El error del liberalismo – Louis Billot

El error del liberalismo – Louis Billot

106 páginas
Editorial Cruz y Fierro
1978

Encuadernación rústica
Precio para Argentina: 25 pesos
Precio internacional: 7 euros

EL CARDENAL LOUIS BILLOT (1846-1931), gran teólogo tomista, “honor de la Iglesia y de Francia” (Merry del Val), fue uno de los más íntimos colaboradores de San Pío X en su lucha contra el modernismo.
Contrarrevolucionario nato, de la estirpe del Cardenal Pie, des­menuzó magníficamente la intrínseca incompatibilidad entre el cristianismo y la Revolución.

El liberalismo católico “es un pie en la Verdad y un pie en el error, un pie en la Iglesia y un pie en el siglo, un pie conmigo y un pie con mis enemigos”.
PÍO IX

“Un católico liberal es un católico muy amigo de los liberales y muy poco amigo de los católicos”.
Paul BOURGET

“El Liberalismo, que quiere pasar como una prueba de inteligencia, de generosidad, de comprehensión, etc., no es en realidad sino ¡la destrucción de la idea de verdad, ni más ni menos! (…) pues hay tantos «puntos de vista» como individuos pensan­tes. (…)
El espíritu no estando ya obligado a respetar la realidad y a plegarse ante ella, se lanza a una orgía verbal y sentimental que ya no corresponde a nada”.
Louis JUGNET

ÍNDICE

Gustavo Daniel Corbi: El Cardenal Billot, “Honor de la Iglesia y de Francia”       9
Introducción     37

ARTICULO PRIMERO
Del principio fundamental del liberalismo y de sus múltiples aplicaciones        39
Tesis Primera
Que el principio fundamental del liberalismo es en sí absurdo, antinatural y quimérico     43
Tesis Segunda
Que el principio del liberalismo, en sus aplicaciones a las cosas humanas, lleva consigo la disgregación y la disolución de todos los órganos sociales, introduciendo por todas partes la lucha por la vida, en lugar de la concordia por la vida, que es la única ley de la vida.
Y  que  extingue todas  las  libertades  reales, por la constitución de un estado despótico, absoluto, irresponsable, omnívoro, sin ningún límite en su arbitrio y omnipotencia               55
Tesis Tercera.
Que el principio del liberalismo es esencialmente an­tirreligioso, mostrando directamente contra Dios los dientes de la independencia.
Y que todas las cosas intentadas,  bajo el falaz pretexto de la libertad, tanto en el orden polí­tico como económico o doméstico, tienen en realidad como fin quitar del mundo el culto de Dios, la religión de Dios, la ley de Dios e incluso la noción de Él          65

ARTICULO SEGUNDO
De las varias formas de liberalismo en materia religiosa            73
Tesis Primera
Que la primera forma de liberalismo equivale al materialismo y al ateísmo       77
Tesis Segunda
Que el liberalismo moderado, si bien no se reduce al ateísmo formal, sí ciertamente al maniqueísmo    83
Tesis Tercera
Que el liberalismo llamado de los “católicos liberales” rehuye toda clasificación y tiene una sola nota distintiva y característica, que es la nota de una perfecta y absoluta incoherencia        93.

INTRODUCCIÓN

EL CARDENAL BILLOT, “HONOR DE LA IGLESIA Y DE FRANCIA”

NOTICIA BIOGRÁFICA
El cardenal Louis Billot nació en Sierk, diócesis de Metz (Lorena, Francia) en 1846. Estudió en el seminario de Blois, entrando en el noviciado de la Compañía de Jesús en Angers en noviembre de 1869. Hizo sus primeros votos en Laval y fue orde­nado sacerdote en Blois.
En 1880 se funda en Angers el Instituto Cató­lico —Facultad de Teología— y Billot es llamado a enseñar teología dogmática, tarea que realizará durante cinco años.
En 1885 es convocado a Roma por León XIII para enseñar el dogma en la Universidad Grego­riana. Durante 26 años (1885-1911) será allí el maes­tro indiscutido de generaciones de estudiantes eclesiásticos, futuros obispos y cardenales.
Ya León XIII había debido luchar contra quienes deseaban alejarlo de Roma. Para retenerlo junto a la Sede de Pedro, San Pío X lo nombra en 1909 consultor del Santo Oficio y en 1911, imponiéndose a las tradiciones jesuíticas de no aceptar dignidades, lo designa cardenal diácono.
Este nombramiento, debido a la estima, admira­ción y reconocimiento de un Papa Santo por sus insignes servicios brindados a la Iglesia, no sor­prendió en Roma sino a una sola persona: al P. Billot.
Se cuenta que cuando le leyeron la noticia apa­recida en el “Osservatore Romano” creyó que era una broma de dudoso gusto y se enfadó. Pero al constatarla por sí mismo, empalideció y se retiró a su habitación.
Billot recibió el capelo cardenalicio en el consis­torio del 27 de noviembre de 1911. Debió aban­donar luego la docencia y continuó con su trabajo silencioso, asiduo, preciso, excepcional, en las Con­gregaciones Romanas de las que era miembro.
Durante la primera guerra mundial perdió a su hermano menor, el Comandante Billot, del ejército francés.
Fue quince años cardenal de la Santa Iglesia Ro­mana. Renunció al capelo el 19 de setiembre de 1927 y se retiró al noviciado de Galloro, cerca de Roma, donde murió el 18 de diciembre de 1931, a los 86 años de edad.

BILLOT Y PÍO XI
El 12 de febrero de 1922 era coronado Papa Pío XI. El cardenal diácono que debía colocar la tiara en la cabeza del nuevo pontífice se enfermó y Billot fue designado para reemplazarlo. Al recibir la triple corona del cardenal Billot, el Papa Ratti no sos­pechaba que cinco años más tarde debería retomar de esas mismas manos el capelo que daba a Billot el derecho de ser ministro de ese rito de la coro­nación.
El anticlericalismo dominaba en esos años la es­cena de la política francesa. En las elecciones del 11 de mayo de 1924 —el famoso “domingo negro”— el nuncio en París parecía haber apoyado la coali­ción masónico-izquierdista Herriot-Blum. Algunos días más tarde, en una audiencia pontificia, Pío XI se quejó amargamente al Cardenal Billot:
“—Eminencia, vuestros franceses han votado bien mal.. .
—Santidad, vuestro nuncio ha hecho todo lo necesario para ello.
—¿Mi nuncio? ¿Mi nuncio? ¡Él ejecuta mis ór­denes! Es mi política, mi política, mi políti­ca…”
Y el Papa acompañaba su palabra, golpeando con el puño sobre el brazo de su sillón —según algu­nos— o sonoramente sobre la mesa, según otros.
Después de este incidente, el nombre del Car­denal Billot desapareció durante más de dos años de la lista de las audiencias cotidianas del Papa a los cardenales.

BILLOT Y MAURRAS
En su obra maestra, “De Ecclesia Christi”, Billot transcribe dos páginas luminosas de un onúsculo de Maurras “Libéralisme et liberté”, refutación ta­jante del error liberal y de sus corolarios. Maurras así lo cuenta:
“Tuve la grave emoción de ver al Padre Billot, futuro cardenal, y que volvió a ser un simple padre un poco por nuestra culpa, recoger mi crítica de la Democracia en varias notas de su Tractatus de Ecclesia Christi, con el más aprobador de los comentarios”. (Carta-prólogo a “La philosophie politique de Saint Thomas”, de Jean-Louis Lagor, (a) Jean Arfel, (a) Jean Madiran, p. 9).
El Padre Yves de la Briére, S. I., en un artículo sobre la “Politique religieuse de Charles Mau-rras” reconoce palmariamente que Maurras defendía los derechos y libertades de la Iglesia:
“Mencionemos finalmente varios capítulos y un apéndice que tratan de la democracia y del li­beralismo católico. M. Maurras comenta sobre este punto, con una rara felicidad de expre­sión, las enseñanzas doctrinales de León XIII y de Pío XI. Algunas páginas de Charles Mau-n-as han tenido el envidiable privilegio de ser reproducidas en el tratado «De Ecclesia», res­pecto a las relaciones entre el poder religioso y el poder secular, por un teólogo tan exigente y riguroso en materia de ortodoxia como el cardenal Billot”. (“Etudes”, 20-6-1913. La bas­tardilla es nuestra).

BILLOT Y LA “ACTION FRANCAISE”
Billot, cardenal francés y contrarrevolucionario na­to, era conocido en Roma por sus simpatías hacia la “Action Francaise”. Como abonado voluntario del diario, lo había leído regularmente durante más de veinte años.
Seis meses antes de iniciarse el conflicto, el 2 de febrero de 1926, Billot elogiaba abiertamente a la “Action Francaise” en una carta a un redac­tor de la «Conquête» de Versailles:
“Vemos surgir por fin élites ardientes y deci­didas para la afirmación y defensa de la ver­dad íntegra y pura de toda cobarde concesión a las ideas reinantes. (…) Hay algo pues que ha cambiado y, para ser justos, para dar a cada uno lo suyo, es menes­ter reconocer que en buena parte somos deu­dores a la «Action Francaise» por este salu­dable cambio.”
A fines de agosto de 1926, el cardenal Andrieu de Bordeaux aceptó firmar la advertencia contra la “Action Francaise”. El 8 de setiembre, los católi­cos de A. F. respondieron públicamente a las acu­saciones del Primado de las Galias. El cardenal Bi­llot se apresuró a enviar a Léon Daudet esta tar­jeta:
“El Cardenal Billot presenta el homenaje de su profundo respeto a Monsieur Léon Daudet, así como a todos los cosignantes de la misi­va a S. Eminencia el cardenal Andrieu. Al mis­mo tiempo que sus más cálidas felicitaciones por la soberbia respuesta, tan digna, tan bien fundada en razones, tan fuertemente apoyada por la valiente profesión de fe católica inte­gral que, lo esperamos, hará que con la ayuda de Dios la A. F. saldrá de la crisis actual más que nunca estimada por los buenos y temida por los malos.”

LA CONDENA DE LA “ACTION FRANCAISE”
Mencionamos el problema de la condenación de la A. F., sólo en la medida en que tuvo una influen­cia decisiva en la vida del Cardenal Billot. Sobre los antecedentes históricos de la condena y poste­rior evolución con la intervención del Carmelo de Lisieux para el levantamiento de la condena en 1939 por Pío XII, puede consultarse la completí­sima y documentada obra de Lucien Thomas: “L’Action Francaise devant l’Eglise. De Pie X á Pie XII”, N.E.L., París, 1965, 411 pp.
Sobre este oscuro incidente, que convirtió en pa­rias sin sacramentos a lo más granado del catoli­cismo francés y que se halla en la raíz de la actual dictadura del “catolicismo” de izquierda en la Igle­sia de Francia, resumimos en cuatro puntos la prue­ba de la siguiente afirmación: la condenación de la “Actíon Francaise” NO FUE DOCTRINAL, SINO DISCIPLINAR.
No hubo encíclica o documento similar. La praxis de la Iglesia sobre todo en los siglos XIX y XX señala que toda condenación doctrinal com­parta una encíclica o documento de parejo valor, aclaratorio de los errores condenados. Así, por ejem­plo, Gregorio XVI en “Mirari Vos” y “Singulari Nos” contra Lamennais; Pío IX en el Syllabus y “Quanta Cura” contra los errores modernos; S. Pío X en “Pascendi” y el decreto “Lamentabili” contra el modernismo y en “Notre charge apostolique” con­tra el Sillón; Pío XII en “Humani Generis” contra la Nueva Teología, etc.
Los errores democratistas de Lamennais y del Sillón siguen condenados. La “Actíon Francaise” no. El 6 de julio de 1939, a los cuatro meses de iniciar su pontificado, Pío XII levantó la exco­munión sin condiciones. Ahora bien, una condena­ción doctrinal no puede ser anulada: sería condenar todo el magisterio de la Iglesia al relativismo historicista.
Para levantar la excomunión no hubo retrac­tación de errores. Roma no pidió, como lo hizo siempre, la retractación formal y explícita de de­terminados errores que ella ha previamente seña­lado.
Last but no least: un argumento de sentido común. En el Index permanecieron sólo los nú­meros del diario de “Action Francaise” desde su condenación —29 de diciembre de 1926— hasta el levantamiento de la excomunión —5 de julio de 1939—. Pero es evidente que, de haber habido errores objeto de condenación doctrinal, éstos de­berían estar en los números anteriores al 29 de di­ciembre de 1926… que nunca fueron puestos en el Index.

LA DIMISIÓN DE LA PÚRPURA
La nota anteriormente citada que Billot enviara a Léon Daudet fue conocida en Roma por una in­fidencia postal y el cardenal fue convocado por el Secretario de Estado, cardenal Gasparri. Lás­tima grande que en esa época no existieran gra­badores. Billot, “le plus grand théologien de la terre”, como lo llamaban admirativamente sus alum­nos, en esgrima verbal y fuego cruzado con Gas­parri, el gran canonista, alma mater de la codifi­cación del derecho canónico.
Billot defendió a la “Action Francaise” con co­nocimiento de causa, porque la leía todos los días y sabía distinguir para no confundir. Nadie me­jor que él conocía en Roma a la A. F., a la que había calificado como “estimada por los buenos y temida por los malos”. El cardenal Gasparri sólo invocaba ‘la voluntad superior”, raíz del “vaticanis-mo” actual, que es una deformación del catoli­cismo: “Sic volo, sic jubeo, sit pro ratione volun­tas”.
Finalmente, haciendo hincapié en la obediencia jesuítica, se llegó al acuerdo de redactar una nota que desautorizaba la anterior, pero sin reprobar ni el enunciado de los hechos, ni el juicio ideoló­gico. La exigencia y rigor teológico de Billot, su piedad y virtud, le impedían transigir no sólo en materia de verdad dogmática, sino ante la verdad a secas.
Después de la publicación del decreto condena­torio del Santo Oficio (29-12-26), en una carta del 12 de enero de 1927 a un amigo francés, Billot se refiere a la “vergonzosa requisitoria de Bordeaux”, indicando claramente su pensamiento: “Hora et potestas tenebrarum”:
“… No tengo fuerzas para decirle más, tan abatido, abrumado, consternado estoy de todo lo que ha pasado desde la vergonzosa requisi­toria de Burdeos hasta el golpe asombroso de estos últimos días. ¡Oh! Qué duro es constatar que durante este proceso interminable tan las­timosamente comenzado y conducido tan tor­pemente, la razón, la equidad, el buen sentido, la medida, la dignidad han estado constante­mente del lado de los acusados, mientras que del lado del juez y de sus asesores… no oso decirlo. ¡Qué doloroso es tener ante los ojos el atroz caso de conciencia al que se ha re­ducido a católicos… que han trabajado y su­frido por la Iglesia, que gastaban en su ser­vicio todo lo que tenían de fuerzas, de ener­gías y de actividad! ¡Pero quizá cuán más do­loroso aún es pensar en el número de jóvenes a los que se les habrá segado para siempre la buena voluntad, a quienes se habrá escandali­zado profundamente e inducido en graves ten­taciones contra la fe, para hacer de ellos, que eran buenos y generosos cristianos, unos anti­clericales declarados! De todas partes nos lle­gan gritos de angustia, y uno no sabe qué responder, pues todo pasa en los altos lugares fuera de toda consulta, de toda explicación también, excepto las que se han podido leer en el Osservatore Romano. Hora et potestas tenebrarum.
Pero Dios tiene su hora. Él vendrá a socorrer a su Iglesia. Y nosotros apresuremos el mo­mento de su misericordiosa intervención por nuestras penitencias y nuestras oraciones. Infimus in Christo servus. Louis Billot” (foto­copia del original en “Action Française”, 3-2-32; reproducido en Lucien Thomas, o. c, Ane­xo VI, p. 344).
Según Lucien Thomas, ya a comienzos de 1927, contemporáneamente entonces con esta carta, Bi­llot había ofrecido su dimisión que no le habría sido aceptada.
De hecho, en la conversación supracitada con el Cardenal Gasparri, la ira santa —la “ira per zelum” de que habla Santo Tomás: II-II-158-2— le hizo exclamar: “Y bien, entonces tome mi púrpura…”
Una nota de San Pío X le había comunicado esa púrpura. Otra nota, de la Secretaría de Estado, lo convocó a mediados de 1927 para volver a hablar de ella: ¿Aún pensaba en dimitir…?
El 19 de setiembre de 1927 se despojó de la púr­pura que sólo había aceptado para obedecer a su venerado Pío X, recibió en cambio una estatuita de la Virgen y se retiró. El cardenal, que nunca había sido consagrado obispo, volvió a ser el Pa­dre Louis Billot, de la Compañía de Jesús.
La aceptación de la renuncia del 19 de setiem­bre fue comunicada por Pío XI en el consistorio secreto del 19 de diciembre de 1927:
“Las causas de su dimisión nos parecieron tan generosas y espirituales y presentadas en tan graves circunstancias (adeoque gravibus in adiunctis propositae) que después de haber reflexionado y orado largamente, hemos creí­do poder aceptar esta renuncia” (A.A.S., XIX, 1927, p. 438).

LAS CAUSAS DE LA RENUNCIA
Un hecho semejante sólo tenía un precedente: el del Cardenal Odescalchi, quien dimitiera en 1838 para dedicarse a preparar su muerte.
En el caso de Billot se quiso invocar una razón similar, plausible ante los 82 años del cardenal, quien era conocido por su piedad y santidad. Pero toda la prensa relacionó de inmediato esta dimisión con la condenación de la “Action Française”.
Por otra parte, la razón invocada en los círculos áulicos —”para mejor prepararse a bien morir”— no dejaba de tener su mica salis. Se estaba señalando implícitamente que el ambiente curial vaticano —Bi­llot era cardenal de curia, con residencia en Ro­ma— no era el más indicado para una buena muer­te. ..
Sobre su renuncia, los historiadores están dividi­dos. Unos pocos indican que la iniciativa habría partido del mismo Billot (L. Thomas) y que el papa y el general jesuíta Ledochowski quisieron disua­dirlo, pero habiéndose filtrado la noticia del Cole­gio Pío Latinoamericano donde residía Billot, se vieron forzados a aceptarla… Los más señalan que fue obligado a retirarse (Daniel-Rops y otros). El P. de la Briére lo escribió en negro sobre blan­co: “Fue discretamente invitado a dar su dimisión” (“Études”, 5 de enero de 1932).
El hecho es que, obligado o no, Billot renunció porque, en el fondo de su conciencia, no podía aprobar actos que chocaban a la equidad. Él esta­ba perfectamente al tanto de las ideas, del movi­miento y del diario de la “Action Française” y sa­bía qué pensar desde el punto de vista católico.
Este heroico y viviente testimonio de un “teólo­go tan exigente y riguroso en materia de ortodo­xia como el cardenal Billot” proporciona en el tema de la condenación de la A. F. lo que Maurras lla­maba, haciendo referencia a la aritmética, la “prue­ba del 9”.
Los hechos demostraban que el consejero más escuchado por el único papa canonizado del siglo XX —S. Pío X— desde hacía mucho tiempo ya no era recibido por el papa Pío XI, quien aparen­temente no tenía ningún deseo de escucharlo. Y en una materia pretendidamente “religiosa” como la condenación de la A. F. no quiso tener en cuen­ta el parecer de “un teólogo tan exigente y riguroso en materia de ortodoxia”, como lo definiera el je­suíta de la Briére. Las medidas contra la “Action Française” fueron tomadas sin el conocimiento de Billot, quien se enteró por los diarios.
Además, Billot había visto claro, y así se expre­sa en una carta, que en el asunto de la A. F. no mo­lestaban tanto las obras paganas de Maurras, como su tajante espíritu contrarrevolucionario:
“No es tanto el «Chemin de Paradis» o «Anthi-née» lo que odian, sino el antiliberalismo, el antidemocratismo y el antirrepublicanismo”.

SU RETIRO Y MUERTE
“Las desgracias de la tierra son gracias del Cielo” decía Bossuet. El cardenal abandonó la Ciudad eter­na y se retiró a su Tebaida, en el noviciado jesuíta de Galloro, en la campiña romana.
Despojado de los honores, no perdió nada de su honor. Porque así como la púrpura romana no ha­bía agregado nada a su dignidad cuando le fuera impuesta, tampoco le quitó nada cuando la dejó. Para la posteridad seguirá siendo siempre el car­denal Billot.
En su retiro se ocupó de la reedición de sus obras, conservando hasta el fin su vigor intelectual, como atestiguan su correspondencia de esa época y quie­nes lo visitaran.
Este “gran apasionado del amor de Dios, de la Iglesia y de la Francia de Cristo Rey” —como hermosamente lo retratara el P. Pegues— falleció en Galloro el 18 de diciembre de 1931, a los 86 años.
Las publicaciones oficiales “católicas” cumplieron fielmente la consigna de silencio, informando escue­tamente: “El R. P. Billot murió el 18 de diciembre en Galloro, provincia de Roma…”.
Un homenaje semejante recibiría otro gran teó­logo y patriota, discípulo del cardenal Billot: “Fa­lleció el Pbro, Dr. Julio Meinvielle (…) autor de numerosas publicaciones” (“Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Buenos Aires”, N° 174, agosto de 1973, p. 142).
El P. Henri Le Floch, quien fuera rector del Se­minario Francés de Roma durante 23 años, cargo al que renunció tres días después de la dimisión del cardenal Billot, dedicó un libro de homenaje a la figura del Cardenal, hombre de la Iglesia, teólogo, profesor, patriota y defensor de la verdad contra los errores del liberalismo, modernismo y sillonismo: “Le cardinal Billot, Iumiére de la theólogie”, 1932, Protat, Macón, edición limitada no co­mercial.
La obra fue finalmente lanzada al comercio en 1947, por la editorial Beauchesne, que editaba li­bros a los jesuitas. El sacerdote bretón Hervé Le Lay tuvo oportunidad de ver en Francia el manus­crito original de su comprovinciano el P. Le Floch, todo recortado a tijeretazos por la censura demócrata-cristiana del entonces presidente del Consejo, Georges Bidault.
Y así fue editado, con los recortes de la censura y lleno de erratas, en mal papel y con una tapa imposible más ordinaria… Todo parecía ser una broma pesada o una venganza.

SUS OBRAS
El Cardenal Billot dejó escritos prácticamente to­dos los tratados de teología dogmática que ense­ñara en sus 26 años en la Gregoriana, comentando la “Suma Teológica” de Santo Tomás: De Deo Uno et Trino; De gratia Christi; De virtutibus infusis; De personali et originali peccato; De Verbo Incar­nato; De Inspiratione Sacrae Scripturae; De Ecclesia (dos tomos); De Sacramentis (dos tomos); De novissimis; De immutabilitate traditionis contra no-vam haeresim modernismi.
Ya cardenal, publicó en francés su célebre libro sobre “La Parousie” (1921), refutación de las tesis racionalistas-modernistas.

SU ESTILO
Este dialéctico extraordinario, al que podríamos de­nominar “teólogo de hierro” por su rigor intelectual y su lógica inexpugnable, era escrupuloso en su afán por la exactitud.
Su estilo, fuerte y viril, en línea directa con el de Tertuliano, San Jerónimo, Dante, Bossuet, Louis Veuillot, era la antítesis de las apologías blando-untuosas. Se cuenta que solía decir: “El hecho que llevemos faldas no es razón para que escribamos como mujeres”.
Unía su vigoroso estilo con una profunda humil­dad religiosa, que realzaba aún más, si cabe, su au­toridad. Llevó una vida de trabajo y de ciencia, de virtud y de piedad. Durante años realizó una labor discreta y oculta al servicio de la Iglesia, en las Congregaciones romanas y en la primera de todas, la Suprema —hoy ya no, lamentablemente despoja­da de este atributo— Congregación del Santo Oficio.

SUS ALUMNOS
Billot, gran luminaria de las ciencias sagradas, “ho­nor de la Iglesia y de Francia” (Merry del Val, 1913), enseñó durante más de un cuarto de siglo a millares de estudiantes de todo el mundo, abrién­doles los vastos horizontes de la teología.
En razón de su ciencia y de su vigor dialéctico, sus alumnos acostumbraban llamarlo “el príncipe de los teólogos”, “el más grande teólogo de la tie­rra” y, en época de San Pío X, “el papa negro”, por haberlo asociado el Papa Sarto desde el primer mo­mento a su gran obra de lucha contra el moder­nismo.
El santo que había en el sucesor de León XIII intuyó enseguida la ayuda inestimable que podía brindarle ese teólogo de hierro que era Billot. En la encíclica “Pascendi” (y en el decreto “Lamentabili”: cfr. “Ephem. Theol. Lov.”, 1961, p. 565) se reconocen claramente su lucidez en la argumenta­ción y su nitidez en el desarrollo que convierten a esta encíclica en una obra maestra de demostra­ción teológica.
Durante la crisis modernista, Billot fue el in­vencible defensor de la Verdad Católica contra esa “cloaca de todas las herejías”, a la que combatió en todas sus obras. Y en su magnífico tratado “De Ecclesia” hizo polvo la herejía liberal y sus coro­larios “liberal-católicos”.

EL FILÓSOFO TOMISTA
Billot puso en práctica la encíclica “Aeterni Patris” del Papa León XIII, que lleva por subtítulo: “De philosophia christiana ad mentem sancti Thomae Aquinatis” (1879), originando un tomismo vivo que dejó en sus discípulos una marca indeleble.
En filosofía y teología fue discípulo e imitador de Santo Tomás. Discípulo, en su doctrina y mé­todo; imitador, tratando de llegar a una claridad siempre mayor, a una ciencia cada vez más com­prehensiva.
Comentarista, lo fue según la letra y según el espíritu. Según la letra, allí donde el pensamien­to del Angélico es claro, poniéndolo de relieve; según el espíritu, cuando este pensamiento se pres­ta a discusiones interpretativas.
Durante un cuarto de siglo trabajó en la reno­vación de la enseñanza doctrinal, conforme a la divisa de la “Aeterni Patris”: “Vetera novis augere atque perficere”.
Su mérito fundamental consiste en haber repen­sado, dilatado y renovado la doctrina del Angé­lico, enseñándola en su prístina pureza, con un acento personal y maestría incomparables.
Como filósofo se aplicó en desglosar la obra doctrinal de Santo Tomás de muchas construccio­nes posteriores adventicias, elucubraciones verba­les sin metafísica, que la ahogaban. En todas sus obras exalta el valor de las ideas verdaderas para combatir el gran mal contemporáneo: la confusión y anarquía intelectual.
La filosofía sigue siendo la clave de su bóveda teológica. Los excursos filosóficos ocupan una gran parte de sus tratados, especialmente en sus prólogos e introducciones, de donde se podría ex­traer lo esencial de toda la doctrina filosófica del Aquinate.

EL TEÓLOGO TOMISTA
Como teólogo, se inspiró directamente, a través de escuelas y sistemas, en la gran tradición doctrinal del siglo XIII, dejando de lado decadencias esco­lásticas y apostillas inútiles.
Por su enorme trabajo de asimilación y de in­terpretación, Billot es uno de los grandes conti­nuadores y renovadores de la doctrina tomista. Ex­plica, comenta, restaura, renueva. Reinserta los problemas teológicos en sus fórmulas adecuadas, en función de la doctrina tradicional, inmutable en sus fundamentos, pero perfectible en su desarrollo.
Su gran mérito fue ir directamente a las fuen­tes, liberando a la teología de un formalismo es­trecho y de toda clase de hipótesis, invenciones facticias y agregados que pretendían hacer cono­cer las objeciones modernas. Billot no discutía el valor de tal método, pero pensaba que la claridad y rigor en la exposición de la teología serían siem­pre su mejor defensa. Reducir la teología a la apologética es siempre debilitarla, enervarla y dis­minuirla.
Por ello, su principal preocupación fue siempre encontrar la verdad teológica, exponerla con su extraordinaria lógica de hierro y afirmarla con la tranquila intransigencia de quien está en la Ver­dad.
Su teología renovada —”vetera novis augere”— y capaz de aguantar todos los embates, deshace una tras otra las objeciones que caen por sí mis­mas, como inermes alimañas que se disuelven al fuego de un faro, que ilumina en su verdadera deforme dimensión la monstruosidad de las here­jías modernas.
Billot apuntaló la ciencia teológica sobre sólidas bases racionales y sobrenaturales. Basándose en los principios directivos del Doctor Común, coor­dinó en una síntesis admirable los datos de la
Escritura y de la Tradición con las definiciones de la Iglesia, los grandes comentaristas, las luces del sentido común y de la recta razón.
Su gran visión del mundo sobrenatural hace de su teología una espléndida unidad viviente. No razona sobre ideas puras, sino sobre realidades con­cretas. Donde había fórmulas inertes puso la vida.
Si quisiéramos mencionar sus trabajos más lo­grados, sus obras primeras entre las mejores, seña­laríamos en lo teológico sus excursos sobre la Igle­sia, el pecado original y la transubstanciación; y en lo apologético, su refutación del liberalismo, del modernismo y del demoliberalismo del Sillón.
Billot trató de comprender al Angélico en su pu­reza fontal, y hacerlo comprender. El Padre Lazzarini, un maestro de esa época de la Universidad Gregoriana —aún no inficionada por la Revolu­ción—, decía a sus alumnos: “Sanctus Augustinus invenit, Sanctus Thomas perfecit, Cardinalis Bi­llot explicavit”.
El Cardenal Parocchi, cardenal vicario de León XIII y uno de los más sabios miembros del Sacro Colegio, hablando en una solemne sesión calificó a Billot de “vivens Thomas”. E ilustres profesores no dudaron en afirmar que en varías tesis de las más importantes, Billot se colocaba fácilmente pri­mero después de Santo Tomás: “Post divum Thomam facile princeps”.

UNA ANÉCDOTA VIVIENTE
En su “Carnet de Notes”, Maritain relata una sa­brosa anécdota de una entrevista en 1918 entre el cardenal Billot, de 72 años en ese momento, y el gran teólogo dominico Réginald Garrigou-Lagrange, de 41, quien había ido a visitarlo.
El cardenal, pese a su edad, demostraba una fogosidad extraordinaria, que conservaría hasta su muerte. El P. Garrigou-Lagrange, tan dominico como Billot jesuíta, era incapaz de disimular sus sentimientos.
Sucedió en la conversación que Garrigou citó a Cayetano. Billot declaró de inmediato que Caye­tano no era sino un bastardo. ¡Ay! Garrigou se contuvo como pudo. Al rato, nombró a Juan de Santo Tomás. Con igual impetuosidad, Billot re­plicó que Joan de Santo Tomás no era sino un bastardo por partida doble. ..
Ante esto, Garrigou, horrorizado e indignado, se levantó sin esperar —como pedía la costumbre — que el cardenal lo despidiera, tomó su sombrero y se marchó dando un portazo.
Esta anécdota, dice el abbé Berto, pinta mara­villosamente a los dos grandes teólogos: la vehe­mencia del cardenal y la rectitud de Garrigou, quien no estaba dispuesto a soportar, aunque vi­niese de un príncipe de la Iglesia, una opinión despreciativa sobre los grandes teólogos de su Or­den.
Ni ésta ni otras disputas teológicas que tu­vieron lograron romper la profunda amistad que unía a los grandes teólogos.
No sabemos qué irritaba tanto a Billot en Juan de Santo Tomás, pero sin embargo es deber decir que lo respetaba, rindiendo honor a su genio.

BILLOT Y PÍO XII
El 1o de octubre de 1939, en una audiencia espe­cial, el P. Le Floch entregaba a Pío XII su obra:
“Le cardinal Billot, lumiére de la théologie”. En tal ocasión, el Papa le hizo saber cuánto apreciaba al cardenal Billot.
En su alocución en el cuarto centenario de la Universidad Gregoriana —18 de octubre de 1953— Pío XII tuvo un emocionado recuerdo para el car­denal, el único expresamente citado de entre los maestros de su juventud:
“Para aquéllos de entre vosotros que son de mayor edad, recordamos gustosos a profesores como Louis Billot, para nombrar a uno de ellos, que con distinción espiritual y agudeza intelectual incitaban a venerar los sagrados estudios y a amar la eminentísima dignidad del sacerdocio”.
La influencia doctrinal de Billot perduró en Ro­ma muchos años después de su muerte. Un ejem­plo al azar: la Carta del Santo Oficio al arzobispo de Boston —8 de agosto de 1949— reproduce a veces literalmente un artículo del cardenal, pu­blicado en “Études”, 1919, pp. 145-146.

BILLOT Y EL VATICANO II
Es sabido que el Concilio Vaticano I debió ser interrumpido a consecuencia de la guerra de 1870.
Pío XI, que deseaba retomar los trabajos de ese concilio, consultó a sus cardenales sobre la con­veniencia de convocar para la conclusión del Va­ticano I. De acuerdo a las investigaciones del P. Giovanni Caprile, se conservan 26 respuestas en los archivos vaticanos. Sólo dos contestaron nega­tivamente: el cardenal austríaco Andreas Frühwirth (1845-1933) y el cardenal Billot,
La fundamentación de Billot es cada día más actual, y parecería describir avant la lettre y cua­renta años antes el ambiente y la atmósfera del Vaticano II:
Aparentemente la era de los concilios ecumécinos —razona Billot— parecería haber concluido definitivamente, en razón de sus dificultades y peligros, especialmente:
—la prolongación excesiva de las discusiones; —el gran número de los participantes; —la dificultad de conservar el secreto por los Padres sitiados “por una nube de periodistas de todos los países, provistos de todos los me­dios que la ciencia y las costumbres más mo­dernas ponen ahora a su disposición”; —la repercusión inmediata, fuera del aula con­ciliar, de cualquier discusión o enfrentamiento;
—la preponderancia de algunos bloques na­cionales;
—la duración excesiva del Concilio en su con­junto;
—el peligro que elementos extremistas —los modernistas— aprovechasen del Concilio “pa­ra hacer la revolución, el nuevo 1789, objeto de sus sueños y esperanzas”. (Los textos en­trecomillados son de la pluma del cardenal Bi­llot. Cfr. “La Pensée Catholique” n° 170, se­tiembre-octubre 1977, pp. 48-49).
¿Qué habría dicho Billot de haber visto el Con­cilio Vaticano II, manejado por los “periti” e in­fluenciado por los “marx-media” y con las nieblas germánicas preparando la Revolución de Octubre?

BILLOT Y LA REVOLUCIÓN
Billot fue uno de los teólogos que vio con mayor claridad la impiedad intrínseca del demoliberalismo, surgido de la Revolución:
“El cristianismo del «Sillón» es siempre fun­ción de su democratismo y ese democratismo cristiano es una deformación del Evangelio en la ideología revolucionaria”.
Nadie mejor que el “teólogo de hierro” ha hecho un análisis crítico tan detallado del liberalismo, hijo legítimo de la Revolución. Al disecar su in­trínseca contradicción con los principios de jerar­quía y de autoridad, pone a plena luz sus conse­cuencias sociales disgregadoras.
Billot se ubica así por derecho propio en la línea de los grandes contrarrevolucionarios franceses: De Maistre, Bonald, Veuillot, Le Play, el Cardenal Pie y, especialmente, Maurras, cuya refutación filosó­fica, política y económica del liberalismo era par­ticularmente apreciada por el Cardenal.
En su “Elogio del Cardenal Pie”, pronunciado en Roma en 1915, Billot denunciaba la oficialización de los principios de la Revolución:
“El mal está en los principios de la Revolu­ción, de hoy en más consagrados por la le­gislación, que continúan reinando sobre el es­píritu público, estableciéndose en la opinión, penetrando cada vez más en las masas”.
El gran escritor francés Paul Bourget captó agu­damente la esencia del pensamiento contrarrevo­lucionario de Billot:
“Su gran idea, la de la incompatibilidad entre el cristianismo y la revolución es también la mía. (…) El peligro está allí, en esta conce­sión a los falsos dogmas de la democracia” (cit. por Le Floch: “Cinquante ans de sacerdoce”, Aix-en-Provence, 1937, p. 251).
Por ello, Billot consideraba que la tarea más urgente era combatir la Revolución infiltrada en los católicos (cfr. la frase suya que hemos puesto en exergo de este trabajo), cuyos frutos son “el anticle-ricalismo jacobino y el liberalismo sedicente ca­tólico”.
Billot fue siempre un luchador, cuya sólida for­mación doctrinal no sólo le impedía bautizar los equilibrios del liberalismo “católico”, sino que ade­más consideraba necesario
“combatir… ese gran mal de los tiempos pre­sentes que consiste en pretender agradar a Dios sin ofender al diablo o, para decirlo me­jor aún, servir al diablo sin ofender a Dios” (carta al P. Le Floch, 2 de junio de 1924; in Le Floch: o.c, p. 157).

“EL ERROR DEL LIBERALISMO”
ESQUEMA GENERAL
Artículo Primero: EL LIBERALISMO EN GE­NERAL
1. El principio fundamental:
1.1 absurdo
1.2 antinatural
1.3 quimérico:
a) no cuadra con la realidad
b) destruye lo que pretende proteger: la libertad individual
2.    Consecuencias de su aplicación:
2.1.  Desagregación y disolución de todo órgano social y de toda sociedad distinta del Estado
— prueba a priori: sólo permite existir a la sociedad del contrato social
— prueba a posteriori: guerra a la fami­lia (ruina de su fundamento y auto­ridad) y a las corporaciones
2.2.  Estado despótico, absoluto, omnívoro
3.    Su irreligiosidad esencial
Artículo Segundo:  EL LIBERALISMO RELI­GIOSO
1. Absoluto: equivale al materialismo y al ateís­mo
2. Moderado:
2.1.  prácticamente irrealizable:
— por parte del principio y fin del hom­bre
— por parte del hombre
2.2.  teóricamente absurdo: cae en el maniqueísmo
3.    De los “católicos liberales”:
3.1. Incoherencia absoluta:
— a priori: por el nombre de católico liberal
— a posteriori:
— oposición entre los principios y su aplicación
— oposición entre conveniencia de de­recho e inutilidad de hecho
— cinco argumentos de refutación
3.2. Confusionismo entre tolerar y aprobar el mal

LA CADENCIA DEL ESTILO DE BILLOT Y SU TRADUCCIÓN
Originariamente se pensó utilizar para esta edición la traducción de “El error del liberalismo” que realizara hace ya muchos años el Dr. Luis G. Mar­tínez Villada, para el Instituto Santo Tomás de Aquino de Córdoba.
Luego de cotejarla con el original, nos decidimos a realizar una versión propia, más ajustada y fiel al texto latino, tratando de conservar el vigor, la cadencia y el ritmo del hermoso estilo del cardenal Billot.
El recordado Padre Julio Meinvielle, quien co­mo Castellani (“Yo estudié toda la teología con las obras del cardenal Billot”, “Conversaciones con Cas­tellani”, Hachette, 1977, p. 33) se había formado rumiando todos los tratados teológicos del “prín­cipe de los teólogos”, siempre nos comentaba cuán­to le agradaba el armonioso y sonoro estilo del Cardenal Billot, en el cual, al revés de tantos seudoteólogos de moda, la retórica y la fuerza de las imágenes van de consuno con la rotundez y peso de las ideas.
Desgraciadamente en la Argentina, un seudo-teólogo existencialista, “abogado del diablo” de los años sesenta y deformador de mentes, sobre el cual pesa una gran parte de responsabilidad en el envilecimiento especulativo y práctico de una Orden religiosa de nuestro país, enseñaba a sus alumnos —quienes lo escuchaban como a palabra de Evangelio, repitiendo sus frases a pie juntillas— que “Billot era el último de los raciona­listas”… (!)
Dios tenga piedad de su alma, por el tremendo mal que causó deseducando a toda una generación de sacerdotes argentinos, muchos de ellos luego apóstatas de la fe.
Para la traducción hemos utilizado el texto de la tercera edición latina (Roma, Universidad Gre­goriana, 1929), al cual le hemos agregado las dos citas de Maurras, al final de la tesis segunda del artículo primero, que no figuran en la edición la­tina de 1929, de la que deben haber sido expur­gadas —no sabemos si con consentimiento del au­tor— aparentemente en razón del conflicto de 1926 con la Action Francaise. Hemos transcrito esas dos citas de la traducción de Martínez Villada.
Las únicas modificaciones que nos hemos per­mitido han consistido en introducir algunos puntos y aparte, conforme al sentido, en los largos párra­fos latinos. En lo demás, hemos procurado vertir con la mayor fidelidad posible el texto original.
En nuestro criterio de fidelidad en la versión no creemos estar en mala compañía. Después de ha­ber terminado esta traducción, vimos confirmados nuestros puntos de vista por la eminente autoridad de Cornelio Fabro, quien así se expresa respecto a la traducción de textos de Hegel:
—”En la traducción de los textos nos hemos atenido a un criterio estrictamente literal, evi­tando perífrasis e interpretaciones de manera de mantener en la medida de lo posible la ri­queza del original”. (…)
—”También ha sido conservada la puntuación original casi integralmente, puesto que tam­bién ella en una obra científica tiene impor­tancia propia. Solamente han sido segmenta­dos algunos pasajes excesivamente largos” (Cornelio Fabro: “La dialéctica de Hegel”, Columba, Bs. As., 1969, pp. 141 y 143. El sub­rayado es del mismo Fabro).
Plegué a Dios que en una próxima edición sea posible publicar este clásico opúsculo teológico en texto bilingüe, para que los amantes de la lengua del Lacio pueden regodearse con el estilo del “prín­cipe de la Teología”, donde corren parejas la ga­lanura de la frase con la profundidad del argu­mento.

CONCLUSIÓN
“El liberalismo posee las llaves de la muerte no sólo para esta vida presente, sino también para la futura”.
Nada mejor que estas palabras del Cardenal Bi­llot para cerrar la presentación de “El error del liberalismo”, auténtica joya teológica y literaria.
“Caminando en la verdad, conforme al manda­miento que recibimos del Padre” (2 Jo, 4), “seamos cooperadores de la verdad” (2 Jo, 8), “en atención a la verdad que permanece en nosotros y estará con nosotros eternamente” (2 Jo, 2).
Gustavo Daniel Corbi Bs. As., 19 de marzo de 1978 Festividad de San José, patrono de la Iglesia Universal

PRÓLOGO

El liberalismo, en cuanto es un error en materia de fe y de religión, es una doctrina multiforme que emancipa en mayor o menor proporción al hombre de Dios, de Su ley, de Su Revelación y, consecuen­temente, desliga a la sociedad civil de toda depen­dencia de la sociedad religiosa, es decir, de la Igle­sia, que es custodia de la ley revelada por Dios, su intérprete y maestra.
Me refiero al liberalismo, en cuanto representa un error en materia de fe y de religión. Porque si consideramos el contenido del vocablo, fácilmente se apreciará que el liberalismo, no sólo en las cosas atingentes a la religión y a las relaciones con Dios, tiene vigencia o puede tenerla. Por cierto, la eman­cipación de Dios fue el fin principal intentado. En efecto, se reunieron contra Dios y contra Su Cris­to, diciendo: “Rompamos sus ataduras y arrojemos de nosotros su yugo”. Pero para este mismo fin pre­fijaron un principio general, que sobrepasa los lí­mites del ámbito religioso e invade y penetra todos los campos de la comunidad humana. Ese princi­pio es el siguiente: la libertad es el bien fundamen­tal, santo e inviolable del hombre, contra el cual es un sacrilegio atentar por medio de la coacción; y de tal modo esta misma irrestringible libertad debe ser puesta como piedra inconmovible sobre la cual se organice todo de hecho en la humana convivencia, y como norma inconmovible según la cual se juzgue todo de derecho, que sólo sea dicha equitativa, buena y justa la condición de una so­ciedad que descanse en el citado principio de la inviolable libertad individual; inicua y perversa, la que sea de otro modo. Esto es lo que excogitaron los promotores de aquella memorable Revolución de 1789, cuyos amargos frutos ya se recogen en casi todo el mundo. Esto es lo que constituye el principio, el medio y el fin de la “Declaración de los derechos del hombre”. Esto es lo que para aquellos ideólogos fue como la base para la ree­dificación de la sociedad desde sus últimos cimien­tos, tanto en el orden político, económico y domés­tico, como principalmente en el moral y religioso.
Valdrá la pena, por lo tanto, enjuiciar primera­mente en general el principio del liberalismo, tan­to en sí mismo como en las múltiples aplicaciones que tiene en todos los órdenes. Con lo cual, luego se abrirá más fácilmente el acceso al estudio especial de lo atingente a esta discusión, es decir, el liberalismo religioso y sus varias formas, como ya se determinó más arriba, en el título de la cuestión.

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