La mentira de Ulises – Paul Rassinier

La mentira de Ulises – Paul Rassinier

320 páginas
medidas: 14,5 x 20 cm.
Ediciones Sieghels
2015
, Argentina
tapa: blanda, color, plastificado,
Precio para Argentina: 330 pesos
Precio internacional: 21 euros

Un resistente francés, un enemigo de los nazis y que por tanto luchó contra Alemania, da a conocer en esta obra lo que fueron los campos de concentración de Buchenwald y Dora. Paul Rassinier ha sido el primero en manifestar, con brillante forma literaria, la verdad sobre el régimen de vida y los horrores de ambos campos. A su impresionante relato le sigue, como segunda parte del libro, una dura crítica de los principales testimonios sobre los campos alemanes, estableciendo el revisionismo sobre los campos de exterminio del régimen nazi.
Paul Rassinier es considerado como el primer historiador revisionista, al ser también el primero que pone en tela de juicio la propaganda de los vencedores. Ingresó en el Partido Comunista Francés en 1922, pero a causa de sus posiciones de extrema izquierda fue excluido del mismo en 1932. Su izquierdismo militante lo llevó a ingresar en la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), para tomar parte en el movimiento animado por Marceau Pivert. Era pacifista y sin embargo fue de los primeros en integrarse en la Resistencia francesa. A causa de sus acciones en la organización terrorista fue detenido por la policía alemana en octubre de 1943 y deportado a Buchenwald y Dora. De allí salió inválido y dedicó el resto de su vida a defender la verdad -que él conoció en persona- sobre la mitología de los campos de concentración, y en particular sobre las denominadas “cámaras de gas”. Al aparecer en 1951 su libro La mentira de Ulises fue celebrado por la Internacional Obrera, pero al año siguiente le valió ser excluido de la misma.

ÍNDICE

Prólogo de la edición española 7
Prefacio a la 5ª edición francesa 17
PRIMERA PARTE: LA EXPERIENCIA VIVIDA
Prólogo del autor para la segunda y tercera ediciones francesas 21
A modo de introducción para la cuarta edición francesa 49
Prólogo 51
I.- Una muchedumbre de tipos humanos diversos ante las puertas del infierno 73
II.- Los círculos del infierno 93
III.- La barca de Caronte 109
IV.- Un puerto de salvación, antesala de la muerte 133
V.- Naufragio 147
SEGUNDA PARTE: LA EXPERIENCIA DE LOS OTROS
I.- La literatura sobre los campos de concentración 155
II.- Los testigos menores 167
Apéndice al Capítulo II: La disciplina en la prisión central de Riom 179
III.- Louis Martin-Chauffier 185
IV.- Los psicólogos: David Rousset y el mundo de los campos de concentración 197
Apéndice al Capítulo IV: Declaración jurada 219
V.- Los sociólogos: Eugen Kogon y El infierno organizado 225
VI.- El comandante de Auschwitz habla…, de Rudolf Höss 265
VII.- Las cámaras de gas: 6.000.000 de gaseados o… 279
Conclusión de la 1a, 2a, 3a y 4a ediciones francesas 309

INTRODUCCIÓN

Una de las características particulares de la ciencia histórica consis­te en la continua reformulación de sus planteos. La permanente reva­loración de fuentes y documentos hace que la historia se base en datos reales antes que en consideraciones ideológicas y políticas, y que su pre­tensión más prístina sea la objetividad y no las visiones parciales. Es ab­surdo acusar a un historiador de “revisionismo” cuando la historia misma es una permanente revisión.
No obstante, esta continua revisión y reconsideración constituye una amenaza para toda historia “oficial”, es decir aquella establecida como únicamente válida, y que generalmente es escrita con fines políticos y propagandísticos por parte de la facción o el bando vencedor. En lo que respecta a los procesos históricos de este siglo, con sus continuas gue­rras, dos de ellas mundiales, existe una evidente versión oficial de la historia y otra contestataria.
El historiador francés Paul Rassinier es un excepcional testigo de los difíciles años de la segunda guerra mundial. Diputado socialista, por su actuación en la Resistencia terminó como prisionero en los campos nazis de Buchenwald y Dora. Su vocación de objetividad le llevó, a pesar de su experiencia personal, a estudiar todo aquello relacionado con los Lager alemanes, convirtiéndose en un especialista en el tema. El objeto principal de sus estudios ha sido el análisis de la persecución antisemita del nazismo, y sus cálculos basados en cifras de fuente hebrea —con­frontadas con todo rigor, le han llevado a conclusiones muy diferentes de otros autores, considerados especialistas y que en realidad exponían una historia adulterada, basada en criterios políticos. El estudio consi­guiente llevó a Rassinier a escribir una obra clave, “El Drama de los Judíos Europeos”, cuyo impacto obligó, de diversas maneras, a muchos histo­riadores a rectificar sus afirmaciones.
Por otra parte, en su libro “La verdad sobre el proceso Eichmann”, Rassinier descubre los verdaderos entretelones del juicio al ex-teniente coronel de las SS, cuyo rango era de poca importancia, pero sus cono­cimientos sobre las relaciones entre sionistas y nacionalsocialistas durante la segunda guerra mundial eran pura dinamita política en caso de ser divulgados masivamente.
Pero es su primera obra “La mentira de Ulises” la que, tempranamente, inaugura una escuela revisionista histórica que no sólo no ha cesado de pro­ducir, sino que acrecienta su producción en número e importancia cada día. En 1950, al escribir dicha obra, Rassinier no sólo apotraba sus reflexio­nes de testigo de los campos de concentración, sino que ponía en entre­dicho otros testimonios y confrontaba los escritos de los primeros que se habían ocupado del tema. Rassinier clasificó en tres categorías los testigos del fenómeno concentracionario: los que no podían ser considerados tes­tigos fieles sino menores; los sicólogos, víctimas de su inclinación a los argumentos subjetivos; los sociólogos, que pretendían estudiar el fenómeno como manifestación sociocultural. No había encontrado auténticos his­toriadores entre ellos.
Rassinier concluía que la “literatura concentracionaria” había sido sostenida y alimentada ininterrumpidamente por cierta política en las relaciones norteamericano-soviéticas. La necesidad de mantener latente la amenaza de un resurgimiento del nazifascismo en Europa ayudaba a justificar la propia política de ambas superpotencias, en un bipolarismo en el cual un continente vencido no era protagonista. Para el Estado de Israel, constituido en 1948, apoyar la literatura concentracionaria ofi­cial significaba el principal argumento para recibir las vitales subven­ciones alemanas en concepto de reparaciones, así como hacer del Holocausto la razón esencial del propio estado fundacional. Por ello era necesario, desde las dos fábricas principales de este tipo de literatura —Comité para la persecución de Criminales de Guerra (Varsovia), y Centro Mundial de Documentación Judía Contemporánea (Tel Aviv, Viena y París)— emprender permanentes ofensivas de denuncia del recrudeci­miento del antisemitismo y recordación continua de las atrocidades cometidas por el nazismo.
Hoy día, cuando el bipolarismo ha terminado, Israel ha dejado de ser parcialmente el bastión de los EE.UU. en Medio Oriente y debe ne­gociar con los árabes, la URSS reconoce sus propios crímenes de gue­rra, y el revisionismo prende en los intelectuales norteamericanos de origen judío pero antisionistas, seguir postergando la importancia y los méri­tos del revisionismo es anticuado.
Paul Rassinier, quien fue víctima de insidiosos ataques toda su vida, murió, en la pobreza y el aislamiento en julio de 1967, dejando una no­table producción de obras históricas, entre ellas el presente libro, un hito fundamental de la corriente revisionista internacional.

El Editor

PRÓLOGO DE LA EDICIÓN ESPAÑOLA

Un resistente francés, un enemigo de los nazis y que por tanto luchó contra Alemania, da a conocer en esta obra lo que fueron los campos de concentración de Buchenwald y Dora. Paul Rassinier ha sido el primero en manifestar, con brillante forma literaria, la verdad sobre el régimen de vida y los horrores de ambos campos. A su impresionante relato le sigue, como segunda parte del libro, una dura crítica de los principales testimonios sobre los campos alemanes.
Es evidente que un libro de este tipo, no puede aislarse del problema político general que planteó la segunda guerra mundial. Al iniciarse en 1945 la «domesticación» del europeo, entró en vigor el axioma de que Alemania era la responsable exclusiva del conflicto. A los dieciséis años de las hostilidades, se ha producido una auténtica revolución copernicana en los estudios históricos sobre ese período. Y en este han colaborado en especial los historiadores de los países que triunfaron. Sobresalen entre ellos Charles Callan Tansill con su obra Back Door to War, Harry Elmer Barnes (Perpetual War for Perpetual Peace), William H. Chamberlin, almirante Theobald, Charles A. Beard, James A. Farley, John B. Flint, general Wedemeyer, Benoist Mechin, Liddel Hart, Emrys Hughes, Henry Coston, F. J. P. Veale, etc. Destaca en sus obras la gran responsabilidad de Roosevelt y de Churchill en el conflicto, llegando en su mayoría a la conclusión que escuetamente recogió James Forrestal, secretario de Defensa de los Estados Unidos, en su obra The Forrestal Diaries:
«Ni los franceses ni los ingleses hubieran considerado a Polonia causa de una guerra, si no hubiese sido por la constante presión de Washington. Bullit dijo que debía informar a Roosevelt de que los alemanes no lucharían; Kennedy replicó que ellos lo harían y que invadirían Europa. Chamberlain declaró que América y el mundo judío habían forzado a Inglaterra a entrar en la guerra.»
La tesis del aniquilamiento total del enemigo, iniciada durante la guerra y fomentada después, estuvo íntimamente ligada a la propaganda de crueldades. El profesor Friedrich Grimm, cuenta en su obra Politische Justiz la visita que le hizo en 1945 un representante de los aliados. Al exponer Grimm los métodos de la propaganda aliada y el empleo científico de la mentira que en ella se hacía, su interlocutor le respondió:
«– Veo que estoy ante un experto. Ahora quiero decirle también quién soy yo. No soy catedrático de Universidad. Pertenezco a la Central de la que me ha hablado usted. Desde hace meses cultivo esto que usted ha descrito tan justamente: propaganda de atrocidades ~ con ello hemos ganado la victoria total.
Yo le repliqué:
— Lo sé, y ahora tienen que cesar.
El me respondió:
— ¡No, ahora es precisamente cuando empezamos! Nosotros continuaremos esta propaganda de atrocidades, la aumentaremos hasta que nadie acepte una palabra favorable hacia los alemanes, hasta que sea totalmente destruida la simpatía que ustedes han tenido en otros países, y hasta que los mismos alemanes vayan a parar a tal confusión que ya no sepan lo que hacen.»
Este tipo de propaganda, en el que se mezcla un litro de verdad por cada diez de mentiras, llega al subconsciente del individuo, a sus instintos. La explotación racional de los campos de concentración alemanes ayuda así, en gran manera, a impedir la reunificación de este país y mantenerle arrinconado en el ghetto de la venganza.
Sobra decir que de los campos de concentración aliados apenas se ha dicho algo. A pesar de ser tan numerosos como los alemanes. En Francia, mientras a las fuerzas germanas les bastaron dos campos – Struthof y Schirmeck – para internar a los resistentes y otros enemigos, los liberadores de 1944 además de dejar ambos en funcionamiento y de tener las cárceles llenas, instalaron otros nueve campos de concentración más en la Alsacia-Lorena.
Rassinier, en este libro escrito para franceses, da a conocer los horrores de Buchenwald y Dora durante el período alemán. Pero liberado en 1945, no pudo conocer directamente el terror que siguió imperando en Buchenwald a partir de la victoria aliada, y que dejando tras de sí a 18.000 cadáveres alemanes sólo terminó en febrero de 1950. Los últimos ocupantes fueron ejecutados o trasladados a las prisiones de la zona oriental, y el comando de enterradores desapareció en la Unión Soviética. Algo parecido sucedió con Dachau, donde – según el Süddeutsche Zeitung – fueron internados 25.000 alemanes.

* * *

Una de las leyendas de la mitología aliada es la de la muerte de seis millones de judíos. El estudio estadístico de Rassinier demuestra que el número de víctimas fue inferior al millón. En esto se aproxima a lo que el Dr. judío Listojewski, publicó en la revista The Broom de San Diego (California) el 11 de mayo de 1952:
«Como estadístico me he esforzado durante dos años y medio en averiguar el número de judíos que perecieron durante la época de Hitler. La cifra oscila entre 350.000 y 500.000. Si nosotros los judíos afirmamos que fueron seis millones, esto es una infame mentira.»
Los judíos, como los alemanes, cuando han tenido el poder en sus manos han perdido el sentido de la medida. Por eso aún se puede confiar en que la verdad histórica terminará por imponerse a la mentira política. Que actualmente se sigue mixtificando en este asunto, lo demuestran las informaciones que sobre un proceso que tuvo lugar en Dusseldorf, publicaron tres periódicos alemanes el 19 de septiembre de 1960. El Bremer Nachrichten escribe:
«Entonces contó Hohn, que en el campo de concentración de Sachsenhausen, además de los talleres y los barracones dormitorios había: la horca, un taller para falsificar dinero, la instalación para el tiro en la nuca, la del gas y el crematorio, en el que según sus recuerdos desaparecieron en una noche DOSCIENTOS seres humanos».
El Frankfurter Allgemeine Zeitung dice lo siguiente:
«A la pregunta sobre la capacidad del crematorio, contestó Hohn: «Sobre la capacidad no puedo dar ninguna información. Sólo sé que en una noche fueron quemados TRESClENTOS.»
El Weser-Kurier del mismo día, informa:
«Al preguntársele sobre la capacidad del crematorio, dijo Hohn: «No puedo dar ninguna información. Sólo sé que una noche fueron sacadas TRES MIL personas, y, sencillamente, por la mañana ya no estaban allí.»
Si estas cosas suceden actualmente, no se extrañe el lector de que en 1945 fueran gaseados seis millones de judíos. Ni de que con un buen número de ellos se fabricase jabón. Ni de que con sus cabellos se hiciesen colchones para los submarinos alemanes.
* * *
Rassinier dedica un capítulo al problema de las cámaras de gas, que cada vez resulta más confuso. Empezó habiendo cámaras en casi todos los campos. Hoy parece evidente que en Alemania no las hubo, y así lo ha manifestado el juez norteamericano Pinter que tuvo por misión investigar estos campos. El problema radica actualmente en las de Polonia. ¿Se exterminó en Auschwitz a seres humanos con gas? Al ocupar los rusos el campo anunciaron oficialmente la muerte de cuatro millones de seres, el comandante Hoss «confesó» en prisión dos millones y medio, Reitlinger habla de 750.000 gaseados como máximo, y las listas oficiales de Auschwitz recogen algo menos de 300.000 muertos en total. Lo realmente curioso es que la comisión de la Cruz Roja Internacional que visitó el campo en septiembre de 1944 no descubrió cámaras de gas. El Dr. judío Benedikt Kautsky, que estuvo internado durante siete años, tres de ellos en Auschwitz, en su libro Teufel und Verdammte, publicado en Suiza en 1946, dice lo siguiente:
«Yo estuve en los grandes KZ de Alemania. Pero, conforme a la verdad, tengo que estipular que no he encontrado jamás en ningún campo ninguna instalación como cámara de gaseamiento.»
En una sociedad algo más desapasionada que la nuestra, no dejaría de reconocerse que las cámaras de gas que hubo en algunos campos alemanes no agravan el problema. Pues no conviene olvidar que en los Estados Unidos se ultilizan oficialmente. Los hornos, cuando aún no había nazis, ya fueron empleados por el rey David para exterminar a los amonitas. En los de los alemanes y en los de los cementerios europeos sólo se quemaban y se queman cadáveres, no seres vivos.
La cuestión sólo puede plantearse razonablemente reprobando la muerte de todo ser humano inocente. Pero lo que produce asombro es que los vencedores de 1945 se nieguen a que los vencidos hagan uso del mismo argumento. Es un hecho incontrovertible que durante la guerra en especial en 1944 y 1945 — fueron asesinados mayor cantidad de alemanes que de judíos.

* * *

En junio del pasado año, Israel anunciaba la captura de Adolf Eichmann. Evidentemente, la campaña de cruces gamadas en enero había adolecido de muchas imperfecciones.
La nueva, mejor organizada, ya ha ofrecido algunos resultados. Estos culminarán con el próximo «proceso», empleando este término para designar esa situación confusa en la que se mezcla un acto de venganza – raptores, acusadores y jueces serán los mismos judíos – y una lucha política interna entre Nahum Goldmann y el Congreso Mundial Judío por una parte, y por otra el Mapai con Ben Gurion y Ben Zwi a su frente.
Una obra maestra de propaganda que denuncia la faceta exterior del «proceso» Eichmann, son las palabras del comandante de policía Abraham Selinger en Tel-Aviv:
«Con el proceso contra Eichmann, nosotros no sólo queremos sentenciar al más cruel enemigo del pueblo judío, sino refrescar también la memoria del mundo sobre los crímenes nazis contra los judíos. Los recuerdos de Eichmann, que él pone por escrito en su celda, demostrarán también la participación de los árabes en estos crímenes y la indiferencia de los aliados.»
Sólo se ha olvidado Abraham de recoger un aspecto: el económico. Los 16.000.000.000 de marcos con los que la República federal alemana indemniza a Israel, constituyen la principal fuente de ingresos de este país y posibilitan su subsistencia. El Detroit Free Press del 23 de mayo de 1960 ha divulgado las palabras que dijo Ben Gurion a un amigo después de la entrevista que tuvo con Adenaner en Nueva York:
«La diferencia entre Adenauer y Hitler es la siguiente: Hitler sabía que los judíos recibirían el dominio del mundo, por eso mató a seis millones de elloes. Adenauer sabe que los judíos recibirán el dominio del mundo, por eso desea unirse a nosotros.»
Pocas personas dirigieron durante la guerra la «cuestión judía» en ambos bandos contendientes. Himmler murió en una forma que aún está por aclarar. El Dr. Kasztner, en el proceso de Tel-Aviv en 1954, tuvo la desgracia de decir entre otras casas – que Saly Mayer, presidente del American Joint Committee (organización de los judíos de Estados Unidos) había intervenido ante el gobierno suizo para que no abriese sus fronteras a los judíos que Alemania quiso poner en libertad durante la guerra. El Dr. Kasztner, como es sabido, fue asesinado durante el proceso. Eichmann y Ben Gurion están en Israel.
Que Eichmann debe limitarse a hablar de ciertas cuestiones, parece evidente después de las irritadas protestas de Ben Gurion a que fuese un tribunal internacional el que le juzgase. Israel, en resumen, va a participar más activamente en la política mundial. Y aunque no parezca muy seguro lo que afirmaba Le Monde el 25 de mayo de 1960:
«Desde hacía tiempo, varias policías coordinadas por lnterpol seguían el rastro de Eichmann…»
no es de extrañar que un órgano judío de Buenos Aires dijese el 11 de julio del mismo año:
«El Congreso Mundial Judío pide que sea movilizada la Interpol para la represión del antisemitismo. La Interpol debe investigar la procedencia de todos los incidentes antisemíticos y detener inmediatamente a todos los elementos antisemitas y neonazis, así como a todos los neofascistas.»
En los Protocolos de los Sabios de Sión tales cosas sólo se insinuaban. Mientras tanto, el escritor judío Ben Hecht, ya famoso en la TV norteamericana por sus entrevistas con el tema de «Dios y la homosexualidad», ha podido decir por la American Broadcasting Corp:
«Yo profeso un odio contra los alemanes, con sus carnosos cogotes, con sus ojos inexpresivos, y con un hueco frio en su corazón que sólo puede ser calentado por medio del asesinato…»
Y según daba a conocer una publicación católica de St. Benedict (Oregon) en 1959, Ben Hecht, en una de sus obras sobre perversidades, asesinatos por placer, morfinismo, etc., en A Jew in Love, escribe lo siguiente:
«Uno de los hechos más exquisitos que la plebe haya podido realizar, fue la crucifixión de Jesucristo. Desde el punto de vista espiritual fue una gesta brillante. Pero hay que reconocer que la masa actúa sin capacidad suficiente. Si yo hubiera sido encargado de la crucifixión de Cristo, habría actuado de otra manera. Le habría enviado a Roma y le hubiese echado como despojos a los leones. Del cuerpo en carne picada nunca se hubiera podido hacer un redentor.»
No han faltado nunca en el pueblo judío ejemplos de extraordinaria nobleza. Sin tener que remontarnos dos mil años atrás, en febrero de 1960, el gran rabino Goldstein acusó a las organizaciones sionistas de fomentar el antisemitismo. Un mes antes, la organización mundial hebrea Kna’anim denunció a los políticos y organizaciones judías cuya peligrosa política puede llevar en el futuro a nuevos progroms antisemíticos. No es, pues, de extrañar que centenares de alemanes expresasen su admiración al rabino Goldstein, asegurándole que si todos los judíos hubieran sido como él nunca habría habido antisemitismo en Alemania.
El «proceso» Eichmann dará a conocer la línea política que seguirá Israel en el próximo futuro. En el periódico O Globo de Río de Janeiro – cuyo director, Hertert Moses, judío, dirige igualmente la Asociación de la Prensa brasileña – aparecieron estas prudentes palabras:
«Israel comete un error si cree que el odio y la venganza consolidarán su existencia política y le abrirán, mejor que la fraternidad y el perdón, las vías del porvenir y del respeto universal.»
* * *
Con razones semejantes a aquellas por las que se acusa a Eichmann de la muerte de seis millones de judíos, un recalcitrante nazi que pensase que Roosevelt y Churchill iniciaron la segunda guerra mundial, podría afirmar que ellos son los responsables de la muerte de 52 millones de seres.
Eichmann es un genocida porque transportó varios centenares de miles de judíos a los campos. Harry Salomón Truman, que exterminó a 94.620 japoneses en unas horas, parece ser que no lo es, pues, al cumplir sus 75 años de edad, dijo que de la única cosa injusta de la que tenía que arrepentirse en su vida era de haberse casado a los 30 años. Si en Dachau mueren unas 25.000 personas en doce años es un genocidio; si los angloamericanos al destruir el «seudoarte europeo de baratija» matan en un por de días de 200.000 a 300.000 habitantes de Dresde y refugiados que dormían en las calles, se considera como una «operación de castigo». Los partisanos que matan a 55.810 soldados alemanes –estadística checa– son unos héroes; los alemanes que con arreglo a las convenciones internacionales fusilan a esos partisanos o los envían a los campos de concentración son unos bárbaros dignos de aparecer como tales en el cine. Un judío inocente que muere por hambre o en una cámara de gas evidentemente es asesinado, un hamburgués que arde vivo en un bombardeo con fósforo constituye un lamentable episodio de la guerra. Por ello, como los vencidos fueron los malos, nadie podría pensar en juzgar al mariscal Harris por las 80.000 bombas de fósforo y millones de otros tipos que lanzó sobre Hamburgo entre el 24 y el 27 de julio de 1943, y por los 55.000 muertos que causó el bombardeo.
Pocos son ya los que no conocen en la actualidad la historia de la pantalla que parece ser hizo con piel tatuada el comandante de Buchenwald, y que–aunque no apareció–le costó a Koc eI ser juzgado y ejecutado por un tribunal de la S.S. ¿Y qué hacían mientras tanto los norteamericanos? Veamos lo que nos dice uno de ellos, el corresponsal de guerra Edgar L. Jones, en el número de febrero de 1946 de la revista The Atlantic Monthly:
«Nosotros creemos actuar más noble y moralmente que otros pueblos, y, en consecuencia, el estar en mejor situación para decidir lo que es justo en el mundo y lo que no lo es. ¿Cómo cree la población civil que hemos hecho nosotros la guerra? Nosotros hemos matado a sangre fría a los prisioneros, hemos convertido los hospitales de campaña en polvo y cenizas, hemos hundido lanchas de salvamento, hemos matado o herido a la población civil enemiga, hemos rematado a los heridos, hemos arrojado en una fosa a los moribundos con los muertos. En el Pacífico hemos roto los cráneos de nuestros enemigos, los hemos cocido para hacer objetos de mesa para nuestras novias, y hemos escopleado sus huesos para hacer cortaplumas… Nosotros hemos mutilado los cadáveres de enemigos muertos, les hemos cortado las orejas y arrancado los dientes de oro para tener “Souvenirs“…»
Que los aliados nunca aceptaron el dar explicaciones sobre sus genocidios, lo demostraron los ingleses cuando entregaron hace unos años al gobierno de Adenauer la prisión de Hameln. Al hacer unas reparaciones, los alemanes encontraron los cadáveres de unos 200 compatriotas suyos de cuya muerte era responsable la «justicia» militar británica. Inglaterra se negó no sólo a responder de esas ejecuciones sino incluso a facilitar los nombres de las víctimas. Este método, que estuvo muy en boga a partir de 1945, y del cual trata documentadamente el profesor de la Unversidad de Barcelona Llorens Borrás en su obra Crímenes de guerra, le hace recordar a uno aquel famoso parte que un alcalde de Aragón envió al gobierno durante los turbulentos días de la regencia de María Cristina de Borbón: «En este pueblo continúa la matanza de frailes en medio del mayor orden».
Ningún tribunal del mundo ha exigido cuentas para lo que sucedió en los procesos de Nuremberg – «la mayor caza del hombre que conoce la Historia», ha dicho Eden – ni por los millones de seres que padecieron la desnazificación, ni por los belgas que a los dieciséis años de terminada la guerra siguen en las mazmorras de este país por el delito de haberse alistado como voluntarios en el frente del Este. Caso notable de la «justicia política aliada, lo constituye el del comandante alemán Walter Reder, que gravemente enfermo está encarcelado en Gaeta (Italia) acusado de haber fusilado a centenares de habitantes de Marzabotto. Se ha demostrado plenamente que él jamás estuvo en Marzabotto, y que en dicha localidad nunca hubo tal matanza. Altas jerarquías de la Iglesia italiana, del Vaticano, de la resistencia y 280.000 firmas de soldados de varios países europeos han pedido en vano su libertad. Reder no puede ser puesto en libertad porque la «justicia» aliada siempre tiene razón.
* * *
La S. S., algunos de cuyos miembros tuvieron que encargarse de la vigilancia de gran parte de los campos de concentración, ha sido un blanco predilecto de la propaganda aliada. De poco sirvió el que antes de la guerra varios de sus generales protestasen por el empleo de estas milicias para la vigilancia de presos. Y menor efecto aún tuvo en 1945 la afirmación del inspector y Sturmbannführer Morgen, de que ni Auschwitz ni otros campos de exterminio en Polonia estaban administrados por la S. S.
Rassinier refiere que sus funciones se limitaban casi exclusivamente a la vigilancia exterior. También señala algunos excesos de estas tropas. Que la situación no fue idéntica en todos los campos, ha sido dado a conocer por el ex internado Theodor Koester en el semanario Deutsche Wochenzeitung de Hannover. Koester, que estuvo siete años en los KZ de Buchenwald y Gross Rosen, cuenta que al acercarse las tropas rusas en febrero de 1945 a este último campo, los soldados de la S. S. entregaron a los presos fusiles, pistolas ametralladoras y puños antitanques, y añade:
«… los soldados de la S. S. ya no eran nuestros enemigos, eran nuestros camaradas… Y entonces, cerca de Rohnstock, luchamos los ex internados del campo de manera tan valiente junto a la S.S., que cerca de la mitad cayeron en combate… Entre estos presos estaba un vienés que habia luchado en España, varios franceses y muchos comunistas alemanes; se encontraban entre nosotros más de veinte polacos que hubieran podido desertar inmediatamente, pero que precisamente combatieron los más exasperados… En su amargura pensaban en la traición del general ruso Plokossowshi (septiembre de 1944) ante Varsovia.
Pero nosotros pensábamos en las mujeres y muchachas ultrajadas, en los ancianos apaleados.»
En las 38 divisiones de la S.S. combatieron 900.000 soldados. De ellos cayeron más de 360.000 – principalmente en los frentes de Francia y Rusia -, y en 1959 se daban todavía por desaparecidos otros 42.000 más.
El esfuerzo común que esto supuso, se ve con claridad en la composición de las fuerzas de la S.S. que defendieron Berlín en 1945.
Cuando el ejército rojo rompió el frente del Oder, en abril de 1945, quedaban en la capital del Reich los restos de las siguientes divisiones de la S. S.: 4.a Div. acorazada «Nederland», 11 Div. acorazada «Nordland», 15 Div. de granaderos de la S. S. («Letonia núm. 1»), 32 Div. acorazada «30. Januar» y la 33 Div. de granaderos «Charlemagne».
Las dos primeras divisiones estaban integradas por belgas, holandeses, daneses y suecos; la División «Charlemagne» por franceses, suizos y españoles; estonianos y letones formaban la 15 División y los jóvenes de la región del Siebenburg y de las Academias militares de la S. S. estaban en la «30. Januar». El 23 de abril quedaron todas bajo el mando del comandante general Mohncke. Cuando casa por casa y entre ruinas llegaron los rusos al Tiergarten, los letones con el S.S.-Obersturmführer Neilands se fortificaron en el Unter den Linden; los franceses, bajo el mando del S.S.Hauptsturmführer Fenet, formaron grupos especializados anticarros; y el S. S.Hauptsturmführer Roca, con fuerzas estonianas y españolas, defendió la línea en torno a la Wilhelmstrasse. Finalmente, los últimos defensores de Berlín se concentraron junte a la Reichskanzlei. En la noche del 2 de mayo, tras la muerte de Hitler, la Cancillería fue volada por orden de Mohncke.
* * *
Después de haber tratado algunas de las cuestiones que suscita la lectura de La mentira de Ulises, dejemos la palabra a Paul Rassinier. Su preocupación principal – como nos dijo en cierta ocasión – la constituye el problema más importante de la política europea: la reconciliación franco-germana. Ello le movió a escribir este libro, que viene a confirmar las palabras de Sven Hedin: «Para decir algo verdadero y justo, nunca es demasiado tarde.»
B. G. M.
Enero 1961.

PRÓLOGO A LA 5ª EDICION FRANCESA

Dejad decir; dejaos censurar, condenar, encarcelar; dejaos prender, pero divulgad vuestro pensamiento. Esto no es un derecho, es un deber. Toda verdad es para todos… Hablar está bien, escribir es mejor; imprimir es cosa excelente… Si vuestro pensamiento es bueno, se le aprovecha; si es malo, se le corrige, y se aprovecha todavía. ¿Pero el abuso?… Esta palabra es una tontería; los que la han inventado, ellos son los que verdaderamente abusan de la prensa, imprimiendo lo que quieren, engañando, calumniando e impidiendo el responder…
PAUL-LOUIS COURIER.

Escribe como si estuvieses solo en el Universo y no tuvieses nada que temer de los prejuicios de los hombres.
LA METTRIE

La presente edición, que es la quinta, difiere del original por su contenido y, por lo tanto, de su presentación. Pero difiere en poco.
La edición original data de 1950. Pues bien, desde entonces, aunque a cuentagotas y en medio de una propaganda que, regularmente, les ha hecho decir lo contrario de lo que decían, han sido publicados nuevos documentos que han venido a confirmar las tesis del autor. Y si, atendiendo a la demanda, se quisiera reeditar La mentira de Ulises, sin desmontar el mecanismo de estos nuevos atentados contra la verdad histórica, esto supondría descalificarse sin tener apelación. Los más importantes y los más significativos son pues objeto de los capítulos VI y VII de la segunda parte que, sólo éstos, han sido añadidos.
A consecuencia de ello, los diversos prefacios e introducciones de las ediciones precedentes y su conclusión común, se encuentran recogidos en un apéndice cuyo valor documental ya no es más que bibliográfico. Los primeros, porque, si bien constituyen un balance de una discusión que hizo época, no es menos evidente que, si esta discusión tuviese que empezar de nuevo, ellos no le podrían servir más que de punto de partida o de referencias, al estar provisto el asunto por los nuevos documentos. La última porque, si se justificaba en la edición original por la necesidad del autor de precisar bien que sólo había tenido la intención de abrir un debate y definir sus datos, ya que este debate después de diez años no parece estar todavía próximo a cerrarse,
[22] quizá no es tan necesario ni tan urgente prevenir de esto al lector. No es indiferente, por lo demás, advertir que esta conclusión se presentaba bajo la forma de una toma de posición en una controversia que enfrentaba entonces a Sartre y Merleau-Ponty con David Rousset. Ahora bien, si se sabe todavía quienes son Sartre y Merleau-Ponty, hace ya tiempo que todo el mundo, incluidos ellos mismos, ha olvidado las inconcebibles trivialidades que ambos, filósofos, y por consiguiente especialistas en todo a excepción de todas las especialidades, escribieron sobre la cuestión. ¿Y quién sabe hoy que hubo entonces y existe todavía un escritor con el nombre de David Rousset? Pero, por otra parte, suprimir pura y simplemente esta conclusión, hubiera podido ser interpretado como una renegación. De aquí el lugar que le ha sido asignado en esta edici6n.
Por último, a excepción todavía de un punto y como ruidosamente reclamado por M. Louis Martin-Chauffier (página 163) ninguna otra modificación ha sido hacha en la versión original.

P.R.
15 de julio de 1960.

PRÓLOGO DEL AUTOR PARA LA 2º Y 3º ED. FRANCESAS

«Las armas del enemigo no son tan mortíferas comno las mentiras con las que los jefes de las víctimas llenan el mundo; el canto odioso del enemigo es menos desagradable al oído que las frases que, como una saliva repugnante, manan de los libros de los necrólogos.»
Manès SPERBER. (Et le Buisson devint cendre.)

Ambas partes de esta obra han sido publicadas separadamente:
— la primera, o la experiencia vivida (El paso de la línea) en 1949,
— la segunda, o la experiencia de los otros (La mentira de Ulises propiamente dicha) en 1950, bajo la forma de un estudio crítico de la literatura de los campos de concentración, pues pensé que, en un asunto tan delicado, convenía administrar la verdad a pequeñas dosis.
De esta disposición de ánimo han intentado aprovecharse algunos para sembrar la desconfianza sobre mis intenciones. Si El paso de la línea, generalmente acogido con simpatía, sólo provocó vagos rechinamientos de dientes, y sin consecuencias, de determinado sector, La mentira de Ulises fue causa efectivamente de una violenta campaña de prensa cuyo origen estaba en la misma Asamblea Nacional.
Paralelamente, Albert Paraz, autor del prefacio, el editor y yo mismo, fuimos llevados ante el Juzgado, (donde salimos absueltos, y después ante el Tribunal de Apelación, donde fuimos condenados (27) aunque el propio fiscal general, haciendo justicia a nuestras conclusiones, pidiese la confirmación pura y simple del juicio de faltas.
Al Tribunal de Casación corresponde ahora el resolver el litigio, pero la opinión pública, a la que se informa en sentido único, está desorientada, y, por poco inclinada que esté a intervenir en la polémica, se ha hecho indispensable el desenmarañar para ella las circunstancias bastante confusas que han creado el clima de este asunto. Así se matarán dos pájaros de un tiro, pues no se puede dejar de poner al mismo tiempo ante los ojos del lector las pruebas convincentes (28).
Al llegar en pleno debate sobre la amnistía, La mentira de Ulises, que la justificaba a su manera, fue acogida por algunos como un asunto especialmente político, y es por este lado sutil por el que se le intentó dar ese carácter exclusivo.
Por una enfadosa casualidad, el prefacio de Albert Paraz contenía un aserto jurídicamente insostenible (29) respecto a las circunstancias del arresto y deportación del señor Michelet, en aquel entonces diputado y líder parlamentario del R.P.F. El señor Guérin, entonces diputado del M.R.P. de Lyon, se aprovechó de esto no para protestar contra la publicación de la obra, a pesar de que hábilmente lo haya aparentado, sino para intentar desacreditar a uno de los principales militantes que le hacía la más temible competencia electoral. Así pues, La mentira de Ulises fue explotada primeramente por un movimiento político contra otro, y ya había bastante para hacer desesperar al historiador…
Fue durante una intervención incidental del señor Guérin, cuando se incorporó la acción extraparlamentaria con miras a impresionar a la opinión pública. En la Asamblea Nacional, el diputado de Lyon me incluyó entre «los responsables de la colaboración con el ocupante y los apologistas de la traición» (30).
Patéticamente, había exclamado:
«Parece, mis queridos colegas, como si no hubiese habido nunca cámaras de gas en los campos de concentración… Eso es lo que se puede leer en este libro.» (J.O. del 2 de noviembre de 1950. Debates parlamentarios.)
¡El señor Guérin no leyó la obra!
Sin leer más, todos los periódicos en los que causan estragos los periodistas improvisados por cierta resistencia (31) tras la liberación, continuaron el tema y me hicieron decir las cosas más inverosímiles.
Tres asociaciones de deportados, internados y víctimas de la ocupación alemana, pidieron al Juzgado de Bourg-en-Bresse que ordenase el secuestro del libro, la destrucción de los ejemplares ya puestos en venta, y nos condenase en conjunto a la ligera suma de un millón de francos por daños y perjuicios. Más prudente, el Comité de acción de la Resistencia se abstuvo de toda manifestación hostil, no porque no tuviese el deseo, sino por temor a quedar en ridículo. El Partido comunista, que habla iniciado una ofensiva, advirtió a liempo que se arriesgaba nuevamente a poner a Marcel Paul, a Casanova, y al coronel Manhes en una delicada situación y realizó una prudente retirada. Pero el Partido socialista, al que he representado en el Parlamento, después de haber sido durante muchos años el jefe de una de sus federaciones departamentales, me excluyó de su seno, «a pesar del respeto que impone mi persona», dice la sentencia que me ha sido comunicada por el Comité supremo (32).
Tales fueron las primeras escaramuzas de una ofensiva poco gloriosa y que no tuvo mucho éxito. La mala fe que la caracterizó, no se desmintió después ni por un instante.

* * *

Louis Martin-Chauffier, que bailó en la cuerda floja en casi todos los movimientos ideológicos de la mitad del siglo, tomó el mando de la segunda oleada de asalto.
Como yo había señalado – de paso – una de sus impericias de pluma, se creyó obligado a corregirla con otra (página 163 y nota marginal), a tomar nuevamente el tema de Maurice Guérin y a demostrar que además no sabía leer.
«Todos los deportados han mentido – afirma Paul Rassinier -, quien niega la existencia de las cámaras de gas», escribió en cabeza de un artículo cuyo título: «Un falsario y calumniador cogido en flagrante delito» (Droit de vivre, 15de noviembre a 15 de diciembre de 1950), me hubiese permitido por sí solo – si hubiese sentido el deseo de darle la respuesta en el mismo tono – el obtener sustanciosas reparaciones de cualquier Juzgado.
El abanderado de la tercera oleada fue Rémy Roure, en los siguientes términos:
«Este Rassinier describe en la siguiente forma el campo de Buchenwald: “Todos los bloques, geométrica y agradablemente puestos sobre la colina, están comunicados entre sí por calles de hormigón; unas escaleras de cemento y en rampa conducen a los bloques más elevados; delante de cada uno de ellos hay pérgolas, con plantas trepadoras, pequeños jardinillos con césped de flores, por aquí, por allá, pequeñas glorietas con surtidores o estatuillas. La plaza, que cubre algo así como medio kilómetro cuadrado, está totalmente pavimentada, tan limpia que en ella no se podria perder un alfiler. Una piscina central, con trampolín, campo de deportes, frescas sombras, un verdadero campo para colonia de vacaciones, y cualquier transeúnte al que le fuese concedido el visitarlo en ausencia de los presos, saldría convencido de que en él se lleva una vida agradable, llena de poesía silvestre y especialmente envidiable, en todo caso fuera de toda medida común con los azares de la guerra que son el destino de los hombres libres…”
»Hago un llamamiento a mis camaradas de Buchenwald: ¿reconocen ellos su campo?» (Force ouvriè re, jueves 25 de enero de 195l.)
Rémy Roure puede hacer el llamamiento a sus camaradas de Buchenwald: esto no se encuentra en La mentira de Ulises. Cogido en flagrante delito ante el Juzgado de Bourg-en-Bresse, se excusó y tuvo a bien el reconocer (Le Monde, 26 de abril) que no habiendo leído la obra solamente me citaba según Maurice Bardèche (33). Ahora bien, si es exacto que Maurice Bardèche citó este pasaje en su Nuremberg II no lo es menos que lo tomó de El paso de la línea – donde se encuentra para dar una idea de la instalación material no del campo de Buchenwald sino del de Dora en su último período – y que muy honestamente no buscó el desfigurar su sentido aislándole de su contexto.
Añado aún, por molesto que le resulte a Rémy Roure, que considerando ausentes a los detenidos – lo digo claramente: ¡en ausencia de los presos! – el campo de Dora se asemejaba a la descripción que he hecho de él, y todos los que lo han conocido son del mismo parecer. Cuando los presos volvían a él, después de una larga y agotadora jornada de trabajo, la burocracia le daba otro aspecto diferente, y lo que precede y sigue al pasaje que bastante a la ligera se me reprocha – ¡y que para las necesidades de la causa Rémy Roure reemplaza hábilmente por unos puntos suspensivos! – lo dice en términos precisos.
Le perdono de buena gana a Rémy Roure esta mala acción. Aunque sólo sea porque en el mismo artículo ha escrito esto:
«Los mandos de los KZ (34), l os Kapos, jefes de bloque, Vorarbeiter y Stubendienst, presos también que vivían de la muerte lenta de sus compañeros.»
que es uno de los temas principales de La mentira de Ulises, probado así de brillante manera, y que es muy exactamente lo contrario de lo que todos los destajistas de la literatura de los campos de concentración, con David Rousset a la cabeza, habían escrito hasta ahora.
Pero yo planteo esta cuestión: lo que procediendo de mí fuese una calumnia y una difamación, ¿sería palabra de evangelio y respetable procediendo de Rémy Roure?
¿O no será más bien que él no me perdona el haber sido el primero en intentar dar a conocer esta horrible verdad?

* * *

Haré caso omiso de los venenosos sueltos en los periódicos, inspirados por las asociaciones de deportados, que publicaron por complacencia cada ocho o quince días periódicos como Franc-Tireur, L’Aube, L’Aurore, Le Figaro, etc., para mantener a la opinión pública en estado de alerta. Llegaron a tomarse tales licencias respecto a la objetividad, que el título de la obra se había convertido en La leyenda de los campos de concentración…
En marzo, la ofensíva llevada contra nosotros creció hasta el delirio.
Un periodista de escasa categoría, prestándome generosamente la tesis, escribió en Le Progrès de Lyon:
« ¡Los malos tratos, una leyenda! ¡Los hornos crematorios, una leyenda! ¡Las barreras eléctricas, una leyenda! ¡Los muertos por grupos de diez, una leyenda! »
Y el mismo Jean Kréher, el abogado que habían escogido las asociaciones de deportados, ayudaba en el Rescapé, órgano de los deportados, con esto que según él se deduce de mi estudio:
«… Pues si nosotros estábamos saciados de salchichón, de excelente margarina, si todo estaba previsto para que se nos cuidase y se nos diese n las distracciones necesarias, si el crematorio es una institución exigida por la higiene, si la cámara de gas es un mito, si, en una palabra, los de la S.S. se mostraban llenos de atenciones hacia nosotros, ¿de qué se queja la gente?»
El lector decidirá por sí mismo si se puede sacar esto como conclusión de lo que yo he escrito.
Toda esta gente, por otra parte, ha hecho muchos esfuerzos para nada. La «verdad» que ellos querían hacer prevalecer no ha prevalecido, y el descrédito que han intentado en vano echar sobre nosotros, recae hoy sobre ellos desde el momento en que, independientemente del sensible descalabro que les acaba de infligir el Tribunal de Casación, en Le Figaro Littéraire del 9 de octubre de 1954, André Rousseaux, que sin embargo puso por las nubes e indistintamente a todos los destajistas de la literatura de los campos, ya había llegado él mismo – probablemente bajo la influencia del sentimiento del público – a plantearse esta cuestión:
«Pero para los supervivientes del infierno, la condición de ex deportados ¿no se ha hecho muy rápidamente análoga a la de los ex combatientes de todas las guerras: hay muchas más víctimas que testigos?»
Pues esta manera de hablar, que visiblemente sólo usa la forma de pregunta por una precaución de estilo, supone ante la historia una condena total, sin apelación, y mucho más valiosa que la sentencia del Tribunal de Casación, de todos estos testimonios tan orientados como interesados, contra los cuales he sido el primero en poner al público en guardia.
La desgracia es – ¡ay! – que llega un poco tarde.
Y también lo es el que una literatura tan sospechosa como lo era la de los campos de concentración en su misma inspiración, que una literatura que hoy ya nadie toma en serio y que será un día la vergüenza de nuestro tiempo, haya suministrado durante años sus principios fundamentales a una moral (que era la apología del bolchevismo – ¡esto tiene su importancia! -) y a una política (35) su garantía (que era el bandolerismo, justificado por la razón de Estado). Todo esto viene de aquello.

* * *

Y ahora veamos el fondo de la discusión, que un ejemplo hará más accesible…
Acaba de aparecer en Hungría un nuevo testimonio sobre los campos de concentración alemanes, del que Les Temps Modernes se ha encargado de divulgarlo en Francia. Se trata de S.S.-Obersturmbannführer Doctor Mengele, por el doctor Nyiszli Miklos, y se refiere al campo de Auschwitz-Birkenau.
La primera idea que le viene a uno a lamente es que este testimonio no ha podido aparecer en Hungría más que con el asentimiento de Stalin, a través de los intermediarios, de los Martin-Chauffier de este país, cuyos poderes como miembros directivos de la asociación equivalente a nuestro C.N.E. (36), son lo bastante amplios para permitirles impedir que se publiquen allí obras similares a La mentira de Ulises.
Solamente por este motivo ya resultaría sospechoso.
Pero no es ésta la cuestión.
Este doctor Nyisz1i Miklos pretende entre otras cosas que en el campo de Auschwitz–Birkenau, cuatro cámaras de gas (37), de 200 metros de largo (sin precisar la anchura) duplicadas con otras cuatro de idénticas dimensiones en las que se preparaban las víctimas para el sacrificio, asfixiaban diariamente 20.000 personas; y que cuatro hornos crematorios, cada uno con 15 parrillas de tres plazas, las incineraban a medida que iban llegando. Añade que, por otra parte, otras 5.000 personas eran también suprimidas diariamente por medios menos modernos, y quemadas en dos inmensas hogueras al aire libre. Incluso añade que él ha asistido personalmente durante un año a estas matanzas sistemáticas.
Yo afirmo que todo esto es manifiestamente inexacto, y que no es necesario que uno haya sido deportado para poder establecerlo con un poco de buen sentido.
Como el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau fue construido efectivamente a partir de finales de 1939, y evacuado en marzo de 1945, al ritmo de 25.000 personas diarias – si creyésemos al doctor Nyisz1i Miklos – habría que admitir que durante cinco años habrían muerto en él unos 45 millones de personas, de las que 36 millones habían sido incineradas después de la asfixia en los cuatro hornos crematorios, y 9 millones en las dos hogueras al aire libre.
Supuesto que sea perfectamente posible que las cuatro cámaras de gas hayan sido capaces de asfixiar a 20.000 personas diariamente (a 3.000 por tanda, dice el testigo), no lo es en absoluto que los cuatro hornos crematorios las hayan podido incinerar a medida que las iban recibiendo. Aun cuando hubiese quince parrillas de tres plazas. Ni siquiera aunque la operación sólo necesitase 20 minutos, como pretende el doctor Nyisz1i Miklos, lo cual también es falso.
Tomando estas cifras como base, la capacidad de absorción de todos los hornos funcionando paralelamente no hubiese sido más que de 540 por hora, o sea 12.960 por cada día de 24 horas. Y a este ritmo sólo se hubiese podido terminar de destruirlos algunos años después de la liberación. A condición, bien entendido, de no perder un minuto durante cerca de diez años. Si uno se informa ahora en el Père-Lachaise (38) sobre la duración de una incineración de tres cadáveres en una parrilla, advertirá que los hornos de Auschwitz tendrían que quemar todavía, y pasaría bastante tiempo antes de que se extinguiese su fuego.
Paso por alto las dos hogueras al aire libre, que tenían – dice nuestro autor – 50 metros de largo, 6 de ancho y 3 de profundidad, y en medio de las cuales se habrían logrado quemar 9 millones de cadáveres durante los cinco años
Hay, por lo demás, otra imposibilidad, al menos en lo relativo al exterminio con el gas: todos los que se han ocupado de este problema están de acuerdo en declarar que «en los escasos campos donde las hubo» (como dice E. Kogon) las cámaras de gas no estuvieron en estado de funcionar hasta marzo de 1942, y que a partir de septiembre de 1944, algunas órdenes – que al igual que aquéllas a las que anulaban siguen sin encontrarse – prohibieron el utilizarlas para asfixiar. Al ritmo señalado por el doctor Nyisz1i Miklos se llega todavía a los 18 millones de cadáveres en estos dos años y medio, cifra que, no se sabe por qué virtud de las matemáticas, Tibère Krémer, su traductor ha reducido autoritariamente a 6 millones (39).
Y yo planteo esta nueva y doble cuestión: ¿qué interés podía haber en exagerar así el grado del horror, y cuál ha sido el resultado de esta general manera de proceder?
Se me ha respondido que reduciendo las cosas a sus proporciones reales, en una teoría universal de la represión, yo no tenía otro propósito que el de reducir al mínimo los crímenes del nazismo.
Yo tengo otra respuesta preparada, y ahora ya no hay ninguna razón para no publicarla. Antes de darla, quisiera someter todavía a la apreciación del lector un incidente significativo acerca de la mentalídad de nuestra época.
Como lector de Les Temps Modernes, naturalmente también he participado a esta revista las reflexiones que me había sugerido la publicidad que ella hacía al doctor Nyisz1i Miklos.
La respuesta que he recibido de Merleau-Ponty es la siguiente:
«Los historiadores tendrán que plantearse estas cuestiones. Pero en la actualidad esta manera de examinar los testimonios tiene por resultado el sembrar la desconfianza sobre ellos, como si no tuviesen la precisión que uno tendría derecho a esperar. Y como en el momento en que nos encontramos la tendencia es más bien a olvidar los campos alemanes, esta exigencia de verdad histórica rigurosa estimula una falsificación en masa consistente en admitir a grosso modo que el nazismo es una fábula.»
Encontré sabrosa esta respuesta, y no me preocupé de responderle a Merleau-Ponty que él se olvidaba de los campos rusos e incluso… ¡de los franceses!
Pues si es necesario admitir esta doctrina, y que la exigencia de una verdad histórica rigurosa estimula ya una falsificación masiva en la actualidad, uno se pregunta con angustia a qué monstruosidad corre el riesgo de llevarnos la falsificación en masa de ahora en el campo de la historia. Basta solamente con imaginarse lo que pensarán los historiadores del futuro, acerca del abominable proceso de Nuremberg, del cual ya es evidente que ha hecho retroceder en dos mil años la evolución de la humanidad en el terreno cultural, es decir a la condena de Vercingétorix por Julio César presentada como un crimen en todos los manuales de Historia.
Las relaciones que Merleau-Ponty, catedrático de filosofía, establece entre los efectos y las causas, no parecen ser de un rigor excepcional, y esto prueba que limitándose cada uno a su oficio, también en la filosofía … . ¡las cosas estarían mejor hechas!

* * *

Además de mi tesis sobre la burocracia de los campos de concentración, cuyo determinante papel en la sistematización del horror ya he señalado, el nuevo aspecto bajo el cual presento las cámaras de gas ha banderilleado dolorosísimamente a los inventores de truculencias sobre los campos de concentración. Ambas cosas están íntimamente ligadas y esto explica todo.
Hay un cierto número de hechos, referentes a esta irritante cuestión, que no pueden haber escapado en absoluto a las personas honradas.
Primeramente, todos los testigos (40) están de acuerdo en este hecho evidente que diez de ellos (41), citados contra mí por el querellante (42) han venido a confirmar en el Juzgado de Bourg-en-Bresse: ningún deportado vivo – pido perdón a Merleau-Ponty que responde tan a la ligera por el doctor Nyisz1i Miklos – ha podido ver realizar exterminios por este medio. Cien veces he hecho personalmente la experiencia, y a los insensatos que pretendían lo contrario les he confundido públicamente: el último cronológicamente ha sido el famoso G…, del que habla Albert Paraz. Estoy pues autorizado para decir que todos los que como David Rousset o Eugen Kogon se han metido en minuciosas y patéticas descripciones de la operación, no lo han hecho más que sobre habladurías (43). Esto – lo señalo aún para evitar todo nuevo malentendido – no quiere decir en absoluto que no haya habido cámaras de gas en los campos, ni exterminios con gas: una cosa es la existencia de la instalación, otra su destino y otra su empleo efectivo.
En segundo lugar, merece señalarse que en toda la literatura sobre los campos, y ante el tribunal de Nuremberg, no se pudiera presentar ningún documento que probase que las cámaras de gas habían sido instaladas en los campos de concentración alemanes con el propósito de emplearlas para el exterminio en masa de los detenidos.
Algunos testigos, en su mayoría oficiales, suboficiales e incluso simples miembros de la S.S. llegaron a decir ciertamente en el banquillo que habían realizado exterminios con gas y que habían recibido la correspondiente orden: ninguno de ellos ha podido presentar la orden tras la cual se amparaba, y ninguna de estas órdenes – excepto las que recojo en esta obra y que no prueban absolutamente nada – ha sido encontrada en los archivos de los campos tras la liberación. Ha habido que creer pues en la palabra de estos testigos. ¿Quién me prueba que ellos no han dicho esto para salvar la vida en la atmósfera de terror que comenzó a reinar en Alemania desde el momento de su aplastamiento?
A propósito de esto, he aquí una pequeña historia que trata de otra orden dada según dicen por Himmler y que se encuentra muy difundida entre la literatura de los campos de concentración: la de hacer saltar todos los campos al aproximarse las tropas aliadas, y exterminar de este modo a todos sus ocupantes, incluyendo guardianes.
El médico de la S.S. jefe de la enfermería de Dora, doctor Plazza, lo confirmó cuando fue capturado, y con ello salvó la vida (44). En el tribunal de Nuremberg se le empleó contra los acusados que negaban. Ahora bien, en Le Figaro Litéraire del 6 de enero de 1951, con el título de Un judío negocia con Himmler, y lafirma de Jacques Sabille, se ha podido leer:
«Fue gracias a la presión de Gunther, ejercida sobre Himmler por conducto de Kersten (su médico personal), como la orden propia de caníbal para hacer saltar los camp os al aproximarse los aliados – si n preocuparse de los guardianes – quedó en letra muerta.»
Lo cual significa que esta orden, recibida por todo el mundo y comentada abundantemente, no ha sido dada nunca.
Como suceda así con las órdenes de exterminio con gas…
Entonces, se me dirá, ¿por qué estas cámaras de gas en los campos de concentración?
Probablemente – y sencillamente – porque la Alemania en guerra, habiendo decidido transportar a los campos el máximo de sus industrias, para sustraerlas a los bombardeos aliados, no tenía ningún motivo para hacer una excepción en sus industrias químicas.
Que hayan sido realizados exterminios con gas me parece posible, aunque no cierto: no hay humo sin fuego. Pero que hayan sido generalizados hasta el punto en que la literatura sobre los campos de concentración ha intentado hacerlo creer, y dentro de un sistema organizado posteriormente, es falso con seguridad. Todos los oficiales de caballería de nuestras colonias tienen un látigo, del cual les está permitido hacer uso, tanto según la concepción personal que tengan de la presunción militar como según el temperamento de su caballo: la mayoría se sirven también de él para golpear a los autóctonos de los países donde causan estragos. Del mismo modo, puede que algunas direcciones de campos (45) hayan empleado para asfixiar cámaras de gas destinadas para otro uso.
Una vez que hemos llegado a esto, la última cuestión que se puede plantear es la siguiente: ¿por qué los autores de testimonios han acreditado con un espíritu de cuerpo tan notable la versión que sobre esto circula?
Sencillamente: porque habiéndonos robado sin la menor vergüenza en lo que a alimentos y vestidos se refiere, habiéndonos maltratado, zaberido, golpeado hasta tal punto que no se podría describir, y que ha causado la muerte al 82 por 100 de nosotros – como dicen las estadísticas -, los supervivientes de la burocracia de los campos de concentración han visto en las cámaras de gas el único y providencial medio de explicar todos estos cadáveres, y de poderse disculpar de ellos (46).
Pero esto no fue lo peor: el colmo es que hayan encontrado historiógrafos complacientes.
Por lo demás, no es nuevo en nuestra literatura el tema del ladrón que grita más fuerte que su víctima, y ahoga su voz para desviar la atención de la multitud.
Nadie se ha preguntado nunca por qué no fue posible – salvo en la época de los cupones suplementarios de racionamiento, que era lo único que unía entre sí a los deportados – el constituir asociaciones viables de deportados, de tipo departamental o nacional. Esto se debió a que la masa de supervivientes no tiende a reunirse en agrupaciones fraternales bajo las órdenes de los aduladores de sus antiguos guardianes, que son casualmente los promotores de los diferentes movimientos que intentan atraerla.
Los otros elementos de la respuesta a la doble pregunta que planteaba hace un momento, se encontrarán a lo largo de la obra, y más especialmente en su conclusión.

* * *

Uno de los elementos de esta respuesta no figura sin embargo en la obra: lo constituye el proceso del campo de Struthof, que aún no había tenido lugar en las fechas en las cuales fueron escritas ambas partes.
Al igual que el libro del doctor Nyisz1i Miklos este proceso puso en evidencia cierto número de inverosimilitudes respecto a las causas de la muerte de los que estuvieron detenidos en este campo.
Al leer las conclusiones dictadas por el Comisario del gobierno contra los acusados, que eran médicos de la Facultad de Estrasburgo a los que se acusaba de las experiencias médicas que habían hecho con presos, me encuentro, según el periódico Le Monde, con lo siguiente:
l. * «Que a uno de ellos, se le acusa de haber ordenado la muerte de 87 israelitas, hombres y mujeres, llegados de Auschwitz, y que fueron ejecutados en la cámara de gas para enviar sus cadáveres rápidamente a Estrasburgo, con el fin de proveer las colecciones anatómicas del catedrático ale mán.»
2. * Que se dice del segundo: «Convengo de buena gana en que la primera serie de experiencias no ha provocado ninguna muerte.»
3.* Este comentario: «Se trata ahora de saber si las experiencias sobre el tifus han provocado muertes. El capitán Henriey (es el Comisario del gobierno que interpela) reconoce que quizá no puede presentar la prueba, pero estima que el tribunal puede apoyar su convicción en presunciones cuando son suficientes, como sucede en este caso. Estas presunciones las encuentra en los testimonios y en las consideraciones del juicio de Nuremberg (47); en las mentiras de Haagen (es eldoctor encartado) y en sus disimulos durante los primeros interrogatorios. Piensa que estos hechos deben permitir al tribunal el responder afirmativamente a la cuestión planteada: ¿se ha hecho culpable Haagen de envenenamientos?»
Esto prueba con toda evidencia que no se han podido cargar más que 87muertos a causa de la cámara de gas de Struthof y de las experiencias que allí han tenido lugar. Si este número, relativamente reducido en comparación con las afirmaciones que la literatura ha ampliado a la generalidad de los campos, no quita nada al horror del hecho (dando por cierto, bien entendido, que contrariamente a los alegatos del acusado, no se trata de un incidente ajeno a su voluntad), no puede hacer olvidar que millares y millares de presos – decenas de millares, quizá – han muerto en este campo, ni impedir el que uno se pregunte cómo y por qué han muerto.
El que yo haya sido poco más o menos el único en orientar a las personas sobre este trágico aspecto del problema de los campos, suministrándoles al mismo tiempo los elementos de apreciación, es decir los motivos que han hecho de cada campo una gran «Balsa de la medusa» (48), dice bastante sobre la miseria de nuestra época.
Los médicos de Struthof se han defendido alegando que las experiencias a las cuales se dedicaron, habían sido realizadas en las mismas condiciones de seguridad que experiencias similares hechas en Manilla por los ingleses, en Sing-Sing por los norteamericanos (49), y en sus colonias por los franceses. Un eminente profesor de Casablanca vino a confirmarlo ante el Tribunal, como ya otros antes que él lo habían confirmado ante el tribunal de Nuremberg, si se cree en lo expuesto en la magistral tesis de doctorado (Cruz gamada contra caduceo) del médico de la Marina francesa François Bayle, publicada en Francia en 1950. Este profesor de Casablanca incluso contó cómo cierto número de negros murieron por los efectos de una vacuna ensayada en 6.000 de ellos…
Este argumento ciertamente carece de valor: no se pueden excusar las malas acciones propias con las de los otros.
Pero el argumento del Comisario del gobierno requiriendo la condena de los unos por presunciones – ¡es él quien lo conflesa! – e ignorando a los otros, de los cuales conoce hechos tan reprensibles y materialmente comprobados, carece asimismo de valor: se diría mejor que los unos son culpables porque son alemanes, y los otros inocentes porque son ingleses, norteamericanos o franceses.
Es esta manera de probar y de juzgar, cuya justificación radica en el más primitivo de los chauvinismos, la que permite declarar que seiscientas personas quemadas en una iglesia y un pueblo destruido en Oradour-sur-Glane (Francia) son víctimas del más abominable de los crímenes, mientras que centenas y centenas de millares de personas – ¡también mujeres, ancianos y niños! – exterminadas en Leipzig, Hamburgo, etc. (Alemania), en Nagasaki e Hiroshima (Japón), en las condiciones que se sabe, es decir, igualmente atroces, constituyen una indiscutible y heroica hazaña.
Es ella también la que permite evitar la acusación contra el verdadero y gran responsable de todo: ¡la guerra!
La guerra: la de 1914-18, cuya consecuencia fue el nazismo, el cual utilizó – y no inventó, como generalmente se cree (50) – los campos de concentración, en el seno de los cuales la guerra de 1939-45 ha hecho posible contra la voluntad de los hombres, tanto de los verdugos como de las víctimas, el atroz régimen que se sabe.
Pero esto ya no pertenece al asunto más que incidentalmente.

* * *

Bien entendido, tendremos la elegancia o la audacia de pensar, que no depende ni del Juzgado de Bourg-en-Bresse ni del Tribunal de Apelación de Lyon, ni siquiera del Tribunal de Casación, el que tengamos razón o no: el abogado Dejean de la Batie ha hecho observar muy juiciosamente en nuestro nombre, que la discusión a la cual se nos había desafiado sólo se concebía en las sociedades de eruditos o en cualquier otro lugar en el que los hombres estén acostumbrados a discutir de los problemas sociales, pero no ante un tribunal.
Pero los improvisados dirigentes de las asociaciones de deportados, en favor de los cuales juegan tan complacienternente las fuerzas del Estado, no conciben otras verdades salvo las que están decretadas, y a las cuales el gendarme da curso obligatorio en la opinión pública. No están contra el campo de concentración por ser tal campo, sino porque se les ha encerrado a ellos mismos en él: apenas liberados han pedido que se meta dentro a los otros. No hay riesgo por tanto: ¡a la sala de las sociedades de eruditos ya se guardarán de invitarnos!
Pues bien, yo rehúso por mi parte a dejarme condenar al silencio, entre la discusión sin salida que se nos ha propuesto ante los jueces, y la que se nos niega ante la opinión pública.
Escribiendo La mentira de Ulises tuve la impresión de seguir a Blanqui, Proudhon, Louise Michel, Guesde, Vaillant y Jaurés, y de volverme a encontrar con otros como Albert Londres – Dante no vio nada – el doctor Louis Rousseau – Un médico en presidio – Willde la Ware y Belbenoit – Los compañeros de la besa – Mesclon – Cómo he sufrido 15 años de presidio -, etc., todos los cuales han planteado el problema de la represión y del régimen penitenciario a partir de las mismas averiguaciones y en los mismos términos que yo, por lo cual todos ellos recibieron también una simpática acogida del movimiento socialista de su época.
Que los adversarios más encarnizados de la obra se encontrasen precisamente entre los dirigentes del Partido socialista y del Partido comunista – ¿unidad de acción? – se explica quizá por la curiosa y supuesta ley de los vaivenes históricos. Es indudable que Alain Sergent, habiendo considerado el régimen penitenciario francés tomando también sus unidades de medida en el movimiento socialista tradicional – Un anarquista de la bella época, Edic. del Seuil -, fue sobre todo fuera del movimiento socialista donde encontró mayor aceptación.
Y que, en el debate sobre la amnistía que tuvo lugar recientemente en la Asamblea nacional, la actitud de los representantes del Partido socialista y del Partido comunista ha podido ser registrada como una prueba redundante, que producía el efecto de una adopción de postura sistemática y casi doctrinal.
Siento que esta toma de posición no tenga otras referencias que los conceptos caducos de Nación, Patria y Estado. Por este motivo los que presumen de ser los herederos espirituales de los Partidarios de la Commune, de Jules Guesde y de Jaurés, han sido conducidos insensiblemente a salir fiadores de una literatura que ocultando los datos elementales del problema de la represión en un cultivo del horror, apoyado en unafalsedad histórica, ha creado a la vez una atmósfera de homicidio en Francia y ha abierto un foso insondable entre Francia y Alemania. Independientemente de otros resultados tan paradójicos en otros numerosos terrenos.
En uno de sus momentos de sinceridad, David Rousset les había prevenido sin embargo con las siguientes palabras:
«La verdad es que tanto la víctima como el verdugo eran innobles; que la lección de los campos es la fraternidad en la abyección; que si tú mismo no te has portado con ignominia es solamente porque te ha faltado el tiempo y las condiciones no eran apropiadas del todo; que no existe más que una diferencia de ritmo en la descomposición de los seres; que la lentitud del ritmo es inherente a los grandes caracteres; pero que el sedimento, lo que hay debajo y sube, sube, sube, es absolutamente, horriblemente, la misma cosa. ¿Quién lo creerá? Visto que los supervivientes no lo sabrá n más. Ellos inventarán también insulsas truculencias, simples héroes de cartón. La miseria de centenas de millares de muertos servirá de tabú a estas estampas.» (Los días de nuestra muerte, página 488, Ed. de París, 1947.)
Ellos ponen cara de no entenderlo.
Y él mismo, demasiado preocupado en llevar ante el Juzgado a los Comunistas de los cuales hizo la apología, sin duda alguna lo había olvidado.
* * *
El lector todavía podrá meditar provechosamente acerca de algunos hechos del mismo género, como son los siguientes:
— El 26 de octubre de 1947, todos los periódicos publicaron el siguiente suelto:
« Un italiano, Pierre Fiorelini, ha sido acusado de haber dado muerte a siete de sus com pafñeros en la época de Bergen- Belsen.
»Era enfermero, un enfermero por lo demás con métodos sanitarios bastante curiosos. Su placer consistía en tocar la armónica y hacer bailar al son de este instrumento a los otros detenidos. Si ellos se negaban, les apaleaba.
»Un día que tuvo que cuidar a un teniente enfermo, le condujo al lavabo, le lavó, y después, como el otro protestaba por la brusquedad de sus movimientos, le mató a palos. Los compañeros de la víctima intentaron impedirlo. Fiorelini dio muerte uno tras otro a seis de ellos.
»Hoy es acusado por los supervivientes de este bloque.»
En el periódico Le Monde del 18 de enero de 1954, Jean-Marc Théolleyre – uno de los escasos cronistas de nuestra época cuya objetividad apenas puede ser puesta en duda – dando cuenta del proceso de Struthof describe a uno de los escasos presos que haya tenido que responder ante la justicia de su comportamiento en los campos:
«De todos estos acusados había uno del cual se esperaba con curiosidad el interrogatorio. Era Ernst Jager, que no habín sido de la S.S. Una vez preso, perteneció a esta raza tan detestada – si no más – en los campos, la de los Kapos. Propiamente, tuvo en Struthof el título exacto de «Vorarbeiter», es decir, de preso responsable de un grupo de trabajo a las órdenes de un Kapo. Por esta razón golpeó, apaleó y mató tanto o quizá más que uno de la S.S.
»Jager es la encarnación de lo que puede hacer de un hombre la vida de los campos de concentración. ¿Cuál fue su vida? A los cuarenta años ha pasado veinticuatro en prisión. De la libertad le ha quedado solamente el recuerdo de unos tiempos en los que él fue marino, sin poder decir más, y del día de 1930 en el que en un muelle hirió mortalmente a uno de la S.A. durante una riña. Se le condenó a siete años de reclusión. En la cárcel tuvo vagas noticias sobre el advenimiento del nazismo. É1 no debió descubrirlo verdaderamente hasta que, una vez cumplida la pena, fue informado por el nuevo régimen de que continuaría detenido con la denominación de asocial. Desde entonces llevó sobre su chaquetilla el triángulo negro, y fue de un campo a otro. Pero antes de arrojarle en ellos, la Gestapo empezó por esterilizarle. Del mundo de los campos de concentración ha conocido el período más horrible. Fue en esta época en la que toda la población de los campos estaba formada por judíos, gitanos, asociales, pederastas, chulos y ladrones. Era ya el período del exterminio, y sólo escapaba a él el que tenía bastante valor para hacerse lobo a fin de no ser devorado (51).
»Todos querían vivir pero cada uno de ellos quería vivir contra los demás. A cualquier precio, sin importarles cómo. Ellos instauraron y desarrollaron en los campos todos los métodos del «gangster». Cuando se le nombró Vorarbeiter en Struthof fue porque se sabía que tenía la capacidad necesaria. Contaminado por esta existencia envilecedora, se ha ahogado en la corriente de inmundicias. Sus nervios no han resistido. Ha debido ser – pues hubo de ellos – de los que llegaron a tomar tal odio a esta vida en los campos, que todos los seres que llevaban el traje, estos fantasmas famélicos y desesperados, se les hicieron odiosos. Entonces venían los golpes, los accesos de rabia.»
Esta es una explicación a la que sin duda alguna no renunciaría Freud, pero no tiene gran valor.
Por lo demás, Jean-Mare Théolleyre se equivoca, esta vez de cierto, cuando escribe:
«Entonces, ¿qué tenían de común con ellos estos presos políticos, estos triángulos rojos: comunistas y socialistas alemanes, resistentes franceses, polacos o checos? Dueños del campo, se proponían permanecer como tales. Fue aquélla la época en la que los delincuentes comunes golpeaban y mataban en un santiamén, en la que los «políticos» se ponían de acuerdo para organizar su resistencia, para dejar ver su disciplina, su capacidad de mando, y acababan por contraatacar arrebatando uno a uno los puestos clave en la vida interior del campo.»
¿Lo que ellos tenían de común? Pero apreciado Jean-Marc Théolleyre, una vez en el poder, en los campos, se comportaron exactamente como los delincuentes comunes, y es Jager quien os lo dice en estos términos que, muy honestamente, expone usted en su relación del hecho:
«Yo no he dado malos tratos. Muy al contrario, soy yo quien ha sido golpeado por los políticos. Son ellos quienes se han mostrado como los peores, pero a ellos nunca se les ha dicho nada. ¿Por qué se guarda hasta tal punto rencor a la gente como nosotros, los triángulos verdes o los triángulos negros? Cuando yo llegué a Struthof, no fueron los soldados de la S.S. los que me golpearon, sino los políticos. Pues bien, hasta ahora nunca se ha visto a uno solo de ellos ante un tribunal. Y sin embargo el Kapo jefe de Struthof, que era uno de ellos y que hizo peores cosas que yo, ha conseguido el sobreseimiento.»
En otro periódico, y también a propósito del proceso de Struthof, otro cronista de tribunales refiere:
«Otros varios testigos se han presentado para dar a conocer la muerte de un joven polaco, que por haberse dormido no se incorporó lo bastante de prisa en la plaza. Conducido a fuerza de golpes por Hermanntraut, fue arrojado inmediatamente sobre la especie de mesa que servía para dar las palizas. De este modo recibió veinticinco garrotazos terribles que otros dos presos se vieron obligados a darle.»
En esta obra se encontrará la historia de Stadjeck, curiosa réplica en Dora del Fiorelini de Bergen-Belsen, y las de algunos otros cuyo comportamiento fue idéntico al de Jager o al de estos dos desdichados que fueron obligados – ¡o se ofrecieron! – a aplicar los 25 terribles garrotazos a uno de sus compañeros de infortunio: delincuentes comunes o políticos, situándose los segundos tras los primeros al frente de la propia administración penitenciaria, hubo en los campos millares y millares de Fiorelini, de Stadjeck, de Jager y de individuos dispuestos a ofrecerse para apalear.
Se sabe de algunos delincuentes comunes a los cuales se les pidieron cuentas.
A los políticos no se les exigieron cuentas y por eso no se conoce ninguna de ellos. Si se quiere saber todo, no era posible pedir cuentas a los políticos: aprovechándose de la confusión de las cosas y del desorden de aquellos tiempos, los políticos, que ya habían tenido la habilidad de suplantar a los delincuentes en los campos – con métodos que dependían de las leyes del medio y que consistían en inspirar confianza al mismo tiempo a la S.S., lo cual no es de escaso interés – tuvieron también, llegado el momento, la de transformarse en fiscales y en jueces a la vez, resultando así que fueron los únicos a los que se les dio el poder para exigir cuentas. En su pasión por ver culpables en todas partes, hubiesen fusilado a todo el mundo y ni siquiera advirtieron que al frente de los campos de concentración ellos no habían tenido otro papel – ¡sólo que en peor! – que el que, por ejemplo, ellos reprochaban a Pétain por haberse ofrecido a ponerse al frente de la Francia ocupada.
Tales eran aquellos tiempos, que, de momento, nadie advirtió lo que ellos habían hecho.
La gente descubrió después que se había precipitado demasiado al reconocer al Partido comunista el papel de un partido gubernamental, que la mayoría de los fiscales y de los jueces eran comunistas, y que por cobardía, por inconsciencia o por cálculo aquellos que casualmente no lo eran hacían el juego al comunismo a pesar de todo. Por este medio indirecto de la necesidad política, se acabó por descubrir también una parte de la verdad sobre el comportamiento de los presos políticos en los campos de concentración. Pero esta necesidad política no es todavía evidente más que en el espíritu de cierta clase: la clase dirigente, que acerca del comunismo sólo guarda en la memoria lo que la amenaza de un modo directo y a ella exclusivamente. Es por lo que todavía no se sigue conociendo más que una parte de la verdad: sólo se la conocerá enteramente el día en que las otras clases sociales, y especialmente la clase obrera, se hayan fijado a su vez en los no menos oscuros designios del comunismo en lo que se refiere a ellas y en su verdadera naturaleza.
Evidentemente esto tardará en llegar.
Sin embargo, ahora tenemos la suerte de ver multiplicarse en la literatura, las declaraciones del mismo género que ésta que Manés Sperber pone en boca de uno de sus personajes, ex deportado político:
«En el terreno político, no hemos flaqueado, pero, en el aspecto humano, nos hemos encontrado del lado de nuestros guardianes. La obediencia, en nosotros, iba al encuentro de sus decisiones … » (Y el matorral se hizo cenizas.)
A la larga, estas confesiones saldrán a la luz, liberándose de la contradicción que consiste en pensar que se puede flaquear en el terreno humano sin ceder en el plano político, y no quedará más que: «Nos hemos encontrado del lado de nuestros guardianes.»
Sin duda habrán perdido entonces este carácter de excusa voluntaria que ellos mismos se querían dar, pero habrán ganado en el sentido de una sinceridad tan conmovedora que la disculpa absolutoria vendrá del público, lo cual será mucho mejor.
Otra cosa extraña: mientras que la literatura en su conjunto, y no sólo la relativa a los campos, no siempre busca esta explicación más que superándose ella misma en la descripción de las crueldades de todo tipo del enemigo, mientras que los historiadores, cronistas y sociólogos ceden a este fetichismo del horror que es el signo característico de nuestra época, el sentimiento popular, por el contrario, ya se manifiesta por reacciones de una inesperada circunspección, como atestigua este extractode la carta de un lector, publicada por Le Monde el 17 de julio de 1954:
«El que haya podido suceder todo esto no se explica solamente por la bestialidad de los hombres. La bestialidad está limitada, sin saberlo ella, por la moderación del instinto. La naturaleza es ley sin saberlo. El terror que nos ha sobrecogido nuevamente al leer las reseñas de Metz ha sido engendrado por nuestras paradojas de intelectuales, por nuestro aburrimiento de antes de la guerra, por nuestra pusilánime decepción ante la monotonía del mundo sin violencia, por nuestras curiosidades nietzscheanas, por nuestro hastiado semblante con respecto alas «abstracciones» de Montesquieu, de Voltaire, de Diderot. La exaltación del sacrificio por el sacrificio, de la fe por la fe, de la energía por la energía, de la fidelidad por la fidelidad, del ardor por la vehemencia que proporciona, la llamada al acto desinteresado, es decir, heroico: he aquí el origen permanente del hitlerismo.
»El romanticismo de la fidelidad por sí misma, de la abnegación por sí misma, unía a estos hombres que ó verdaderamente – no sabían lo que hacían, a no importa quién y para cualquier tarea. La razón consiste precisamente en saber lo que se hace, en pensar un contenido. El principio de la sociedad militar en el que la disciplina suple al pensamiento, en el que nuestra conciencia está fuera de nosotros, pero que en un orden normal se subordina a un pensamiento político, es decir universal, y de él extrae su razón de ser y s u nobleza, se encontraba solo – ante la desconfianza general con respecto al pensamiento razonable supuestamente ineficaz e impotente – para gobernar el mundo.
»Desde entonces pudo hacer todo del hombre. El proceso de Struthof nos trae a la memoria, frente a las metafísicas demasiado orgullosas, que la libertad del hombre sucumbe en el sufrimiento físico y en la mística. Con tal que aceptase su muerte, hace poco todo hombre podía pretender serlibre. Vemos por consiguiente que la tortura física, el hambre, el frío o la disciplina, más fuertes que la muerte, rompen esta libertad. Incluso en sus últimas posiciones, allí donde se consuela de su impotencia de actuar, de permanecer como pensamiento libre, la voluntad ajena penetra en ella y la esclaviza. La libertad humana se reduce de este modo a la posibilidad de prever el peligro de su propia decadencia, y a defenderse contra ella. Hacer leyes, crear instituciones racionales que le ahorrarían las pruebas de la abdicación, ésta es la única oportunidad favorable del hombre. El romanticismo de lo heroico, la pureza de los estados de ánimo que se bastan a sí mismos, hay que sustituirlos nuevamente, colocando en su lugar – que es el primero – la contemplación de las ideas que hace posibles las repúblicas. Estas ú1timas se desmoronan cuando ya no se lucha más por algo sino por alguien.
Emmanuel Levinas
Con esto está dicho todo: el principio de la sociedad militar en la que la disciplina suple al pensamiento que se encontraba solo para gobernar el mundo; la libertad del hombre que sucumbe en el sufrimiento físico y en la mística; la bestialidad limitada solamente por la moderación del instinto; las leyes y las instituciones racionales necesarias que son susceptibles de ahorrar al hombre las pruebas de la abdicación, leyes que no existían, que no existen y que son su única oportunidad favorable…
El razonamiento, ciertamente, sólo està hecho sobre el hombre que ha abdicado y se transforma en verdugo. Pero también vale para la víctima:
«Respecto a la cuestión de saber si el sufrimiento prueba algo para el que lo padece – escribe aún Manés Sperber – me parece sumamente dificil. En cambio, me parece cierto que el sufrimiento no refuta a su autor, al menos en la historia.» (Y el matorral se hizo cenizas.)
Esto es tan cierto, que las víctimas de ayer son los verdugos de hoy y viceversa.
* * *
Ahora ya sólo me queda el agradecer indistintamente y en su conjunto a todos los que han hablado animosamente en favor de La mentira de Ulises.
Se me ha dicho que entre ellos habla fascistas y he sonreido ligeramente: al ser precisamente los que me lo echaban en cara, aquellos que reclamaban paralelamente el secuestro de la obra y pedían, en todos sus periódicos, que fuesen decretadas contra casi todo el mundo, prohibiciones de escribir, de hablar e incluso de desplazarse, ¿cómo no iba yo a pensar que eran ellos los que se comportaban como fascistas?
También se me ha dicho que había colaboracionistas de la época de la ocupación, y me he consolado al comprobar qué más bien eran reputados como tales, y que en todo caso, tenían buenas relaciones con un impresionante número de resistentes auténticos!
Finalmente, he observado, sobre todo en el amplió campo de la opinión que va de la extrema derecha a la extrema izquierda, que muchas personas siguen pensando o vuelven a pensar en todos estos problemas, no con arreglo a las estrechas normas de las sectas, capillas y partidos, sino con referencia a los valores humanos.
Y esto me parece que justifica todas las esperanzas.

Paul Rassinier.
Mâcon, diciembre de 1954.

Notas:

27 / Prisión con sobreseimiento, 100 francos de multa y 800.000 frs. de daños y perjuicios.
28 / El Tribunal de Casación se ha pronunciado a su vez: nos ha absuelto – justamente lo bastante pronto para que pueda ser mencionado en esta nota de la presente edición – pero no por ello resulta menos necesaria la explicación.
29 / El Sr. Michelet, con el cual hemos hablado, ha retirado la querella que había presentado contra nosotros, y el aserto no figura en esta edición, ni tampoco, por otra parte, el prefacio de Paraz, a sugerencia propia, para cortar toda nueva tentativa de digresión. Solamente para evitar esto, pues, desde que ha fallado el Tribunal de Casación, nada se opone a que este prefacio, cubierto por la inmunidad que protege a la cosa juzgada, sea nuevamente publicado. El autor no ha creído que deba ceder a los gritos de reprobación de un puñado de interesados ni que deba hacer sufrir otras modificaciones al texto.
30 / En realidad, el autor estuvo entre los fundadores del movimiento Libération-Nord enFrancia, fue el fundador del periódico clandestino La IV Républiqueal cual elogiaron en aquella época las emisoras de Londres y de Argel, y fue deportado de la resistencia – 19 meses – en Buchenwald y Dora. Inválido de resultas de esto en un 95 %, está en posesión de la tarjeta de resistente número 1.016.070, de la medalla de plata de la «Reconnaissance» francesa y de la «Rosette» de la resistencia, que, por otra parte, no lleva. Y esto no le ha quitado ni el amor a la verdad ni el sentido de la objetividad.
31 / Pues la unidad de la resistencia es un mito, como también era un mito la unidad de la Revolución francesa. No solamente hubo dos sino varias «resistencias», hoy en día nadie puede dejar de reconocerlo… ¡a menos que esté interesado! Hubo incluso la resistencia de los granujas que encontraron cómodo el ampararse detrás del nombre.
32 / Una solicitud de readmisión, defendida por dos federaciones departamentales y por Marceau Pivert, en el Congreso de noviembre de 1951, fue rechazada después de la intervención de Daniel Mayer y de Guy Mollet.
33 / Se me ha dicho que Maurice Bardèche era de extrema derecha, y que en otras numerosas circunstancias él no había dado prueba del mismo afán de objetividad: esto es cierto, y yo no me he abstenido de decírselo cada vez que he creído tener motivo. Pero ésta no es una razón ni para negar su mérito en esta circunstancia, ni para negarse a reconocer que salvo en una página, en sus dos obras sobre Nuremberg – tan injustamente condenadas como La mentira de Ulises – trata del problema alemán partiendo de los mismos imperativos que poco después de la guerra de 1914 a 1918 eran los de Mathias Morhardt, de Romain Rolland y de Michel Alexandre, cuando eran de izquierdas. Y no es culpa mía si, por un curioso vaivén histórico, los individuos de izquierda al adoptar desde 1938-39 el nacionalismo y el chauvinismo que eran de derecha, han obligado de ese modo a la verdad que era de izquierda a buscar asilo en la derecha y en la extrema derecha. De todas maneras el cronista no puede aceptar el pronunciarse sobre la materialidad de los hechos históricos en función de imperativos variables con la política, ni, según el ejemplo de Merleau-Ponty (pág. 294), reconocer un hecho como verdadero sólo cuando sirve a una propaganda.
34 / Abreviatura de Konzentrationslager, palabra alemana que designa a los campos de concentración.
35 / Desde entonces las cosas han cambiado mucho. En el gobierno la política sigue siendo hecha por los mismos estadistas (sic) o poco menos, pero descansa sobre el antibolchevismo, y, en este sentido, es exactamente lo contrario de lo que era en esta época. Como consecuencia de ello, los representantes del antibolchevismo son los mismos que antaño hacían la apología de él. Lo que es digno de mención es que si alguno hablase del sable de Prudhomme (*) o recordase la historia de aquel Guillot que gritaba al lobo, nadie le entendería.
(*) Personaje de una novela de Henry Monnier. Solía decir que su sable le serviríala para defender las instituciones, y en caso necesario para derribarlas.(N. del T.)
36 / Comité nacional de escritores.
37 / En Le Monde del 4 de enero de 1952, el fiscal André Boissaire tradujo ¡cuarenta y seis!
38 / Cementerio de París. (N. del T.)
39 / He escrito al Dr. Nyisz1i Miklos para señalarle todas estas imposibilidades. É1 me ha respondido lo siguiente: ¡2.500.000 víctirnas! Sin más comentarios. Esta cifra que está más cerca de la verdad y que seguramente no pueden explicar por sí solas las cámaras de gas, ya constituye una buena suma de horrores.
40 / Del proceso contra Paul Rassinier. (N. del T.)
41 / Entre ellos el profesor Richet, miembro de la Academia de Medicina.
42 / Dos testigos que habían ofrecido sus servicios a la acusación, no se han molestado en aparecer: Martin-Chauffier y el inenarrable Rvdo. P. Riquet, predicador de Notre-Dame. El primero, del cual se comprende fácilmente que le haya resultado embarazoso el venir a ocupar el sitio de los testigos y sostener públicamente el lenguaje «tan seguro de su gramática» que tiene, limitó su papel, lejos del público, entre sus libros, a un telegrama en el que reclamaba una despiadada condena. En cuanto al segundo, en una carta dirigida al tribunal, aseguró que nosotros, Paraz y yo, éramos unos seres infames.
43 / Incluyendo entre ellos a Janda Weiss, del que se habla en la pág. 190.
44 / En el proceso de Struthof, el Dr. Boogaerts, comandante médico en Etterbeck (Bélgica), declaró el 25 de junio de 1954:
«Logré que me destinasen a la enfermería del campo, y por este motivo estuve bajo las órdenes del médico Plazza, de la S.S., el único hombre de Struthof que tenía algunos sentimientos humanos.»
Pues bien, en Dora, a donde llegó después este Dr. Plazza para ejercer las funciones de médico-jefe del campo, la unánime opinión le atribuía la responsabilidad de todo lo que era inhumano en el reconocimiento y en el tratamiento de las enfermedades. Entre lo que en la enfermería se contaba, destacaban sus fechorías que – como se decía – su adjunto, el Dr. Kunz, difícilmente lograba atenuar. Los que le habían conocido en Struthof hablaban de él en términos horribles. Personalmente, tuve que habérmelas con él, y soy de la opinión de todos los que se han encontrado en este caso: era un animal. Al regresar a Francia, cuál no sería mi sorpresa al ver que se concedían tantos certíficados de buena conducta – ¡por presos privilegiados, es cierto! – a un hombre del que todo el mundo en el campo, y hasta los mejor intencionados, hablaba de ahorcarle. Yo solamente lo he comprendido cuando «supe que él fue el primero, y durante mucho tiempo el único, que afirmaba la autenticidad de la orden de hacer saltar todos los campos al aproximarse las tropas aliadas, y de hacer exterminar a todos sus ocupantes, incluidos los guardianes: esta era la recompensa de un falso testimonio del cual entonces no se podía saber lo que valía, pero que era indispensable para la construcción de una teoría que a su vez resultaba indispensable a una política.
De creer a los periódicos alemanes del 17 de junio de 1958, este Dr. Plazza, citado en el proceso contra Martin Sommer, ha sido finalmente desenmascarado. Me felicito de no haberme ocupado de ello en vano, pues los individuos de esta clase han ayudado a creer en la leyenda de un horror generalizado y sistemático, atribuido de este modo a la S. S.
45 / ¡Y esto no acusa solamente a la S.S. !
46 / Esta tesis ha sido confirmada de brillante manera por el señor de Chevigny, ante el consejo de la República, el 22 de julio de 1953. El señor de Chevigny, senador de un deportamento del Este y ex deportado en Buchenwald, ha revelado que «los alemanes habían dejado a los presos formar su propia policía, y que para cumplir las ejecuciones prematuras – ¡sin cámaras de gas! – siempre se encontraban aficionados con una gran pasión para esto. Todos o casi todos estos delincuentes han sido cogidos posteriormente en flagrante delito», añadía el senador (Journal Officiel del 23 de julio de 1953. Debates parlamentarios.) El autor no reprochará al señor de Chevigny el que no le haya ofrecido espontáneamente su testimonio, y haya dejado que se le condene.
47 / Esto no puede dejar de sorprender al lector, si sabe que el Tribunal de Nuremberg hizo precisamente el mismo razonamiento.
48 / El autor se refiere el naufragio de un buque en 1816. Entre 149 náufragos prepararon una balsa, y estuvieron durante doce días en la inmensidad de los mares, hasta que los últimos quince moribundos fueron salvados por otro barco. El resto pereció ahogado o sirvió de alimento a sus compañeros. (N. del T.)
49 / Después de haber sido escrito esto, se ha dado a conocer que, en febrero de 1956, 14 internados en la prisión de Columbus (EE. UU.) consintieron en que se les vacunase con el virus del cáncer, lo mismo que se hizo en Struthof. (Según el periódico francés Match, del 23 de febrero de 1957.)
50 / Los bolcheviques, que tampoco los inventaron, los emplearon mucho antes de que se hablase del nazismo.
51 / Un número muy grande de supervivientes de los campos, – si no el mayor número – son los que han observado esta regla hasta el fin o que sin hacerse lobos – ¡hubo algunos! – se han beneficiado de la benevolencia o de la protección de los lobos. Pues – se ignora, se finge ignorar o se olvida – los campos estaban administrados por presos que se habían hecho lobos, y que por delegación de la SS. ejercían en ellos una autoridad de sátrapas. No carece de interés el advertir incidentalmente que estos lobos eran comunistas, se hacían pasar por tales o servían los designios del comunismo. Es esto lo que explica que la mayoría de los supervivientes sean comunistas: los comunistas han enviado a todos los demás a la muerte, a excepción de los que han olvidado o no han descubierto. E, imperturbables, echan hoy en día la responsabilidad de todas las muertes y de todos los horrores no sobre el régimen nazi – lo cual sólo podría sostenerse ya muy difícilmente, pues habría que admitir que el régimen nazi es el único responsable de la institución de los campos de concentración, cuando se sabe que existe en todos los regímenes, incluido el nuestro – sino sobre los miembros de la S.S. tomados individualmente y a los que designan nominalmente.

A MODO DE INTRODUCCIÓN PARA LA 4ª EDICIÓN FRANCESA

«La sala de lo criminal del Tribunal de Casación ha anulado la sentencia anterior de la Audiencia de Lyon que había comenzado el 2 de noviembre de 1951, por injurias y difamación, al señor Rassinier, autor del libro La mentira de Ulises, al señor Paraz, autor del prefacio, y al editor de la obra a penas de prisión y multas, y a indemnizar por daños y perjuicios a la Federación nacional de deportados resistentes.
»El supremo Tribunal recusa en la sentencia:
1. »En el aspecto penal, el haber retenido los delitos de injuria y de difamación, cuando las críticas sobre los patriotas contenidas en el libro son ciertamente injustas y malévolas, pero tienen un carácter general y no se dirigen a ninguna persona determinada.
6. »En el aspecto civil, el haber declarado admisible la acción de la F.N.D.R., cuando este organismo no ha sido aludido directamente por el libro y ninguno de sus miembros ha sido atacado personalmente.»
(Información publicada en los periódicos el 24 de marzo de 1954.)

El Tribunal dice, en efecto, que «las críticas contenidas en este libro son injustas y malévolas hacia los patriotas», pero al ser siempre una crítica «injusta o malévola» respecto a alguien, el autor saca fácilmente de ello un argumento.
Si sintiese alguna pena, ésta seria, en primer lugar, la de no haber conocido esta opinión lo bastante pronto como para hacerla figurar en la segunda y tercera ediciones.

P. R.

CONCLUSIÓN DE LA 1ª, 2ª, 3ª Y 4ª EDICIONES FRANCESAS

Otros después que yo estudiarán la literatura de los campos de concentración: de esto no hay duda alguna. Quizá sigan el mismo camino, y haciendo avanzar la investigación, se limiten a reforzar la argumentáción. Quizás adopten otra clasificación y otro método. Quizá concedan más importancia al puramente literario. Incluso quizás algún nuevo Norton Cru (52) inspirándose en esto que hizo el otro a propósito de la literatura de guerra, tras el conflicto de 1914 a 1918, presente algún día una «Summa» crítica por todos los conceptos y bajo todos los aspectos, de todo lo que se ha escrito sobre los campos de concentración. Quizá…
Al ser sólo mi ambición la de abrir el camino a un examen crítico, mi esfuerzo no podía limitarse más que a ciertas observaciones esenciales, y tenía que llevar en primer lugar al punto de partida de la controversia, es decir, a la materialidad de los hechos. Si sólo hace mención de algunos casos típicos, de los que tengo la debilidad de creer que han sido prudentemente escogidos, sin embargo abarca toda la vida de los campos de concentración a través de sus puntos sensibles, y permite al lector el formarse una opinión de todo lo que ha podido leer o leerá sobre el asunto. En este aspecto, ha alcanzado su propósito.
De rechazo, puede conseguir otros.
Acaba de aparecer un libro que no se inserta directamente en la actualidad, y del cual, en consecuencia, no se ha preocupado la crítica con exceso: Ghetto en el Este. Su autor, Marc Dvorjetski, superviviente de cierto número de matanzas, arrastra tras él un pasado que siente tanto más molesto al pedirle su conciencia sin cesar: “Vamos, habla: ¿cómo puedes estar vivo todavía?…» Se me disculpará si tengo la impresi6n de haber traído la respuesta.
Todo se encadena: una pregunta hace venir a otra, y cuando el público comienza a hacerlas… Un cómo, siempre trae un por qué, cuando no le sigue, y, llegado el caso, éste se presenta en forma natural:
¿por qué ciertos deportados han dado un giro tan discutible a sus declaraciones? Aquí, la respuesta es más delicada: para hacer la distinción entre aquellos que han sido dominados, incluso aplastados por la experiencia que han vivido, y los que han obedecido a móviles políticos o personales, sería necesario psicoanalizar – ya se ha pronunciado la palabra… – a todos, e incluso este trabajo sólo tendría que confiarse a los mejores especialistas.
Se puede afirmar, sin embargo, que los comunistas tenían en esto un indiscutible interés de partido: cuando cae sobre la humanidad un cataclismo social, si los comunistas son los que reaccionan más noble, más inteligente y más eficazmente, el provecho del ejemplo se traslada sobre la organización y sobre la doctrina que ella defiende. Ellos también tenían un interés político a escala mundial: distrayendo a la opinión pública con los campos hitlerianos, le hacían olvidarse de los campos rusos. Tenían, finalmente, un interés personal; tomando al asalto el banco de los testigos, y gritando muy fuerte, evitaban el tener que sentarse en el banquillo de los acusados.
Aquí como en todas partes, han dado ejemplo de una firme solidaridad y el mundo civilizado ha podido establecer una política con respecto a Alemania sobre conclusiones que sacaba de informes suministrados por vulgares guardianes de presos. Por otra parte, no pedía nada más en aquel entonces: podía presentar al mismo tiempo a sus propios guardianes como modelos de humanidad…
En cuanto a los no comunistas, la cosa es diferente, y no quisiera decidirme a la ligera. Al lado de los que no han comprendido su aventura, están los que han creído realmente en la moralidad de los comunistas, los que han soñado una entente posible con la Rusia de los soviets para el establecimiento de una paz mundial, fraternal y justa en la libertad, los que han pagado una deuda de agradecimiento, los que han seguido la corriente y han dicho ciertas cosas porque era la moda, etc. Están también los que han pensado que el comunismo anegaría a Europa, y que, habiéndole visto obrar en los campos de concentraci6n han juzgado prudente el tomar algunas seguridades para el porvenir.
La historia una vez más, se ha burlado de las pequeñas imposturas producto de la imaginación humana. Ha seguido su curso y ahora hay que adaptarse a ella. Los cambios de posición no son fáciles, y, par tanto, hacer ésto tampoco será fácil.
Queda par definir la importancia de los hechos en su materialidad y por juzgar la oportunidad de esta obra. En un artículo (53) que causó sensación (54), Jean-Paul Sartre y Merleau-Ponty escribieron:
«… al leer los testimonios de antiguos detenidos, no se encuentra en los campos soviéticos el sadismo, la religión de la muerte, el nihilismo que – unidos paradójicamente a intereses concretos, y bien de acuerdo o bien en lucha con ellos – han acabado por producir los campos nazis de exterminio.»
Si se acepta la versión sobre los campos alemanes que ha hecho «oficial» una unanimidad cómplice en los testimonios, hay que reconocer que Sartre y Merleau tienen razón frente a David Rousset. Entonces se ve adónde puede conducir esto, tanto en la apreciación del régimen ruso como en el examen del problema de los campos de concentración en sí. Esto no quiere decir que si no se la acepta se dé con eso mismo la razón a David Rousset: lo peculiar de los hechos discutibles en su contenido es precisamente el que no son susceptibles de interpretaciones valederas.
Si se recurre a la razón pura, y si se promueve la objeción filosófica o doctrinal, se cae en la retórica y se sitúa uno en un punto muy vulnerable. La retórica tiende fácilmente al sofisma, a los malos raciocinios, incluso a la divagación. Sus atractivos, por seductores que sean, son siempre discutibles pero raramente convincentes. Y sus abstracciones exclusivamente especulativas hacen suponer por tanto que no proceden de métodos más rigurosos.
Asimismo, las razones de sentido común son de distinto peso que las de la escolástica, aunque de menor valor en lo o lo intrínseco.

* * *

Sin duda alguna, la psicosis creada en Francia desde la liberación par ciertos relatos, discutibles en su mayoría más por lo que tienen de interpretación que de testimonio, permite escribir impunemente:
«… al leer los testimonios de antiguos detenidos, no se encuentra en los campos soviéticos el sadismo, etc.»
Pero esta psicosis sólo asegura la tranquilidad de conciencia a aquéllos cuya actitud es generalmente anterior a toda reflexión y que, por añadidura, no han vivido ninguna de ambas experiencias. De una parte, no puede olvidarse que en Francia y en el mundo occidental los supervivientes de los campos soviéticos son mucho menos numerosos que los de los campos nazis, y que si bien no se puede decir a priori de sus testimonios que están inspirados en una mayor veracidad o en un sentimiento más aceptable de la objetividad, no se puede sin embargo negar que han sido dados a conocer en tiempos mejores. De otra, todos los internados que han vivido junto a los rusos en Alemania, han expuesto la convicción de que esta gente tenía una larga experiencia en la vida de los campos.
Por mi parte, durante dieciséis meses me he encontrado entre algunos millares de ucranianos en el campo de concentración de Dora: su comportamiento probaba que en su gran mayoría no habían hecho más que cambiar de campo, y en sus conversaciones no ocultaban que el tratamiento era el mismo en ambos casos. ¿Tendría que decir yo que el libro de Margaret Buber-Neumann, recientemente publicado, no tacha como falsa esta observación personal? Por lo demás, hay que dejar a la historia el cuidado de explicar cómo los campos alemanes, concebidos también según «las fórmulas de un socialismo edénico» se convirtieron de hecho – pero de hecho solamente – en campos de exterminio.
La realidad sobre este punto es que el campo de concentración es un instrumento del Estado en todos los regímenes donde el ejercicio de la represión garantiza el de la autoridad. Entre los diferentes campos de un país u otro, sólo hay diferencias de matices – que se explican por las circunstancias – pero no esenciales. Los de Rusia se asemejan punto par punto a los que había en la Alemania hitleriana parque independientemente de las posibles similitudes o no de régimen en ambos casos el Estado tropezaba con dificultades de igual magnitud: la guerra en Alemania, la explotación de la sexta parte del globo con medios improvisados en Rusia.
Si Francia llegase económicamente al mismo punto que la Alemania de 1939 o que la Rusia de hoy en día – lo cual no se puede excluir – Carrère, la Noé, la Vierge, etc., se parecerán también y punto par punto a Buchenwald y Karaganda: hoy ya está comprobado además que el matiz es casi el mismo (55).
El error llama al error y se multiplica con el artificio en un razonamiento viciado en la base par una primera afirmación gratuita. De lo particular se pasa a lo general y del examen del efecto al de la causa. Así es natural que se llegue a escribir a propósito del sistema ruso:
« Cualquiera que sea la naturaleza de la actual sociedad soviética, la U.R.S.S. se encuentra situada a grosso modo en el equilibrio de las fuerzas, del lado de las que luchan contra las formas de explotación conocidas por nosotros.»
O también:
« El fascismo es una angustia ante el bolcheviquismo, del cual toma la forma exterior para destruir con mayor seguridad el contenido: la Stimmung internacionalista y proletaria. Si se concluye que el comunismo es el fascismo, se realiza posteriormente el deseo del fascismo que ha sido siempre el de ocultar la crisis capitalista y la inspiración humana del marxismo.»
O, finalmente:
«Esto significa que nosotros no tenemos nada de común con un nazi y que tenemos los mismos valores que un comunista.
La primera objeción carece de valor. Una parte importante de la opinión pública, invirtiéndola en sus térrninos anticipadamente, pensaba ya que
«Cualquiera que sea la naturaleza de la sociedad norteamericana, los Estados Unidos se encuentran situados a grosso modo en el equilibrio de las fuerzas, del lado de las que luchan contra las formas de explotación desconocidas por nosotros…»
Y para justificarse añadía:
«… comportándose de tal manera que los demás sean cada vez menos sensibles.»
Se ve el peligro: si se admite que las formas de explotación «desconocidas par nosotros» son más mortíferas y más numerosas que las que gozan del privilegio de sernos «conocidas», si se puede probar que las primeras están en progresión constante y las segundas en regresión o simplemente a un nivel constante, hay que reconocer que esta importante fracción de la opinión pública está abundantemente provista en el terreno de la justificación moral. Ella lo estará tanto más cuanto que no hace más que recibir sus medios de uno de los autores de la objeción, Merleau-Ponty, que en su tesis sobre el humanismo y el terror escribía poco más o menos esto que cito de memoria:
«Lo que puede servir de criterio en la apreciación de un régimen, en el terreno del humanismo, no es el terror, o su manifestación, la violencia, sino el hecho de que ambos estén en progresión y llamados a durar, o, por el contrario, se encuentren en regresión y llamados a desaparecer.»
¿Por qué lo que es verdad del terror y de la violencia no habría de serlo de los campos, que no son más que uno de sus resultados pero que por su número prueban más o menos terror y más o menos violencia? Y, por tanto, ¿por qué este distingo en favor de Rusia? Esto para permitir medir hasta qué punto hubiese sido a la vez prudente y más conforme a la tradición socialista el anticiparse a David Rousset declarándose contra todas las formas de explotación, sean conocidas o desconocidas por nosotros.
La segunda objeción, introducida bajo la forma de un perfecto silogismo, procede de la confusión de los términos: «El fascismo es una angustia ante el bolcheviquismo», dice el mayor. «Si se deduce que el fascismo es el comunismo», dice el menor… En la pluma de un retórico de segunda fila la astucia provocaría a lo sumo un encogimiento de hombros. Cuando se la encuentra en las de Merleau-Ponty y J. P. Sartre uno no puede abstenerse de pensar en las reglas imperativas de la probidad y en la violación que se hace de ellas (56).
Es al bolcheviquismo al que sus detractores identifican con el fascismo, y no al comunismo. Además no lo hacen más que en sus efectos, y tomando la precaución de definir al fascismo por unos caracteres que hacen de él otra cosa, algo más que una «angustia» ante el bolcheviquismo.
Esto quiere decir que si se restablece en ambas proposiciones la propiedad de los términos, la conclusión se descarta por sí misma, y que, por tanto, del silogismo sólo queda la perfección de su forma. Si se quisiese establecer un silogismo aceptable sobre el tema, el único válido sería el siguiente:
1.– «El fascismo y el bolcheviquismo son una angustia ante el comunismo (o el socialismo) del cual toman las formas exteriores – ¿no hablaba Hitler de nacional socialismo, y no sigue hablando Stalin de socialismo en su solo país? – para destruir con mayor seguridad el contenido: la Stimmung internacionalista y proletaria.»
2.– «Si se saca como conclusión que el fascismo y el bolcheviquismo son el comunismo (o el socialismo)»
3.– «Se realiza posteriormente el deseo del fascismo y del bolcheviquismo, que es el de ocultar la crisis capitalista y la inspiración humana del marxismo.»
Lo cual, si se quisiese refutar la identificación del fascismo y del bolcheviquismo, que el silogismo establece aparentemente en principio, haría venir las cosas muy sustanciales que, tomando otras unidades de medida, dice sobre esto James Burnham en L’Ere des organisateurs (impr. Calmann-Lévy, colección «La liberté de l’Esprit», págs. 189 y siguientes).
No diré nada sobre la tercera objeción, que según las apariencias peca de la misma confusión de los términos, a menos que sus autores no precisen después que lo que han querido decir es que “nosotros tenemos los mismos valores que un bolchevique“. No diré nada tampoco sobre esta afirmación extrañamente mezclada a la controversia y según la cual el comunismo chino sería “lo único capaz de hacer salir a China del caos y de la pintoresca miseria en que le ha dejado el capitalismo extranjero”. Ni de la suscripción abierta por Le Monde “para que no se dijese que era insensible a la miseria” de un obrero comunista, ni de la electrificación en la U. R. S. S. ni de las fructíferas conversaciones que se pueden tener con los obreros de la Martinica, ni… ¿Por qué no de las pirámides de Egipto o de la gravitación universal?
Si se insistiese demasiado, se acabaría por llevar la discusión a un punto remoto, y por ceder a la tentación de escribir una nueva Miseria de la Filosofía adaptada a las circunstancias.

* * *

Queda aún el drama de la opinión pública radical que no encuentra la posibilidad de interesarse en el problema de los campos de concentración, a través de esta controversia, más que participando en la preparación ideológica de la tercera guerra mundial, si sigue al uno, o de volver al bolcheviquismo a través de sofismas, si sigue a los otros.
El pretexto de una discusión sobre este objeto es una simpleza. Por una parte, el Kremlin nunca aceptará que una comisión investigadora sobre el trabajo forzado circule libremente por el territorio soviético. Por otra, no puede ser proporcionada ninguna ayuda importante a los internados en los campos soviéticos mientras subsista el régimen estaliniano. Ahora bien, yo no fundo mi esperanza de verle desaparecer más que en tres posibilidades: o bien se desmorona por sí mismo (esto ya se ha visto en la Historia: la Grecia antigua estaba muerta antes de ser conquistada por los romanos), o se hunde con una revolución interior, o bien, finalmente, es aniquilada en una guerra. Al encontrarse Rusia en pleno desarrollo industrial y limitando al parecer con una gran habilidad sus ambiciones a sus medios, las dos primeras están irremediablemente excluidas por un período muy largo y sólo queda la tercera: de ella no hablemos, acabo de conocerla y la experiencia de la que Rusia se jacta de haber triunfado frente a Hitler me basta.
El hecho de que David Rousset intente desde hace poco – y especialmente a partir de un almuerzo que le ha ofrecido recientemente la prensa angloamericana – el extender la misión investigadora «a todos los países donde pueda haber campos de concentración» no modifica en nada el carácter ni el sentido del asunto: sólo queda en el lugar del crimen el rótulo de «Ayuda a los deportados soviéticos». Por lo demás ni Grecia ni España – ¡menos aún Francia! – aceptarán el que se vaya a «espiar» en ellas con el pretexto de investigaciones sobre el trabajo forzado. Sería necesario que la iniciativa partiese de la O.NU. y estuviese apoyada par amenazas de exclusión para los que no quisiesen someterse, lo cual no es concebible pues no quedaría nadie, salvo Suiza quizá que no forma parte de ella.
En El mundo de los campos de concentración David Rousset presentó los campos como si dependiesen de un problema de régimen y tuvo un éxito merecido. Después, en Los días de nuestra muerte y en otros numerosos escritos diseminados se interesó en hacer resaltar y en alabar el comportamiento de los presos comunistas, alegando hechos incontrolados y que sólo han encontrado en el público este crédito en razón al desorden y confusión originados por la guerra. Una vez se ha aventurado a la pura documentación en su colección El payaso no ríe que acusa solamente a Alemania. Sin embargo él no podía ignorar los campos rusos, de los que se dice que en los años 1935-1936 ya estaban en venta en las librerías documentos traducidos del ruso, y de los cuales, por otra parte, le habrá sido revelada la existencia en los tiempos más lejanos en los que todavía militaba él en las filas del trotskismo. Deliberadamente pues, ha contribuido muy eficazmente a crear en el interior del país esta atmósfera de connivencia momentánea que ha permitido a los bolcheviques, cuyas fechorías en Rusia eran atenuadas o silenciadas, subir al poder en Francia. Respecto al exterior, sobre todo ha ahondado un poco más aún el foso que separa a Francia de Alemania
Descubriendo los campos rusos en la manera conocida, no hace más que seguir el movimiento de traslación lateral que es la característica esencial de la política del gobierno desde la marcha del equipo Thorez. Su actitud de hoy es consecuencia 1ógica de la de ayer, y es natural que habiendo prestado un argumento al tripartismo bolchevizante, suministre a los angloamericanos la base ideológica indispensable para una buena preparación para la guerra. No es menos natural que Le Figaro Littéraire y David Rousset hayan terminado por encontrarse. Basta con observar que apoyándose mutuamente, su intervención concertada no trae nada nuevo a la discusión al venir después de los testimonios auténticos de Victor Serge, Margaret [Buber-]Neumann, Guy Vinatrel, mi amigo Vassia etc., no aporta nada nuevo salvo un testimonio más sobre acontecimientos no vividos, y no hace más que registrar la quiebra de una política en provecho de otra que quebrará infaliblemente, si no ante nuestros ojos al menos ante la historia.
A estos elementos sospechosos que dependen, el primero del maquiavelismo de un periódico y el segundo de la capacidad de un hombre para ajustar su comportamiento según los deseos de los poderosos del momento en los diferentes mundos que le cuentan alternativamente entre sus miembros, hay que añadir los que resultan de la experiencia. En 1939 y en los años precedentes, se destacaron de la misma manera los abusos de la Alemania hitleriana. En la prensa no se hablaba más que de ellos. Todo lo demás se olvidaba: nadie ponía en duda que se preparaba ideológicamente la guerra para la cual se creían materialmente preparados.
Efectivamente, se hizo la guerra…
Hoy, en toda la prensa no se habla más que de los abusos de la Rusia soviética en el terreno del humanismo, y exclusivamente de los de la Rusia soviética. Se olvida todo lo demás, y principalmente los problemas planteados por el uso, extensible hasta el infinito, del campo de concentración como medio de gobierno. Las mismas causas producen los mismos efectos…
La opinión pública, desengañada par casi todo lo que se le ha dicho de los campos alemanes, por la forma en la cual de una y otra parte se le presentan los campos rusos, y por el silencio que se guarda sobre los demás, presiente todas estas cosas y parece esperar que se le hable en el lenguaje de la objetividad, demostrándole al mismo tiempo la realidad de los hechos.
Ahora bien, en esta materia el lenguaje de la objetividad no tiene necesidad ni de muchas precauciones ni de muchas palabras. El caso de los campos de concentración, del trabajo forzado y de la deportación, sólo puede ser examinado bajo el aspecto humano y dentro de la definición de las relaciones entre el Estado y el individuo. En todos los países existen los campos, en potencia o bien realmente, cambiando estos últimos de clientela con los azares de las circunstancias y según los acontecimientos. Los hombres se encuentran amenazados en todas partes y para los que actualmente están recluidos no hay posibilidades de salir más que en la medida en que los que todavía no han pasado par ellos están destinados a entrar.
Es contra esta amenaza frente a la que hay que sublevarse, y es al campo en sí mismo al que hay que hacer alusión, independientemente del lugar en que se encuentre, de los fines para los cuales sea utilizado y de los regímenes que lo empleen. De la misma manera que contra la prisión o la pena de muerte. Todo particularismo, toda acción que designe a la vindicta a una nación antes que a otra, que tolere los campos en ciertos casos, explícitamente o por omisión calculada o no, debilita la lucha individual o colectiva por la libertad, la desvía de su sentido y nos aleja del fin en vez de acercarnos a él.
Desde este punto de vista, se juzgará un día el agravio que se hizo a la causa de los Derechos del hombre cuando la IV República admitió que los colaboracionistas o reputados como tales, fuesen encerrados en los campos como lo fueron los no conformistas de 1939 y los resistentes de la ocupación.
Para hablar en estos términos, evidentemente hay que preocuparse bastante poco de ser clasificado en el partido de los antiestalinianos o de los antiamericanos, y es necesario tener bastante dominio de sí mismo para separar en el propio espíritu tanto al régimen soviético de la noción de socialismo como al régimen norteamericano de la democracia: que uno de ambos regímenes es menos malo que el otro es indiscutible, pero esto solamente acredita que el esfuerzo a realizar par los que viven a un lado del telón de acero deberá ser menor que el de los que viven al otro… Y lo que hay que invocar aquí no es una fidelidad de antiguos deportados, que sólo puede colocar a la opinión pública ante la elección entre dos posiciones anti o dos posiciones pro: es la fidelidad de una élite a su tradición, que es definirse a sí misma por medio de su propia misión, y no cumplir la de los demás.

 

NOTAS


52 / Testigos, por Jean Norton Cru. (Témoins, 1930)
53 / Los días de nuestra vida, en “Les Temps modernes” (enero de 1950).
54 / en el café de Flore. (Nota de Albert Paraz.)
55 / Sobre todo si se toma por unidad de medida su comportamiento en las colonias, en las cuales, desde los últimos acontecimientos de Indochina y del Africa del Norte, ya nadie es lo bastante temerario como para atreverse a afirmar que su policía y su ejército se portan muy diferentemente de la manera con la cual la policía y el ejército alemán se comportaban en Francia con los resistentes, en los años más terribles de la ocupación. (Nota del autor para la IIa. edición francesa.)
56 / No si se lee L’agité du bocal. (Nota de Albert Paraz). De Louis-Ferdinand Céline.

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