ANTES DE QUE HITLER LLEGASE – Rudolf von Sebottendorff

ANTES DE QUE HITLER LLEGASE – Rudolf von Sebottendorff

292 páginas.
imágenes b/n
Tamaño: 15 x 21 cm.
Ediciones Camzo
España, 2012
Colección: Historia

Encuadernación rústica cosida c/solapas
Precio para Argentina: 168 pesos
Precio internacional: 24 euros

La Sociedad Thule era una sociedad mixta de estudio y pensamiento, una especie de Orden de Caballería, de ideología nacional-popular (Völkisch), que defendía la superioridad del hombre Ario como estirpe emprendedora y creativa a lo largo de los siglos, que les diferenciaba de otras razas y destructivas, unidos por una hermandad de sangre, con un fuerte sentido de compañerismo, que sus miembros se reconocían y trataban como verdaderos hermanos, que eso es lo que significa la palabra germanos, quienes se saludaban con el “Heil und Sieg!”, de donde procede el ulterior “Sieg-Heil! Nacionalsocialista, cuya primera regla era la fidelidad al juramento prestado de ser fieles a su pueblo unificado, defender a ultranza su arte, proteger e investigar su cultura, emular sus tradiciones, reivindicar la mitología nórdica y mantener la pureza de su sangre y de su etnia, cuyo emblema era el signo de la rueda solar simbolizado en la Esvástica, curvilínea y radiante, y una daga, guerrera y militante, ceñidas esvástica y gladio por dos ramas de hojas de roble formando una “V”, la letra inicial de la Victoria. Se trataba de defender, en definitiva, todo el legado de sus ancestros del norte de quienes, con su actitud rencorosa y hostil, venían perturbando secularmente el desarrollo y bienestar de su pueblo.
Bevor Hitler kam: Urkundlich aus der Frühzeit der Bewegung Nationalsozialistischen (Antes de que Hitler llegase: Los documentos de los primeros días del Movimiento Nacional Socialista), obra redactada por el fundador de la mítica Socidad Thule y publicada por primera vez en lengua alemana en 1933. Al propio Hitler no le gustó la publicación del libro, lo hizo prohibir y mandó arrestar a von Sebottendorf, el cual tuvo que abandonar en 1934 Alemania.
Ahora por primera vez en lengua castellana tenemos disponible esta singular obra que aporta información histórica esencial para alcanzar a comprender el momento y la situación de la Alemana entre guerras, así como la creación y ascenso al poder del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán en 1933.

ÍNDICE

Prólogo de José L. Jerez Riesco       11
Introducción de Giandomenico Bardanzellu            21
Dedicatoria         47
En memoria        49
–     Consideraciones políticas generales.     51
–     Los orígenes del Movimiento.       67
–     La Orden de los Germanos y la Sociedad Thule.         71
–     La Sociedad Thule y el Münchener Beobachter, hasta la Revolución de 1918.    81
–     La Sociedad Thule bajo la Dictadura de los Soviets.  127
–     El Kampfbund -organización de combate- de la Sociedad Thule y la contra-revolución de 1919.            149
–     La entrada del Cuerpo Franco Oberland en Munich.   171
–     El periodo del martirio de la Sociedad Thule.   181
–     La Sociedad Thule después de la matanza de los rehenes. 213
–     Los Movimientos que nacieron de la Sociedad Thule.            223
–     La génesis del Vólkischer Beobachter.  243
–     La Sociedad Thule durante la ausencia de su Fundador y en la hora de su renacimiento.        249
Galería de Imágenes    255

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

La naturaleza acostumbra a mostrar los frutos, llamati­vos, atrayentes y multicolores, tentadores y apetitosos, pero también a enterrar y ocultar celosamente las raíces, camuflán­dolas en el oscuro subterráneo, invisibles y opacas, en lo más profundo y recóndito, como queriendo olvidar y ruborizarse, postergando que son el germen, el sustento y la base de lo ma­nifestado, que con tanto orgullo exhibe a la intemperie a prue­ba de toda evidencia. Se podía sugerir que la raíz, con su apa­riencia ignota, es la parte esotérica, absolutamente imprescin­dible y necesaria, mientras que la parte superficial representa lo exotérico y observable o, si se prefiere, la gestación claustral y el alumbramiento erga omnes respectivamente.
El polémico y controvertido libro del barón Rudolf von Sebottendorff, Bevor Hitler Kam (“Antes que Hitler llegase”), es, en el sentido propio y pleno del término “radical”, que lle­ga con un considerable e incomprensible retraso a los lectores de lengua española, después de un periplo dilatado y parsimo­nioso por otros idiomas de largo recorrido. La primera edi­ción se publicó, en moldes góticos, por la Casa Editora Deukula Verlag Grassinger&Co de Munich, en el año 1933, pocos meses más tarde que el Führer y Canciller del Reich, Adolfo Hitler, accediera, el 30 de enero, por voluntad popular y desig­nio del destino, a la primera magistratura de Germania. La edición príncipe incluyó, a modo de addenda, al final del tex­to, la relación nominal de los miembros de la enigmática y mí­tica Thule Gesellschaft (Sociedad Thule).
El libro era singular, revelador, crudo, valiente, incómo­do, descriptivo, escrito por un autor, el fundador de la Socie­dad Thule, que, a su vez, era narrador e intérprete de unos he­chos vividos como protagonista principal y por ello verídico y testimonial. Más que un libro literario, de lectura a su vez eso­térica y profana, es una magnífica lección de Historia de un tiempo agitado por las turbulencias y lleno de matices.
Un libro de estas características tenía que resultar nece­sariamente inoportuno y hasta cierto punto incómodo e im­pertinente para quienes estrenaban, en aquellos días, el ejerci­cio del Poder. Por ello fue desalojado inmediatamente de las estanterías y vitrinas de las librerías locales del centro de la ciu­dad y de los suburbios, nada más hecha su aparición, incauta­do en los talleres tipográficos, la edición recogida íntegramente por la policía, confiscados y requisados los ejemplares que an­daban sueltos y desperdigados, para que su divulgación fuese nula, rebuscado y secuestrado de los circuitos habituales a fin de hacerlo desaparecer y, naturalmente, su autor, tras un breve arresto preventivo, expulsado y puesto en la frontera Suiza, pa­ra eliminar todo rastro documental y humano.
A pesar de la redada sistemática y pormenorizada para detectar la sintomática obra, algunos ejemplares, muy pocos, se salvaron de las pesquisas, como, por ejemplo, el que se en­contraba en la Bayerische Staatsbibliothek que, de pura lógica y por estar tan a la vista, nadie se acordó de retirarlo y con­tinuó, ficha incluida, catalogado con su signatura y alineado en sus fondos, en el lugar asignado desde su registro de entrada y recepción.
El libro de von Sebottendorff, además de referir los orí­genes y el significado de la Sociedad Thule, como entidad in­cubadora del nuevo renacimiento alemán, era un homenaje y estaba dedicado a los siete miembros protomártires de la es­vástica, inmolados el 30 a abril de 1919, cuando fueron ejecu­tados, sin cargo alguno ni juicio previo, en Munich, por la hor­da judeo-bolchevique, en una atroz masacre que conmocionó al mundo entero. Por cierto, coincidencias significativas, la de­dicatoria del autor del libro a los Caídos de Thule lleva la fe­cha del 9 de noviembre de 1933, que coincidía en el día y en el mes con el de su cumpleaños, pues von Sebottendorff ha­bía nacido, casualmente, en la localidad de Hoyerswerda (Sa­jorna), un noveno día del mes de noviembre de 1875 y, ade­más, en esa misma efemérides, pero de 1918, fue pronuncia­do en el seno de la Sociedad Thule su discurso trascendental que supuso el despegue del vuelo del Águila roja (Rütelweih) y el símbolo del fuego primordial solar, arquetipos de los arios, que significó el avance sin renuncia posible, ni retroceso admi­sible, hacia la inmortalidad. También, un 9 de enero, pero de 1923, tuvo lugar el famoso Pusch de Munich, el bautismo de sangre del NSDAP, con Adolfo Hitler como adelantado en las barricadas del resurgimiento alemán.
En Alemania, una reimpresión del libro original fue re­producida en 1982, dentro de su catálogo de facsímiles de li­bros históricos insólitos, raros e inencontrables, por Facsímile- Verlag/Versand de Bremen. Las ediciones en otros idiomas tuvieron que demorarse algunos años más. Recuerdo que un día ya lejano, paseando en Roma, por el trayecto que separa la Piazza Venena de la céntrica y mussoliniana Stazione Termini, en una librería bien surtida, tenían expuesto en su escapara­te, publicado en 1991 por las Edizioni Arché de Milán, un li­bro que me llamó poderosamente la atención en su versión italiana, Prima che Hitler venisse; la edición francesa hemos accedido a ella gracias a las Editions de l’Homme Libre de París, que con el título Avant que Hitler ne vienne, se tradujo en junio de 2001 y, más recientemente, en julio de 2007, en Lisboa, Atomic Books, con un interesante prólogo de Bernar­do L. Franco, editaba Antes de Hitler chegar, los orígenes de la Sociedad secreta de Thule narrada por su principal dirigen­te que no es otro que Rudolf von Sebottendorff (1875-1945) cuyo nombre original era Adam Alfred Rudolf Glauer.
Pero ¿cuál es el misterio que se encierra en la enigmáti­ca Sociedad Thule? Lo primero su propio y escueto nombre de dos sílabas mágicas, Thule, con reminiscencias hiperbó­reas, que nos transporta a las misteriosas tierras gélidas del norte, en el Septentrión, junto al círculo polar Artico, colma­das de brumas y leyendas, de cantos líricos y mitos ancestrales. Thule es el nombre de una Isla en medio de la ventisca y el fuerte oleaje, cubierta de hielos eternos, donde sobrevuelan sin cesar las águilas y las gaviotas, cuyo descubrimiento se atribuye al griego Pytheas de Marsella, cuando navegó en busca de ámbar y estaño, atraído por la llamada de la etnia y el linaje, hacia el año 330 antes de la era cristiana, tras 64 días de nave­gación desde que zarpó con su expedición y a seis jornadas de remo a buen ritmo y con el viento a favor, desde la última es­cala en los acantilados de Escocia, que abandonó para ir al en­cuentro irresistiblemente, atraído por las fuerzas telúricas, de una tierra luminosa anudada a los contrarios: los hielos sola­res.
La mítica Isla de Tule está permanente e invariablemen­te apuntada por la fulgurante, pálida y plateada luz de la Estre­lla Polar, cine, según se mire, puede ser la isla desconocida del fin del mundo o la imaginada del principio de la vida, si nos atenemos a la saga de la sangre, en el mito de la cosmogénesis hiperbórea, de los hombres de ojos azulados como los hori­zontes más infinitos, cielo y mar, y los cabellos lisos y dorados como el color del ámbar y de la miel.
No hay unanimidad para emparentar etimológicamente la palabra Thule con sus raíces semánticas arcaicas. Se la ha relacionado con la palabra griega Tholos por su significado vinculado a los vapores de agua que provocan la calina, lo bru­moso y lo nebuloso, fenómenos atmosféricos tan arquetípicos y característicos de aquellas lejanas latitudes. También se ha querido apreciar las semejanzas del vocablo con el término griego Tele, en su acepción de lejanía y larga distancia, tenien­do en cuenta que hablamos de los confines de la tierra pobla­da por el ser humano o del origen de la vida del pueblo Ario y boreal, situada en lo más escondido de los espacios marinos, la patria sin fronteras, que sólo podían alcanzar los héroes del mar con un corazón fuerte y puro. Otros autores han empa­rentado la semántica de Thule como derivada de la palabra celta Thual, que significa tierra del norte, de donde viene la luz, el país del sol eterno, astro de fuego, donde la luz del siste­ma impera y triunfa victorioso sobre las tinieblas y desde don­de se contempla de forma ininterrumpida, en el solsticio de verano, claridad desde la aurora hasta el ocaso, que es un bi­nomio absoluto unificado pero no dos vectores contrapuestos.
Thule, aquella “isla de hielo, situada en el gran norte, donde vivieron hombres transparentes”, según Herodoto y que guarda el secreto de las Runas, es la plataforma olímpica y heroica de la tradición hiperbórea, el paraíso perdido, polar y solar, del que nos habla, en el siglo XX, Julius Evola, es el epi­centro de la cosmogonía glaciar de Hans Hórbiger, donde tie­ne lugar el combate eterno e irreductible, sin tregua, entre hie­lo y fuego, enfrentados y encadenados en medio de vientos, brumas y tempestades. Cuando hacemos alusión a Thule nos estamos refiriendo a un símbolo espiritual más que a un punto geográfico concreto de dimensión espacio-temporal, a una isla sagrada, al altar de la tierra sin noche oscura, a la isla sosticial por excelencia, es decir a un centro espiritual, tradicional y pri­mordial.
Son siempre los mitos, y Thule es uno de los mayores, que a pesar de su apariencia de “narración imaginaria” y de “leyenda fantástica”, nos revelan verdades superiores y así lo consideraba, sin vacilar, Aristóteles quien contemplaba como tras la certeza de sus relatos quiméricos encerraban un gran poder de movilización y fascinación en todos los tiempos.
Thule es, pues, la llamada del Norte, la atracción por la ascendencia, el eterno retorno hacia las fuentes primigenias, el reencuentro con los visitadores del alba, del linaje solar, donde el valor era el honor y el pensamiento se reconocía en la ac­ción de los forjadores de la Cultura de navegantes, campesinos y guerreros, creadora e innovadora de todos los tiempos.
Thule va a renacer, de nuevo, en Munich en un momen­to histórico amargo, cuando parecía que la oscuridad había de­sintegrado para siempre a la luz. En el año 1918, el desánimo y la depresión del pueblo alemán era general por la derrota su­frida en la I Guerra Mundial. El día 7 de noviembre se instau­raba en Baviera el régimen bolchevique encabezado por el ju­dío Kurt Eisner, que significaba la abolición de la dinastía de los Wittelsbasch, quienes habían venido, generación tras gene­ración, gobernando en Baviera durante los últimos siete siglos. Se declaraba, con la toma del poder por los judíos embauca­dores y agitadores, asentados en Munich, el Estado libre de Baviera y se iniciaba la marea de las Repúblicas Soviéticas en el solar germánico.
No contaban los nuevos tiranos judaicos del poder que la semilla del legendario pueblo de los hiperbóreos, los genuinos ancestros de la etnia teutónica, permanecía a pesar del de­sastre bélico, con la raíz enterrada y oculta, y con resuelta vo­luntad de renacer de su postración y comenzar a germinar nuevos brotes. Ellos conocían bien el secreto de la plenitud comunitaria, el sentido de la verdadera nobleza, que les hacía diferentes a los demás, porque eran los portadores de la antor­cha y estaban dispuestos al desafío de rebelarse contra el dog­ma antinatural del falso igualitarismo que; propugna y avienta la democracia como cebo para atraer a los incautos. Sabían muy bien que el mestizaje y la mezcla racial, era la pérdida de su propia identidad y, como Platón en la antigüedad clásica, pen­saban que aquello era un atentado pernicioso a la hermandad de sangre y contra el sentido vincular de la comunidad que les hacía luchar, codo con codo, por las aspiraciones comunes y perennes.
No fue por casualidad que Munich se erigiera en la capi­tal donde prendió la mecha. Era el corazón y el epicentro de Europa, ciudad milenaria de arte y de fe, donde los vestigios de las iglesias barrocas católicas y el arte teutónico pagano esta­ban adosados y refundidos. Munich era fuerza y belleza, can­ción y danza, misticismo espiritual y simbolismo romántico.
Cuando los judío-bolcheviques se hicieron con el poder en la capital bávara, ya hacía seis años que, en mayo de 1912, había sido fundada en Alemania la Orden de los Germanos por Theodor Fritsch, Philip Stauff y Hermann Pohl, quienes reivindicaban el pasado gótico de su pueblo y limitaban el de­recho de pertenencia y admisión, con carácter selectivo, a los arios de pura cepa, asociación jerárquica con grados e inicia­ciones. En 1916 la Orden de los Germanos se escindió, creán­dose por Hermánn Pohl la “Orden Germánica Walvater del Santo Grial”, a la que en aquel mismo año se adhirió Rudolf von Sebottendorff, cuando contaba 37 años de edad, quien al año siguiente, en 1917, se le encomendaría la implantación de la nueva Orden en Baviera, confiriéndole el rango de Maestre, quien comenzó con carácter restringido y reservado a editar el boletín de las Noticias Generales de la Orden, Allgemeinen Ordensnachrichten, y la publicación Runen, título evocador y reivindicativo de un pasado glorioso. Tras el desenlace de la Guerra, en 1918, Sebottendorff fundó el “Grupo de Estudios para la Antigüedad Germánica. Sociedad Thule”.
Entre los primeros que se sumaron a la empresa de pre­servar las esencias y el carácter teutónico de la colectividad fue el escultor Walter Nauhaus, que había resultado herido en la pasada contienda y fue quien apuntó el nombre de Thule para la denominación de la nueva Sociedad en gestación y desarro­llo.
Al inicio de la andadura, en 1918, surgió la oportunidad de adquirir el periódico Münchener Beobachter a la viuda de Eranz Eher por la suma de 5.000 marcos, que fue el precursor del histórico Volkischer Beobachter, cabecera que adoptó a partir de 1920.
Sebottendorff fue el genio creador de aquel renacimien­to en las aguas turbulentas y la Sociedad Thule estaba dispues­ta a no rendirse jamás y continuar en vigilia, seguir la lucha, mantener el combate pero “en un frente interior”, al conside­rar que la I Guerra Mundial, donde se habían aliado la revolución comunista y la democracia capitalista bajo la batuta judai­ca, contra la comunidad germánica, no había sido únicamente militar y económica, sino fundamentalmente y, por encima de otras consideraciones, espiritual y cultural.
La Sociedad Thule era una sociedad mixta de estudio y pensamiento, una especie de Orden de Caballería, de ideolo­gía nacional-popular (Völkisch), que defendía la superioridad del hombre Ario como estirpe emprendedora y creativa a lo largo de los siglos, que les diferenciaba de otras razas parasita­rias y destructivas, unidos por una hermandad de sangre, con un fuerte sentido de compañerismo, que sus miembros se re­conocían y trataban como verdaderos hermanos, que eso es lo que significa la palabra germanos, quienes se saludaban con el “Heil und Sieg”, de donde procede el ulterior “Sieg-Heil” Nacionalsocialista, cuya primera regla era la fidelidad al jura­mento prestado de ser fieles a su pueblo unificado, defender a ultranza su arte, proteger e investigar su cultura, emular sus tra­diciones, reivindicar la mitología nórdica y mantener la pureza de su sangre y de su etnia, cuyo emblema era el signo de la rueda solar simbolizado en la Esvástica, curvilínea y radiante, y una daga, guerrera y militante, ceñidas esvástica y gladio por dos ramas de hojas de roble formando una “V”, la letra inicial de la Victoria. Se trataba de defender, en definitiva, todo el le­gado de sus ancestros del norte de quienes, con su actitud ren­corosa y hostil, venían perturbando secularmente el desarrollo y bienestar de su pueblo: los judíos.
Las reuniones se celebran en el famoso Hotel de las Cuatro Estaciones, en la céntrica calle Maximillians de Mu­nich, cuyas salas abren y ponen a disposición de las demás asociaciones y organizaciones de carácter nacionalista y popu­lar.
No se descuidan por los miembros de la Sociedad Thule otros dos frentes esenciales: El guerrero, con la forma­ción de la Liga de Combate (Kampfbund) y los Cuerpos Fran­cos, cuya unidad Oberland estuvo integrada y fue financiada por la entidad y los círculos obreros, la organización de los tra­bajadores Alemanes, para lo cual, en enero de 1919, surge de su iniciativa el Partido Obrero Alemán (DAP) de Karl Harrer, miembro de Thule, su primer Presidente y organizador y An­tón Drexler uno de sus principales artífices en la ejecutoria.
El 21 de febrero de 1919 el sátrapa judío Kurt Eisner caía asesinado. El tí de abril se proclamaba la República Sovié­tica de Baviera formada por una troica compuesta por comu­nistas, spartakistas y anarquistas, comandados por agentes per­turbadores hebreos. Los nacionalistas para dar una respuesta al caos imperante se concentraron en Bamberg y en Freuchtlingen. La Sociedad Thule, en aquella encrucijada de antago­nismo, contribuye activamente con su Cuerpo Franco Ober­land.
El 26 de abril se inician las redadas y masacres de los comunistas en Munich que culminan con la matanza de siete miembros de la Sociedad Thule asesinados por mentores ju­díos en el Liceo Luipolt. Plasta que, finalmente, el 3 de mayo de 1919 los Cuerpos Francos, entre los que se encontraba Oberland, liberan Munich
A la Sociedad Thule pertenecieron insignes miembros, entre los que citaremos a título meramente enunciativo, nunca exhaustivo, al ingeniero Gottfried Feder, quien posteriormente aportó las bases económicas del Nacional-Socialismo y colabo­ró en la redacción de los 25 Puntos del Programa del NSDAP, dado a conocer el 24 de febrero de 1924; Rudolf Hess, con posterioridad primero Secretario Privado de Hitler y más tar­de su Lugarteniente, el heroico Prisionero de la Paz; Antón Drexler; Kart Harrer; Georg Gaubatz; Johannes Hering; Heinricb Himmler; Antón Daumelang, Franz Dannehl, Lehman, Alfred Rosenberg…Los miembros de la Sociedad Thule se encontraban entre los primeros compañeros de lu­cha de Hitler quien, en el año 1919, asistió, por primera vez a una reunión del DAP.
En relación a la Esvástica, que figuraba en el icono de la Sociedad Thule, fue uno de sus miembros, el médico-dentista Friedrich Krohn quien la dio su forma definitiva adoptada por el Nacionalsocialismo, con los brazos rectilíneos y la orienta­ción sinistrógira.
Si tuviésemos que citar a tres organizaciones que tuvie­ron indudable influencia y resonancia, por sus aportaciones decisivas en todos los órdenes, en la fragua y forja del Nacional-Socialismo, no dudaríamos en nombrar a la Socie­dad Thule, de Rudolf von Sebottendorff; al Partido Obrero Alemán (Deuscher Arbeiterverein) de Kart Harrer, fundado en la cervecería Hof de Munich el 5 de diciembre de 1919 en cuya sesión Antón Drexler fue elegido Presidente y que unos meses más tarde se transformaría en el NSDAP, en febrero de 1920 y al Partido Socialista Alemán (Deutsch-Socialistische Partei) de Hans Georg Grassinger.
Hoy y ahora, más que nunca, el espíritu de Thule está perseguido hasta el exterminio, pero que nadie olvide cine en esta época oscura y oprobiosa, donde las sempiternas fuerzas del odio visceral parecen dominar y controlarlo todo, una cosa es inmutable y cierta: que jamás los pueblos deicidas ni los hi­jos de las tinieblas prevalecerán contra los hijos de la luz solar por que su fuerza es imperecedera.

José Luis Jerez Riesco

INTRODUCCION DE LA EDICIÓN FRANCESA

THULE: HISTORIA DE UN MITO NÓRDICO

La Thule de Piteas, de Virgilio y de Goethe.-Las “Ór­denes Germánicas” y la ariosofía. La “Thule-Gesellschaft” fun­dada por el Barón von Sebottendorff.- El nacimiento de la es­vástica dextrógira, emblema del NSDAP.- Autonomía política de la “Thule-Gesellschaft” y su presencia en la Alemania ac­tual.

LA THULE DE PITEAS, DE VIRGILIO Y DE GOETHE
Piteas, geógrafo, comerciante y eminente ciudadano de la colonia griega focense de Massalia (la actual Marsella), reci­bió un día la misión, de los ediles de su ciudad, de realizar un viaje de exploración más allá de las Columnas de Hércules, para abrir nuevas salidas comerciales a esta floreciente colonia griega del Mediterráneo occidental. La fecha de esta misión se sitúa en la segunda mitad del siglo IV antes de Cristo, del 340 al 32,5. Piteas, a continuación, escribió un libro titulado “Alre­dedor del Océano”, hoy desaparecido sin duda a causa del in­cendio de la Biblioteca de Alejandría, acaecido en el siglo III de la era cristiana.
Sin embargo este libro fue muy conocido entre sus coe­táneos (Erastóstones, Dicaerclius de Messina y otros). Gracias a él, los geógrafos de la antigüedad pudieron recoger las pri­meras notas de este viaje de Piteas y transmitirlas a científicos como Plinio el Viejo (siglo I de la era cristiana) y a geógrafos como Tolomeo de Alejandría, (siglo II de la era cristiana), quienes nos han dejado, a su vez, descripciones detalladas de aquella expedición.
Piteas consiguió zafarse de la vigilancia hostil de los car­tagineses, que se oponían por todos los medios a la expansión de las colonias griegas en el Mediterráneo. Piteas y sus compa­ñeros traspasaron las Columnas de Hércules, adentrándose en las aguas del Océano Atlántico, navegando de cabotaje por las orillas de las costas de Iberia y de las Galias, hasta alcanzar el Canal de la Mancha. Piteas se quedó asombrado al descubrir la existencia de una isla inmensa en la margen izquierda del Canal de la Mancha. Un historiador norteamericano del siglo pasado, Franck B. Goodrich, en su libro “Man upon the Sea” (publicado en Filadelfia en 1858), no duda en atribuir a Piteas el descubrimiento de Inglaterra: “…el descubrimiento de la Gran Bretaña puede, seguramente, atribuírsele”. Piteas hizo navegación de cabotaje a lo largo de las costas orientales de In­glaterra, avanzando siempre cada vez más hacia el Norte, hasta alcanzar las islas Oreadas. Entró en contacto con los habitan­tes de estas islas septentrionales, quienes le informaron que “a seis días de navegación hacia el Norte, se divisaban tierras emergentes que no conocía nadie”. También le advirtieron que el mar, allí, se solidificaba y que la densa niebla y los trai­cioneros hielos podían conducirle a la ruina. A pesar de estas serias advertencias, Piteas abandonó las Orcadas y navegó con rumbo Norte, cada vez más lejos en dirección a la zona bo­real. Finalmente, se vio obligado a dar la media vuelta. Escribi­ría posteriormente que habían alcanzado los límites septentrio­nales del mundo, constituidos por una isla a la que el denomi­na Thule. 1
A su regreso a Marsella, nadie creía su relato. Un escritor satírico, Antifano de Berge, se burló y al evocar a un país tan frío que, en invierno, las palabras… se congelaban, tanto que uno no podía comprenderlas hasta después del deshielo. Esta mofa la extrae de las palabras del libro de Piteas. Tres siglos después, Estrabón, el famoso geógrafo, define, incluso, a Piteas como “un mentiroso de marca mayor”. Pero Estrabón comete un error célebre: con el fin de bromear y de refutar los descubrimientos de Piteas, hizo una descripción minuciosa de su mítico itinerario, que llegará a Plinio, después pasará a Tolomeo y así es como ha podido llegar hasta nosotros. Los análisis modernos han podido constatar la autenticidad abso­luta de los descubrimientos de Piteas. Esto le otorga una repu­tación imperecedera, 2.300 años después de su legendario viaje, lo que no era, ciertamente, el objetivo perseguido por Estrabón…
Plinio el Viejo, nacido en Come en el año 23 de la era cristiana, que falleció a consecuencia de la erupción del Vesu­bio en el año 79, dice, en el libro II de su obra monumental “Naturales Historia”, consagrada a la cosmología, que, según Piteas, “…en la isla de Thule, había días que duraban seis me­ses”. En su libro III, que consagra a la geografía, describe las islas situadas al norte de la actual Gran Bretaña: “Ultima omnium quae memorantur Tyle” (la última de ellas, se recuer­da, lleva por nombre Thule) y continua: “allí no hay noche en el solsticio de verano…y el mar se encuentra solidificado, algu­nos le llaman Chornos”. Por último, en su libro IV, también dedicado a la geografía, Plinio el Viejo describe la latitud del paralelo más septentrional, donde se suponía la existencia en aquella época, al que se le denominaba “Escítico”: partía, se­gún él, de los “Montes Rifei” (los Montes Urales), para acabar en Thule. La longitud de este paralelo, escribe: “En el espacio de un año, una larga noche sucede a un solo día largo”.
El gran Tolomeo (100-178 de la era Cristiana) escribió dos obras monumentales: “El Almagesto” y la “Geografía”. La principal traducción latina de su “Geografía” fue realizada en el siglo XV, por Jacopo Angelo -yo poseo una de estas raras copias- que fue enriquecida e iluminada con mapas policro­mados. Jacopo Angelo dedicó su obra al Papa Alejandro V, elegido por el Concilio de Pisa en 1409, durante el gran cisma de occidente, probablemente antes de conocer que este Ale­jandro V sería más tarde considerado por los historiadores como el Anti-Papa.
Sobre el grabado “Europa Tabula Prima”, se encuentra Irlanda (Hibernia), Gran Bretaña (Insula Británica), las Orea­das y, mucho más al Nordeste con relación a las Oreadas, el dibujante ha esbozado una isla extraña de color verde(a dife­rencia de los colores marfil y oro de las demás tierras emer­gentes y del azul profundo de los mares), sobre la cual está es­crito: “Thule ínsula”.
Pero ¿Dónde ubica la crítica moderna a la tal isla de Thule?”
La hipótesis más reputada nos dice que “Thule” es el nombre que Piteas dio a las Shetlands, que se sitúan al Noroeste de las Islas Oreadas. Pero estas están mucho más próximas a estas últimas que los “seis días de navegación” que nos menciona Plinio, para las embarcaciones de la época. En seis días, Piteas habría podido, perfectamente, alcanzar las cos­tas meridionales de Noruega.
Pero si Piteas hubiese puesto la proa directamente hacia el Este (y hubiera hecho el viaje hasta la Rusia actual antes de volver a su Patria), Thule podría muy bien ser Jutlandia o Dinamarca. Sin embargo, en esta región de Europa del Norte, no tenemos “días de seis meses”
Durante el periodo pre-románico alemán, se comenzó ya a decir que Piteas había llegado a Islandia.
En realidad, no se sabe a ciencia cierta donde se en­cuentra la Thule de Piteas. La isla de Thule, sin embargo, for­ma parte ya de la poesía y de la historia como el fin del mun­do en el Septentrión, mítico e inaccesible.
Trescientos años después de Piteas, Virgilio considera­ba, efectivamente que Thule era el fin del mundo. En las “Geórgicas” (escritas entre los años 37 y 30 antes de la era cristiana), el Libro I, tras la dedicatoria a Mecenas, Virgilio evoca a Cesar (que era Octavio Augusto), a quien el pronosti­caba: “un camino fácil” y “una empresa hecha posible por la audacia”, augurando para él “destinos divinos” y asegurándole una “obediencia universal”. Caesar…Ubi serviat Ultima Tyle (Cesar, se te obedecerá hasta en la lejana Thule).
Este lugar mítico no dejó indiferente a Goethe. En 1774, escribió, en sus “Baladas”, el poema “Der Kónig in Thule” (el Rey de Thule), donde se encuentran los famosos versos “War treu bis an das Grab” (fue fiel hasta la sepultura). Podemos encontrar en este poema la veneración sempiterna de los Germanos por la fidelidad. En las “Obras completas” de Goethe, publicadas por Ludwig Geiger en Berlín, en el año 1883, se puede leer el comentario siguiente: “La Ultima Tyle era para los antiguos una isla fantástica, que estaría situada en el mar. Al Noreste, en los confines extremos de las tierras co­nocidas”. La Thule de Piteas desaparece entonces de los ma­pas y se convierte en una visión del espíritu, no conservando su nombre más que como el recuerdo de quien fue el primero en descubrirla.2

LAS ÓRDENES GERMÁNICAS Y LA ARIOSOFÍA
En la segunda mitad del siglo XVIII, varios escritores y poetas alemanes lanzaron un movimiento literario, que ha pasado a la historia bajo la denominación de Stunn und Drang (impropiamente traducido por “Tempestad e ímpetu”). Fue un movimiento prerrománico, cuyo nombre derivaba de una obra publicada en 177b del dramaturgo Friedriech Maximilian Von Klinger, titulada Der Wirwarr, oder der Sturm und Drang (El caos o la tempestad y el ímpetu). Grandes ge­nios de las letras pertenecieron a este movimiento: Goethe, Schiller, Herder y algunos de los protagonistas de la revuelta literaria germánica contra el racionalismo.
El tema central, ilustrado por diversas variantes poéticas y literarias, fue: la identidad común de los alemanes durante la historia antigua de los germanos, identidad que se reflejaba en los usos y costumbres, en la lengua, en la literatura, en los cán­ticos y en las leyendas populares. Se descubre, en la época de Sturm und Drang, la identidad espiritual alemana, que era ajena a la realidad política del siglo XVIII.
Esta insistencia punzante y recurrente de un pasado áu­reo y legendario, de las antiguas tradiciones rúnicas y germáni­cas, dotó a este movimiento literario de un carácter mitológi­co, que se perpetuó durante el transcurso del siglo XIX en dis­putas poéticas de altos vuelos, incluso en creaciones musicales tales como la Tetralogía de Richard Wagner.
Los alemanes vivían, entonces, en el seno de un mosai­co de pequeñas entidades políticas: reinos, principados, duca­dos, marquesados, condados, etc., cuyos soberanos se ocupa­ban principalmente de sus intereses particulares y locales, lo que acarreaba innumerables problemas fronterizos, con una plétora de ordenamientos y tratados. Todos estos pequeños Estados, con Prusia y Austria, lo mismo que Francia, al menos en los orígenes Carolingios, formaron parte del Sacro Imperio Romano. Esta instancia suprema, multinacional y europea, perduró hasta su disolución llevada a cabo por Napoleón Bonaparte, quien se proclamó Emperador de los franceses en 1804, imponiendo, en 1806, al Emperador de Austria Francisco I, a renunciar para siempre al título de Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico.
La esperanza de los nacionalistas alemanes fue, amarga­mente, frustrada por el Congreso de Viena de 181.5, que resta­bleció los antiguos pequeños Estados y consagró la separación de Prusia de Austria. La revolución de 1848 no aportó venta­jas a la tan esperada unificación política de los pueblos germá­nicos. La aspiración cultural e intelectual de los alemanes, pa­ra alcanzar la unidad política, hizo que se acentuara. Esto se percibía, muy particularmente, en Austria, donde los alemanes vivían en medio de grandes minorías eslavas y judías. Después de la derrota de Dinamarca, por los ejércitos prusianos y aus­tríacos aliados en 1864, los beligerantes se disputaron los terri­torios arrancados al pequeño reino del Norte. Estas querellas no afectaron a la unidad de los nacionalistas alemanes de Prusia y de Austria, pero condujeron a una guerra Austro- Prusiana, en 1866. Austria fue derrotada y arruinada en 1866. Poco después, tras la derrota de Francia en 1871, lograda pol­los ejércitos prusianos y alemanes (pues Austria se mantuvo neutral), Bismark proclamó el advenimiento del II Reich. Los nacionalistas maximalistas quedaron de nuevo frustrados: Este II Reich no incluyó a Austria. Subrayemos que la Austria ger- manófona deberá esperar, hasta 1938, para reunificarse con el resto de Alemania, durante el III Reich Nacionalsocialista, en virtud del Anschluss tan anhelado por Hitler.
Los alemanes se quedaron, pues, durante mucho tiem­po divididos (y lo continúan estando ahora). A partir del siglo XIX fueron dos las tendencias ideológicas que intentarán resti­tuir la unidad alemana: el racismo y el elitismo.
Los antropólogos y los lingüistas se dedicaron al estudio de las razas, a las que los unos y los otros atribuyeron peculia­ridades físicas y morales. El darwinismo, ideología emergente en aquella época, se convirtió en el “social-darwinismo”, que, adaptado al discurso raciológico, serviría para demostrar la su­perioridad “legítima” de algunas razas sobre otras, en concreto la “superioridad” de la raza denominada “aria” (derivada del sánscrito arya, que significa “señor”, “dominante”) sobre todas las demás etnias. En este contexto fue donde nacieron y se multiplicaron las “Ordenes Germánicas” (Germanen Orden), una especie de Sociedades secretas y de Órdenes pseudo-religiosas. En sus reuniones, los adeptos de estas Órdenes y Sociedades, tan románticas como nacionalistas, soñaban con una edad de oro prehistórica, con una teocracia, donde los sa­bios y los sacerdotes eruditos, adoradores de los antiguos dio­ses germánicos (wotanismo), enseñaban teorías racistas y na­cionalistas. Las antiguas inscripciones rúnicas proporcionaban los símbolos de estas liturgias ocultas, que incluían también signos rudimentarios que recordaban, más o menos, a la Svás­tica. En esta antigüedad onírica, los sacerdotes gobernaban una sociedad racialmente pura, formada exclusivamente por “Arios”.
Después de los trabajos de Guido von List, sabio preocupado por la lengua rúnica, la heráldica, la semiología y el ocultismo, nació la “ariosofia” o ciencia oculta de los “Arit”, que influyó profundamente en las Órdenes Germánicas y en los círculos literarios y filosóficos de Austria y de la Alemania whilhelminiana. Guido von List nació en 1848 y vivió en Aus­tria hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Suscitó un gran entusiasmo en los círculos académicos y literarios. Los “ariosofos” pensaban que una conjura, teledirigida por fuerzas e intereses antialemanes, se había propuesto como objetivo destruir el mundo germánico desde sus orígenes, para colocar a los alemanes (avatares contemporáneos de los “arios”) al mismo nivel que los no alemanes (no arios), en nombre de un igualitarismo antinatural y criminal. Las fuerzas antialemanas estaban plenamente identificadas desde el Imperio Romano – Bajo Imperio-, en los judíos y en la iglesia católica. La mezcla de razas, debido al éxito parcial de esta conjura, era, -pensa­ban los “ariosofos”-, el origen de las guerras y de las miserias contemporáneas. Frente a esta desgracia, el ariósofo se propo­nía como meta combatir a estos pérfidos, regenerar la vieja “sabiduría” de los germanos de la antigüedad y favorecer el re­nacimiento de las virtudes germánicas cantadas por Tácito, con el objetivo ultimo, a continuación, de reconstruir III Reich milenario de factura pangermanista, racialmente puro, que correspondiera a las profecías de los sacerdotes arios de la antigüedad. Guido von List, Lanz von Liebenfels y el caballero Georg von Schönerer fueron las personalidades más influyen­tes de la Ariosofía, como también lo fueron otros escritores, poetas e historiadores de aquella época.
La coexistencia forzada de razas diferentes (aria, hebrai­ca y eslava), en la Viena de fin del siglo, hizo que se considera­se a la capital del imperio de los Hansburgos como la “Nueva Jerusalén”. Esa situación, en un contexto ideológico semejan­te, debía fatalmente abocar en numerosos conflictos y no sólo en el plano ideológico.
Los “ariósofos”, a pesar de sus signos ocultos y de sus símbolos, conservadores románticos, soñadores que recobra­ban la antigüedad germánica e imaginaban el advenimiento de III Reich milenario, fueron paulatinamente excluidos de la realidad política. Aun peor fue, la derrota militar Alemana y Austro-Húngara, de 1918, la que acabó con las esperanzas de las potencias militares centro-europeas. En 1916, Guido von List, continuaba siendo el profeta indiscutible del Reich mile­nario, quien había anunciado, mediante el envío de cartas a las tropas combatientes en los múltiples frentes de la Primera Guerra Mundial, la victoria inexorable de las potencias germá­nicas. Al final del año 1918, Guido von List, de 70 años de edad, se vio obligado a abandonar Austria, porque escaseaban los cereales y las medicinas y su delicada salud no soportaba tales privaciones. Al principio de 1919, Guido von List y su esposa aceptaron la invitación de uno de sus numerosos ad­miradores, el conde Eberhard von Brockhusen, para pasar una temporada en su castillo de Brandebourg. La pareja llegó a duras penas a Berlín tras un interminable y penoso viaje por tren. Guido von List se sintió desvanecer, afectado por lo que creyó en un principio tratarse de una neumonía. Se alojó en una modesta pensión, donde finalmente fallece el 17 de mayo de 1919.
El mundo de Guido von List y de sus “ariósofos” había desaparecido completamente. Pero aquel mundo onírico e imaginario esparció sus fructíferas semillas, que serán recolec­tadas por las ideologías emergentes de los años veinte, que pu­sieron su arsenal de símbolos políticos adoptando el “corpus ariosófico” .
El testigo de Guido von List fue entonces retomado por el barón Rudolf von Sebottendorlf, el fundador de la “Thule Gesellschaft”.

LA “THULE GESELLSCHAFT”, FUNDADA POR EL BARÓN VON SEBOTTENDORFF
El barón Rudolf von Sebottendorff nació en 1875 en Hoyerswerda (cerca de Dresde).
Existe una extensa literatura sobre la genealogía y el ver­dadero nombre de este personaje, fundador de la “Thule Gessellschaft”. Fuera quien fuese, ha entrado en la historia con este nombre, que él no dejó de utilizar nunca. Rudolf von Sebottendorff estudió ingeniería. Viajó entre otros países por Australia, Egipto y Turquía. En este último país se afincó durante bastante tiempo, ocupándose de cuestiones relaciona­das con el ocultismo y las religiones exóticas, entrando en con­tacto con derviches sufíes, interesándose por la numerología de las pirámides, por la cábala judía, llegando, incluso, a ingre­sar en una logia masónica en Francia, vinculada al “rito de Menfis”.
Durante la Segunda Guerra Balcánica de 1912, comba­tió en las filas del ejército turco. Regresó, posteriormente, a Alemania, para proseguir allí estudios de astrología y de místi­ca islámica. En 1914, leyó un anuncio en un diario, publicado por una “Orden Germánica” radicada en Munich, que invita­ba a todos los alemanes de “origen ario puro” a ingresar en su organización.
Rudolf von Sebottendorff respondió inmediatamente al anuncio. Fue, inmediatamente admitido, entrando así en con­tacto con numerosos exponentes de doctrinas nacionalistas.
La policía bávara observaba con recelo las reuniones que celebraban todos aquellos personajes en los salones del Hotel Vier Jahreszeiten (Cuatro Estaciones) de Munich. Fue entonces cuando allí se tomó la decisión de dar a la “Orden” un nombre neutro y misterioso: “Thule, Gesellschaft zur Erforderung deutscher Geschichte und Forderung deutscheer Art” (Thule, Sociedad para el estudio de la Historia Alemana y la promoción de la raza alemana). Se adoptó un símbolo aparentemente mítico e inofensivo: una espada larga colocada sobre una cruz gamada irradiada en forma de rueda solar. Se escogió, pues, un símbolo indoeuropeo (ario) muy antiguo que, en lengua sánscrita, se llama la Svástica (el signo que trae la felicidad).
Al anochecer del 9 de noviembre de 1918, tuvo lugar un concierto en la sede de la Sociedad Tliule-Gesellschaft. Du­rante las últimas 48 horas precedentes, el país había sido sacu­dido por una conmoción política radical: la revolución socia­lista de Baviera. Los Wittelsbach, la familia reinante, habían abandonado Munich y un gobierno socialista, bajo la direc­ción de un periodista berlinés de origen israelita, Kurt Eisner, había tomado el poder. Los miembros de la “Sociedad Thule”, como los de todos los partidos conservadores o bur­gueses, quedaron espantados por estos acontecimientos (aque­lla situación ha sido magistralmente descrita por el historiador Nicholas Goodrick-Clarke en su libro “Las raíces ocultas del nazismo”)
Alemania había sido derrotada: el Kaiser y los príncipes habían abdicado, algunos socialistas de origen judío formaron, aprovechando los graves disturbios de Munich y de Berlín, sendas Repúblicas de corte soviético, que las personas de de­rechas contemplaban horrorizados mirando con estupor los trágicos acontecimientos, preguntándose como, “¡sobre el sue­lo sagrado de la Santa Alemania! la Patria por la cual innume­rables soldados habían combatido encarnizadamente durante tanto tiempo, ¡había desaparecido en el intervalo de una sola noche! Fue, precisamente, en la noche del 9 de noviembre, cuando Sebottendorff pronunció un apasionado discurso, que se hizo célebre en aquellos años, en el que dijo: “… ¡en el sitial de nuestros príncipes, hoy, es nuestro enemigo mortal quien gobierna: Judá!”
Si la historia de la Sociedad Thule se hubiese limitado tan sólo a este discurso de Sebottendorff, pronto hubiera que­dado postrada en el olvido. Pero Sebottendorff no fue sola­mente un “ocultista”, era también un temible organizador. En el epicentro de las tormentas que agitaban Munich, organizó la reacción nacionalista contra el régimen de Kurt Eisner (quien caerá víctima de un atentado perpetrado por el conde von Arco-Valley, el 21 de abril de 1919). Sebottendorff era, pues, un opositor militar y político del Gobierno de los Soviet insta­lado en Baviera, formado por un triunvirato de comunistas ju­díos mandados por Lenin: Tobiah (o Towia) Axelrod, Max Levien y Eugen Leviné. Sebottendorlf, que había ya entonces constituido la “Kampfbund Thule” (la Liga de Combate de Thule), también organizó, el 19 de abril de 1919, el Cuerpo Franco “Oberland”, formación muy aguerrida, colocada bajo el mando del mayor von Beck.
El Nuncio Apostólico de Baviera era, en 1919, un joven obispo, Eugenio Pacelli, el futuro Papa Pío XII. Un libelo, publicado recientemente en Inglaterra, escrito por John Corn- well, quien se autodefine como “católico inglés”, que lleva por título Hitler’s Pope (El Papa de Hitler), cita una carta dirigida a Roma por Monseñor Pacelli, donde el Prelado cita a uno de los tres personajes enviados por Lenin para gobernar Baviera, concretamente a Eugene Leviné, a quien describe de la forma siguiente: “se trata de un hombre joven, de 30 a 35 años, tam­bién judío y ruso. Pálido, sucio, vulgar, repulsivo, a la vez que inteligente y tímido”. Monseñor Pacelli, a continuación, en su misiva, hace referencia a las mujeres frecuentadas por dicho personaje, haciendo notar que: “son todas judías, igual que los demás en el grupo”.
El 20 de septiembre de 1999, el periodista judío ameri­cano Richard Cohen escribió una recensión del libro de Cornwell en las columnas del Internacional Herald Tribune. Tanto para el autor del libro como en la crítica elogiosa y aduladora de Cohén, fue suficiente que Monseñor Pacelli hubiese descri­to aquella verdad histórica sin tapujos, es decir, que Baviera en 1919 estaba gobernada por judíos y comunistas, que frecuen­taban mujeres judías, para tildar al futuro Papa Pío XII de an­tisemita.
La República soviética de Baviera se mostró feroz con­tra sus oponentes, pero, afortunadamente, poco eficaz para el terror que ejercía; promulgó decretos criminales, que dieron como resultado la masacre, sin remisión, de sus adversarios políticos o de ciudadanos inocentes, que, a pesar de ello, fue­ron detenidos e injustamente culpabilizados. Los soldados del Ejército Rojo de Baviera, pura y simplemente, saquearon la ciudad de Munich. Los bancos, los establecimientos donde se expendía la prensa y las escuelas fueron clausurados arbitraria­mente. Pero, muy pronto, la hora de pagar la minuta llegó. Las tropas blancas asediaron Munich y estrecharon el cerco. Los Rojos, presos de pánico, decidieron devastar la sede de la Sociedad Thule, el 26 de abril de 1919. La asociación de Sebottendorff había llegado a ser una especie de Club social, donde la soldadesca bolchevique tomó prisioneros y retuvo como rehenes a los señores mayores de la nobleza cine allí se encongaban: el Príncipe Gustav von Thurn und Tassis (de Tour&Taxi), el Conde Friedrich Wilhelm von Seydlitz, el ba­rón von Teuchert, la joven condesa Heila von Westarp (que acababa de ser contratada como secretaria y era su primer día de trabajo), junto con otros miembros de la organización co­mo Walter Neuhaus y Antón Daumenlang, entre otros, hasta un total de nueve personas. El jefe de los Rojos, Rudolf Egelhofen, anunció triunfalmente, entonces, con un cinismo des­mesurado que “una banda de malhechores pertenecientes a la “buena sociedad”, compuesta por extremistas reaccionarios, agentes y francotiradores a sueldo de los Blancos, etc.” había sido capturada.
Inspirándose en la matanza de la familia imperial rusa en Jékaterinenbourg en 1918, Egelhofen mandó llevar a los in­fortunados a los sótanos del Liceo Luitpold, donde se les ani­quiló el 30 de abril de 1919, junto con otros tres arrestados. Munich y el mundo entero quedaron horrorizados por esta matanza fría y criminal de prisioneros inocentes y desar­mados. No se celebró ningún juicio previo, ni tampoco se im­putó la comisión de delito alguno a las inocentes víctimas. Su trágico destino fue sellado porque tenían, por casualidad, un “von” delante de su apellido o porque casualmente se halla­ban presentes en la sede de la Sociedad Thule, en aquellos días de la revuelta. A pesar de esta evidencia, el “historiador” de la RDA, Hans Beber, ha osado escribir, no hace mucho tiempo, cine esta infame matanza de rehenes, perpetrada por los milicianos del Ejercito Rojo, fue en “legítima defensa”.
Cuando, finalmente, los blancos entraron en Munich, la ciudad se había sublevado ya contra las hordas rojas. Los sol­dados blancos volvieron a instalar un Gobierno Social-Demócrata, bajo la dirección de Hollinan, un socialista que había combatido en sus filas. Se abrió un proceso contra los asesinos de los rehenes. A tres de víctimas les dieron el nombre de sendas calles en Munich. Las calles continúan todavía hoy con sus denominaciones. El 30 de abril de 1919 fue declarado día del recuerdo y cada año, en ésta efemérides, la Sociedad Thule organizaba una ceremonia en memoria de aquellas víctimas del terror rojo.
En ningún otro land alemán, la contrarrevolución tuvo tanto éxito como en Baviera. El entusiasmo ideológico de los bávaros y muniqueses, estuvo alimentado por el recuerdo trá­gico de los horrores perpetrados por las bandas rojas y por la victoria alcanzada contra ellas, lo que resultó posteriormente decisivo para la formación de una plataforma política formida­ble para los futuros movimientos patrióticos que tuvieron su origen en la capital bávara, algunos de ellos, como es sabido, marcaron indudablemente el curso de la historia del siglo XX.
Como acabamos de referir, el asesinato de los prisio­neros desencadenó una ola de indignación, pero también, se­gún dicen los Rojos de ayer y de hoy, otra ola de antisemitis­mo.
Los Rojos admiten, voluntariamente y sin lugar a dudas, que los jefes de la revolución comunista bávara fueron todos judíos (Kurt Eisner, Gustavo Landauer, Erich Muhsan, Erns Toller), igual que los ciudadanos soviéticos, también judíos, enviados a Baviera por Lenin (Axelrod, Levien, Leviné). Ad­miten, sin ningún género de dudas, que los espartaquistas de Berlín, Rosa Luxembourg y Karl Liebknect, eran, así mismo, de origen israelita. Reconocen igualmente, por ser de dominio público y notorio, que la raíz de la ideología comunista se encuentra en los escritos de Karl Marx, también de proceden­cia judía, y que el alma y motor de la revolución bolchevique en Rusia fue encarnada por el judío Leo Bronstein, conocido como Troski.
Esta posición ideológica no se niega ya en nuestros días. Un libro publicado por la New York University Press, en 1985, escrito por Shlomo Avineri, pone énfasis en esta sim­biosis judeo-comunista, por boca de un judío del siglo XIX, un discípulo entusiasta de Marx llamado Moses Hess. El título de la obra de Avineri es: “Moses Hess, Prophet of Communism and Zionism” (Moses Hess, Profeta del Comunismo y del Sionismo).
Este libro cita a numerosos autores judíos alemanes co­munistas del siglo pasado, sosteniendo la tesis que el comunis­mo, en particular el comunismo alemán, fue esencialmente una creación política e intelectual de los judíos. Avineri de­muestra con énfasis, como los israelitas Heinrich Heine, Karl Marx, Ludwig Borne (cuyo nombre originario era Baruch) y Moses Hess fueron todos ellos “violentamente hostiles al na- ciónalismo alemán”. Avineri, en la conclusión de su tesis, afir­ma que la simbiosis judío-comunista, descrita por los nacional­socialistas como “judeo-bolchevique”, no es en absoluto una invención de la propaganda del III Reich, sino una terminolo­gía que encuentra sus orígenes casi un siglo antes de la subida de Hitler al poder. Este minucioso estudio de Schlomo Avi­neri, publicado por una editorial prestigiosa de Nueva York, que no puede, en absoluto, levantar ni por asomo la sospecha de ser una editorial de propaganda antisemita.3
Para los Rojos de Baviera, en los años veinte, sin embar­go, esta simbiosis judeo-comunista era una invención de los Ejércitos Bancos. Para ellos, los Ejércitos Blancos mantenían la tesis siguiente: “Los judíos querían construir un Estado so­bre la base del dinero (Geldstaat). Ellos eran, en efecto, los que sostenían el capitalismo y obtenían sus beneficios. Para los judíos, el socialismo y el comunismo no eran más que dos eta­pas intermedias (Zwischenstationen) en el camino del dominio judío del mundo entero”.
Sin embargo, se remarca en el análisis que comentamos, esta tesis que los rojos formulan ahora con claridad como un hecho histórico obvio y evidente, entonces constituyó una acu­sación, contra una verdad que fue defendida siempre por los nacionalistas de la época. Se puede considerar que la “etapa intermedia” del bolchevismo soviético ha durado exactamente 70 años. Si observamos hoy la situación de Europa, y sobre todo de América, se puede llegar a la conclusión que aquellos nacionalistas exaltados de los años veinte fueron grandes clari­videntes.

EL NACIMIENTO DE LA SVASTIKA DEXTROGIRA, EMBLEMA DEL NSDAP. EL DESTINO DEL BA­RON VON SEBOTTENDORFF
El periódico Völkischer Beobachter, que tomó el relevo del Miinchener Beobachter (del que fue propietario Sebotten­dorff), daba una opinión bastante favorable de los miembros de la Sociedad Thule, a comienzos de 1919. “La Sociedad Thule, en el porvenir, llegó a ser el único punto de referencia en Munich para todos los que no se limitaban solo a mirar, con una cierta cobardía burguesa, detrás de las cortinas de sus ventanas, para asegurar, que, casualmente, el buen Dios no había tomado medidas para mejorar aquella situación”.
La mayor parte de los miembros de la sociedad Thule eran abogados, jueces, profesores universitarios, aristócratas salidos del entorno de los Wittelsbach, industriales, médicos, científicos, hombres de negocios, como el propietario del lujo­so Hotel Vier Jahreszeiten (las Cuatro Estaciones). Personali­dades de la historia alemana, y, más concretamente, del Nacionalsocialismo, como Alfred Rosenberg, Dietrich Eckhart, Rudolf Hess, Hans Frank se vincularon a la Sociedad Thule. Mas adelante, desempeñaron un papel importante en el N.S.D.A.P., en los sucesivos gobiernos alemanes presidi­dos por Hitler.
Mientras tanto, el barón von Sebottendorff que, hasta entonces había mantenido relaciones intelectuales y pseudo- políticas con el movimiento de la “ariosofía” de Guido von List y Lanz von Liebenfels (quien enunció la insólita teoría de la “teozoología”), tomó de repente la decisión, asombrosa pa­ra un soñador de su índole, de querer atraer hacia su Movi­miento a las fuerzas vivas del mundo entero. Confió a los miembros de la Sociedad Thule, Drexler y Lotter, la misión de organizar un “Movimiento político obrero”. Los tres funda­ron, entonces, el 5 de enero de 1919, un nuevo mini-partido, el D.A.P. (Deutsche Arbeiter Partei o Partido de los Trabaja­dores Alemanes). Este minipartido hubiera quedado reducido a un grupúsculo, o habría desaparecido en el marasmo políti­co de la época, si no hubiera acontecido uno de esos actos imprevisibles de la Historia, destinado a cambiar el curso del mundo. El 12 de septiembre de 1919, un auténtico desconoci­do superviviente de los combates de la Primera Guerra Mun­dial, se afilió al D.A.P. Aquel hombre iba pulcro aunque hu­mildemente vestido, sufría atrozmente de los ojos, a conse­cuencia del gas de guerra que se los habían dañado. Su nom­bre: Adolf Hitler. Este nuevo afiliado se reveló pronto como un orador y un organizador formidable. En febrero de 1920, el D.A.P. se trasformó en N.S.D.A.P., el Partido Nacional­socialista.
Inmediatamente, el nuevo partido comenzó a diferen­ciarse de la Sociedad Thule. El partido dejó de interesarse pol­las “Ordenes Germánicas”, el ocultismo, la astrología, los mis­terios, la criptología, etc. El incipiente partido quiso promover un nacionalismo político radical y social. Hitler, cuya influen­cia sobre los tres miembros fundadores se acrecentó rápida­mente, no (puso oír hablar de sectas, de logias, ni de círculos secretos, sino que quiso construir un partido de masas. Los jefes de estos movimientos sectarios recibirían, incluso, de su parte, algunos reproches: En Mein Kampf, les describe como “predicadores y charlatanes errantes” (utilizando el termino alemán Wanderprediger, que significa “predicador itinerante”, término que tiene una connotación burlona, o incluso la expresión bezopfter theoretiker, “teórico rancio”, que habla por si misma).
En cualquier caso, el pragmatismo político de Hitler no le impidió reconocer en la Sociedad Thule afinidades ideoló­gicas en el terreno del nacionalismo y del pangermanismo y mostrarse entusiasmado por la elección de su símbolo: la Svástica. Hitler no era aún el jefe del N.S.D.A.P. Debía some­ter sus proposiciones a los demás miembros para su acepta­ción. Este fue concretamente el caso para la adopción del em­blema del nuevo partido. Hitler lo propuso: los demás lo aceptaron.
Basándose en el emblema ya adoptado con anterioridad por la Sociedad Thule, un miembro del partido, llamado Friedrich Krohn, considerado como un experto en materia de historia, de símbología, de heráldica y de tradiciones popu­lares (poseía una biblioteca de 2.500 volúmenes sobre el te­ma), propuso el diseño de una svástica negra, sobre un círculo blanco, destacado en un fondo rojo. La Svástica propuesta por Krohn era sinistrógira (en otra palabras, la rotación estaba orientada hacia la izquierda). Hitler propuso que fuese orien­tada hacia la derecha, pasando a ser dextrógira. La sugerencia fue aceptada. Y fue así, con motivo de una reunión del “Grupo de Starnberg” del N.S.D.A.P., celebrada en Munich, el 20 de mayo de 1920, cuando la nueva bandera con la Svásti­ca dextrógira hizo su primera aparición pública. El origen de la Svástica, como símbolo político, procede de las Ordenes Germánicas, pero este símbolo indoeuropeo, ario y solar (el simbolismo solar es el mismo tanto que la svástica sea dextro- gira como sinistrógira) se remonta a la noche de los tiempos. Se encuentra, de forma bien visible, en los templos hindúes ancestrales y en los monasterios libélanos (al menos en los que pudieron escapar de la destrucción de la “revolución cul­tural” maoísta).
No es fortuito que los únicos pueblos que no reconocen la Svástica como símbolo cultural propio sean, precisamente, los de origen judaico.
El barón von Sebottendorff estaba desbordado por la nueva realidad política efervescente en Munich desde los años veinte. Se consagró, a partir de entonces, con más celo si cabe, a su pasión por la astrología (publicó al menos siete libros entre 1921 y 1923). Le gustaba mucho pasar el tiempo en los elegantes balnearios de aquella época, en el Harz alemán o en Suiza. Pasó, el año 1924, una larga estancia en Lugano, donde acabará de escribir la redacción de su texto sobre los derviches “bektaschi” y sobre sus vínculos con los alquimistas y las Or­denes secretas. Después, se instaló, definitivamente, en Tur­quía. En 1933, cuando Hitler accede al poder, regresó a Ale­mania.
Su estancia fue breve, en contra de su voluntad. Publicó su libro Bevor Hitler Kam (“Antes de que Hitler llegase”) un raro ejemplar hoy en día inencontrable en Alemania, pues tan solo se salvaron de aquella edición príncipe una docena escasa de ejemplares. El libro defiende la tesis de que Hitler había adoptado su filosofía política de los trabajos de la Sociedad Thule. Esta era, pues, “la matriz del Nacional-socialismo”. El histórico periódico del partido, el Völkisher Beobachter, se­ría el sucesor del órgano de prensa de la Sociedad Thule, el Münchener Beobachter, del que había sido propietario von Sebottendorff.
El hecho de que von Sebottendorff en dicha obra se atribuyese todos estos méritos no gustó, en absoluto, a las nue­vas autoridades del III Reich. Asociar el Nacionalsocialismo con la Sociedad Thule fue considerado entonces inconvenien­te, pues esta Sociedad tenía fama de ser una secta oculta. El bueno del Barón von Sebottendorff fue, desde entonces, mal acogido, mientras que la Sociedad Thule pasó a ser considera­da como un cenáculo de aristócratas proclives a la monarquía.
Muy probablemente, Hitler no veía con buenos ojos el hecho de que hubiese sido confiscada la paternidad del Nacionalsocialismo por un anciano, con un pasado cierta­mente valeroso, pero cine llegó a volverse con el tiempo un poco excéntrico.
Poco después de la publicación del libro, en enero de 1934, von Sebottendorff fue de buenas maneras, pero de modo contundente invitado a abandonar Alemania. Se instaló, entonces, definitivamente en Turquía, un país al que amaba mucho y donde contaba con numerosas y sólidas amistades, incluidas en la propia Embajada del Reich, en la que mantenía una gran amistad con el periodista y escritor Herbert Rittlinger. Fue su buen amigo quien confió a von Sebottendorff una relevante misión relacionada con el servicio de inteligencia. Se trataba de que Sebottendorff se hiciera eco, por sus buenas relaciones y contactos, de los rumores que circulaban por los mentideros de Estambul. Rittlinger apreciaba mucho al barón. Le consideraba como un hombre del antiguo régimen, muy valioso y amable, aunque un poco austero. Aunque, por otra parle, la “documentación” que le facilitaba Sebottendorff esta­ba completamente desprovista de gran importancia.
En septiembre de 1944, los diplomáticos alemanes abandonaron Estambul. Von Sebottendorff quiso permane­cer. Rittlinger, no obstante, antes de partir de la legación le consiguió mantener una modesta subvención financiera, para que su amigo pudiese sobrevivir en medio de la tormenta que se había desencadenado sobre toda Europa en las postrime­rías de la contienda. Rittlinger no volvió a saber nada del viejo Barón basta el final de la guerra. En el libro de Nicholas Goodrick-Clarke, Las raíces ocultas del nazismo, encontramos el comentario último de Rittlinger: “El viejo Barón solitario estaba en las últimas. Se encontraba sin dinero, desconectado de todo, sin la más mínima esperanza de poder mejorar su propia existencia. El día de la rendición incondicional (del Reich), que significaba la derrota total de Alemania, debió caer en una terrible depresión. Fue así como terminó la vida de este personaje aventurero, que había intentado traspasar la ariosofia al Partido Nacionalsocialista”
Rittlinger tuvo noticias que, el 9 de mayo de 1945, el ba­rón Rudolf von Sebottendorff se había suicidado arrojándose al mar Bosforo, para no sobrevivir al ocaso del III Reich.

LA AUTONOMIA POLITICA DE LA SOCIEDAD THULE Y SU PRESENCIA EN LA ALEMANIA DE HOY
En un libro que respeta escrupulosamente los criterios de la política1 correctness (políticamente correcto), titulado Die Thulé Gesellschaft vom oculten Mummenschanz zum hekenkreuz (Kissling, Munich, 1994), Hermann Gilbhard tie­ne el mérito de ofrecernos una amplia documentación y una rica bibliografía al respecto. Además, defiende una tesis que es todo un reto, aún siendo de una evidencia desconcertante. Esta tesis se resume en pocas palabras: “No creemos que el Nacionalsocialismo haya nacido en los círculos ocultistas, rúnico-mágicos, teosóficos, ariosoficos, astrológicos, etc, que gravitaban alrededor de la Sociedad Thule”.
La cuestión que se suscita es la siguiente: ¿pero, quien puede creer hoy en esta filiación directa del Nacionalsocialis­mo y de los círculos ocultistas/ariosóficos? Está claro que el Nacional-socialismo, como ideología y práctica política, no de­riva de la Sociedad Thule, dado que sus inquietudes y preocu­paciones no eran políticas, en el sentido pragmático del térmi­no. Citemos otro párrafo del libro de Gilbhard: “Sería con­cluir, de manera errónea, decir que el Nacionalsocialismo de­rivaría y provendría de los círculos herméticos del ocultismo”. O bien que: “La demonización de la Sociedad Thule se consi­dera particularmente peligrosa porque disimulaba las verdade­ras causas y premisas del ascenso del Nacionalsocialismo. Bus­car la causa del Nacionalsocialismo en lo irracional, podría ofrecer una excusa a todos los que, por su comportamiento político anómalo, hubieran favorecido la emergencia del Nacionalsocialismo”.
Puesta de lado la idea de querer “excusar” los aconteci­mientos de la Historia, que no debería aflorar en el espíritu de un historiador objetivo, me parece justo recordar que el Nacionalsocialismo adoptó el símbolo de la Sociedad Thule y tenía afinidades ideológicas con el nacionalismo alemán. Sea lo que fuere, los orígenes políticos e ideológicos del Nacional­socialismo son mucho más antiguos y profundos. La ideología del partido de Hitler no salió, en absoluto, de un círculo de idealistas, que fueron, sin ninguna duda, hombres de valor, pero desprovistos de una visión del mundo (Weltanschauung) operativa, capaz de encuadrar a la nación alemana después de la unificación de 1871. Las diferentes raíces del Nacional­socialismo se sitúan en el espíritu y la cultora del Volk alemán del siglo XVIII. Estas raíces se desarrollaron en las sociedades pangermanistas del siglo XIX y después en el abanico de las oposiciones nacionalistas a las cláusulas del Tratado de Versalles.
La reacción negativa de Hitler, tras la aparición del libro de Sebottendorff, testimonia sin equívoco posible que la idea de hacer derivar al Nacional-socialismo de los trabajos y maniobras de la Sociedad Thule fue categóricamente desecha­do por la autoridad suprema del N.S.D.A.P.
Por tanto, la atracción que ejerce la ideología naciona­lista y romántica, sobre todo en las jóvenes generaciones, no ha desaparecido nunca completamente después del desmoro­namiento del III Reich; en el transcurso de estos últimos años, se ha observado un cierto reverdecimiento que nadie espera­ba. “Thule” ha llegado a ser una de las palabras claves en las redes de comunicación establecidas entre los jóvenes simpati­zantes con las ideologías nacionalistas o populistas.
Desde marzo de 1993 existe un “Thule-Netz” (una red Thule) que enlaza, tanto en el plano interno como en el exter­no, las listas de correos denominados Widerstand (Resisten­cia) en Erlangen, “Kraftwerk” (central eléctrica) en Baviera. “Germania” en Bon, “Propaganda” en Karlsruhe, “Elias” en la región Rhin-Neckar, “Rechtsweg” (vía derecha) en Frankfurt.
La red Thule se auto define como un nuevo elemento en la lucha por la salvaguarda de la “cultura histórica”, salva­guarda que debe consistir, en principio, en una resistencia his­tórica y cultural a nivel europeo. En estas manifestaciones to­davía muy marginales, pero de una incontestable vitalidad, de una ideología, que reivindican directamente los herederos de la Sociedad Thule, en las vísperas del tercer milenio, se hace patente la potencia indestructible de la idea nacional alemana que, bajo diversas formas poéticas, literarias, músicales, políti­cas y militares han marcado a la genuina Alemania desde el origen de su Historia.
Giandomenico Bardanzellu

NOTAS:
1. El término “Thule” se escribe de forma diferente según el idioma que se utilice: “Thule” (sin acento agudo) en alemán y en inglés, “Tule” en Italia¬no, “Tyle” en latín (especialmente en las obras de Virgilio y de Plinio).
2. En Italia, el editor Pitagoria de Bolonia ofrece al público una versión ita¬liana del diario de Piteas, con el titulo “I contorni della térra y del mare” (Los contorno de la tierra y del mar)
3. Para no romper con esta tradición, el actual jefe del Partido comunista alemán (PSD) es Gregor Gysi, que pertenece igualmente a la comunidad israelita alemana; su padre Klaus Gysi había sido ya miembro del partido comunista y ejerció una función ministerial en la RDA, en la época de Ulbricht.

DEDICATORIA

Este libro está dedicado a la memoria de los siete miem­bros de la Sociedad Thule, que fueron sacrificados en el recin­to del Liceo Luitpold; al recuerdo de los miembros de la So­ciedad Thule y de la Liga de Combate que, en el seno del Cuerpo Franco, ofrecieron su vida por la liberación de Mu­nich y a todos los que colaboraron durante aquel duro perio­do de la preparación del Alzamiento.
Cubre el periodo que se extiende desde los tímidos ini­cios del movimiento Nacionalsocialista, en plena Primera Guerra Mundial, hasta la aparición del Führer, Adolfo Hitler. Es por ello por lo que este libro se titula: “Antes de que Hitler llegase”.
Hoy, ya se puede decir lo que hasta ahora no estaba per­mitido, si no se quería atraer el odio del “Sistema” contra quienes su misión fue preparar el camino. Murieron por la Svástica, cayeron víctimas de Judá y de los asesinos que quisie­ron abortar el Levantamiento Nacional.
Hoy, lo que estos siete mártires y todos los miembros de la Sociedad Thule tanto desearon, aquello por lo que comba­tieron con un corazón ardiente y una voluntad inquebrantable, aquello por lo que estuvieron dispuestos a morir y se inmola­ron, al fin, se ha cumplido.
Reconocemos el mérito, la grandeza y la fuerza de Adolf Hitler. El culminó el objetivo de nuestros esfuerzos. Nosotros aportamos los elementos iniciales que él supo conducir hasta el final.
Cuando, hace quince años, o tal vez más, comenzamos a hablar del germanismo y del socialismo, nuestras palabras pro­vocaban risas. Fue Hitler quien fraguó en Alemania la unidad de ambos conceptos. Cuando nosotros hablábamos de la pu­reza de la Sangre, aquello provocaba hilaridad. Fue Hitler quien vivificó esta idea en el seno de millones de conciencias alemanas. Cuando soñábamos, entonces, con el primitivo De­recho Alemán y cuando decíamos que el Derecho Romano debería ser reemplazado por el germánico, nos topábamos siempre con la incomprensión. Fue, ciertamente, gracias a Hitler por quien esta idea se divulgó entre el pueblo alemán. Por ello, muestro trabajo no ha resultado inútil. Constituyó la semilla, forjó las herramientas con las que Hitler pudo traba­jar, aquellas con los cuales laboró según su propia determina­ción.
Este libro expone la situación existente antes de que el Führer se afiliara al Movimiento. Enseña las fuentes que de­bían, rápidamente, alimentar más tarde la corriente que iba a arrastrar lejos todo lo no alemán. Fueron a los miembros de Sociedad Thule a quienes Hitler se dirigió en primer lugar y ¡fueron los miembros de la Sociedad Thule los primeros que siguieron a Hitler!
Las bases al futuro Führer se las proporcionaron y le fueron entregadas por la propia Sociedad Thule; por la Aso­ciación de Trabajadores Alemanes, fundada por el Hermano Kart Harrer en el seno de la Sociedad Thule y por el Partido Socialista Alemán, dirigido por Hans-Georg Graffinger, cuyo órgano de prensa era el Münchener Beobachter que se con­virtió a continuación en el Volkischer Beobachtef. Sobre estas tres fuentes, Hitler asentó el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes.
Nosotros saludamos a nuestro Führer, Adolf Hitler, con Sieg-Heil
9 de noviembre de 1933 El autor.
“El Observatorio de Munich”
“El Observatorio Popular”

Salve y Victoria

EN MEMORIA

Los primeros Mártires del nuevo despertar de Alemania fueron los miembros de la Sociedad Thule, cuyos nombres se invocan a continuación, quienes cayeron bajo las balas asesi­nas bolcheviques, el 30 de abril de 1919, en el patio del Liceo Luitpold, de Munich:
HEILA, CONDESA VON WESTARP, Secretaria de THULE.
GUSTAV FRANZ MARIA, Príncipe de Turm & Taxis.
FRANZ KARL, BARON DE TEUCHERT, Teniente. FRIERICH WILHELM,
BARON DE SEIDLITZ, Pintor artístico.
ANTON DAUMENLANG, Jefe de la Secretaría de los Ferrocarriles
WALTER DEIKE, Diseñador de artes decorativas.
WALTER NAUHAUS, Escultor.

EL AUTOR

Rudolf Freiherr von Sebottendorff (9 de noviembre de 1875 – 8 de mayo de 1945) natural de la ciudad sajona de Hoyerswerda (Alemania). Su verdadero nombre fue Adam Alfred Rudolf Glauer. Se matriculó en el politécnico de Berlín. En 1898 embarcó atraído por la mar y deseando huir de la vida paupérrima en la que vivía, trabajando de fogonero y viajando así a Nueva York, Nápoles, Sídney y El Cairo donde se instaló un tiempo y estableció contacto con el misticismo islámico y con la enseñanza de los derviches Mevlevi; visitó la Gran Pirámide de Keops. En 1901 viajo a Turquía y se instaló trabajando de ingeniero, donde fue iniciado por una familia de origen griego a la logia masónica El Rito de Memphis, interesándose por la numerología, la Cábala y el sufismo. En 1902 vuelve a Europa residiendo en Munich, en 1908 reside en Freiburg. Atraído por el misticismo sufí se vuelve a Turquía, convirtiéndose en ciudadano en 1911. Meses más tarde combate en la Primer Guerra de los Balcanes junto a las filas del ejército turco. Pronto se interesa por el ocultismo y se hace iniciar en la masonería islámica, manteniendo contacto con círculos rosacrucianos. Fue adoptado por Heinrich von Sebottendorff.
Volvió a Alemania en 1913 afincándose en Breslau. En 1916 paso a pertenecer a la Germaneorden, donde posteriormente es nombrado Ordensmeister Walvater del Santo Grial en Baviera, es cuando modifica el espíritu de esta Orden, creando así la Sociedad Thule el 17 de Agosto de 1918. En ese mismo año la Logia crea el Partido de los Trabajadores Alemán (antecesor al NSDAP).
En 1919 tras el fusilamiento de 7 miembros de la Sociedad Thule por el ataque al gobierno de Baviera, von Sebottendorff tiene que exiliarse a Suiza, y posteriormente a Turquía. En 1924 publica Die Praxis der alten türkischen Freimaurerei (La práctica operativa de la antigua masonería turca). Y en 1925 Der Talisman des Rosenkreuzers (El Talisman de los Rosacruces). En 1933 vuelve a Alemania donde publica Bevor Hitler kam: Urkundlich aus der Frühzeit der Bewegung Nationalsozialistischen (Antes de que Hitler llegase: Los documentos de ¡os primeros días del Movimiento Nacional Socialista). La obra fue censurada y von Sebottendorff arrestado, pero logró escapar regresando a Turquía en 1934. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió como agente de la inteligencia militar alemana en Turquía (1942-1945). Supuestamente falleció en 1945.

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