Reflexiones sobre la Segunda Guerra Mundial – Mariscal de Campo Albert Kesselring

Reflexiones sobre la Segunda Guerra Mundial – Mariscal de Campo Albert Kesselring

263 páginas
38 fotografìas
medidas: 14,5 x 21 cm.
Ediciones Sieghels
2011
, España
tapa: blanda, color, plastificado,
Precio para Argentina: 160 pesos
Precio internacional: 20 euros

No se propone el autor, en esta obra, hacer historia de la guerra, en el sentido obvio y tradicional de la palabra.
Estimo más oportuno y sensato traer a colación cuantas opiniones extranjeras existen de alguna autoridad.
Considero de importancia entresacar los aspectos fundamentales de la gestión bélica; ponerlos bajo la lupa de la crítica; y tomar de ellos enseñanzas que habrían de ser provechosas.
En primer lugar, lo serían si demostrasen que el catastrófico desenlace de la guerra en 1945 se hizo ineluctable única y exclusivamente por la acumulación de errores cometidos por nosotros mismos. Lo que no quiere decir que la actuación de los aliados constituyera una impecable sucesión de aciertos y merezca pasar por dechado de actuaciones.
Por eso, aunque en el curso de la obra censuremos aquí y allá por equivocados cálculos, decisiones y órdenes de los aliados, en modo alguno lo hacemos con el propósito de reivindicar nuestra propia actuación, sino ante todo para ofrecer, en forma más expresiva y plástica, al lector interesado la historia de la Segunda Guerra Mundial, al mismo tiempo que a los alemanes se la presentamos en los términos de ponderada imparcialidad que tienen derecho a reclamar.
Parece necesario, por otra parte, sacar de los errores capitales, doctrinas o enseñanzas de valor también fundamental.
No nos detendremos, sino raras veces, en el estudio y explicación del proceso político por el que llegaron los pueblos a la Segunda Guerra Mundial.
La superior política de la guerra, resumida en su fundamental tendencia, únicamente hemos de abordarla en cuanto lo estimemos conveniente para poner de relieve su aspecto estratégico.
Si hoy en nuestra condición castrense nos ocupamos de la historia de la última guerra, únicamente lo hacemos con la esperanza de sacar alguna provechosa enseñanza del capítulo más tremendo de la historia de Alemania y aun de la Historia por antonomasia.

ÍNDICE

Introducción9

PRIMERA PARTE
CONSIDERACIONES ACERCA DE LA FORMA DE MANDO EN LA WEHRMACHT
I.- La jerarquía de los mandos alemanes17
Época de Guillermo I18
Época de Guillermo II19
Los períodos de la “República” y del “Nacionalsocialismo”25
II.- Italia durante la Segunda Guerra Mundial35
III.- Ccómo hubiera podido ser la articulación del
mando supremo37
IV.- ¿Cuál era, en cambio, el cariz que la realidad
presentaba?43
V.- El sistema de mando de los aliados47
Inglaterra:47
E.E. U.U.:49
Rusia:50
Resumen:50
VI.- La guerra de coalición53
VII.- Política y estrategia57
VIII.- La planificación de la guerra y su importancia59
IX.- ¿Cuál hubiera sido el resultado de un exámen
político-militar de la situación general en el año 1939?61
X.- Vinculación con Francia67
XI.- Problemas nacionalistas69

SEGUNDA PARTE
LAS DIFERENTES CAMPAÑAS Y SUS ENSEÑANZAS
I.- Polonia75
II.- La «maniobra del Weser» o la «campaña contra
Dinamarca y Noruega»77
III.- La campaña occidental en 194081
IV.- La operación «Seelöwe» o «León Marino»:
su evolución y su ocaso85
Las fluctuaciones de criterio en la operación «León marino»85
El panorama político90
El panorama militar92
Opinión contradictoria de alemanes e ingleses95
El sustitutivo de la operación León Marino: una estrategia mejor106
V.- La guerra naval111
Del problema de los submarinos116
VI.- La guerra en el Mediterráneo123
La evolución de la situación en el Norte de África, hasta la
pérdida de aquellos territorios, y consideraciones del caso127
La lucha por Italia y consecuencias que para Alemania tuvo131
Consideraciones sobre la situación del mando en la cuenca
mediterránea134
VII.- «Barbarroja» o la campaña del este139
El plan militar144
¿Han sido aniquiladas las fuerzas rusas que se
hallaban en territorio europeo?150
Hitler y sus generales155
Hitler y Stalin: sus afinidades y divergencias157
VIII.- La invasión y el desenlace167
Consideraciones estratégicas167
Cómo se empeñó la lucha175
Primeros ataques aéreos en el año 1943179
Metódicos ataques aéreos preparatorios en el año 1944179
Lucha sin suficientes reservas móviles180
Lucha sin arma aérea182
Insuficiente intercambio de experiencias183
Deficientes servicios de reconocimiento y descubierta185
«Overlord» y «Seelöwe»190
Los servicios de «etapa»191
Momentos de culminación y depresión en el último
periodo de la guerra192
IX.- La defensa del suelo patrio197
Su organización197
La defensa antiaérea198
La defensa pasiva201
Resumen203

TERCERA PARTE
ESPECIALES SECTORES DE IMPORTANCIA BÉLICA
I.- Organización207
Error capital en materia de medidas de organización207
Los servicios de información209
Utilización del personal210
Creación de unidades nuevas, en vez de reponer bajas211
Superioridad aérea y organización213
Las organizaciones en la última etapa de la guerra214
La «Volkssturm» (18-10-44)214
La «Werwolf»215
La «Flak» (Defensa antiaérea)215
II.- El arma aérea217
La aviación y la «Flak»217
Los paracaidistas224
Los hechos y sus consecuencias226
III.- Industria de armamentos229
Su nivel antes de la guerra229
Los primeros años de la guerra232
La adaptación al rendimiento máximo234
Deficiencias en la orientación industrial237

EPÍLOGO241
ANEXO FOTOGRÁFICO247

MAPAS
El ámbito mediterráneo y sus posibilidades operativas….107
Disposición de las fuerzas alemanas preparadas para reperler una invasión…………….185
Medidas inmeditas de la defensa alemana contra una incipiente invasión aliada en Normandía………..190

INTRODUCCIÓN

No se propone el autor, en esta obra, hacer historia de la guerra, en el sentido obvio y tradicional de la palabra, lo que otros vienen realizando dentro de lo posible.
Bien se ve, sin embargo, por la lectura de lo publicado hasta la fecha, cuánto y cuán fatalmente difieren las apreciaciones según la tendencia de las fuentes y la personal postura del autor respecto a personas y cosas. Ni que decir tiene que sería vano empeño reducir a un común denominador estas discrepancias, de no resultar imposible dentro de la atmósfera polémica que todavía respiramos.
Estimo, por eso, más oportuno y sensato traer a colación cuantas opiniones extranjeras existen de alguna autoridad, poniéndolas al alcance del lector incapacitado, por motivos económicos a veces y otras por falta de tiempo, para echar un vistazo a esa especial producción literaria.
Porque un conocimiento —siquiera superficial— de las obras dedicadas a comentar la guerra se hace indispensable, si se quiere llegar a formarse juicio cabal de la última contienda.
Considero de importancia entresacar los aspectos fundamentales de la gestión bélica; ponerlos bajo la lupa de la crítica; y tomar de ellos enseñanzas que, por dos conceptos, habrían de ser provechosas.
En primer lugar, lo serían si demostrasen que el catastrófico desenlace de la guerra en 1945 se hizo ineluctable única y exclusivamente por la acumulación de errores cometidos por nosotros mismos. Lo que no quiere decir que la actuación de los aliados constituyera una impecable sucesión de aciertos y merezca pasar por dechado de actuaciones, que si errores cometieron ellos, en bastantes más incurrimos nosotros.
Por eso, aunque en el curso de la obra censuremos aquí y allá por equivocados cálculos, decisiones y órdenes de los aliados, en modo alguno lo hacemos con el propósito de reivindicar nuestra propia actuación, sino ante todo para ofrecer, en forma más expresiva y plástica, al lector interesado la historia de la Segunda Guerra Mundial, al mismo tiempo que a los alemanes se la presentamos en los términos de ponderada imparcialidad que tienen derecho a reclamar.
Parece necesario, por otra parte, sacar de los errores capitales, doctrinas o enseñanzas de valor también fundamental. Incluso, para un futuro hipotético como sería el caracterizado por el empleo del arma atómica. Por ello habríamos de comenzar por tener la sinceridad de reconocer los propios yerros, en lugar de hurtarnos de la responsabilidad consiguiente. Ya que un notable indicio de superioridad en lo humano y en lo moral está justamente en la postura humilde. Y razón tiene Hanson Baldwin cuando declara, al analizar los errores de los aliados: «Los errores eran inevitables, porque la guerra la hacen los hombres y los hombres no son perfectos».
Persuadido está el autor de que el recurso de contraponer los conceptos de «acierto» y «desacierto» lleva el riesgo de las simplificaciones. Así dirán, por ejemplo, observadores superficiales que no se explican el comportamiento de ciertos órganos y servicios dependientes del Alto Mando de la Wehrmacht al plegarse, como parece que se plegaron, dócilmente al criterio de la superioridad. Porque un hombre —admitirán— puede que se equivoque; pero, ¿todos?…
Lo malo es que, en realidad, no correspondieron las circunstancias al esquema que tales críticos prefieren, sino que hubo, sin duda y pese a la existencia de grupos y organismos propicios a la sumisión, una innegable mayoría de criterios honrados e imparciales que pugnaron por la adopción de adecuadas medidas y por hacer valer lo que estimaban criterio objetivo. Luego, sentada esta afirmación que pocos de buena fe negarán, sucedió que la mayoría acaso vieron frustrado su buen propósito por la adversa realidad, mientras que algunos tuvieron la fortuna de salir adelante con su intento.
Pues si la milicia tiene sus leyes peculiares válidas igualmente para el imperio y la obediencia, con mayor razón reclama la dictadura, como elemento inexcusable, la obediencia incondicional. Hasta los mismos aliados occidentales, acogidos a más liberales sistemas de gobierno, han tenido que luchar como los alemanes para hacer valer su criterio discrepante, acabando por obedecer y aun por pechar —como podemos ver en el caso de Churchill— con una política que íntimamente recusaban. Lo que moderará las conclusiones de algunos críticos vehementes, siempre que lo tengan en cuenta.
Otros habrá que acusen el empleo frecuente de la oración condicional, de la conjunción «si»; y no seré yo quien les eche en cara cierta sensación de disgusto ante lo que parece abusiva reiteración. Hay que reconocer, sin embargo, que no queda otro remedio que pasar por estos ingratos «sies» para demostrar que, por un procedimiento distinto del ordenado o empleado, se hubiera asegurado el éxito y para que esta didáctica demostración resulte de algún provecho luego. Además de que tampoco el autor se ha propuesto, como deja dicho, escribir historia en el sentido usual de la palabra.
No nos detendremos, sino raras veces, en el estudio y explicación del proceso político por el que llegaron los pueblos a la Segunda Guerra Mundial, por estimar que a ello vienen consagrándose tantas y tantas plumas, sin que todavía hayan acertado a decir sobre el tema la última palabra.
La superior política de la guerra, resumida en su fundamental tendencia, únicamente hemos de abordarla en cuanto lo estimemos conveniente para poner de relieve su aspecto estratégico.
Y aun quisiera el autor puntualizar que, si bien concede neta preponderancia —en estas reflexiones postbélicas— a la fría indagación crítica, no, por eso, pretende ignorar u omitir las innegables proezas y sacrificios del pueblo alemán y de sus fuerzas. Ya que basta el hecho de que este pueblo se enfrentase sin distinción de clases en una guerra con casi todo el mundo durante cerca de seis años sin desfallecer, para hacer enmudecer a quienes pretendiesen poner en duda su ánimo viril. De ahí que no necesitemos explicar nuestra derrota por vía de justificación, como Milton Shulman pide en su obra «La Derrota en Occidente».
Una cosa que, sin ser nueva, a más de un lector pudiera parecérselo en el grado de aserción rotunda que aquí alcanza, es el hecho innegable de que, sobre todo desde 1942, apenas hubo decisión que no hayamos de atribuir, en última instancia, al ya omnipotente «Führer del Tercer Reich». Con lo que por fuerza ha de venir a recaer la crítica principalísimamente sobre él. Se podría admitir, en consecuencia, que no le falta razón a Shulman cuando afirma en su citada obra que:
«…ha de tratar el Estado Mayor alemán (con toda probabilidad entiende Shulman por tal, al Estado Mayor propiamente dicho y a los mandos o grupos de dirigentes responsables) de escurrirse, hurtándose de cargar con la responsabilidad que le corresponde en el derrumbamiento militar del Tercer Reich», y que los generales alemanes «han cometido errores capitales estratégicos en los primeros años de la guerra y han tenido en las batallas de Occidente equivocaciones de vasto alcance en la estructura propia».
Reconozco que sería insensato querer presentar a los mandos militares alemanes como hombres infalibles en el campo de batalla. Pero tampoco se les podrá nunca acusar de la comisión de errores estratégicos, capaces, por tanto, de decidir la suerte de una campaña y aun la de la guerra, por la sencilla razón de que ya Hitler se había cuidado bien de inhabilitarles para ello al restringir sus facultades.(1)
De que los mandos alemanes de la Wehrmacht se veían impotentes para imponer el propio criterio en los casos de conflicto o discrepancia con el supremo, tenemos abundantes ejemplos demostrativos. Cabrá reprocharle a tal o cual de los más señalados jefes mayor o menor debilidad en la reivindicación del propio parecer sobre la forma de hacer la guerra; sólo que semejante reproche únicamente podrían, hacérselo quienes contasen con el raro mérito de haber aguantado firme frente a un dictador fanático sin ceder nunca una pulgada de las propias posiciones. Además, tampoco es siempre indicio de debilidad o de irreflexión el replegarse y allanarse a otra voluntad, sino que se da con frecuencia el caso de que, en la determinación de tal conducta, entren por mucho otras consideraciones. La consideración, por ejemplo, de que mejor podrá siempre compensar o atenuar las desdichadas consecuencias de una superior medida equivocada o temeraria el jefe ya familiarizado con las condiciones de la zona y circunstancias de las fuerzas afectadas, que no el que vendría a relevarle si él persistiese en su oposición. No hemos de olvidar, por último, que son bastantes los militares que han venido a enterarse, por las sesiones de los tribunales y la lectura de la literatura postbélica, de muchos y muy importantes detalles y de trascendentales nexos y relaciones que en su día habían ignorado. Por lo que toda generalización en este terreno sería injusta e imprudente.
Tenemos —los que profesamos la milicia— entereza suficiente para no rehuir la confesión de las propias equivocaciones, persuadidos, como estamos todos los sometidos al rigor del uniforme, del alcance del problema terrible que, para el pueblo y para el ejército alemán, representó el hecho de tener al frente del Reich a un hombre sin ningún freno moral en la propia concepción de la guerra. Para nosotros, en cambio, existe un poder superior que gobierna el curso de la Historia, y no es cosa la eventualidad de salir de la batalla derrotados o victoriosos que esté a merced de los meros recursos terrenos. También estamos convencidos de que toda guerra persigue siempre la conquista de la paz y nada más que de la paz. Por lo que si hoy en nuestra condición castrense nos ocupamos de la historia de la última, seguros de que los soldados alemanes sólo para contribuir a la común defensa de Europa podrían ser llamados aún a las armas, únicamente lo hacemos con la esperanza de sacar alguna provechosa enseñanza del capítulo más tremendo de la historia de Alemania y aun de la Historia por antonomasia.

Nota:
1.- Dispone la Orden número 1 del Führer: «Nadie habrá de tener conocimiento de materias reservadas que no caigan dentro del ámbito de sus funciones. Nadie habrá de enterarse sino de lo que estrictamente necesite para el desempeño de la misión que le ha sido encomendada. A nadie se le harán revelaciones antes del momento en que imperiosamente lo reclame su cometido. Nadie podrá confiar a los órganos subalternos más órdenes reservadas que las indispensables para que alcancen el objetivo propuesto ni antes del momento preciso.»

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