Breve Historia del Anticristo – Vladimir Soloviev

Breve Historia del Anticristo – Vladimir Soloviev

63 páginas
12,5 x 20 cm
Ediciones Cielos Abiertos
Argentina, 1998

Precio para Argentina: 30 pesos
Precio internacional: 6 euros

Con la Breve Historia del Anticristo concluyen los Tres Diálogos sobre la guerra, la moral y la religión, última obra escrita por Soloviev (1853-1900) y culminación de su pensar teándrico.
Según su expresa declaración, se trata a) de un cuadro imaginario, que sobre el Anticristo y su reino proporcionaría no obstante b) todo lo contenido en las Sagradas Escrituras y la Tradición de la Iglesia y c) lo que hacia 1899, año de su elaboración final, le era posible inferir a la sana razón. Y por supuesto que si el aspecto imaginativo manifiesta a i”, en su condición de artista, el revelatorio y tradicional le permite dar testimonio de la Fe, y la inteligencia filosófico-histórica de los acontecimientos trasunta su preocupación por el destino de las naciones y las estirpes.

Por eso, aunque existe de este texto la traducción castellana del amigo, Ing. Carlos Marpegán, por defecto de la versión inglesa de la que él parte resultan allí omitidas todas las referencias geopolíticas, lo que desmerece y hace abstracta la narración. Pues el teandrismo de S. pierde su condición de tal si no se atiende a su concreta encarnación histórica. Suprimir esa referencia equivale pues a mutilarle a la divino-humanidad parte esencial de su ladera humana. Demás está decir entonces que ofrecemos aquí el texto completo, tomado de la versión francesa de Tavernier, amigo dilecto del autor. Y para que el lector pueda en alguna medida apreciar mejor la coherencia del pensar que nos ocupa, hemos incluido al final la reseña de uno de sus libros fundamentales, reelaboración casi total de la que me publicara La Hostería Volante

INTRODUCCIÓN

Con la Breve Historia del Anticristo concluyen los Tres Diálo­gos sobre la guerra, la moral y la religión (1), última obra escrita por Soloviev (1853-1900) y culminación de su pensar teándrico.
Según su expresa declaración (2), se trata a) de un cuadro imagina­rio, que sobre el Anticristo y su reino proporcionaría no obstante b) todo lo contenido en las Sagradas Escrituras y la Tradición de la Iglesia y c) lo que hacia 1899, año de su elaboración final, le era posible inferir a la sana razón. Y por supuesto que si el aspecto imaginativo manifiesta a i”, en su condición de artista, el revelatorio y tradicional le permite dar testimonio de la Fe, y la inteligencia filosófico-histórica de los aconteci­mientos trasunta su preocupación por el destino de las naciones y las estirpes.
Por eso, aunque existe de este texto la traducción castellana del amigo, Ing. Carlos Marpegán (3), por defecto de la versión inglesa de la que él parte resultan allí omitidas todas las referencias geopolíticas, lo que desmerece y hace abstracta la narración. Pues el teandrismo de S. pierde su condición de tal si no se atiende a su concreta encarnación histórica. Suprimir esa referencia equivale pues a mutilarle a la divino-humanidad parte esencial de su ladera humana. Demás está decir entonces que ofrecemos aquí el texto completo, tomado de la versión francesa de Tavernier, amigo dilecto del autor. Y para que el lector pueda en alguna medida apreciar mejor la coherencia del pensar que nos ocupa, hemos incluido al final la reseña de uno de sus libros fundamentales, reelaboración casi total de la que me publicara La Hostería Volante (N° 41, pp. 26 ss.j.
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Aunque S. lo considera el de menor importancia (4), el aspecto artístico es un sostén de su relato. Obsérvense p. e. las semblanzas de Pedro, el último papa, Juan, el último starets, y Pauli, el magnífico doctor luterano. Pero claro que el retrato del Anticristo plantea dificultades especiales. Pues Cristo, su modelo, por ser la encarnación de su esencia es individuo único e irrepetible de su propia especie y no hay así para él analogía posible. Y el remedo maligno participa en buena medida de esta condición que relega su perfil hacia el claroscuro (4).
La preocupación geopolítica trasunta en cambio ante todo en el trata­miento que merece el panmongolismo y el destino de la raza amarilla; las tensiones que así S. registra se manifestaron luego en la guerra ruso- japonesa, pero no han concluido. Salvo que la mirada del autor; aunque centrada en Europa (Francia, Rusia, Alemania, Inglaterra) se extiende hacia Australia, América, África, sin que falte alguna referencia al Is­lam. En Simone Barionini (—Simón Bar Joña), el papa Pedro II, está representada sin embargo la estirpe románica, la eslava bajo el starets Juanj la germánica con el profesor Pauli; además de San Pedro, San Juan Evangelista y San Pablo, como es obvio, en estos tres personajes se hacen presentes pues las diversas lenguas y estirpes según lineamientos desprendi­dos de la historia ancestral de cada una.
También se detiene la narración en la estirpe judía, responsable en parte, admite S., del surgimiento triunfal del Anticristo, en quien ella ve a su Mesías esperado; pero luego masivamente partícipe de su derrota definitiva. He aquí una incongruencia empero. Pues si para las demás estirpes y confesiones se supone que la adhesión masiva acompaña al Cristo substituyente, y sólo una muy escasa a la verdadera Fe en Cristo verdadero, ¿por qué alterar en este caso las proporciones? Alas de acuerdo con los mesiánicos proyectos de judaica dominación mundial, basados en una in­terpretación carnal de la profecía veterotestamentaria, parecería postular que también aquí sólo una minoría, atenta a lo que esa profecía tiene de espiritual, termine por dar la espalda al Substituto para volverse, como está predicho, hacia Aquel cuya sangre fue reclamada por sus ancestros para que cayera sobre ellos y sobre sus hijos.
Por su parte los Estados nacionales son asimismo avasallados por el Anticristo, cabera del poder mundial y por eso, pese a que a S. no le interese subrayarlo, no del Imperio auténtico sino de su substitución, ésa que hoy denominaríamos sinárquica o mundialista. Y el relato registra aquí también una débil e igualmente minoritaria resistencia nacional a este vasallaje, aunque al lado de las confesiones cristianas unidas por el ecumenismo verdadero, las naciones no tienen en el testimonio definitivo un representante cabal. Ellas son empero según S. imprescindibles para la articulación histórica del teandrismo, y además para nosotros, no para él, de algún modo supervivencias del Imperio auténtico. Así como el texto presenta entonces al falso Imperio y la falsa Iglesia unidos en torno de la Substitución maligna, del mismo modo parece que convendría destacar, entre quienes la enfrentan, tanto los fieles a la Iglesia como los que al Imperio verdaderos. Pero quizá sea ese ligero aunque evidente matiz utópi­co que a nuestro autor afecta (5), lo que impide que su relato no preste más atención al testimonio, definitivo también, de los dispuestos a morir por su patria terrena.
Al considerar por fin la perspectiva estrictamente teológica de esta His­toria, tal vez convenga destacar de su densa y sorprendente textura tres motivos.
El vehículo semántico y operativo del poder del Anticristo no trans­curre por vías materialistas o anticristianas, sino por la corrupción religio­sa; Cristo es perseguido por el cristianismo y por la propia Iglesia degra­dada (6). S. no siempre sigue en todos los detalles lo que de este principio se desprende. El libro que prepara el advenimiento del Gran Corruptor al poder no menciona p. e., según la Historia, ni una vez a Cristo, aunque se funda en un vacuo cristianismo edulcorado. Por dolorosa experiencia sabemos hoy en cambio que el nombre de Jesús puede ser repetido hasta el cansancio, como en la iglesia romana a partir de la muerte de Pío XII, sin que de su naturaleza de Dios y hombre verdaderos permanezca nada bajo esa nominación disuelta.
El Anticristo y su poder aparentemente incontrastable serán derro­tados; más, han sufrido ya esa derrota y por eso su emersión histórica, aunque por un momento arrolladora, resulta efímera. Pero esa derrota no depende según S. exclusivamente del segundo advenimiento de Cristo ya en pleno esplendor de su divinidad. No. Esa exclusividad convertiría a la Parousía en un acontecimiento mágico, una suerte de deus ex machina como el que permitía cerrar las tragedias antiguas cuando la secuencia de los acontecimientos dramáticos no había sido bien trabada. El teandrismo exige en todas sus manifestaciones la participación y el combate de los hombress, asumido en el relato por los tres grandes testigos finales de la Fe y los pocos fieles que los acompañan. Fin esa lucha grandiosa la Fe conmue­ve y moviliza las profundidades humanas, pero además obliga, dice tam­bién la narración, a los pocos creyentes a convertirse en pensadores. Fa Fe termina por exigir así la posesión consciente de la semántica de la Fe, en solidaria relación que el Dr. Disandro no se cansó de señalar. Y con ello exige que la inteligencia asuma, medite y reelabore esa semántica tradicio­nal según corresponde a la esencia de un Dios vivo.
3. Por fin uno de los aciertos más consoladores de la Historia es el enfrentamiento entre los dos ecumenismos: el verdadero, exigencia de la Fe, y el sustituyente. El primero, secretamente operativo y por eso consu­mado ante la persecución en la soledad desértica simbolizada por las alturas de Jericó; el otro, culminante en la pomposa y multitudinaria celebración de Jerusalén, asistida por todos los poderes mundanos y eclesiales aparentes, sin que les falte tampoco la apoyatura preternatural. ¿Qué observó S. entonces en las confesiones de la Iglesia de sus días, para que esta culminación de su relato le pareciera tan evidente? No podemos pasar por alto empero que él creyó en el mantenimiento substancial de la sucesión apostólica y la cátedra romana legítimas hasta casi el final, según la figura de su Pedro II lo evidencia. Y aunque esa cátedra termi­na en manos de Apolonio, y así entitativamente vacante, la Historia ubica este vaciamiento después que el Anticristo asume la falsa magis­tratura imperial.
Hemos contemplado sin embargo el rumbo seguido por la iglesia ro­mana bajo Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I y el actual Juan Pablo II, geopolíticamente culminante para América en el nefasto viaje de este último a la Habana durante el presente año, rumbo religioso sin embar­go que entre nosotros el Dr. Disandro describió y enfrentó con tanta nitidez- Hoy resulta claro por eso que esa vacancia y la de todas las jerarquías igualmente apóstatas que los acompañan es previa, no poste­rior a la entronización del Anticristo. Y que por eso el uso abusivo de la falsa autoridad, incongruente con la Fe y en consecuencia, según la Bula de Paulo IV (s. XVI), en verdad inexistente; que esa autoridad pues es una energía decisiva para la consolidación del reino anticrístico y el ad­venimiento de su titular definitivo. Pero claro que tal uso es posible justamente porque se funda en el ecumenismo judeo-cristiano, como su afincamiento intrínseco, donde el Dios unitrino y su manifestación teándrica han desaparecido o se convirtieron en voces vacías al servicio del monoteísmo de Yahtveh. Será el otro sin embargo, el teándricamente fiel, el que en medio de la desolación será confortado, enseña S., por la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas, símbolo inconfundible, según el libro de la Apokalypsis (12, 1), de la Iglesia verdadera.
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Cinco son los personajes que protagonizan los Tres Diálogos solovianos. Dos de ellos pacifistas: el Príncipe, un joven que se hace eco de las ideas de León Tolstoy acerca de un cristianismo sociomórfico fundado en la no resistencia al mal, y Hombre Político ¡preocupado por gober­nar los pueblos según el realismo más craso y atento, con ese sólo fin, a las ideas religiosas influyentes en ellos. Se les opone el General, apegado sin mayor reflexión a las ideas tenidas po r tradicionales, reaccionario pues que después de Dios y de Rusia lo que más ama es el ejército, y en especial la artillería. La Dama es un personaje mundano que con mucho tacto y opiniones al uso aviva la discusión o lima asperezas para que la tertulia siga su curso. El Sr. Z. representa al autor y es el encargado de leer a los contertulios el texto del monje Pansophii (=sabiduría totalizadora) que constituye la Breve Historia aquí editada.
En la composición del texto podemos distinguir las siguientes articula­ciones:
El surgimiento del panmongolismoy la invasión amarilla a Euro­pa, así sometida durante 50 años del s. XX, hasta que por obra en especial de las logias masónicas el poder extraño es expulsado. Y esto hace que los europeos descrean de las naciones soberanas y en medio de un nuevo y creciente progreso científico conviertan a su continente en una Federación de Estados democráticos, mientras el materialismo sufre un fuerte retroceso intelectual.
La trayectoria personal del Anticristo, espiritualista convencido de que Cristo sería su antecesor y él mismo el encargado de tomar Su lugar en ese acontecimiento que las Escrituras designan como Su segunda venida. Se presenta como un benefactor que no exige de la humanidad sacrificios ni heroísmo, sino le ofrece humanitaristas halagos. En acepta­ción de su definitiva tentación lo pone al servicio de la antigua serpiente y le permite una labor intelectual ecumenista donde todas las confesiones parecen quedar satisfechas. Y aceptado así por ellas asume, por obra de las logias, el supremo poder, en el siglo XXI, de la Europa unificada, con el título de emperador romano, y hace efectiva lapa\y también una reforma social concluida en la hartura general, o sea, según el contexto de las tentaciones evangélicas, en la transformación de las pie­dras en pan.
Surge ApoIonio, obispo católico, sin duda la bestia de la tierra de la profecía apokalyptica (Ap. 13, 11-17), que pone al servicio del Anticristo su autoridad religiosa y sus poderes preternaturales. Siguiendo el tema de tentaciones del desierto estamos pues ante el sometimiento de la humanidad y de la Iglesia bajo la segunda tentación, la de los milagros espectaculares.
En el Concilio de Jerusalén, asistido por su bestia profética, el Anticristo exige de la Iglesia ser adorado, para que se consume la tercera tentación. El starets Juan lo identifica sin embargo y el papa Pedro II lo excomulga, pero son preternaturalmente asesinados, mientras el docto lute­rano Pauli asume la conducción de hecho de la escasa grey remanente en torno de la Fe intemerata.
Los verdaderos fieles marchan al desierto y rescatan los cuerpos de los dos grandes testigos, cuya resurrección hace posible que la Iglesia verda­dera se unifique según el ecumenismo verdadero, en contraste con la eleva­ción de Apolonio al papado y la institucionalización bajo su mando del ecumenismo corrupto.
La rebelión masiva de los judíos, la derrota cósmico-histórica de las dos bestias y el advenimiento parousíaco.
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En el prólogo de nuestra primer publicación, consagrada al pensar del Dr. Disandro justamente, nos permitíamos recordar el tránsito misterioso del pneuma por la historia, no ajustado a ningún afincamiento institucio­nal, pero reconocible por sus frutos. Pues hay quienes mezclan el ejercicio del pensamiento, incitación para que el pneuma sople y lo vivifique, con la posesión de un permiso supuestamente necesario para eso. Grave confusión, preludio de funestas derrotas.
Seguramente no faltarán pues, tampoco ahora, los que admitan nues­tro esfuerzo por mantener los Cielos Abiertos y por aventar los soplos malignos que pretenden cerrarlos; pero que nos seguirán reclamando con qué título o permiso lo hacemos. E intentarán prohibirlo. Les recuerdo la respuesta del Señor a un requerimiento semejante de los apóstoles: (No le prohibáis, Mk, 9, 39). Pues no es posible que alguien ejercite el poder fundado en Su nombre y esté dando lugar a la vez para el despliegue de la semántica maligna. Dejemos pues que cada uno prosiga con la tarea para la que se preparó, suponiendo que “quien no está contra nosotros, a favor de nosotros está”.
Arnaldo C. Rossi

 

NOTAS:
1          Utilizo la versión francesa, Trois Entretiens sur la Guerre, la Morale et la Religión, Plon-Nourrit, 1916, 217 pp., trad. e intr. de E. Tavernier, CIV pp. (en adelante Trois).
2   Trois, p. 108.
3          Trois, p. CII.
4          Id. ,p. 167.
5 Cf. el final de la reseña incluida como Apéndice de este opúsculo.
6 “…el último acto de la tragedia histórica no será la simple incredulidad, o la negación del cristianismo, o el materialismo u otra cosa análoga. Será k impostura religiosa”. Trois., p. 118 s.
7 “…la certeza del triunfo definitivo para la minoría de los verdaderos creyentes no debe llevarnos a la espera pasiva. Ese triunfo no puede ser un milagro puro y simple, un acto absoluto de la omnipotencia divina de Jesucristo, pues si fuese así toda la historia del cristianismo sería superflua. Es evidente que Cristo, para triunfar justa y razonablemente del Anticristo, tiene necesidad de nuestra colaboración; y como los verdaderos creyentes no son ni serán sino una minoría, es tanto más necesario que satisfagan las condiciones de su fuerza cualitativa e intrínseca…”. Trots, p. LXXYIII s.

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