PILOTO DE STUKAS – Hans Rudel

PILOTO DE STUKAS – Hans Rudel

316 páginas
16 páginas de fotos, papel ilustración
Ediciones Sieghels
2008
, Argentina
tapa: blanda, color, plastificado,
Precio para Argentina: 50 pesos
Precio internacional: 18 euros

“Usted es el soldado más glorioso y valiente que Alemania ha tenido hasta hoy”.

Con estas palabras, pronunciadas en presencia de la plana mayor de las fuerzas armadas del Reich, entregó el jefe Supremo Adolfo Hitler en el día primero de enero de 1945 al entonces teniente coronel Hans Ulrich Rudel la condecoración más alta que jamás otorgara: Las Hojas de Roble en oro con espadas y brillantes, agregadas a la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, ascendiéndole a la vez al rango de coronel.

El jefe germano había pensado guardar esta condecoración para honrar a los más destacados héroes de su pueblo al final de la guerra, pero, considerando los singulares méritos y la inigualable forma con la que Rudel se venía destacando entre los millones de combatientes, y teniendo en cuenta que todas las incursiones de este aviador habían sido de singular importancia para el desarrollo de las batallas en todos los frentes, Hitler optó por conferirle inmediatamente esa excepcional condecoración, viendo en Rudel al primero y único oficial de sus ejércitos digno de lucirla.

Justamente por esta razón es Rudel el más indicado para escribir las memorias de esta última conflagración, que son particularmente las suyas.

Hans Ulrich Rudel es, con sus 2.530 incursiones, el prototipo del luchador aéreo de nuestros días y es con sus hazañas el puntero entre los aviadores de guerra, como lo reconoce hasta el enemigo imparcial de ayer.

Coronel NICOLAS VON BELOW
Ayudante de la Luftwaffe en el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas del Reich, desde 1936 hasta el 1° de mayo de 1945.

ÍNDICE

Prólogo
Capítulo I.          Para despertar la vocación, basta un paraguas…
Capítulo II.         La guerra contra los Soviets.
Capítulo III.         Un vuelo tormentoso.
Capítulo IV.        Luchando por la fortaleza de Leningrado.
Capítulo V.         ¡Ante las puertas de Moscú!
Capítulo VI.        Instrucción y práctica.
Capítulo VII.       Stalingrado.
Capítulo VIII.      La Retirada.
Capítulo IX.        Stukas contra Tanques
Capítulo X.         A orillas del Kuban y en la zona de Bjelgorod.
Capítulo XI.        La retirada al Dnieper.
Capítulo XII.        Sigue la retirada al Oeste.
Capítulo XIII.       Mi fuga en las inmediaciones del Dniester
Capítulo XIV.      El verano fatal. 1944
Capítulo XV.       La batalla por Hungría.
Capítulo XVI.      Navidad de 1944.
Capítulo XVII.     La lucha desesperada de los últimos días.
Capítulo XVIII.     El final.

EL AUTOR

EHans Ulrich Rudel
Nació en Konradswaldau (Alta Silesia), Alemania, en 1916 y falleció en Rosenheim (Alemania) en 1982.
Participó en 2.530 misiones de combate, en los cuales destruyó 519 tanques soviéticos, un acorazado, 2 cruceros, 11 aviones enemigos derribados, más de 70 embarcaciones fluviales hundidas, unos 1000 vehículos destruidos.
Recibió del Führer en persona la más alta condecoración alemana, La Cruz de Caballero con Hojas de Roble en Oro, Espadas y Diamantes, y Hitler mismo le pidió que se retirara del frente. Ante el asombro del Fhürer y sus allegados, Rudel aceptó sus condecoraciones sólo a condición de que se le permitiera seguir volando.
Es hasta el día de hoy el soldado con la más alta condecoración alemana y manteniendo records aún Invictos
Destacándose por mantenerse firme, aún contra las órdenes de Hitler, en su inclaudicable deseo de seguir combatiendo por su Patria y por su heroica costumbre de rescatar a sus camaradas derribados en misiones de combate, arriesgando su vida a pesar del cargo que ostentaba. Aún con una pierna ortopédica (y a escondidas del Alto Mando de la Luftwaffe), pudo seguir volando hasta la Rendición final de Alemania.
El lema de su vida fue “Solo el que se da por vencido, está perdido”

PRÓLOGO

«Usted es el soldado más glorioso y valiente que Alemania ha tenido hasta hoy».
Con estas palabras, pronunciadas en presencia de la plana mayor de las fuerzas armadas del Reich, entregó el jefe Supremo Adolfo Hitler el 1 de enero de 1945 al entonces teniente coronel Hans Ulrich Rudel la condecoración más alta que jamás otorgara: Las Hojas de Roble en oro con espadas y brillantes, agregadas a la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, ascendiéndole a la vez al rango de coronel.

El jefe germano había pensado guardar esta condecoración para honrar a los más destacados héroes de su pueblo al final de la guerra, pero, considerando los singulares méritos y la inigualable forma con la que Rudel se venía destacando entre los millones de combatientes, y teniendo en cuenta que todas las incursiones de este aviador habían sido de singular importancia para el desarrollo de las batallas en todos los frentes, Hitler optó por conferirle inmediatamente esa excepcional condecoración, viendo en Rudel al primero y único oficial de sus ejércitos digno de lucirla.
Justamente por esta razón es Rudel el más indicado para escribir las memorias de esta última conflagración, que son particularmente las suyas. Nosotros estamos aún muy cerca de lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial para poder juzgar imparcialmente los hechos del choque más tremendo de todos los tiempos. Pero precisamente por eso, es de suma importancia que, quienes supieron ocupar su puesto de combate, resistiendo hasta el último cartucho, narren fielmente lo sufrido, para que la posteridad pueda formarse una idea exacta de lo que ha sido la segunda guerra mundial, basándose en la más nítida objetividad y en lo que realmente ha ocurrido.
Hans Ulrich Rudel es, con sus 2.530 incursiones, el prototipo del luchador aéreo de nuestros días y es con sus hazañas el puntero entre los aviadores de guerra, como lo reconoce hasta el enemigo imparcial de ayer. En el curso de su actuación en los diferentes campos de batalla logró destruir desde el aire a 519 tanques soviéticos, hundiendo también un acorazado y dos cruceros. Cinco veces estuvo herido de gravedad.
Tan singular aporte demuestra extraordinaria fuerza de voluntad y sólo puede ser debidamente aquilatado por quien también haya empuñado la palanca de comando de un avión, conduciéndolo contra el enemigo en centenares de incursiones y venciendo en más de un caso su propio letargo. Hay que ser aviador para poder comprender en toda su magnitud, lo que significan estas cifras. Enumerar la suma de sus raids equivale decir que ha volado hasta diez veces en un solo día. Apenas estuvo de licencia en los años interminables de esta contienda, y si era enviado a la patria, debido a las heridas sufridas, apenas podía esperar el momento para volver al frente a incorporarse de nuevo en las filas de combate. El deber lo llamaba. Así ocurrió, que en el año 1945 volvió a trepar a su maquina, a pesar de haber perdido la pierna derecha. Ni esperó que cicatrizara la herida; volvió a pilotear su avión valiéndose de una pierna ortopédica.
Hitler y Göring le prohibieron varías veces que siguiera luchando, empero, este intrépido aviador siempre supo encontrar los medios para poder volver al frente. Así siguió volando, con o sin prótesis, burlando a la fatiga y aumentando su fama con éxitos rotundos.
El no se sentía impulsado por la ambición de presumir con sus hazañas o con nuevas condecoraciones de guerra. El impulso, al que Rudel obedecía tenía otro origen: el cumplimiento del deber y el arrojo.
Rudel llevaba en su pecho la convicción que el oficial tiene su signo y que al cumplir con él, ya no se pertenece a sí mismo, sino a su patria y a sus subalternos. Por esta razón, y sobre todo en tiempo de guerra, el oficial debe ser un ejemplo para su tropa, menospreciando la propia vida y dejando a un lado el propio YO.
Estos mismos sentimientos, el desinterés y el estricto cumplimiento del deber, le guiaban cuando le tocaba defender su opinión ante sus superiores. Yo he presenciado varias conversaciones que sostuvo con Hitler. Rudel dijo siempre valientemente lo que le venía a la boca, expresándose con toda franqueza y soltura; él no conocía otro comportamiento como oficial, sabiendo además que así debía proceder por sus camaradas combatientes y su patria. En estas ocasiones demostraba la misma valentía, con la que se supo distinguir en el combate, ganándose de esta manera la simpatía de sus superiores. Así fue formando la base de sus éxitos; sólo donde reina la confianza entre la superioridad y sus subalternos, sólo ahí se logra lo más sublime y lo más alto. Las primordiales virtudes del soldado, fidelidad y obediencia, han prefijado el camino de su vida.
Frecuentemente era citado para presentarse en el Cuartel General de la Luftwaffe, para dar ahí mismo sus consejos, siempre basados en amplias experiencias. Tanto aquí como ante Hitler, tuvo Rudel que explicar detenidamente las situaciones creadas en el frente, informar sobre la eficacia del armamento enemigo y sobre las ventajas y defectos de las propias armas, en fin, sobre todo lo que él sabía, gracias a su incalculable práctica. Sus  manifestaciones eran, por consiguiente, de máxima importancia, pues suministraban un funda­mento táctico muy apreciable y que en ningún caso podía ser pasado por alto, sin que la producción de armamentos adecuados se hubiera paralizado indefectiblemente.
A pesar de la creciente mecanización y no obstante los adelantos técnicos, que justamente se ponen de manifiesto en esos años de una pugna decisiva, queda, por sobre todas las cosas, el HOMBRE, que decide el éxito o la derrota, pues sólo de él depende el eficaz empleo de las armas modernas.
“Sólo el que se da por vencido, está perdido”, éste fue el proverbio de Rudel; esta convicción formaba la base de su carácter. Estas pocas palabras le guiaban en el camino arduo de su vida y gracias a ellas supo ser un ejemplo, pues era superior y compañero a la vez, y muchos han sabido expirar sus vidas en el fuego varonil de la batalla, llevando estas mismas palabras en los labios enérgicos y desangrados.
Una generación que en el transcurso de su existencia supo jugarse la vida en repetidas ocasiones, llevando el amor sagrado a la patria en los corazones, siempre estará presente en la hora decisiva, para que lo puro y lo decente triunfe en el mundo, acercando el hombre a Dios, pues este ha sido su anhelo por los siglos de los siglos.
¡Que este libro sirva a todos los hombres de buena voluntad, alumbrando cual una pira con su fuego sagrado el camino a seguir!

Coronel NICOLAS VON BELOW
Ayudante de la Luftwaffe en el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas del Reich, desde 1936 hasta el 1° de mayo de 1945.

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