palabra al mismo Wagner. Se ha afirmado a menudo, lo sé, que lo que dijo Wagner esta sujeto a caución, sobre todo en lo referido a la historia de su vida: pero tal es una imputación absolutamente gratuita. Y no hay ningún derecho a alegar, a ese respecto, como se hace de buena gana, el ejemplo de las inexactitudes cometidas por Goethe en su libro autobiográfico Verdad y Poesía: Goethe, ciertamente, tenía sesenta años cuando empezó su biografía, y relataba acontecimientos de los que le separaban medio siglo, mientras que Wagner sólo tenía treinta años cundo escribió su primer Esbozo autobiográfico y, desde entonces, se encuentran en sus numerosos escritos, la frecuente mención de numerosos acontecimientos aún recientes en el momento en que se aludía a ellos. Por ejemplo, si se requieren informaciones de primera mano sobre su participación en las reyertas de Dresde, acaecidos en 1849, se encontrarán en su Comunicación a mis amigos, terminada en 1851 y publicada a finales del mismo año. Más aún, si ni siquiera el indomable amor por la verdad que Wagner demostró siempre no bastara para garantizarnos la exactitud de su relato, encontraríamos la indiscutible confirmación en un gran número de sus cartas escritas desde 1847 hasta 1850. Nadie podría dudar de la extraordinaria tenacidad de su memoria y sería una verdadera locura sospechar de la sinceridad de un hombre cuya vida entera no presenta ni siquiera una sombra, no diré ya de cálculo interesado, sino de la prudencia mundana más elemental.
Creo inútil prolongar el debate sobre este punto. Sin duda, las naturalezas vulgares darán siempre más fe al testimonio de la pequeñez que al de la grandeza; pero, para nosotros, es inestimable poseer, sobre los diversos acontecimientos de la vida de Wagner, testimonios procedentes de su misma boca, que resumen tales acontecimientos en dos o tres rasgos característicos, sin detenerse en detalles insignificantes, y que, unidos a la múltiple y frecuente expresión de su pensamiento nos permiten echar una ojeada hasta lo más profundo de su naturaleza moral. Su voluminosa autobiografía no ha sido aún publicada, y, no obstante, se tienen ya en los otros escritos de Wagner todos los elementos de un cuadro completo y suficiente de su vida, de su pensamiento y de su obra. Puede afirmarse que estos escritos, junto con las cartas y la obra de ese hombre excepcional, serán siempre la más importante, por no decir la única fuente a consultar para llegar a conocerle bien.
Entre los otros autores que he debido consultar, hay cinco a quienes más debo considerar: Franz Liszt, Friedrich Nietzsche, Karl-Friedrich Glasenapp, Hans von Wolzogen y Heinrich von Stein.
Tendré mucho que decir sobre Liszt. Quien desee informarse sobre Wagner, sobré quién era, no tiene más que preguntarle a ese noble corazón. Y al decir esto, hago menos alusión a sus trabajos, tan bellos, de un valor tan fundamental, sobre Tannhäuser, sobre Lohengrin, etc., que a la actitud constante e invariable que guardó, durante cuarenta años, con respecto a Wagner y a la causa de Wagner. ¿Que nos muestran, por ejemplo, estas palabras suyas sobre Wagner?: “¡Mi alegría es sentir con él, junto a él, seguirle con mi simpatía!”. Las cartas de Liszt, no sólo las que él escribió a Wagner, sino muchas otras (cuya compilación ha sido editada por Brewitkopf y Hoertel) constituyen una de las fuentes más preciosas a consultar para el estudio del tema que nos ocupa.
Lo que se designa con el nombre de “literatura wagneriana”, de una extensión formidable, brilla más, debemos confesarlo, por su masa que por su valor. Pero en este océano de verbosa mediocridad hay, por lo menos, un pequeño volumen que constituye una excepción y que permanecerá como un clásico, es el Richard Wagner en Bayreuth, de Nietzsche. La intensa concentración del pensamiento, la seguridad del discernimiento con la cual se pone de relieve todo lo que es verdaderamente esencial, el noble entusiasmo que lo penetra, la belleza escultural del estilo, hacen de este opúsculo una obra de arte, lo mejor que ha escrito su autor. No podemos, ciertamente, desmentir la fe que este libro respira y conlleva, por los panfletos absurdos, de una trivialidad indignante, que escribió más tarde esta misma pluma contra el hombre que ella había anunciado al mundo de tan magistral manera. Sabemos demasiado bien que la nefasta sombra de la locura obscureció demasiado pronto el maravilloso cerebro de Friedrich Nietzsche. Y, sin embargo, la imagen antaño tan querida subsistía intacta muy al fondo de aquellas lamentables tinieblas. Poco tiempo antes del hundimiento final, encontrándose Nietzsche en Lucerna, se hizo llevar hasta Triebschen, donde había conocido a Wagner; sentado a la orilla del lago, parecía vaga y únicamente ocupado en dibujar figuras en la arena, cuando su compañera, inclinándose hacia él como para interrogarle sobre sus trazos, vio cómo un torrente de lágrimas fluía de sus ojos. (1)
Nada podría demostrar más claramente lo que disimulan las apetencias personales y el egotismo tras la banal exigencia de una pretendida “objetividad” que los diversos juicios que se han vertido sobre la Vida de Richard Wagner, por C.-F. Glasenapp. En cuanto a mí, me parece que lo esencial no es tanto el punto de vista en que se coloca el autor, en una biografía detallada, como saber si conoce su tema a fondo y si es honrado: he aquí la verdadera “objetividad”, ya que tan clamorosamente se la reclama. Y estos dos rasgos, precisamente, caracterizan la obra de Glasenapp de una manera muy particular; no podría decirse más ni alabarle más por ello. Pueden no compartirse sus ideas sobre Wagner, pero habrá que reconocer que su libro no es solamente un modelo de veracidad y de exactitud y la única biografía completa de Wagner que haya aparecido hasta hoy, sino que es, además, desde diversos puntos de vista, una de las mejores biografías que posee la literatura alemana. Todo tiene su base en pruebas en el examen de los documentos originales y en la paciente y sagaz crítica de los testimonios. (2)
Heinrich von Stein, por su parte, no ha escrito un libro sobre Wagner y sus obras, si no se tiene en cuenta su colaboración en el Diccionario wagneriano de Glasenapp; sin embargo es, y con mucho, el más eminente de los que, después de Nietzsche, han demostrado la influencia del pensamiento creador del maestro en diversos campos, que le han, por así decirlo, revivido. Fue en 1887 que, a la edad de treinta años, ¡ay!, murió ese hombre que, si hubiera vivido más, habría contado entre los más grandes de su pueblo y de su época. Muchas páginas debidas a su pluma se encuentran dispersas en las Bayreuther Blätter, esperando el día, próximo sin duda, en que tales páginas serán reunidas en un volumen.
Estas Bayreuther Blätter, revista mensual fundada por Wagner en 1878, en calidad de órgano de la sociedad de los Amigos de Bayreuth está, desde el origen, dirigida por Hans von Wolzogen, y luego continuada por éste último, tras la muerte del maestro; estas Blaeter, decía, son una mina preciosa para el que quiera familiarizarse con el hombre cuya gloria quieren ellas servir piadosamente. Dan a conocer cartas suyas, proyectos que su mano esbozó sobre el papel, cien documentos originales que no habían sido publicados en la compilación de sus obras, y contienen también numerosos artículos sobre su vida, sobre su pensamiento y sobre su actividad. Ante todo, ellas nos muestran, en nuestros días, tan vivas como siempre, las ideas que Wagner aportó al mundo.

Voluntad de Imperio. La Falange en Argentina – José Luis Jerez Riesco

446 páginas
21 x 15 cm.
Ediciones Nueva República
Barcelona, 2007

Cubierta a todo color, con solapas y plastificada brillo
Precio para Argentina: 135 pesos
Precio internacional: 27 euros

Este libro es mucho más que la crónica de una Falange local: es, sustancialmente, la historia perdida de la gesta inaugural de la Resurrección del Imperio Hispánico. Tal es el valor imperecedero de la obra del entrañable José Luis, camarada en la Sangre y en la Fe. Su investigación rescató del incomprensible olvido hechos trascendentes para la Hispanidad, sobre todo para España y su hija Argentina, que expone, en trazos vívidos, con prosa castiza y falangista.
Reducirlos a mera expresión de confraternidad hispánica y doctrinal, especialmente la presencia de voluntarios argentinos en el frente de la España Nacional, es desfigurar su hondo sentido y agravia a los que lucharon y murieron. La filiación histórica de Argentina es hispánica y su destino —como el de Hispanoamérica— es inseparable de la España Madre. No hay salvación, pues, fuera del Imperio, esto es, de la Comunidad Hispánica destruida por nuestros adversarios ancestrales

ÍNDICE

― Prólogo [Federico Rivanera Carlés]
― Los antepasados argentinos de José Antonio Primo de Rivera
― El vuelo transoceánico del hidroavión “Plus Ultra”
― El nacionalismo argentino
― La fundación de Falange Española de las JONS en Buenos Aires
― El asilo político argentino
― La “Centuria Argentina” de combatientes voluntarios en la guerra de España
― José Antonio, presente
― 1937: el relevo del mando
― Enrique Ribes, el primer caído de la Falange en América
― El día de “plato único”
― El Seminario de Oradores
― La primera Misión Cultural
― Los artistas españoles se movilizan por la Revolución Nacional
― Los grandes festivales y veladas de la Falange en 1938
― El Almanaque de la Falange
― Dos visitas memorables a la sede de la Falange en agosto de 1938
― Hacia la victoria final
― Fundación de las Falanges del Mar en Buenos Aires
― La idea de Imperio y la Falange
― Una bandera que se arría
― Bibliografía