Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial – A. J. P. Taylor

Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial – A. J. P. Taylor

320 páginas
medidas: 14,5 x 20 cm.
Ediciones Sieghels
2015
, Argentina
tapa: blanda, color, plastificado,
Precio para Argentina: 220 pesos
Precio internacional: 21 euros

A. J. P. Taylor, uno de los historiadores más populares y controvertidas del siglo XX, que hizo accesible la historia a millones de personas, provocó una oleada de indignación con este polémico bestseller. Con una brillante carrera académica y una larga carrera en el periodismo y ámbitos académicos, Taylor analiza una enorme cantidad de documentos diplomáticos y no sólo comienza a darse cuenta que las versiones oficiales no se atienen a la verdad, sino que se anima a contradecirlas presentado pruebas y argumentos para sostener con rigor histórico una visión distinta de las causas del conflicto.
Revisando lo que eran verdades aceptadas acerca de la Segunda Guerra Mundial, argumentó que Hitler no consideraba en sus planes hacer la guerra, pero que acabó metido en ella en parte por accidente, y también por las torpezas de los demás.
Ferozmente atacado por reivindicar las razones de Hitler, Taylor reexamina los acontecimientos que precedieron a la invasión nazi de Polonia el 1 de septiembre de 1939, abriendo con ello un nuevo debate. Ninguno de los temas controvertidos de la política exterior del Tercer Reich pasa desapercibido, y uno a uno los revisa indicando las razones y causas de disputa que crearon las condiciones sobre las que se desató la guerra.
Su libro ha sido reconocido mundialmente como una obra brillante y un clásico de la investigación histórica contemporánea.

ÍNDICE

Prólogo 7
I.- Un problema olvidado 27
II.- El legado de la Primera Guerra Mundial 39
III.- Los diez años que siguieron a la guerra 63
IV.- El fin de Versalles 85
V.- La cuestión de Abisinia y el fin de Locarno 113
VI.- Una paz armada (1936-1938) 129
VII.- El Anschluss y el fin de Austria 159
VIII.- La crisis checoslovaca 179
IX.- Una paz por seis meses 219
X.- La guerra de nervios 249
XI.- La guerra por Dantzig 285

PRÓLOGO

Escribí este libro para satisfacer mi curiosidad histórica; en palabras de un historiador más afortunado, «para comprender lo que sucedió, y por qué sucedió». Frecuentemente a los historiadores les desagrada lo que sucedió, o bien desean que hubiese sucedido de un modo diferente. Pero no pueden hacer nada acerca de ello. Tienen que exponer la verdad tal como la ven, sin preocuparse de si ésta sorprende, o bien confirma los prejuicios existentes. Puede que yo asumiese esto demasiado inocentemente. Quizá debiese haber puesto al lector en antecedentes de que yo no me acerco a la historia como juez; y de que cuando hablo de moralidad me refiero a los sentimientos morales existentes en la época sobre la que estoy escribiendo. Por mi parte no omito ningún juicio moral. Así cuando escribo que «a la paz de Versalles le faltó validez moral desde el principio», lo único que quiero decir es que los alemanes no la consideraron justa, y que en los países de los aliados mucha gente, la mayor parte, creo yo, estaba de acuerdo con ellos. ¿Quién soy yo para decir que aquello fue «moral» o «inmoral» de un modo abstracto? ¿Desde qué punto de vista en todo caso?… ¿Del de los alemanes, del de los aliados, del de los neutrales, del de los bolcheviques? De los autores, algunos la creyeron moral, otros necesaria, y otros inmoral e innecesaria a la vez. Entre los últimos se contaban Smuts, Lloyd George, el partido laborista británico y muchos americanos. Ésas dudas morales ayudaron a que más tarde los convenios de la paz de Versalles fueran derrocados. Sobre el acuerdo de Múnich he escrito: «Fue un triunfo para lo mejor y lo más esclarecido de la vida británica; un triunfo para aquellos que habían predicado la igualdad y la justicia entre los pueblos; un triunfo para aquellos que habían denunciado valerosamente el rigor y la ceguera de Versalles». Quizá debiera haber añadido goak here, a la manera de Artemus Ward. No obstante no se trataba de una broma, por lo menos no del todo. Los mejor informados y más concienzudos cronistas de asuntos internacionales habían argüido durante años que no habría paz en Europa hasta que los alemanes recibiesen la autodeterminación que les había sido concedida a otros. Por mal acogida que fuese su forma, Múnich fue, en parte, el resultado de sus escritos; y hubiese sido mucho más difícil llegar al acuerdo de Múnich si no se hubiese creído que había cierta justicia en la pretensión de Hitler. Incluso durante la Segunda Guerra Mundial un miembro de «All Souls»1 le preguntó al presidente Benes si él, no creía que Checoslovaquia hubiese sido más fuerte si hubiese contado, digamos, con un millón y medio de alemanes menos. Hasta ese extremo persistía el espíritu de «pacificación». De hecho, no había solución intermedia: o tres millones y medio de alemanes en Checoslovaquia, o ninguno. Los mismos checos lo reconocieron expulsando a los alemanes después de la Segunda Guerra Mundial. No me concernía a mí el apoyar o condenar la pretensión de Hitler; sólo me concernía el explicar por qué fue tan ampliamente apoyada.
Siento decepcionar a los alemanes que imaginaron ingenuamente que mi libro, en cierto modo, había «vindicado» a Hitler. No obstante no simpatizo con los que en este país se lamentaron de que mi libro, equivocadamente o no, hubiese sido bien acogido por antiguos simpatizantes del dictador. Creo que es un argumento indigno de ser empleado contra una obra histórica. Un historiador no debe vacilar, incluso si sus libros prestan ayuda y confort a los enemigos de la Reina (aunque no es ése el caso del mío) o incluso a los enemigos comunes de la Humanidad. Por mi parte, incluso registraría hechos que hablasen en favor del Gobierno británico, si encontrase alguno que registrar. No es culpa mía el que, según los informes, la crisis austríaca fuese promovida por Schuschnigg, no por Hitler; ni es culpa mía el que, según los informes, fuese el Gobierno británico, y no Hitler, el primero en promover la desmembración de Checoslovaquia; como tampoco es culpa mía el que en 1939 el Gobierno británico le diese a Hitler la impresión de estar más interesado en imponer concesiones sobre los polacos que en resistir a Alemania. Si estas cosas hablan en favor de Hitler es culpa de leyendas previas que han sido repetidas por los historiadores sin ser examinadas. Estas leyendas tienen larga vida. Sospecho que he repetido algunas de ellas. Por ejemplo, creí hasta el último momento que fue Hitler quien llamó a Hacha a Berlín; sólo cuando el libro ya había entrado en pruebas examiné los informes de nuevo y descubrí que, por el contrario, fue Hacha quien pidió ser recibido en Berlín. Sin duda otras leyendas se han deslizado entre estas páginas.
El destruir esas leyendas no es una vindicación de Hitler. Es un servicio a la verdad histórica, y mi libro debiera ser discutido sobre esa base, no sobre la consecuencia política que las gentes elijan extraer de él. Este libro no es una contribución al «revisionismo», excepto en cuanto sugiere que Hitler empleó métodos diferentes a los que usualmente se le atribuyen. Nunca he podido ver sentido alguno en la cuestión sobre guerra culpable y guerra inocente. En un mundo de Estados soberanos, cada uno hace todo lo que puede por sus propios intereses; y, como máximo, puede ser criticado por equivocaciones, no por crímenes. Como de costumbre, Bismarck tenía razón cuando en 1866 dijo, sobre la guerra austro-prusiana: «Austria al oponerse a nuestras pretensiones, no estaba más equivocada que nosotros al hacérselas». Como ciudadano común, creo que esta lucha por la grandeza y la dominación es idiota, y me gustaría que mi país no tomase parte en ella. Como historiador, reconozco que las potencias serán siempre potencias. En realidad, mi libro tiene poco que ver con Hitler. Creo que la cuestión vital corresponde a Gran Bretaña y a Francia. Ellas eran las vencedoras de la primera Guerra Mundial. Tenían la decisión en sus manos. Era perfectamente obvio que Alemania trataría de convertirse de nievo en una gran potencia; y, después de 1933, era también obvio que su dominación sería peculiarmente barbárica. ¿Por qué no se opusieron las potencias victoriosas? Hay varias respuestas: timidez, ceguera, dudas morales, quizás el deseo de volver la fuerza de Alemania contra la Rusia Soviética. Pero sean cuales sean las respuestas, creo que ésta es la cuestión, y mi libro gira alrededor de ella, aunque gire también, naturalmente, alrededor de otra cuestión: ¿por qué se opusieron al final?
No obstante, algunos críticos armaron gran alboroto acerca de Hitler, atribuyéndole a él solo toda la responsabilidad de la guerra. Por consiguiente, discutiré a Hitler un poco más, aunque no con espíritu de polémica. No tengo deseos de hacer prevalecer mi opinión, sino de hacer las cosas bien. Creo que son dos las versiones corrientes de Hitler. Desde un punto de vista, Hitler deseaba una gran guerra por sí misma. Sin duda pensó también, aunque vagamente, en los resultados: Alemania sería la mayor potencia mundial, y él el conquistador del mundo, como Alejandro Magno o Napoleón. Pero principalmente deseaba la guerra porque ésta traería como consecuencia la destrucción total del hombre y de la sociedad. Era un maniático, un nihilista, un segundo Atila. El otro punto de vista le hace más racional, y, en cierto sentido, más constructivo. Según ese punto de vista, Hitler tenía un plan a largo plazo, coherente y original, que perseguía con firme persistencia. Por causa de este plan buscó el poder, y fue este plan el que determinó toda su política exterior. Intentaba darle a Alemania un gran imperio colonial en la Europa Oriental, y para ello pensaba derrotar a Rusia, exterminar a todos los habitantes y llenar de alemanes el territorio vacante. Este Reich de cien o doscientos millones de alemanes duraría mil años. Me siento sorprendido, incidentalmente, de que los que abogan por este punto de vista no hayan aplaudido el libro. Porque, con toda seguridad, si Hitler estaba planear o una gran guerra contra la Rusia Soviética, su guerra contra las potencias occidentales fue una equivocación. Hay en todo esto algún punto que yo no he comprendido.
Naturalmente, Hitler especuló mucho sobre lo que estaba haciendo, tanto como los observadores académicos que tratan de encontrar coherencia en los actos de los hombres de Estado contemporáneos. Quizás el mundo se hubiese ahorrado muchas preocupaciones si a Hitler se le hubiese dado un empleo en alguna institución alemana equivalente a Chaham House, donde hubiese podido especular inofensivamente durante el resto de su vida. Pero se encontró envuelto mundo de acción, y creo que, más que seguir planes coherentes y precisos, lo que hizo fue explotar los acontecimientos. La historia de cómo llegó al poder en Alemania me parece suficiente para explicar su postrer comportamiento en asuntos internacionales. Anunció persistentemente que intentaba apoderarse del poder, y que cuando lo consiguiese haría grandes cosas. Mucha gente le creyó. El elaborado complot por medio del cual Hitler se apoderó del poder fue la primera leyenda establecida acerca de él, y fue también la primera en ser destruida. No hubo plan a largo plazo. Hitler no tenía idea de cómo llegaría al poder; sólo la convicción de que llegaría. Papen y otros conservadores pusieron a Hitler en el poder por la intriga, con la creencia de que le habían hecho prisionero. Él explotó su intriga, de nuevo sin tener idea de cómo escaparía de su control, sólo con la convicción de que de algún modo lo lograría. Esta «revisión» no vindica a Hitler, aunque desacredite a Papen y a sus asociados. Es simplemente revisión por sí misma, o más bien por causa de la verdad histórica.
Una vez en el poder, Hitler no tenía idea, de nuevo, de cómo sacaría a Alemania de la depresión, sólo la determinación de hacerlo. La mayor parte de la recuperación fue natural, debida al general trastorno de las condiciones del mundo, que ya había comenzado antes de que Hitler consiguiese el poder. Él contribuyó con dos cosas. Una fue el antisemitismo. Para mí, eso fue lo único en lo que creyó persistente y genuinamente desde su comienzo en Múnich hasta sus últimos días en el bunker. La defensa de esta idea le hubiese privado de soporte, aislándole del resto en cualquier país civilizado. Económicamente era irrelevante y verdaderamente perjudicial. Su otra contribución fue la de estimular el gasto público en carreteras y edificios. Según el único libro que ha examinado lo que ocurrió en vez de repetir lo que Hitler y los demás dijeron que estaba ocurriendo2, la recuperación germánica se debió al retomo del consumo privado y de tipos de inversión completamente ajenos a la guerra, a los niveles de prosperidad de 1928 y 1929. El rearme tuvo poco que ver con ello. Hasta la primavera de 1936, «el rearme fue en eran parte un mito»3. De hecho, Hitler no aplicó ningún plan económico preconcebido. Hizo lo primero que le vino a mano.
El mismo punto es ilustrado con la historia del incendio del Reichstag. Todo el mundo conoce la leyenda. Los nazis necesitaban una excusa para introducir las leyes excepcionales de dictadura política; y ellos mismos incendiaron el Reichstag para proveerse de esa excusa. Quizá fue Goebbels quien le prendió fuego, quizá Göring; quizás Hitler no conociese el plan de antemano. De todas formas, fueron los nazis quienes lo hicieron. Ahora la leyenda ha sido hecha añicos por Fritz Tobias, en mi opinión de un modo decisivo4. Los nazis no tuvieron nada que ver con el incendio del Reichstag. Fue obra del joven holandés Van der Lubbe, que lo hizo completamente solo, tal como él mismo dijo. Hitler y los otros nazis fueron tomados por sorpresa. Creyeron que era obra de los comunistas, e introdujeron las Leyes Excepcionales porque creyeron genuinamente que existía la amenaza de un alzamiento comunista. Ciertamente había una lista preparada de aquellos que debían ser arrestados. Pero no preparada por los nazis. Había sido preparada por el predecesor de Göring: el socialdemócrata Severing. Repito de nuevo que aquí no hay vindicación de Hitler, sino únicamente revisión de sus métodos. Él esperaba que se presentase una oportunidad, y ésta se presentó. Naturalmente, tampoco los comunistas tenían nada que ver con el incendio del Reichstag. Pero Hitler pensó que sí, y fue capaz de
explotar el peligro comunista de un modo tan efectivo, principalmente porque él mismo creía en él. También esto nos proporciona un paralelo con la actitud de Hitler, más tarde, en asuntos internacionales. Cuando otros países pensaban que estaba preparando una guerra agresiva contra ellos, Hitler se sentía igualmente convencido de que esos otros países intentaban impedir la restauración de Alemania como gran potencia independiente. Su creencia no era del todo infundada. En cualquier caso, el Gobierno británico y el obierno francés han sido condenados a menudo por no emprender a tiempo una guerra preventiva. Creo que aquí se halla la llave del problema de si Hitler aspiraba a la guerra deliberadamente. No aspiró a la guerra, sino que supuso que ésta llegaría, a menos que pudiese evitarla con algún truco ingenioso, del mismo modo que había evitado la guerra civil. Los que tienen designios perversos se los atribuyen con facilidad a los demás; y Hitler esperaba que los demás hiciesen lo que él hubiese hecho en su lugar. Inglaterra
y Francia eran «antagonistas inspirados por el odio»; la Rusia Soviética estaba planeando cómo destruir la civilización europea, vana amenaza que los bolcheviques habían hecho a menudo; Roosevelt estaba en camino de arruinar a Europa. Ciertamente, Hitler dio instrucciones a sus generales para que se preparasen para la guerra. Pero lo mismo hizo el Gobierno británico, y lo mismo hubiese hecho, en el mismo caso, todo otro Gobierno. La ocupación de los Estados Mayores Generales es la deprepararse para la guerra. Las directivas que reciben de sus gobiernos les indican la guerra posible para la que tienen que prepararse, y no son prueba de que el Gobierno en cuestión haya decidido hacerla. Desde 1935 en adelante, todas las directivas británicas se dirigían únicamente contra Alemania; las de Hitler se limitaban a hacer a Alemania cada vez más fuerte. Por tanto, si tratásemos (equivocadamente) de juzgar las intenciones políticas basándonos en los planes militares, resultaría que el Gobierno británico había preparado la guerra contra Alemania, y no al contrario. Pero, naturalmente, le concedemos al comportamiento de
nuestro propio gobierno una generosidad de interpretación, que no hacemos extensiva a los otros gobiernos. La gente considera a Hitler como un malvado, y entonces encuentran pruebas de su maldad en evidencias que no usarían contra otras personas. ¿Por qué? Únicamente porque en primer lugar dan por sentada la maldad de Hitler.
Es peligroso deducir las intenciones políticas por medio de los planes militares. Algunos historiadores, por ejemplo, han deducido que el Gobierno británico preparaba la guerra por medio de las conversaciones militares anglo-francesas antes de 1914. Otros, en mi opinión más prudentes, han negado la posibilidad de esta deducción. Arguyen que en los planes militares no hubo intención agresiva, sino mera precaución. No obstante, las directivas de Hitler han sido interpretadas a menudo de este último modo. Voy a dar un ejemplo de ello: el 30 de noviembre de 1938, Keitel le envió a Ribbentrop un proyecto para las conversaciones militares italo-germanas, que había preparado bajo las órdenes de Hitler. La cláusula 3 decía: «Bases político-militares para la negociación. Guerra de Alemania e Italia contra Francia e Inglaterra, con el objeto de liquidar primero a Francia»5. Un crítico responsable ha sostenido que esto es una clara prueba de las intenciones de Hitler, destruyendo así mi tesis. No obstante, ¿de qué podían hablar los generales alemanes e italianos al encontrarse, excepto de la guerra contra Francia y Alemania? Ésa era la única guerra en la que Italia tenía probabilidades de verse envuelta. En aquella misma época los generales ingleses y franceses discutían acerca de la guerra contra Alemania e Italia. No obstante, eso no es una prueba contra ellos, y mucho menos contra sus Gobiernos. La arriba mencionada historia del proyecto de Keitel es muy instructiva. Fueron los italianos, no los alemanes, los que hicieron presión para sostener conversaciones militares. Después que el proyecto fue preparado, nada ocurrió. Cuando Hitler ocupó Praga el 15 de marzo de 1939, las conversaciones aún no habían sido sostenidas. Los italianos iban impacientándose. El 22 de marzo, Hitler ordenó: «Los proyectos político-militares… han de ser aplazados por el momento»6. Las conversaciones se sostuvieron por fin el 4 de abril. Keitel registró: «Las conversaciones empezaron algo repentinamente, como consecuencia de la presión de Italia»7. Resultó que los italianos, lejos de desear la guerra, deseaban insistir en que no podían estar preparados para ella hasta 1942, lo más pronto; y los representantes alemanes se mostraron de acuerdo con ellos. De este modo esta maravillosa directiva únicamente
prueba (si es que prueba algo) que a Hitler, en esta época, no le interesaba una guerra contra Francia y Gran Bretaña; y que a Italia no le interesaba en absoluto una guerra. O quizá prueba que los historiadores debieran ser más prudentes y no tomar una cláusula aislada de un documento sin leer más allá.
Por supuesto, los ingleses creían que su Gobierno sólo deseaba mantener las cosas tranquilas, mientras que Hitler deseaba complicarlas. Para los alemanes, el status quo no fue un tratado de paz, sino de esclavitud. Todo depende del punto de vista. Las potencias victoriosas deseaban guardarse los frutos de su victoria con algunas modificaciones, aunque lo hicieron de un modo inefectivo. La potencia vencida deseaba recuperarse de su derrota. Esta última ambición, agresiva o no, no era peculiar de Hitler, sino que era compartida por todos los políticos alemanes, por los socialdemócratas, que terminaron la guerra en 1918, tanto como por Stresemann. Nadie definió con precisión lo que representaba el recuperarse de la derrota de la primera Guerra Mundial, ni siquiera Hitler. Implícitamente, representaba el recobrar el territorio perdido entonces; el restaurar el predominio alemán sobre la Europa central, que había sido dado previamente con la alianza con Austria- Hungría; y, por supuesto, el acabar con todas las restricciones sobre el armamento alemán. Los términos concretos no importaban. Todos los alemanes, Hitler incluido, asumían que Alemania se convertiría en la potencia dominante en Europa, una vez se hubiese recuperado de su derrota, tanto si esto sucedía por medio de la guerra como de otro modo; y esta idea era compartida de un modo general por otros países.
Los dos conceptos de «liberación» y «dominación» se fundieron en uno, y ya no hubo modo de separarlos. Eran meramente dos palabras diferentes para una misma, cosa; y únicamente el uso de una en particular decidió si Hitler fue un campeón de la justicia nacional, o, en potencia, un conquistador de Europa.
Un escritor alemán8 ha criticado recientemente a Hitler por desear restaurar a Alemania como gran potencia. La primera Guerra Mundial, arguye el escritor, había demostrado que Alemania nunca podría ser una potencia independiente a escala mundial; y Hitler fue un loco al intentarlo. Esto no son más que palabras huecas. La primera Guerra Mundial hizo tambalearse a todas las grandes potencias envueltas en ella, a excepción de los Estados Unidos, que virtualmente no tomaron parte en ella; y quizá después, al tratar de seguir siendo grandes potencias, cometieron todas la misma locura. La guerra total está probablemente más allá de la fuerza de cualquier gran potencia. Ahora, incluso, los preparativos para tal guerra amenazan arruinar a las grandes potencias que quieren llegar a ella. Esto no es nuevo. En el siglo XVIII, Federico el Grande condujo a Prusia al colapso en su esfuerzo por convertirla en una gran potencia. Las guerras napoleónicas despojaron a Francia de su primacía en Europa, y ya nunca ha recobrado su primitiva grandeza. Éste es un dilema extraño, inevitable. Aunque el objeto de ser una gran potencia es él de ser capaz de hacer una gran guerra, el único camino para seguir siendo una gran potencia es el de no hacer esa guerra, o el de hacerla a escala limitada. Éste fue el secreto que mantuvo la grandeza de Gran Bretaña mientras ésta se aferró a las luchas navales y no trató de convertirse en una potencia militar al modo continental. Hitler no necesitaba las instrucciones de un historiador para darse cuenta de esto. Uno de sus temas preferidos era la inhabilidad de Alemania para hacer una gran guerra, así como el peligro que amenazaba a Alemania si otras grandes potencias se unían contra ella. Hablando de este modo, Hitler se mostraba más razonable que los generales alemanes que imaginaban que todo iría bien si conseguían que Alemania Volviese a la posición que ocupaba en marzo de 1918, antes de la ofensiva de Ludendorff. No obstante, Hitler no sacó la consecuencia de que era una tontería que Alemania se convirtiese en una gran potencia. En vez de ello se propuso tratar el problema con habilidad e ingenio, como habían hecho los ingleses. Donde éstos utilizaron el poderío marítimo, Hitler utilizó el engaño y la estratagema. Lejos de desear la guerra, una guerra general era lo último que deseaba. Deseaba los frutos de una victoria total sin una guerra total; y gracias a la estupidez de los demás casi lo consiguió. Las otras potencias pensaron que se enfrentaban con la elección entre guerra total o la rendición. Al principio eligieron la rendición; después eligieron la guerra total, para completa ruina de Hitler.
Esto no son suposiciones. Fue largamente demostrado por él armamento alemán antes de la Segunda Guerra Mundial, e incluso durante ella. Hubiese resultado obvio mucho antes si los hombres no hubiesen estado cegados por dos equivocaciones. Antes de la guerra escucharon lo que Hitler decía en vez de observar lo que hacía. Después de la guerra
desearon achacarle a él toda la culpa de lo que había ocurrido, sin tener en cuenta la evidencia. Esto se demuestra, por ejemplo, por la casi universal creencia de que fue Hitler el primero en bombardear la población civil, cuando en realidad fueron los dirigentes de la estrategia británica, como algunos de los más sinceros han declarado. No obstante,
el informe sobre el armamento alemán está al alcance de la mano de cualquiera que quiera Usarlo, desapasionadamente analizado por Mr. Burton Klein. He citado ya su conclusión sobre los tres primeros años de Hitler: hasta la primavera de 1936, el rearme alemán fue prácticamente un mito. Esto no significa únicamente que los períodos preliminares del rearme no estaban produciendo poderío creciente, como ocurre siempre. Ni siquiera los períodos preliminares eran llevados a cabo con seriedad. Hitler engañaba a las potencias extranjeras y al pueblo alemán en un sentido completamente opuesto al que generalmente se supone. Él, o, mejor dicho, Göring, anunció: «La pólvora antes que
la mantequilla». De hecho, puso la mantequilla antes que la pólvora. Tomo al azar algunos ejemplos del libro de Mr. Klein. En el año 1936, según Churchill, dos tasadores independientes estimaron que en el rearme alemán se gastaban doce mil millones de marcos al año9. Pero el gasto real era de menos de cinco mil millones. El mismo Hitler aseguró que el Gobierno nazi había gastado noventa mil millones de marcos en
armamento antes del comienzo de la guerra. De hecho, el gasto total del Gobierno alemán, en la guerra y fuera de ella, no se elevó a mucho más que eso entre 1933 y 1938. El rearme costó unos cuarenta mil millones de marcos en los seis años fiscales que terminaron el 31 de marzo de 1939, y cerca de cincuenta mil millones hasta el comienzo
de la guerra10.
Mr. Klein discutió el porqué el rearme alemán se hizo a escala tan limitada. Para empezar, Hitler no deseaba debilitar su popularidad reduciendo el nivel de vida de la población civil en Alemania. Lo máximo que hizo el rearme fue impedir que éste se elevase más rápidamente de lo que se hubiese elevado de otro modo. Incluso así los alemanes vivían mejor que nunca hasta entonces. El sistema nazi era ineficiente y estaba corrompido. Y, lo que es más importante, Hitler no quería aumentar los impuestos, y no obstante se sentía aterrado por la inflación. Ni siquiera el trastorno de Schacht hizo tambalearse las limitaciones financieras, a pesar de que se supuso que sí. Y, más importante que todo, Hitler no hizo grandes preparativos para la guerra simplemente porque «su concepto de la guerra no los requería». «Más bien planeó resolver el problema del espacio vital de Alemania a remiendos… por una serie de pequeñas guerras»11. Ésta es la conclusión a la que también yo llegué independientemente del estudio de la situación política, a pesar de que sospecho que Hitler esperaba salir adelante sin ninguna guerra. Estoy de acuerdo en que en su mente no había una clara línea divisoria entre su genio político y la pequeña visión, habilidad, destreza, como el ataque a Polonia. Lo que él no planeó fue la gran guerra que tan a menudo se le ha atribuido.
El pretender que se estaba preparando para una guerra y el no hacerlo realmente era una parte esencial de la estrategia política de Hitler; y los que dieron el toque de alarma contra él, como Churchill, le ayudaron torpemente en su trabajo. La trampa era nueva y todo el mundo cayó en ella. Antes, los Gobiernos gastaban en armamento más de lo que admitían, como muchos siguen haciendo hoy día. A veces lo hacían para engañar a su propio pueblo; otras, para engañar a un enemigo en potencia. En 1909, por ejemplo, el Gobierno alemán fue acusado por muchos ingleses de acelerar secretamente la construcción naval sin la aprobación del Reichstag. La acusación era probablemente falsa. Pero dejó el permanente legado de sospecha de que los alemanes lo harían de nuevo; y esta sospecha fue reforzada por las evasivas al desarme impuesto por el Tratado de Versalles, que los sucesivos Gobiernos alemanes practicaron, aunque con poca eficacia, después de 1919. Hitler estimuló esta sospecha y la explotó. He aquí un buen ejemplo: el 28 de noviembre de 1934, Baldwin negó la afirmación de Churchill de que la fuerza aérea de Alemania era igual a la de la Gran Bretaña. Baldwin tenía razón; Churchill, informado por el profesor Lindemann, estaba equivocado. El 24 de marzo de 1935, Sir John Simon y Anthony Edén visitaron a Hitler. Él les dijo que la fuerza aérea de Alemania era ya igual a la de la Gran Bretaña, si no superior. Se le creyó esta vez, y, desde entonces, se le ha creído siempre. Baldwin quedó desacreditado y cundió el pánico. ¿Cómo iba a ser posible que los hombres de Estado exagerasen sobre su armamento en vez de ocultarlo? Sin embargo eso era lo que Hitler había hecho.
El rearme alemán fue prácticamente un mito hasta la primavera de 1936. Entonces, Hitler le dio algo de realidad. Su motivo principal fue el temor al Ejército Rojo; y, por supuesto, Gran Bretaña y Francia habían empezado también a rearmarse. De hecho, Hitler corrió a la altura de los demás, sin llevarles demasiada ventaja. En octubre de 1936, le dijo a Göring que preparase la Armada y la Economía alemana para una guerra, aunque sin dar más detalles. De 1938 a 1939, el último año de paz, Alemania gastó en armamento cerca de un 15% de su producto nacional en grueso. La proporción británica era casi la misma. El gasto alemán en armamento bajó después del acuerdo de Múnich y permaneció a bajo nivel, de modo que la producción británica de aeroplanos, por ejemplo, estaba muy por encima de la alemana en 1940. Cuando en 1939 estalló la guerra, Alemania tenía 1450 aviones de caza modernos y 800 bombarderos; Gran Bretaña y Francia tenían 950 aviones y 1300 bombarderos. Los alemanes tenían 3500 tanques; Gran Bretaña y Francia tenían 385012. En cada caso los servicios de información aliados estimaban que la fuerza de los alemanes era más del doble de la verdadera. Como de costumbre, se creyó que Hitler había planeado una gran guerra y se había preparado para ella. De hecho era falso.
Se puede objetar que estos ejemplos no hacen al caso. Fuesen cuales fuesen las deficiencias del armamento alemán sobre el papel, cuando llegó el momento de la verdad, Hitler ganó una guerra contra dos grandes potencias europeas. Esto es ir contra el consejo de Maitland y juzgar por lo que sucedió, no por lo que se esperaba que sucediese. Aunque Hitler ganó, ganó por equivocación, equivocación que él mismo compartió.
Naturalmente, los alemanes confiaban en que podrían derrotar a Polonia si las potencias occidentales no les molestaban. Aquí el juicio político de Hitler de que los franceses no harían nada probó ser más acertado que las aprensiones de los generales alemanes. Pero Hitler no tenía ni idea de que derrotaría a Francia al invadir Bélgica y Holanda el 10 de mayo de 1940. Ése fue un movimiento defensivo: el de asegurarse el Rhur contra una posible invasión de los aliados. La conquista de Francia fue una bonificación imprevista. Ni siquiera después de esto se preparó Hitler para una gran guerra. Imaginó que, al igual que a Francia, podría derrotar a la Rusia Soviética sin hacer un esfuerzo serio. La producción alemana de armamento no se redujo únicamente durante el invierno de 1940-1941, sino que se redujo aún más en el otoño de 1941, cuando la guerra contra Rusia había empezado ya. No hubo ningún cambio serio después del inicial revés en Rusia, ni tampoco después de la catástrofe de Stalingrado. Alemania continuó con su «economía pacífico-guerrera». Sólo los ataques de las bombas británicas sobre las ciudades alemanas estimularon a Hitler y a los alemanes a tomarse la guerra en serio. La producción alemana para la guerra llegó a su cénit al mismo tiempo que las bombas de los Aliados: en julio de 1944. Incluso en marzo de 1945 Alemania producía más material militar que cuando atacó a Rusia en 1941. Desde el principio hasta el final, el ingenio, no la fuerza militar, fue el secreto del éxito de Hitler. Hitler estuvo perdido cuando la fuerza militar fue decisiva, y eso él lo supo siempre.
De este modo me siento justificado al considerar los cálculos políticos como más importantes que la mera fuerza en el período anterior a la guerra. Hubo algún cambio de énfasis en el verano de 1936. Entonces no solamente Hitler, sino todas las potencias, empezaron a tomarse en serio la guerra y los preparativos para ella. Erré al no hacer hincapié con más claridad en este cambio de 1936, y quizá también en encontrar demasiados cambios en el otoño de 1937. Esto muestra lo difícil que es prescindir de las leyendas, incluso cuando se trata de hacerlo. Fui engañado por el Hossbach Memorándum. Aunque dudé de si sería tan importante como dijeron la mayoría de los escritores, pensé no obstante que debería tener alguna importancia, ya que todos los escritores hablaban de ello. Me equivoqué; y los críticos que apuntaron a 1936 acertaron, aunque aparentemente no se dieron cuenta de que, al hacerlo, estaban desacreditando el Hossbach Memorándum. Sería mejor que desacreditase un poco más esa «acta oficial», como la ha llamado un historiador. Los puntos a discutir son técnicos, y podrán parecerle triviales al lector corriente. No obstante, los entendidos conceden gran importancia a esos puntos técnicos, y tienen razón. Según la práctica moderna, un acta oficial consta de tres cosas. En primer lugar, un secretario debe tomar notas que debe escribir después de forma ordenada. Después su relación debe ser sometida a los participantes para que la corrijan y la aprueben. Finalmente, el acta debe ser colocada en los archivos oficiales. Ninguno de esos requisitos tuvo lugar en lo concerniente a la reunión del 5 de noviembre de 1937, excepto el de que Hossbach asistió a él. Pero no tomó notas. Cinco días más tarde escribió de memoria una relación de la reunión, y en dos ocasiones se ofreció a mostrarle el manuscrito a Hitler, que replicó que estaba demasiado ocupado para leerlo. Éste era un trato francamente curioso para lo que se supone es «su última voluntad y testamento». Puede que Blomberg le echase una mirada al manuscrito. Los otros ni siquiera sabían que existía. El único certificado de autenticidad fue la firma del mismo
Hossbach. Otro hombre vio el manuscrito: Beck, jefe del Estado Mayor General, y, entre los generales alemanes, el más escéptico respecto a las ideas de Hitler. El 12 de noviembre de 1937 escribió una respuesta a los argumentos de Hitler; y esta respuesta fue presentada más tarde como principio de la «resistencia» alemana. Incluso se ha sugerido que Hossbach escribió el memorándum para provocar esa respuesta.
Todo esto son especulaciones. En aquella época nadie le dio importancia a la reunión. Hossbach dejó el Estado Mayor al poco tiempo. Su manuscrito fue archivado con otros papeles, y luego olvidado. En 1943 un oficial alemán, el conde Kirchbach, le echó una mirada al archivo, y copió el manuscrito para la sección de historia militar. Después de la
guerra los americanos encontraron la copia de Kirchbach, y la cogieron a su vez para el proceso de Núrenberg. Tanto Hossbach como Kirchbach opinaron que esta copia era más corta que el original. En particular, según Kirchbach, el original contenía críticas de Neurath, Blomberg y Fritsch sobre los argumentos de Hitler, críticas que ahora se han perdido.
Quizá los americanos «editasen» el documento; quizá Kirchbach, como otros alemanes, intentase darle toda la culpa a Hitler. No hay modo de saberlo. El original de Hossbach y la copia de Kirchbach han desaparecido. Todo lo que sobrevive es una copia, quizás acortada, quizás «editada», de una copia de una relación cuya autenticidad no ha sido probada. Contiene temas que Hitler usaba también en sus discursos públicos: la necesidad del Lebensraum, y su convicción de que otros países se opondrían a la restauración de Alemania como gran potencia independiente. No contiene directivas para la acción, sino sólo el deseo de incrementar el armamento. Ni siquiera en Núrenberg se empleó el
memorándum de Hossbach para probar la culpabilidad de la guerra de Hitler. Eso se dio por supuesto. Lo que la acortada forma del memorándum «probó» fue que los acusados de Núrenberg —Göring, Reader y Neurath— se habían sentado junto a Hitler y aprobado sus planes de agresión. Se asumía que los planes eran agresivos, con la finalidad de probar la culpabilidad de los acusados. Los que, en los procesos políticos, creen en la evidencia, pueden seguir citando el memorándum de Hossbach. Pero también debieran poner a sus lectores en antecedentes (cosa que no hacen los editores de Documentos sobre la Política Exterior Alemana, por ejemplo) de que el memorándum, lejos de ser un «acta oficial», es un candente tema de discusión13.
El memorándum de Hossbach no es el único proyecto que se alega sobre las intenciones de Hitler. Ciertamente, a juzgar por lo que dicen algunos historiadores, Hitler hacía tales proyectos continuamente, influido sin duda por su deseo de ser arquitecto (?). Esos historiadores incluso rebajan la producción de Hitler. Saltan directamente desde Mein Kampf hasta el memorándum de Hossbach, y luego a las conversaciones de sobremesa de la guerra de Rusia14. De hecho, Hitler esbozaba un proyecto casi cada vez que hizo un discurso; su mente trabajaba de ese modo. Obviamente no había nada secreto en esos proyectos ni en Mein Kampf, que se vendió a todo el mundo cuando Hitler llegó al poder, ni en los discursos dirigidos a grandes auditorios. Por tanto, nadie puede enorgullecerse de su perspicacia en adivinar las intenciones de Hitler. Es igualmente obvio que el Lebensraum siempre apareció como un elemento en esos proyectos. Ésa no era una idea original de Hitler, sino un lugar común de la época. Volk ohne Raum, por ejemplo, escrita por Hans Grimm, se vendió mucho mejor que Mein Kampf, cuando fue publicada en 1928. En cuanto a esto, los planes para adquirir nuevos territorios fueron muy difundidos en Alemania durante la primera Guerra Mundial. Se solía pensar que ésos eran los planes de unos cuantos teorizadores chiflados de una organización extremista. Ahora sabemos mejor a qué atenernos. En 1961, un profesor alemán hizo un reportaje sobre los resultados de su investigación sobre los objetivos de la guerra alemana15. Éstos eran, ciertamente, «un proyecto de agresión», o, en palabras del profesor, «un apoderarse del poder mundial»: Bélgica, bajo el control alemán; las minas de hierro francesas, anexionadas a Alemania; Ucrania, convertida en alemana; y, lo que es peor aún, Polonia y Ucrania libres de sus habitantes para ser repobladas por alemanes. Estos planes no eran únicamente el producto del trabajo del Estado Mayor General alemán. Fueron respaldados por el Ministerio alemán de Asuntos Exteriores, y por el «buen alemán». Bethmann Hollweg.
Hitler, lejos de superar a sus respetables predecesores, fue realmente más moderado que ellos cuando buscó su Lebensraum únicamente en el Este, repudiando, en Mein Kampf, las ganancias en el Oeste. Hitler se limitó a repetir la charla ordinaria de los círculos de derechas. Como todos los demagogos, Hitler recurrió a las masas. De modo distinto a
otros demagogos, que buscaron el poder para seguir una política de izquierdas, Hitler se Valió de los métodos de izquierdas para dominar a las masas y pasarlas a las derechas. Por eso las derechas le acogieron. ¿Pero era el Lebensraum la única idea de Hitler, o la que dominaba su mente? A juzgar por Mein Kampf, se hallaba obsesionado por el
antisemitismo, que ocupa la mayor parte de su libro. De las setecientas páginas, sólo dedica siete al Lebensraum. Entonces, y de entonces en adelante, ha sido la razón final que justifica las supuestas intenciones de Hitler. Quizá la diferencia entre las personas que creen en un plan constante de Hitler para el Lebensraum, y yo, resida en cómo se entienda la palabra «plan». Para mí es algo que ha sido preparado y llevado a cabo
con detalle. Pero ellos parecen entender por «plan» un deseo pío, o, en este caso, impío. Según mi punto de vista, Hitler nunca tuvo un plan para el Lebensraum. No hubo estudio de los recursos de los territorios que habían de ser conquistados; ni se definió lo que estos territorios iban a ser.
No se constituyó ningún Estado Mayor General para llevar a cabo estos planes, ni se investigó sobre los alemanes que podían ser movilizados. Cuando grandes partes de la Rusia Soviética fueron conquistadas, los administradores de los territorios conquistados se encontraron sin saber qué hacer, sin poder conseguir ninguna directiva sobre si debían exterminar a las poblaciones existentes o explotarlas, o sobre si debían tratarlas amistosamente o no.
Ciertamente, Hitler pensó que Alemania tendría muchas probabilidades de adquirir ganancias en la Europa oriental cuando se convirtiese en una gran potencia. Esto estaba motivado, en parte, por su creencia en el Lebensraum. Había más consideraciones prácticas. Durante largo tiempo, equivocadamente o no, pensó que sería más fácil derrotar a la Rusia Soviética que a las potencias occidentales. Realmente, casi llegó a creer que era probable que los bolcheviques se rindiesen sin una guerra, creencia ampliamente compartida por muchos hombres de Estado occidentales. De ese modo él podría conseguir sus ganancias sin ningún esfuerzo. Además, el Lebensraum pudo ser presentado con facilidad como una cruzada antibolchevique, y eso le ayudó a ganarse los corazones de aquéllos que, en los países occidentales, le consideraron campeón de la civilización occidental. No obstante, él no fue dogmático acerca de esto. No rehusó otras ganancias cuando le salieron al paso, Después de la derrota de Francia, anexionó Alsacia y Lorena a Alemania, a pesar de sus previas declaraciones de que no haría tal cosa; y tomó buenas medidas acerca de las regiones industriales de Bélgica y del nordeste de Francia, tal como Bethmann había intentado hacer antes que él. Los términos, bastante vagos, con los que proyectó la paz con la Gran Bretaña en el verano de 1940, incluían una garantía para el Imperio británico, pero también tenía intención de reclamar el Irak, y quizás Egipto, para el mundo germánico. Así, fuesen cuales fuesen sus teorías, no se adhirió en la práctica al status quo en el Oeste, y a las ganancias en el Este. El especulador abstracto se convirtió en un hombre de Estado que no consideraba de antemano lo que haría o cómo lo haría.
Llegó tan lejos porque los otros no supieron qué hacer con él. De nuevo quiero comprender a los «pacificadores», no vindicarlos ni condenarlos. Los historiadores hacen un mal trabajo cuando escriben sobre los pacificadores, considerándolos estúpidos o cobardes. Fueron hombres que tuvieron que enfrentarse con problemas reales, y que hicieron todo lo que pudieron en las circunstancias de su tiempo. Reconocieron que una Alemania independiente y poderosa tendría, de algún modo, que encontrar un lugar en Europa. Experiencias posteriores sugieren que tenían razón. En cualquier caso, seguimos dándole vueltas al problema alemán. ¿Puede un hombre en su juicio suponer que otros países pudieron haber intervenido por la fuerza armada en 1933 para derribar a Hitler, que había llegado al poder por medios constitucionales, y se hallaba aparentemente apoyado por la mayoría del pueblo alemán, por ejemplo? ¿Hubiese sido posible, acaso, planear algo para hacerle menos popular en Alemania, a no ser, quizás, el intervenir para echarle de Renania en 1936? Los alemanes pusieron a Hitler en el poder; ellos eran
los únicos que podían derribarle. De nuevo, los pacificadores temían que la derrota de Alemania sería seguida por la dominación rusa en gran parte de Europa. Posteriores experiencias sugieren que tampoco en eso estaban equivocados. Sólo los que deseaban que la Rusia Soviética ocupase el lugar de Alemania tienen derecho a condenar a los
pacificadores; y no acierto a comprender cómo la mayor parte de los que les condenan están ahora igualmente indignados por el inevitable resultado de su fracaso.
Tampoco es cierto que los pacificadores formasen un círculo cerrado, que encontró gran oposición en aquel-tiempo. A juzgar por lo que se dice ahora, uno supondría que prácticamente todos los conservadores defendían la resistencia contra Alemania, en alianza con la Rusia Soviética, y que todo el Partido Laborista clamaba por un gran armamento. Por el contrario, pocas causas han sido más populares. Todos los periódicos del país aplaudieron el acuerdo de Múnich, a excepción del Reynold’s News. No obstante, las leyendas son tan poderosas que incluso al escribir esta frase me resisto a creerla. Naturalmente, los pacificadores pensaron en primer lugar en sus propios países, como hacen la mayoría de los hombres de Estado, a los que generalmente se alaba por
ello. Pero también pensaron en los demás. Dudaron de si los pueblos de la Europa oriental saldrían beneficiados con la guerra. La posición del pueblo británico en septiembre de 1939 fue sin duda heroica; pero, principalmente, se trató de un heroísmo a expensas de los demás. El pueblo británico sufrió comparativamente poco durante los seis años
de la guerra. Los polacos sufrieron verdaderas catástrofes durante la guerra, y no recuperaron su independencia después de ella. En 1938, Checoslovaquia fue traicionada. En 1939, Polonia fue salvada. Menos de cien mil checos murieron durante la guerra. Seis millones y medio de polacos fueron asesinados. ¿Qué fue mejor, ser un checo traicionado, o un polaco salvado? Me alegro de que Alemania fuese derrotada y Hitler destruido. Pero también me doy cuenta de que otros pagaron el precio de ello, y reconozco la sinceridad de los que pensaron que el precio era demasiado alto.
Hay controversias que debieran ser discutidas en términos históricos. Sería fácil el prepararles un sumario a los pacificadores. Quizá perdí el interés por ello por haberlo hecho ya en una época en que, según mis recuerdos, los que ahora despliegan su indignación contra mí no tomaban parte activa en la plataforma pública. Me interesa más descubrir por qué no pude conseguir lo que deseaba más que repitiendo las viejas denuncias; y si tengo que condenar las equivocaciones de alguien, prefiero condenar las mías. No obstante, no forma parte del deber del historiador el decir lo que se debiera haber hecho. Su único deber es averiguar lo que se hizo y el porqué. Poco podrá descubrirse mientras sigamos atribuyéndole a Hitler todo lo que se hizo. Él fue un elemento dinámico y poderoso, pero no fue más que combustible para una máquina ya existente. En parte fue la creación de Versalles, y en parte la creación de las ideas comunes en la Europa de aquel tiempo. Y, sobre todo, fue la creación de la historia alemana y del presente alemán. Hitler no hubiese contado para nada sin el soporte y la cooperación del pueblo alemán. Parece ser que hoy día se cree que Hitler lo hizo todo él solo, incluso el conducir los trenes y el llenar de gas las cámaras. No fue así. Hitler fue la tabla de armonía de la nación alemana. Miles, cientos de miles de alemanes llevaron a cabo sus perversas órdenes sin una objeción. Como gobernante supremo de Alemania, recae sobre él la mayor responsabilidad de actos de inconmensurable maldad: la destrucción de la democracia alemana; los campos de concentración; y, lo peor de todo, la exterminación de pueblos durante la Segunda Guerra Mundial. Sus órdenes, que los alemanes ejecutaron, fueron de una maldad sin comparación en la historia de la civilización. Pero su política exterior es un asunto distinto. Aspiraba a convertir a Alemania en la potencia dominante en Europa, y quizá, más remotamente, en el mundo. Otras potencias han tenido aspiraciones similares, y las tienen todavía. Otras potencias tratan como satélites suyos a los países más pequeños. Otras potencias tratan de defender sus intereses vitales por la fuerza de las armas. En asuntos internacionales, Hitler no tenía ningún defecto especial, excepto el de ser alemán.

 

notas:

1 Mr. A. L. Rowse, en su libro All Souls and Appeasement.
2 Burton H. Klein, Germany’s Economic Preparations for War (1959). Mr. Klein es un economista de la Corporación Rand.
3 Klein, pág. 16-17.
4 Fritz Tobias, Reichstagbrand (1962).
5 Keitel a Ribbentrop, 30 de nov. de 1938.
6 Directiva de Keitel, 22 de marzo de 1939.
7 Informe de Keitel, 4 de abril de 1939.
8 Wolfgang Sauer en Die nationalsozialistische machtergreifung (año
1960).
9 Churchill, The Second World War. (La Segunda Guerra Mundial).
10 Klein.
11 Klein.
12 Klein.
13 Relación de Hossbach: Declaración jurada en el International Military Tribunal y con variantes, en Von der militarischen Verahtwortlichkeit in des Zeit vor dem zweiten Weltkrieg (1948). Copia de Kirchbach y subsiguientes dudas: G. Meink, Hitler und die deutsche Aufrustung (1933-1937). Contramemorándum de Beck: W. Foerster, Ein General kampftgegen den Krieg (1949). Principio de la Resistencia: Hans Rothfels, Die deutsche opposition gegen Hitler (1951). En Núrenberg, Göring y Neurath testificaron contra la autenticidad del memorándum. Su testimonio es generalmente tenido como inútil, o más bien como útil únicamente en lo que dice contra Hitler.
14 Ahora pueden detenerse también en el segundo libro de Hitler, o, como se le ha llamado en Inglaterra, Libro secreto de Hitler, que éste escribió en 1928 y que permaneció inédito hasta hace poco tiempo. Por supuesto, no hay en él nada secreto. Se trata de una recomposición de los discursos que Hitler hizo en aquella época; y no se publicó sencillamente porque no valía la pena hacerlo. Este «secreto» es típico de las románticas fantasías con que se trata todo lo que tiene algo que ver con Hitler.
15 Fritz Fischer, Grift nach der Weltmacht (1961).

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