El antro de las ninfas en la Odisea – Puntos de partida hacia los inteligibles – PORFIRIO

El antro de las ninfas en la Odisea – Puntos de partida hacia los inteligibles – PORFIRIO

136 págs.,
Tapa: blanda
Edicitorial Losada
2009,
13 x 21 cm.
Precio para Argentina: 120 pesos
Precio internacional: 19 euros

Las dos obras que se incluyen en este volumen son claros ejemplos del espíritu de sincretismo que anima la filosofía pagana de la antigüedad tardía. El antro de las ninfas en la odisea es el único espécimen que ha llegado completo hasta nuestros días de un género muy popular en aquella época: el comentario alegórico. Constituye, en este sentido, un testimonio invaluable. Allí Porfirio toma diez versos del poema homérico y los desmenuza, convencido de que constituyen una alegoría deliberada que refiere a los temas más capitales tratados por la tradición filosófico-literaria griega.
Los puntos de partida hacia los inteligibles, obra traducida aquí por primera vez al castellano, conforman un diestro resumen de los temas centrales que aparecen en las Eneadas de Plotino. Discípulo, editor y comentador de este gran filósofo neoplatónico, Porfirio acomete la difícil tarea de resumir y sintetizar en cuarenta y cuatro sentencias las intrincadas argumentaciones de su maestro. La intención última del autor en ambos textos es enaltecer y sistematizar una tradición de pensamiento milenaria, cuya supervivencia, según él mismo y según un gran número de intelectuales paganos de aquel tumultuoso periodo, estaba en jaque ante la creciente influencia del cristianismo.

ÍNDICE

Introducción………………….7
-Vida y obra de Porfirio……….17
-El antro de las ninfas en la Odisea………….27

El antro de las ninfas en la odisea…………39

Puntos de partida hacia los intelegibles…….79

El autor

PORFIRIO (233 o 234-305 d.C). nacido en Tiro, Fenicia, se formó con los dos más célebres intelectuales de su época. En su primera juventud fue discípulo de Longino en Atenas, y más tarde viajó a Roma, donde conoció a Plotino y decidió dedicar su vida al estudio de la filosofía. Su vasta obra incluye la edición de las Enéadas de Plotino. la famosa introducción a las Categorías de Aristóteles (Isagogé ), comentarios a Homero y un renombrado volumen de ataque a la doctrina cristiana (Contra cristianos). Su larga carrera intelectual y docente fue una auténtica cruzada en defensa del paganismo frente a la influencia avasallante que el cristianismo adquirió entre los siglos III y IV.

INTRODUCCIÓN

Vida y obra de Porfirio
Una de las celebraciones más importantes del año entre los integrantes de la escuela platónica de Roma en la segunda mitad del siglo 111 d.C. era la fecha del natalicio de Platón. En cierta ocasión, con motivo de esta festividad, Plotino, líder de la escuela, pidió a Porfirio, su discípulo más brillante, que compusiera un poema y que lo leyera durante el banquete de ce­lebración. El poema se llamó El matrimonio sagrado y la lectura conmovió a los comensales por su tono místico e inspirado. Uno de ellos comentó al pasar: “Este Porfirio desvaría”. Plotino escuchó el comen­tario, se puso de pie y proclamó mirando a Porfi­rio: “Te has revelado a la vez como poeta, filósofo y hierofante”.1
Porfirio, Vida de Platino, 15.1-6. Las dos principales fuentes para la vida de Porfirio son su propia biografía de Plotino y la Vida de Porfirio de Tiro, incluida en Eunapio, Vidas de filósofos y sofistas, IV. 1-3.
Esta anécdota resume fantásticamente la persona­lidad de Porfirio, un auténtico hombre de su época, con intereses y pasiones tan variados como elevados. Su formación intelectual, su vasta producción escrita y su intensa actividad como educador, divulgador y po­lemista hacen de él un personaje único. Su influencia y su legado fueron a tal punto cruciales para la tradición intelectual tanto griega como latina c incluso árabe, que no resulta en modo alguno exagerado considerarlo uno de los exponentes más relevantes de la historia del pensamiento y, sin duda, el mayor erudito de toda la Antigüedad tardía.
Porfirio nació en la antiquísima ciudad fenicia de Tiro alrededor de 233-234 d.C. Sus padres lo llamaron Maleo, que en sirio significa “rey”. El nombre de Porfi­rio tendría que ver con porphyreos, voz griega que signi­fica “de color púrpura”, el color emblemático de reyes y emperadores; así lo bautizó Longino apenas llegado Porfirio a Atenas. En su Fenicia natal, una auténtica bi­sagra entre Oriente y Occidente en la que todo tipo de cultos y escuelas de pensamiento convivían en sincré­tica armonía, es muy posible que Porfirio haya conoci­do judíos, cristianos, caldeos, hermetistas, mitraístas, teúrgos y demás exponentes de la variada fauna reli­giosa que poblaba el mundo de aquel entonces. Según el teólogo cristiano Eusebio de Cesarea (siglo IV d.C.), en su primera juventud Porfirio habría coqueteado con el cristianismo gracias a la influencia de Orígenes.2 Lo cierto es que muy poco se sabe acerca de sus primeros años, y si de hecho fue cristiano, no tardó en rectificar sus creencias incluso hasta volverse uno de los más vio­lentos críticos de esta religión que hayan jamás vivido.
Sí sabemos con certeza que en algún momento de la década de 250 d.C. Porfirio llegó a Atenas e ingresó como discípulo en la escuela del famosísimo Longi­no. Por aquellos años Longino era considerado el más importante crítico literario y el trabajo en su escuela se centraba sobre el comentario filológico sistemático de los poemas homéricos. A la vera de este intelectual, a quien Eunapio llamó “una biblioteca viviente, un museo ambulante”,-* Porfirio aprendió a dominar las artes de la retórica, la gramática y la exégesis literaria, que lo acompañarían durante toda su vida. Un ejer­cicio de esta época, se cree, son algunas de sus obras homéricas, como ser las Cuestiones homéricas, de la que se conservan profusos fragmentos. Otras obras de ju­ventud, como el Perl agabnáíon (Acerca de las estatuas) y la Pbilosopbia ex oraculis (Filosofía tomada de los orácu­los), de las que sólo se conservan fragmentos, abordan temas relacionados con la astrología, la teúrgia, la adi­vinación y el culto a las imágenes. Ya en estas obras se percibe un espíritu polemista y un enemigo claro y distinto hacia el cual se lanzan los ataques: el cristia­nismo.
El momento cumbre en la vida intelectual de Porfi­rio llegaría en el año 263. Las causas de su viaje a Roma no se conocen. Si viajó sabiendo lo que iba a encon­trar allí o no, jamás lo averiguaremos, pero sí sabemos lo que encontró: encontró a Plotino. Las apasionadas clases del maestro egipcio y su inefable carisma fueron una auténtica revelación para Porfirio, que, ni bien lo conoció, decidió dedicar su vida al estudio de la filo­sofía. Casi de inmediato se convirtió en el discípulo dilecto de Plotino, en su ayudante más servicial, en su editor y en su corrector. Tan conmovido y obnubilado se sintió el joven Porfirio que dedicó al estudio sus días y sus noches, leyendo y trabajando a un ritmo febril. Sin embargo, su alma, ciertamente más endeble que la de su maestro, no toleró la intensidad y al cabo de cinco años Porfirio cayó en un profundo pozo depresivo. La clarividencia de Plotino, que se percató al momento y lo            convenció de que se tomara vacaciones, fue lo que salvó a Porfirio de un inminente suicidio. Un maravi­lloso diálogo de Giacomo Leopardi imagina la conver­sación entre el maestro y el discípulo. Con un guiño al verso más famoso de Catulo, dice Leopardi, por boca de Plotino: “¡Vivamos, Porfirio mío, y reconfortémo­nos el uno al otro: no reneguemos de llevar adelante la parte que el destino ha establecido para nosotros, los males de nuestra especie!”4
En 268 Porfirio, atribulado y exhausto, viajó a Lilibeo, la actual Marsala, en Sicilia. No volvería a Roma por treinta años. La experiencia en la gran ciudad y las horas incansables de estudio lo habían dcscompensado espiritualmente, pero también habían formado su inte­lecto filosófico y era hora de producir. Fue durante el retiro siciliano que Porfirio compuso la mayor parte de sus obras. Muy poco se sabe acerca de este período tan importante en su carrera. Suponemos que la noticia de la muerte de Plotino en 270 lo ha de haber consterna­do profundamente. A pesar de la distancia, maestro y discípulo seguían en contacto asiduo. Plotino enviaba a Sicilia sus nuevos escritos para que Porfirio los leyese, ordenase y corrigiese. A la hora de su muerte, Plotino dejó en manos de sus alumnos más queridos un con­junto de cincuenta y cuatro tratados que Porfirio con­vertiría en las Eneadas, una de las obras fundamentales de la historia de la filosofía.
La producción escrita de Porfirio durante los treinta años en Sicilia es tan vasta como difícil de precisar. En los catálogos confeccionados por Beutler (1953) y A. Smith (1987) se cuentan hasta setenta y cinco obras:
Leopardi, G., Dialogo di Plotino e di Porfirio, en Operette Mo- rali, Milán, Bur, 1998.
comentarios a Aristóteles, Platón y Plotino, piezas de historia, tratados metafísicos, éticos, mitológicos, reli­giosos, comentarios alegóricos a Homero, tratados de retórica y gramática e incluso algunos opúsculos cien­tíficos. Fue en Sicilia donde Porfrio se consolidó como activista pagano anticristiano. Dos de sus obras más polémicas, Contra cristianos y Acerca de la abstinencia, fueron muy probablemente compuestas en Sicilia. En la primera, sobre todo, el autor lanza feroces ataques contra la nueva fe desde flancos tan diversos como es­tratégicos. El Contra cristianos, del que se conservan tan sólo fragmentos, analiza detalladamente sendos pasajes de las Sagradas Escrituras y pone de manifiesto lo que Porfirio considera son groseros errores de consistencia doctrinaria. La obra sigue de cerca las huellas del cé­lebre tratado anticristiano de Celso y se centra sobre las tres grandes cuestiones que el paganismo considera inaceptables de la teología cristiana: la idea de una crea­ción del mundo a partir de la nada -recordemos que los griegos creían firmemente en la eternidad del mundo-, el dogma del lagos divino corporizado -Cristo fue un hombre santo, pero no era Dios, dice Porfirio en su obra Philosophia ex oraculis- y, por último, la creencia en la conflagración final y resurrección de los cuerpos -concepto aberrante para quien considera que el cuer­po material es un obstáculo del que la muerte nos libera para siempre-.
El Contra cristianos5 fue condenado, proscrito y quemado públicamente tres veces en la historia: en el año 333 d.C. por Constantino, en 448 por Teodosio
y luego por Valentiniano III. Autores de la época como San Jerónimo, San Agustín y Fírmico Materno atacan a Porfirio y lo consideran uno de los mayores enemigos de la fe. Sin embargo, durante su estadía en Sicilia, Porfirio también compuso su celebérrima in­troducción a las Categorías de Aristóteles, la Introduc­ción o Isagoge, que sería traducida al latín por Boecio y utilizada durante siglos y siglos, hasta la Edad Me­dia y el Renacimiento, por los intelectuales cristianos obsesionados con las minucias de la lógica y con el problema de los universales. Enemigo y educador de los cristianos, Porfirio sorprende una vez más con su asombrosa versatilidad.
Otra de las obras compuestas en Sicilia, Acerca de la abstinencia, se conserva completa. Se trata de una extensa apología del vegetarianismo con un nivel de erudición realmente apabullante. Porfirio pasa de los gimnosofistas indios a la misteriosa secta de los esenios, de los zoroastrianos a los hiperbóreos, de Platón a Pitágoras, de Apolo a Hécate, de Siria a Israel, desplegando un caudal de conocimiento formidable para sus­tentar doctrinalmente su condena al consumo de carne y a los sacrificios cruentos. La idea central del estudio es que el consumo de carne nos vuelve más pesados y entorpece el proceso ascético mediante el cual el alma se despega del cuerpo e inicia su ascenso hacia las esfe­ras inteligibles. No faltan quienes han interpretado esta obra como una condena tácita a la eucaristía.6
La incertidumbre con respecto a los detalles es una constante en la biografía de Porfirio. Alrededor del año 298 ó 299, por razones desconocidas, vuelve a Roma y asume el cargo de director de la escuela de filosofía que había ocupado Plotino tres décadas atrás. Su discípulo más famoso sería Jámblico, con quien el filósofo man­tendría una encendida polémica acerca del valor del rito y de la teúrgia: la famosa Carta a Ancho. En el año 301 Porfirio publica las Enéadas, introducidas por la mara­villosa Vida de Platino, una de las más bellas y célebres biografías que se hayan escrito. Otra famosa biografía compuesta por Porfirio y que se conserva completa es la Vida de Pitágoras. No resulta descabellado ver en estas dos auténticas hagiografías una virulenta respuesta a las tan efectivas, febriles y apasionadas vidas de santos y de mártires de la Iglesia. El paganismo también tiene santos, parece decir Porfirio, que además de dedicar su vida al bien fueron grandes intelectuales que desvela­ron los enigmas del universo y educaron a generaciones y generaciones de hombres y mujeres.
En 302 Porfirio, de setenta años, se casa con una tal Marcela, una mujer gravemente enferma, viuda y madre de siete hijos. Su ilusión es tener una compañera inteli­gente, proba y amante de la filosofía, y también ayudar a su amiga Marcela con la crianza y educación de sus hijos. Al cabo de diez meses de matrimonio Porfirio de­be partir en un largo viaje convocado, como él mismo dice, por “las necesidades de los griegos”.7 Hay motivos convincentes para creer que Porfirio asistió entre los años 302 y 303 en Bitinia al importantísimo Consilium Pruiapis, en el que políticos c intelectuales paganos se dieron cita para discutir el problema del cristianismo. Precisamente en el año 303 Diocleciano firmó el edicto contra los cristianos que inició la última gran perse­cución antigalilea y que tuvo entre tres mil y tres mil quinientas víctimas, mártires cuya sangre irrigó las raí­ces de la Iglesia. Este último intento fallido por detener una fuerza espiritual, social y política tan avasalladora e inexorable fue un disparo de salva que no logró más que encender la pasión de los fieles, a quienes la me­moria de los martirios reafirmó en su fe cristiana. El mayor intelectual de la época no tuvo la clarividencia suficiente para ver que el paganismo sobreviviría como referente cultural obligado; y la historia, que por cierto no carece de un fuerte sentido de ironía, convirtió su arma de ataque, su monumental síntesis de mil años de cultura, en uno de los mayores aportes intelectuales al nuevo mundo que emergía de las fuentes bautismales.
De regreso de este viaje Porfirio vivió dos años más en Roma, enseñando, escribiendo, discutiendo con ar­dor, sistematizando y divulgando. Eunapio caracteriza a nuestro autor como “una cadena de Hermes que pen­día hacia los mortales, que, gracias a una variada cultu­ra, expresaba todo en forma clara y límpida”.» Terminó sus días en el año 305 como un verdadero guerrero de la cultura sin resignarse a perder la gran batalla a la que había dedicado la vida. Su muerte simboliza el fin de una era y el comienzo de una nueva: un año después de su deceso, en las tinieblas del bárbaro norte de la Britania, Constantino fue coronado emperador de los romanos. Una noche preclara del año 312, junto al Puente Milvio, el emperador tendría la visión ominosa de la cruz que cambiaría la historia de Occidente para siempre.

El antro de las ninfas en la Odisea
Walter Benjamin entendía que la alegoría era un re­curso especulativo, o mediato, opuesto al símbolo, cu­ya naturaleza es inmediata y extática. Según una lúcida apreciación de Goethe, agregaba Benjamin, la alegoría nace cuando el artista busca lo particular a partir de lo universal y constituye, de este modo, una forma de creación artística espuria, forzada, frente a la creación simbólica, producto de la visión de lo universal en lo particular que constituye la esencia de la verdadera poe­sía.’ Esta posición tan crítica frente a la alegoría, asaz discutible y decididamente unilateral, acaso pueda ayu­damos a comprender, sin embargo, la esencia de la in­terpretación alegórica que presentamos a continuación, compuesta por Porfirio en años desesperados cuando la intelligentsia pagana veía cernirse sobre su cabeza el ocaso de una cultura milenaria.
Este breve tratado que presentamos es el único ejem­plo de comentario alegórico de un texto poético que nos ha llegado completo de la Antigüedad. Documento único e invaluable, El antro dé las ninfas en la Odisea es un comentario breve pero profundamente erudito, que toma diez versos (102-12) del canto XIII de la Odisea e intenta hacer explícito un significado aparentemente escondido en los versos. La costumbre de leer a Homero como un poeta inspirado era ya de larga data en tiem­pos de Porfirio. La tradición que nace en las recitaciones comentadas de Teágenes de Reggio (siglo vi a.C.) y que tiene como sus mayores exponentes a Heráclides Políti­co (siglo iv a.C.), el Pseudo-Plutarco, Heráclito el Homé­rico, Máximo de Tiro, Numenio de Apamea y Cornuto (todos en los primeros siglos de la era cristiana) consi­deraba que detrás del significado literal de los versos, Homero había escondido las grandes verdades éticas, filosóficas y religiosas del universo. El neoplatonismo, especialmente a partir de Porfirio, hace del comentario homérico un engranaje fundamental del sistema meto­dológico de exégesis racional de la realidad.50
Sabemos que Porfirio compuso al menos cinco obras “homéricas”: de las Cuestiones homéricas y del co­mentario Acerca del Estigio se conservan fragmentos, mientras que de Acerca de la fdosofía de Homero y Acerca de la utilidad de los reyes para Homero no conservamos más que el título.1* El antro de las ninfas en la Odisea re­sulta, por tanto, de vital importancia tanto a la hora de dilucidar el proyecto intelectual porfiriano, como a la hora de comprender la tradición filosófica de exégesis homérica.
En cuanto a la fecha de su composición, existen dudas entre los comentadores. Lo más factible es que Porfirio haya compuesto la obra durante su estadía en Sicilia. Si se compara El antro dé las ninfas con las Cues­tiones homéricas la diferencia de enfoques salta a la vista de inmediato. Mientras que el segundo es un trabajo de corte estrictamente filológico, y por ende un probable fruto de la época ateniense cuando Porfirio era discípu­lo de Longino, el segundo está sin lugar a dudas influi­do por lecturas filosóficas, e inspirado en una cosmovisión neoplatónica. Ello da a creer que fue compuesto luego de que Porfirio entrase en contacto en Roma con Plotino.
El texto es breve y está estructurado en treinta y seis capítulos. A lo largo de ellos Porfirio busca iluminar al lector develando el misterio de aquello que el considera símbolos incluidos adrede por Homero en su descrip­ción de la gruta marina junto al puerto de Forcis, en la isla de Itaca. Odiseo llega finalmente a Itaca, luego de veinte años de ausencia, gracias a la amabilidad del rey feacio Alcínoo que pone a su disposición una nave tripulada y cargada de dádivas para el héroe de Troya. Odiseo cae en un profundo sueño durante el viaje y, al fondear la nave en Itaca, los feacios depositan su cuerpo dormido en la playa. Al final de la pequeña bahía hay una misteriosa gruta. La descripción de esta gruta es el tema del comentario de Porfirio, que señala a Numenio y a Cronio como sus principales fuentes exegéticas.
La erudición que engalana la prosa seca de Porfirio es de una densidad casi barroca. Este “citaciomsmo” constituye la metodología de trabajo, a través de la cual el autor hace manifiesto en esta obra más que en ningu­na otra su proyecto sincrético. Abanderado del helenis­mo frente a la amenaza latente del cristianismo, Porfi­rio intenta demostrar en El antro dé las ninfas la perfecta consistencia y homogeneidad que caracteriza los más de mil años de tradición cultural griega. Allí en los al­bores de la civilización, el poeta Homero no estaba di­ciendo nada diferente en sus versos de lo que dirían el filósofo Platón en sus diálogos y el místico Plotino en sus tratados; ésta es la idea base del comentario porfiriano. Animado por este espíritu sincretista el autor se permite fundar sus interpretaciones en textos harto va­riados y salta de Pitágoras a Artemidoro, de Numenio a Orfeo, de Sófocles a Empédocles y de Eubulo a Platón, convencido de que todos sostenían las mismas ¡deas y estaban arraigados sobre las mismas convicciones, cada uno expresándolas a su manera y de acuerdo con sus posibilidades históricas.
Porfirio estaba convencido de que los diez versos de la Odisea que describen el antro de las ninfas escon­dían un significado secreto. La descripción del puer­to de Itaca no se ajusta a las crónicas de los geógrafos, asegura Porfirio, y los elementos mencionados dentro de la gruta no suscitan más que aporías y confusión. Cuevas, grutas, cavernas y antros son clásicos símbolos del cosmos material por su oscuridad y su humedad, nos recuerda el autor. El mundo inteligible, por con­traste, es tradicionalmente descrito como luminoso y cálido. Las ninfas y las abejas aluden a las almas en dos momentos que la tradición neoplatónica considera cruciales. Al tejer túnicas púrpuras en telares de piedra, las ninfas simbolizan a las almas cubriéndose de carne, entrando en los cuerpos e involucrándose íntimamente con el mundo material. Las abejas, en cambio, evocan a las almas que retornan a su patria en las altas bóvedas del universo inteligible, pues luego de recoger el polen de cada día, retornan juiciosamente al panal.
Homero hace referencia a dos puertas en la cueva, una “sirve como descenso para los hombres”, mientras que la otra “más divina (…) es el camino de los in­mortales”. Según la hermenéutica alegórica neoplatonizante, el principal gozne que articula el opúsculo, estas dos puertas refieren a la entrada y salida del alma en el cuerpo. La primera es de descenso, a través de ella el alma cae al mundo y a la cárcel de la carne fascinada por la materia, a la manera de Narciso, que cayó al agua obnubilado por la belleza efímera de su propia imagen. La segunda puerta es la de los inmortales que, señala Porfirio, no son los dioses, sino las almas en cuanto entidades inmortales. Al atravesarla, las almas ya pu­rificadas emprenden el retorno hacia la patria, hacia el ámbito inteligible de donde jamás deberían haber caído.
La idea de que la historia de Odiseo y su acciden­tado nóstos (regreso) a Itaca era una alegoría del dificul­toso retorno del alma humana hacia lo divino no es una novedad de Porfirio. Plotino hace alusión a este auténtico topos de la Antigüedad tardía cuando exhorta a abandonar este mundo de fantasmas y dirigir el ojo del alma hacia Dios.12 I-a descripción de la gruta itacen- se resulta de este modo una alegoría de proporciones épicas: las desventuras del alma que entra en el cuerpo y que debe esforzarse mediante la virtud para huir de su prisión material y volver a subir.
Hemos dicho ya que Porfirio hace manifiesto en esta obra más que en ninguna otra su proyecto agluti­nante y sincrético. En El antro dé las ninfas una tradición cultural de al menos mil años se alinea a la manera de un ejército, compacta y consistente, para demostrar su vigencia y su superioridad frente a cualquier otra cosmovisión. De entre todos los elementos que Porfirio utiliza para sostener su lectura de Homero hay uno, sin embargo, que llama poderosamente la atención, puesto que se trata de un elemento fundamentalmen­te ajeno a la tradición helénica, un elemento bárbaro. Pero aquello que realmente sorprende es que Porfirio lo trae a colación más veces que al mismísimo Platón. Estamos hablando del mitraísmo, la religión de raíces persas que tan popular llegó a ser en la Roma del siglo d.C. Porfirio parece haber conocido profundamente la liturgia de este culto mistérico, y los sendos pasajes de El antro… en los que se lo menciona son una de las principales fuentes literarias para quienes han estudia­do el mitraísmo, del que prácticamente no se conser­van testimonios escritos.
Es cierto que algunos autores griegos, como Plu­tarco y Eubulo, ya se habían ocupado del mitraísmo y habían hecho intentos por helenizar algunos de sus elementos, pero en El antro de las ninfas encontramos la explicitación especulativa de un mitraísmo platoniza­do. Porfirio describe a Mitra con las mismas palabras que había usado Platón para describir al Demiurgo del Tirneo13 y acude a la autoridad de los misterios de Mitra para sustentar su lectura alegórica con la misma facili­dad con la que recurre a Orfeo, Heráclito o Sófocles. La pregunta es la siguiente: ¿por qué razón considera Porfirio que el mitraísmo es el más “helénico” de todos los cultos asiáticos que se practicaban en Roma en los primeros siglos cristianos? A fin de dilucidar esto con­viene no perder de vista el rostro más polémico de Por­firio, su rostro de intelectual involucrado con la ame­naza cristiana. El Porfirio que compuso la furibunda refutación de los galileos, el Contra cristianos, el Porfirio que asistía a concilios paganos y que fue durante siglos demonizado por la Iglesia es el Porfirio que incluye en sus filas al culto de Mitra.
En el siglo III d.C. el mitraísmo alcanzó un nivel de popularidad inusitado. Renán llegó a decir que “si el cristianismo hubiese muerto de una enfermedad fatal, hoy seríamos mitraístas”. Lo cierto es que en muchos de los primeros intelectuales cristianos encontramos rabiosos ataques contra el mitraísmo y que, luego de la visión de Constantino junto al Puente Milvio y la adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio, los mitreos fueron sistemáticamente profana­dos y convertidos en sótanos de iglesias polvorientos y tapiados. Acaso Porfirio hubiese visto en el culto a Mi­tra la esperanza más concreta contra la amenaza cul­tural que el cristianismo suponía para los intelectuales paganos.5
Aquí es cuando vuelve a sonar aquella distinción que hacían Goethe y Benjamín. Las verdades que el genio poético de Homero intuía y expresaba en versos crípticos, las mismas que el genio filosófico de Platón captaba en momentos extáticos del diálogo, son en la obra de Porfirio pasto de la guadaña analítica que todo lo desvela y que no deja nada sin explicitar. Al tiempo que los dioses olímpicos abandonan los templos, ahu­yentados por el rumor de las estatuas despedazándose contra el piso, los intelectuales comienzan a viviseccionar el grueso corpas mítico-poético-filosófico que los precede. La interpretación mística-alegórica delata una profunda impotencia, la impotencia del ciego que guía al ciego.
La Antigüedad agonizaba, comenzaba una nueva era y Porfirio nadaba contra la corriente en un intento desesperado por conservar su identidad helenizante, por evitar lo inevitable: ser tragado por la ola universal, por la ola católica cuya cresta ya dominaba sobre ambos horizontes del Imperio. Porfirio no triunfó, la ola pasó y arrasó, pero lo hizo conservando y resignificando. La tradición milenaria griega fue la base teorética del dogma cristiano, aquel corpus mítico-poético-filosófico que los últimos paganos defendieron y veneraron fue pacientemente copiado y transmitido por anónimos monjes, gracias a quienes llegó hasta nuestros días, y Porfirio mismo, el anticristiano furibundo, el enemigo acérrimo de la barbarie oriental, fue quizás uno de los principales referentes filosóficos durante el medioevo y uno de los más grandes educadores de la cristiandad.
El antro de las ninfas en la Odisea recorrió, luego de la muerte de Porfirio, un largo y sinuoso camino hasta nuestros días. Macrobio, tanto en sus Satumalia como en su Comentario al “Sueño de Eseipión”, da muestras cla­ras de haber leído y estudiado el texto. A través de los textos de Macrobio, muy leídos durante la Edad Media, es que las ideas fundamentales del opúsculo de Porfi­rio han llegado a intelectuales como Bcda el Venerable, Bernardo Silvestre y Guillermo de Conches. Este últi­mo, célebre exponente de la Escuela de Chartres, en sus glosas a Macrobio, resume el texto porfiriano del siguiente modo: Homerus per antrum Itbaeense significavit munduni.’6 Ya en el siglo Xlll Vicente de Beauvais, Alberto Magno y San Buenaventura comentan pasajes porfirianos de los textos de Macrobio, con especial in­terés en las disquisiciones astrológicas. Tampoco han faltado quienes estudiaran una posible influencia de El antro de las ninfas… en Dante Alighieri, especialmen­te con referencia a la comparación que hizo el poeta florentino de las almas celestes con abejas laboriosas (véase Purgatorio, XXXI.7-9). La primera edición impre­sa del tratado es la de Láscaris (Roma, 1518). y la pri­mera traducción al latin, la de Conrad Gesner (Zünch, 1542). En el siglo xvn la reedita Lucas Holsten.us (Ro­ma, 1630), en el xvill Thomas Taylor la traduce al ingles y en el siglo XIX tenemos las dos famosas ediciones de Hercher y de Nauck. El antro de las ninfas en la Odisea ha sido traducido también al francés, al castellano, al italiano y al ruso durante el siglo XX.

Puntos de par lula hacia los inteligibles
Hacia fines del siglo III y comienzos del IV d.C., durante los últimos años de su vida, Porfirio se dedicó a sistematizar, editar y publicar la obra de su maestro Plotino, muerto hacía ya tres décadas. Porfirio había vuelto a Roma luego de treinta años de exilio volunta­rio en Sicilia y se había puesto a cargo de la escuela de filosofía otrora dirigida por Plotino. Tanto la gestión como cabeza de la que hubiera sido una de las escuelas de filosofía más famosas de la época, como su monu­mental trabajo de edición sobre la desprolija y caóti­ca producción escrita de Plotino responden a un claro interés por parte de Porfirio; promocionar la cultura clásica y dívulgar el pensamiento de un hombre cuyas ideas respondía, según él, con gran altura especulativa y con suprema efectividad a las inquietudes espirituales de aquella época tan rica en inquietudes y en ansieda­des. Sin duda la amenaza del cristianismo, que se perfi­laba cada día más como el referente moral, espiritual y hasta metafísico obligado, y la profunda desconfianza que inspiraba en Porfirio este fenómeno influyeron en su ardor propagandístico”. El cristianismo, conside­raba Porfirio, era el enemigo y también el responsable de la decadencia moral que imperaba en el mundo, una de cuyas consecuencias más apremiantes era la agonía lenta pero segura que sufría la tradición cultural griega pagana. Porfirio parece decidido a cambiar el inminen­te curso de la historia denunciando fallas históricas y conceptuales en las sagradas escrituras (Contra cristia­nos), desbaratando moralmente el momento más sa­grado de su rito, la comunión {Acerca de la abstinencia), alineando a toda la tradición helénica, confiriéndole homogeneidad conceptual y ética e incluyendo en sus filas al mitraísmo, uno de los movimientos religiosos más poderosos contra los que se enfrentaba el cristia­nismo (El antro de las ninfas en la Odisea) y confeccio­nando una edición completa y accesible de la obra de su maestro Plotino.
La composición de los Puntos de partida hacia los inteligibles (AphormaiprósJa meta) se inscribe, precisamente, dentro del programa de divulgación y sistemati­zación que Porfirio consideraba tan fundamental para su cruzada platónica. La obra se articula en cuarenta y cuatro sentencias, de longitud e intensidad dialéctica muy variadas, que resumen los puntos centrales de las doctrinas expuestas en los cincuenta y cuatro tratados de Plotino, ordenados temáticamente por Porfirio en seis volúmenes con nueve tratados cada uno (de aquí el nombre de Enea/las). La única diferencia distinguible entre los Puntos de partida y las Enéadas, dejando de lado el hecho obvio de que los Puntos son un resumen, es el estilo. Porfirio es más ordenado y hasta cierto punto incluso más claro que su maestro, aunque carece del \ vuelo místico-poético que tan gloriosamente embelle­ce los áridos textos plotinianos.
En la maravillosa Vida de Plotino, texto que oficia de prólogo indispensable a la edición de las Enéadas, Porfirio explica que, además de editar los escritos de su maestro y a pedido de algunos amigos, les ha también agregado títulos y ha compuesto resúmenes aclaratorios y comentarios. En cuanto a los comentarios críticos, se cree que muchos de ellos podrían haber estado inclui­dos en la segunda parte, hoy desgraciadamente perdida, del texto árabe conocido como Teología de Aristóteles.
El texto que en esta oportunidad presentamos en su primera traducción al castellano es un resumen de los temas fundamentales de los cincuenta y cuatro trata­dos que conforman las Eneadas, pensado por Porfirio, probablemente, como lectura propedéutica. Porfirio parafrasea e incluso cita a su maestro. La sentencia nú- mero 30, en especial, es un magnífico resumen de los puntos centrales de la filosofía de Plotino: la dinámi­ca de producción descendente que articula la realidad, compensada por un proceso inverso de reconversión ascendente, en el que jtica y ontología se amalgaman hasta conformar una única ley de lo real.
Los temas sobre los que vuelve Porfirio en estas sen­tencias una y otra vez son, claro, los mismos sobre los que más insiste Plotino. El tema de la trascendencia y la inmanencia quizás sea el más importante. La idea de que las realidades inteligibles son a un mismo tiempo trascendentes e inmanentes respecto de las realidades corpóreas, e incluso respecto de ellas mismas, resulta fundamental para comprender la dinámica ontológico- ética que articula el universo. Dios, el Intelecto divino y el Alma del mundo, aparte de ser realidades separa­das, existen en el seno de cada individuo, en cada caso particular de acuerdo con la forma adecuada que más les conviene. La sentencia 10 resume esta cuestión de manera harto ilustrativa. Gracias a este doble juego de y multiplicidad en el cosmos, y del otro para cada en­tidad existe la posibilidad de perfeccionar su natura­leza, replegándose en ella y buscando los rastros de la inmanencia de las realidades trascendentes. Justo antes de morir dijo Plotino a su amigo Eustoquio: “Intento conducir lo que hay en mí de divino hacia lo que hay de divino en el universo”.
La dilucidación de este complejo problema no pue­de sino conducir a otro de los temas fundamentales de los Puntos de partida hacia los inteligibles: el tema de la homonimia. Ya había establecido Aristóteles que “se llaman homónimas las cosas cuyo nombre es lo único que tienen en común, mientras que el correspondiente enunciado de la entidad es distinto, por ejemplo ‘vivo’ dicho del hombre y dicho del retrato”. El célebre co­mienzo del libro VII de Metafísica (“el ser se dice de muchas maneras”) es el punto de partida lógico y me­tafísico sobre el que se asienta Porfirio para explicar el fenómeno de la trascendencia e inmanencia en los hechos. La sentencia 12 refiere directamente a la idea aristotélica de homonimia y toma el caso de la vida, que es una y la misma a la vez que se manifiesta inte­lectualmente en el Intelecto, lógicamente en el Alma y seminalmente en las plantas.
Resulta especialmente interesante el problema de la homonimia aplicado a la clasificación de las virtudes. En la sentencia 32, la más extensa y rica de toda la obra, Porfirio, basado en la cuádruple división de las virtudes establecida por Platón en República, IV.431e, 434c, 443b -prudencia, valentía, moderación y justicia-, sigue de cerca la argumentación de Plotino en Encadas, 1.2. Es- tas cuatro virtudes conservan el nombre, pero cambian de acuerdo con el estadio ético en el que se encuen­tre quien las posee. Según el peldaño ético en que se sitúe el agente las virtudes fundamentales pueden ser políticas, catárticas o purificadoras, contemplativas o paradigmáticas. La importancia que confiere Porfirio a la cuestión de las virtudes delata su naturaleza ascé­tica y su afán de divulgador. También en esto difiere notoriamente de su maestro Plotino, un alma con gran vocación didáctica, pero mucho más interesada en la solitaria aventura místico-religiosa que en la divulga­ción de doctrinas.
Otro de los puntos fundamentales sobre el cual las sentencias porfirianas vuelven una y otra vez es la con­flictiva relación entre alma y cuerpo. De hecho, en la mayoría de los casos, al hablar de “incorpóreo” Porfirio está haciendo referencia al alma que se entrelaza ínti­mamente con el cuerpo, originando el mundo sensible e inaugurando el drama de la vida en el mundo. El al­ma incorpórea vive atrapada en el cuerpo, ha descendi­do y, obnubilada por su propio reflejo, como Narciso asomado a la belleza de su imagen proyectada en las aguas, no logra elevar la mirada hacia su fuente de ori­gen. Su objetivo es la liberación y el retorno ascendente hacia las más altas esferas de la escala ontológica, in­cluso hasta fundirse con su fuente originaria en una visión extática. El vehículo para el ascenso es la práctica de las virtudes, de modo que la odisea del alma es de naturaleza ascética y catártica. Porfirio no niega que el final del recorrido sea la visión mística, pero su natu­raleza pragmática y su intención pedagógica lo llevan a centrarse en el proceso ascético de ascenso más que en la gloriosa culminación contemplativa.
En cuanto a la apremiante cuestión de la materia sensible. en la sentencia 20 Porfirio resume la posición plotiniana de Eneadas, II.4 y III.6. Según ambos neo- platónicos, la procesión que comienza en la superabun­dancia de potencia de lo Uno finaliza en el cieno de la materia, una realidad absolutamente carente de po­tencia, de vida y de ser, un mero sustrato necesario en el cual se reflejan las entidades sensibles como en un espejo. Sin embargo, Porfirio no concuerda del todo con su maestro, para quien la materia es también el primer mal, origen y causa dejos males (Enéadas, 1.8). El problema del mal no es mencionado por Porfirio en la sentencia 20 y sabemos que el filósofo escribió un comentario crítico a esta particular doctrina plotiniana.21 El problema de la existencia de un principio del mal pone en jaque Inconsistencia de un monismo estricto, y no hay duda de que constituye un proble­ma que Plotino deja irresoluto. Porfirio, apurado por la llegada inexorable del alud de la historia, privilegia la – consistencia del sistema y en este pulcro resumen del plotinismo no menciona el dilema ontológico-etico del mal, origen de toda teodicea.
Para quien haya leído las Encadas esta obra será un recordatorio de sus puntos centrales, un resumen sensa­to y ajustado de sus áridas argumentaciones, en síntesis: una útil introducción a su lectura, que es, sin duda, una aventura ardua y espinosa. En los Puntos de partida hada los inteligibles la doctrina de Plotino conserva su rigor y su espíritu, aunque ha perdido vuelo y gracia. Sin em­bargo la prosa profiriana es más clara, más concisa y, sobre todo, más sintética que la de Plotino y aquí yace el enorme valor de esta obra.
La tradición posterior leyó cuidadosamente los Puntos de partida hacia los inteligibles de Porfirio de Tiro. Mientras que sus continuadores paganos, entre ellos Jámblico, Proclo, Damacio, criticaron muchos aspectos del pensamiento de Porfirio, la tradición latina y, sobre todo, cristiana tomó sus escritos como hoja de ruta a la hora de construir una doctrina intelectualmente consistente. En Macrobio, quien toma la sentencia 32 casi al pie de la letra en su Comentario al ‘’Sueño de Escipión”y en Servio y en Boecio se ven claros indicios de una lectura de los Puntos de partida y se cree que el filósofo y teólogo romano Mario Victorino (siglo IV d.C.) in­cluso tradujo la obra, entre otras tantas de Porfirio que llevó al latín. Desgraciadamente la supuesta traducción de Mario Victorino, la que podría haber sido leída por San Agustín, no se conserva.
También entre los padres griegos circuló la obra. Gregorio de Nisa, Nemesio de Émesa y Sinesio de Cirene evidencian en sus escritos un profundo conocimien­to del texto. En las Eclogae etbicae et physicae de Juan Estobeo (siglo v d.C.) se incluyen catorce sentencias porfirianas, de las cuales diez pertenecen a los códices aceptados, mientras que las otras cuatro sólo aparecen en la obra de Estobeo. De extrema importancia resulta la obra de Porfirio en la formación intelectual de quien sería el filósofo más relevante del período bizantino, Miguel Psello (siglo XI). El tratado de Psello Acerca de las virtudes está inspirado directamente en la célebre sen­tencia 32 de los Puntos de partida.
Luego de la caída de Constantinopla Occidente re­cibe una marea de intelectuales bizantinos exiliados que traen consigo textos olvidados hacía siglos en el oeste. De este modo vuelven a Europa Platón, Plotino, Proclo y, claro, Porfirio, entre otros. Marsilio Ficino, director de la Academia Platónica de Florencia, traduce pacientemente las obras platónicas. Su traducción al latín -incompleta- de los Punios departida… es la primera que se conozca a otra lengua. Se publica en Vcnccia en 1487 con el título de De occasionibus she causis ad intelligibilia nos docentes. También Pico de la Mirándola lee cuidadosamente el texto y en sus Tesis sobre Porfirio (1486), que forman parte de su babilónico Conclusiones nongentae, cita a menudo las sentencias. Finalmente en 1630 el platónico alemán Lucas Holstenius publica la primera edición completa de los Puntos de partida hacia los inteligibles. La obra ha si­do traducida al inglés -la traducción del platónico inglés Thomas Taylor (siglo xviii) es la primera a una lengua moderna-, al alemán, al italiano y, ahora, al castellano.

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