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El hombre y la medicina

 

Mario Caponnetto

El hombre y la medicina - Mario Caponnetto

220 páginas
Scholastica
1992

Encuadernación rústica
 Precio para Argentina: 35 pesos
 Precio internacional: 10 euros

¿Existe una antropología médica? ¿Qué se quiere decir cuando se habla de ella? Estas preguntas admiten más de una respuesta. La medicina siempre llevó implícita una cierta idea del hombre. Es fácil comprender que la visión del hombre y del mundo característica de cada época histórica ha tenido que incidir, inevitablemente, en la concepción, modalidad y configuración de la medicina correspondientes a cada una de esas épocas o períodos.
Mas esta antropología "implícita", si se nos permite llamarla así, no alcanza a ser, desde luego, una ciencia fomalmente constituida. Por eso nuestra respuesta al interrogante inicial es distinta si consideramos ahora a la antropología médica no un reflejo de una determinada visión filosófica o de una concreta situación cultural, sino una disciplina orgánica, sistemática, epistemológica y metodológicamente fundada.
Por todo esto nos parece, pues, oportuno el intento de elaborar y formular una antropología médica que pueda ser presentada como una ciencia con objetos material y formal debidamente definidos, con método propio y límites adecuadamente establecidos.

 

ÍNDICE


Advertencia 9
Prólogo       11
Capítulo I
El Problema Epistemológico.
A.   Las Preguntas Iniciales 19
B.    La Noción de Ciencia  29
C.   Posibilidad, Necesidad y Legitimidad de una Antropología Médica      47
Capítulo II
La Theoria del Hombre.
A.   Los Puntos de Partida de la Antropología        59
B.    El Hombre y la Medicina         74
C.   La Síntesis Tomista      89
Capítulo III
El Ethos Médico.
A.   La Ética, Doctrina del Hombre 119
B.    Técnica y Realidad Humana     127
C.   Manipulación, Utilidad y Alienación     137
Capítulo IV
El Encuentro Terapéutico.
A. Introducción
B.    Naturaleza y Estructura del Encuentro  152
C.   La Realidad del Encuentro y los Esquematismos Reduccionistas          165
D.   Encuentro Terapéutico y Fe Cristiana   177
Apéndice I
El Sufrimiento Humano y su Sentido Metaclínico.
Reflexiones sobre la Eutanasia         187
Apéndice II
Valoración Psicosocial del Sufrimiento Humano. Una Experiencia Catequística con Soldados de la Guerra Austral
Introducción            199
Algunos Casos Arquetípicos           203
El Sufrimiento y su Sentido  211
Conclusión  216
Índice General         219             

EL AUTOR

Mario Caponnetto nació en Buenos Aires en 1939. Egresó en 1966 de la Facultad de Medicina de la Univer­sidad Nacional de Buenos Aires. Te­niente coronel médico y cardiólogo universitario, comenzó ejerciendo su profesión en el interior del país. Fue médico asistencial y luego jefe de los Servicios de Cardiología y Terapia Intensiva, sucesivamente, en el Hospital Militar de Campo de Mayo. Ejerció, además, la jefatura del Departamento de Enfermedades Cardiovasculares del Hospital Mili­tar Central. Estudió filosofía, du­rante casi veinte años, en la Cátedra Privada del maestro Jordán B. Genta. Ya médico, su mayor inquie­tud fue reintegrar a la Medicina el rango cultural y científico que pa­rece haber perdido en un proceso de creciente deshumanización. Miem­bro del Consejo Nacional de Inves­tigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), sus estudios versan acerca de temas de antropología y ética médica. Ha dictado numerosos cursos sobre estas disciplinas en diversas entidades e institutos, in­tervenido en congresos y pronun­ciado, además, conferencias en dis­tintos lugares del país y del exterior. Es profesor de Antropología Filosó­fica en la Universidad del Salvador. Asimismo es miembro del Consorcio de Médicos Católicos y secretario de la Corporación de Científicos Cató­licos. También se destaca su labor como publicista en las revistas y periódicos de nuestro país.

SU OBRA

Mario Caponnetto es autor de diversos trabajos. Entre los publicados se destaca "La Voluntad de Sentido en la Logoterapia de Viktor Frankl (Gladius, 1987) que mereció el siguiente juicio del propio Frankl "Estoy profundamente impresiona do por la claridad de sus ideas... he aprendido mucho de su observación crítica aportada desde el punto de vista del tomismo". En el presenté libro procura, en primer lugar establecer para la Antropología Médica su jerarquía de ciencia como también su necesidad, su posibilidad y su legitimidad epistemológica. En segundo lugar, expone una theoria o visión del hombre, desde su perspectiva más amplia y abarcadora que pueda ser una adecuada guía a los problemas de la Medicina. En tercer término, plantea una Ética Médica sobre el fundamento de una antropología teniendo en vista la dignidad del hombre y su fin último trascendente. En cuarto lugar, aborda el hacer médico, caracterizado como "encuentro terapéutico", a la luz de una reflexión antropológica, lo que equivale decir a la luz de un recto sentido de ser y del obrar del hombre. En los apéndices (el último de ellos, colaboración de María Lilia Genta) se analiza el tema del sufrimiento humano y de su sentido; ya que el sufrimiento es la realidad primera y última a la que el médico debe enfrentarse en el cotidiano ejercicio de su arte.

ADVERTENCIA

Un libro preliminar es, por necesidad, un libro breve. Su ob­jeto no es el desarrollo en extensión y profundidad de la to­talidad del tema abordado sino, más bien, establecer los pri­meros hitos, los puntos cardinales de lo que, a posteriori, será objeto de un mayor análisis.
Las presentes páginas responden a este propósito. Lo expuesto en ellas es sólo un primer y provisorio intento de sistematizar y ordenar una materia de suyo compleja y dis­persa. Abocado a la profundización de todos y cada uno de los puntos aquí tratados y de otros, espero en el futuro, Dios mediante, ofrecer una obra más vasta.
Este libro es producto de una inquietud que surgió en la práctica de la medicina asistencial, en el trato diario con los pacientes. Aún cuando algunos temas parecen, aparente­mente, alejarse de esa práctica, es necesario tener en cuenta que todo, en última instancia, debe remitirse a esa tarea co­tidiana en la cual el enfermo es el protagonista principal. No soy filósofo sino médico que busca en la filosofía las respues­tas que la medicina, en tanto ciencia particular, no puede dar aún cuando sea ella la que formule los interrogantes.
En esa búsqueda de respuestas me he definido por la Filosofía Perenne tal cual procuro aprenderla en Tomás de Aquino y en los grandes maestros de nuestro siglo. Esta defi­nición no implica, como pueda sospecharse, una actitud de aislamiento intelectual. Todo lo contrario. Nada más opuesto al espíritu de la filosofía de Santo Tomás que una actitud se­mejante. El tomismo es, por esencia, un sistema abierto, en permanente actitud de interrogación y búsqueda. Aquella ta­rea magna que se propuso y cumplió Santo Tomás, com-patibilizar la Revelación con la razón humana, no puede darse nunca por concluida pues la misma evolución del pen­samiento humano aporta incesantemente nuevos problemas, nuevas perspectivas que el tomismo debe asimilar y respon­der. Como bien ha dicho Gilson, no hay verdad contenida en cualquier sistema filosófico que no sea accesible al seguidor de Tomás de Aquino; en cambio numerosas y vitales verdades del tomismo permanecen ignoradas para los seguidores de otras filosofías al estar sus respectivos sistemas cerrados a las categorías del pensamiento tomista.
Es con este espíritu que están escritas cada una de las páginas que siguen y que someto a la benévola crítica de quienes las lean.
Debo expresar gratitud a cuantos hicieron posible la elaboración de esta breve obra. En primer lugar al que fue mi maestro, el Profesor Jordán Bruno Genta, quien me inició, desde muy joven, en la vida de la inteligencia. Su magisterio, rubricado por su muerte mártir, me compromete para siem­pre. También al Dr. Roberto J. Brie, a cuyo grupo de trabajo tuve el honor de pertenecer, que me brindó el ámbito ade­cuado para el desarrollo de mi tarea intelectual. Al Rvdo. Padre Luis Melchiori que con gran paciencia tradujo muchos textos y me aclaró infinidad de dudas. Y por último, a mi es­posa y mis hijos; sin ellos, sin su sacrificio, nada hubiera sido posible.
Mario Caponnetto
Buenos Aires, Festividad de la Asunción de la Virgen María.

PRÓLOGO

La invitación a formular una antropología capaz de señalar rumbos y objetivos nuevos a la teoría y a la praxis de la medi­cina proviene, en el día de hoy, tanto de los sectores de la propia antropología como de la misma ciencia médica.
Cuando Max Scheler—considerado generalmente el fun­dador o padre de la antropología en su versión moderna— des­cribe las características de la "nueva" ciencia, no la limita a una especulación sobre el hombre sino que, de algún modo, la propone como el fundamento filosófico último de todos los saberes o ciencias que se ocupan del objeto hombre; y en pri­mer término se refiere a las ciencias naturales y médicas.(1) Por su parte, en lo que respecta a la medicina, se insiste en hablar de una "antropología médica", ciencia a la cual se da por su­puestamente existente y posible sin mayores exámenes previos. Sin perjuicio de los varios reparos que legítimamente puedan oponerse al reconocimiento de esa tal antropología (a la cual se le otorga una carta de ciudadanía a decir verdad no aún del todo legitimada) hemos de admitir que desde lo más calificado del pensamiento médico contemporáneo se ve surgir una in­quietud antropológica que, por lo demás, no es sino la extensión a la medicina de una similar inquietud presente en las otras ciencias humanas. Los nombres de Von Gebbsatel, Frankl, Biswanger, señalan inequívocamente el vigor con que tales criterios antropológicos se han impuesto en la moderna medi­cina. En realidad, esta evidente "antropologización" responde, en su motivación última, a la necesidad de compensar o neu­tralizar un fenómeno que crece en magnitud al tiempo que preocupa a los mejores espíritus: se trata de una global ten­dencia de la ciencia y de la técnica a la deshumanización, tendencia a la cual, obviamente, no escapa la medicina. Tan frecuentemente, pues, se oye hablar de medicina deshu­manizada cuanto de antropología médica. Ambos aspectos son correlativos y se insertan en el contexto de una misma temática fundamental.
Pero una ciencia no puede, como tal, hallar justificación y fundamento en la inquietud del espíritu científico (por legítima que ésta sea), espíritu que advierte, de pronto, la gravedad de una amenaza. Esa inquietud puede estar, y está de hecho, en el origen de la especulación y de la investigación científica. Pero ella no basta por sí sola. Es necesario, además —aceptado como válido que la deshumanización de la medicina exige una respuesta específica—, es necesario, repetimos, someter a un riguroso examen crítico no sólo los contenidos y las propuestas que en el día de hoy se divulgan bajo el común rótulo de an­tropología médica sino, también, la posibilidad y la legitimidad de una disciplina así concebida.
¿Existe una antropología médica? ¿Qué se quiere decir cuando se habla de ella? Estas preguntas admiten más de una respuesta. La medicina siempre llevó implícita una cierta idea del hombre. Es fácil comprender que la visión del hombre y del mundo característica de cada época histórica ha tenido que incidir, inevitablemente, en la concepción, modalidad y confi­guración de la medicina correspondientes a cada una de esas épocas o períodos. Basta comparar la medicina galénica con la medicina organicista del siglo XIX, por ejemplo, para advertir, de inmediato, el abismo que las separa en lo que hace a sus respectivas y subyacentes cosmovisiones. Confróntense, todavía, las ideas médicas de un Paracelso en el siglo XVI, quien dis­tinguía en la génesis de las enfermedades junto al ens naturale y al ens spirituale el ens Dei, con lo que puede pensar sobre el mismo tema cualquier fisiólogo moderno o un Freud, y el abismo se hará aún más notorio. En ese sentido —en tanto re­ferencia cultural inmediata— podríamos decir que existe una antropología médica.
Mas esta antropología "implícita", si se nos permite lla­marla así, no alcanza a ser, desde luego, una ciencia fomal-mente constituida. Por eso nuestra respuesta al interrogante inicial es distinta si consideramos ahora a la antropología médica no un reflejo de una determinada visión filosófica o de una concreta situación cultural, sino una disciplina orgánica, sistemática, epistemológica y metodológicamente fundada. En este último sentido no vemos tal antropología, al menos total­mente configurada, en el campo de la medicina contemporánea.
Tampoco advertimos univocidad en las respuestas que intentan formularse en nombre de la antropología. En nuestra época ya no podemos hablar de antropología sino en plural: existen antropologías que patentizan la dispersión del pensa­miento, la multiplicidad y hasta la confusión de objetos for­males y materiales de disciplinas diversas cuya referencia a la unidad se ha perdido. Sin duda que todo eso se traslada a la medicina la cual se ve, muy a menudo, huérfana de una ins­tancia superior reguladora y orientadora.
Existe, todavía, otro aspecto que debe ser examinado. El desarrollo técnico científico, que es nota dominante de la mo­derna medicina, ha hecho que ésta pierda —si no totalmente, al menos en parte sustancial— su carácter de ciencia huma­na, su inclusión legítima dentro de las humanidades. Resulta, así, más una ciencia positiva" que un saber humanístico, una técnica servil más que un arte libre. Las razones de este cambio de frente cultural son muchas y complejas, pero la principal es una sola: al perder la medicina (como el resto de las otras ciencias particulares) el contacto vital y profundo con la Filo­sofía se ha despojado de su propio carácter filosófico tanto como —en otro orden— ha perdido su carácter sacral. La vieja medicina —aquella que ocupó un rango principalísimo en la Paideia— se preciaba tanto de su condición de filosofía y de arte arquetípica cuanto de su condición sacra. Y estos ele­mentos, conjugados, hicieron de ella una gran fuerza cultural. Jaeger ha recordado que la medicina griega fue capaz de tras­poner los umbrales de una simple profesión y convertirse en una fuerza cultural de primer orden; pero ello sólo fue posible "por su fecunda colisión con la filosofía, gracias a la cual es­clareció ésta su conciencia metódica de sí misma y pudo llegar a adquirir el cuño clásico de su concepto peculiar del saber".2
La medicina moderna perdió, y no recobró nunca, ese privile­giado puesto de avanzada cultural. Quizá, para recobrarlo, le sea necesaria una nueva y fecunda colisión con la filosofía. Y quizá, también, esto que llamamos "antropología médica" ten­ga a su cargo la difícil y apasionante misión de religar a la medicina con una filosofía de la Physis, una filosofía de la naturaleza que posibilite su adecuada reinserción en el campo de las Humanidades (en el fondo un retomo a su condición de Paideia,) con lo cual no sólo no perdería sino que plenificaría cada uno de sus actuales atributos científicos tanto como su libertad y su autonomía.
Por todo esto nos parece, pues, oportuno el intento de ela­borar y formular una antropología médica que pueda ser pre­sentada como una ciencia con objetos material y formal debi­damente definidos, con método propio y límites adecuadamente establecidos. Esta es una tarea de envergadura que implica un esfuerzo considerable, amén de algunos riesgos. Por empezar, toda aproximación a la antropología lleva aparejado, en el día de hoy, el inevitable encuentro con aquella dispersión de ideas y tendencias a la cual aludíamos más arriba. Nada más alejado y aún opuesto a la esencia del saber científico que semejante dispersión pues propio del sabio, como dice Tomás de Aquino, es ordenar. Lo cual supone llevar la dispersión a la unidad. Esto plantea el problema más arduo y apasionante del pensa­miento de todos los tiempos: buscar el hilo secreto y firme que nos permita asir la unidad del saber. En nuestros días esta tarea se ha vuelto ímproba. Se necesita realizar a fondo una crítica que, si se indaga con atención, resulta más que crítica una verdadera ascesis del pensamiento científico. Tanto es así, tan lejos estamos de la unidad, que los objetos mismos de nuestras ciencias terminan por atomizarse quebrados en una multitud de fragmentos. En el caso de las ciencias del hombre esto equivale sencillamente a que el hombre mismo naufraga y desaparece en la perspectiva de tales ciencias. Con todo acierto ha escrito Padrón: "A través de una curiosa operación, los maestros del saber humano del cual se desprenden las ciencias del hombre, sumergen a sus iniciados en una profundidad cada vez mayor, pero cuanto más grande es dicha profundidad... más clara­mente se ve que el objeto mismo de la búsqueda —el hombre— ha cesado de existir".3 Ese es, en síntesis, el drama de una ciencia que se ha separado del ser, como tendremos ocasión de ver y examinar a lo largo de estas páginas. De allí que nuestra preocupación corre por dos vertientes: una, procura regresar a una noción de ciencia que descanse en el ser; otra, trata de re­descubrir el ser del hombre abrevando para ello en las aguas siempre vivas y fecundas de la Philosophia Perennis. Con este ser del hombre tiene que enfrentarse a diario el médico lo cual presupone la capacidad de una mirada plena a la realidad total de la creatura humana. Lo que hoy llamamos antropología médica es, en definitiva, un intento no siempre acertado pero siempre sincero, de aproximarse a esa realidad total, realidad a menudo ausente, exilada, de nuestra habitual formación aca­démica.
Repetimos que nuestro intento no es fácil y admitimos, desde ahora, que estamos expuestos a errar. Mas pese a las di­ficultades y a los riesgos nos hemos atrevido siquiera a iniciar, en forma sumaria y breve, el camino señalado. Porque si el fruto de nuestro trabajo es, como anhelamos, redescubrir la realidad —misteriosa y sacra— del hombre y convocarla a la hora en que ese hombre se convierte para nosotros en un enfer­mo al que debemos asistir, ese fruto es tan precioso y vale tanto que, como el amor de la Escritura, aunque se diera todo por él se creerá no haber pagado nada.

NOTAS:
1 Scheler, Max,: La idea del hombre y la historia, Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1967, páginas 9 y 10. "Bajo esta denominación (an­tropología filosófica) entiendo una ciencia fundamental de la esencia y la estructura esencial del hombre; de su relación con los reinos de la na­turaleza (inorgánico, vegetal y animal) y con el fundamento de todas las cosas; de su origen metafísico y de su comienzo físico, psíquico y espi­ritual en el mundo; de las fuerzas y poderes que mueven al hombre y que el hombre mueve; de las direcciones y leyes fundamentales de su evolución biológica, psíquica, histórico-espiritual y social, y tanto de sus posibilidades esenciales como de sus realidades. En dicha ciencia há-llanse contenidos el problema psicofísico del cuerpo y el alma, así como el problema noético-vital. Esta antropología sería la única que podría establecer un fundamento último, de índole filosófica, y señalar, al mismo tiempo, objetivos ciertos de la investigación a todas las ciencias que se ocupan del objeto «hombre»: ciencias naturales y médicas; ciencias prehistóricas, etnológicas, históricas y sociales, psicología normal, psicología de la evolución, caracterología".
2 Jaeger, Werner,: Paideia. Los ideales de la cultura griega, Fondo de Cultura Económica, México, 1945. Primera edición española tradu­cida del original alemán por Wenceslao Roces, Tomo III, página 12. En el mismo lugar Jaeger compara la medicina egipcia con la griega y señala que pese a que la primera alcanzó un alto grado de desarrollo técnico y eficiencia no constituyó, sin embargo, una ciencia tal como nosotros la concebimos porque le faltó, precisamente, ese encuentro fecundo con la filosofía que tuvo la medicina griega: "Hoy sabemos que la medicina egipcia fue ya lo suficientemente fuerte para superar la fase de magia y de brujería que aún conoció la metrópoli griega en el mundo arcaico que rodeaba a Píndaro. Pero fueron los médicos griegos, disciplinados por el pensamiento normado de sus precursores filosóficos, los primeros que fueron capaces de crear un sistema técnico que pudiera servir de base de sustentación a un movimiento científico" (o.c, página 14). Y más ade­lante: "La idea fundamental de las indagaciones presocráticas, el con­cepto de la physis, no se aplicó ni se desarrolló tan fecundamente en ningún terreno como en la teoría médica de la naturaleza humana física, que desde entonces había de trazar el derrotero para todas las proyec­ciones del concepto sobre la naturaleza espiritual del hombre" (o.c, página 17). Como una prueba de la preeminencia cultural que alcanzó la medicina griega pueden verse los textos platónicos —citados por Jaeger— donde la medicina aparece, más de una vez, como el modelo o el ar­quetipo del arte. Así, por ejemplo, Gorgias, 464 b, 465 a, 501 a, donde a la luz de la medicina se esclarece la esencia de una auténtica tecné. Véase también Fedro, 270, c-d, en que la medicina es puesta como mo­delo de la retórica: "La ciencia médica tiene, en cierto modo, el mismo carácter que la retórica... En ambas hay que analizar una naturaleza: la del cuerpo en la una, la del alma en la otra, si se quiere recurrir no sólo a una rutina y a una práctica, sino a una técnica para suministrar al cuerpo medicinas y alimentos y producir así en él la salud y la fuerza y al alma, ideas y ocupaciones justas para transmitirle la convicción y la virtud que se desea". (Platón, Obras Completas, Aguilar, 2a edición, Madrid, 1969).
3. Padrón, H. J.,: La urgencia de las humanidades, colección "Estu­dios y Discusiones", número 3, Ediciones FADES, Buenos Aires, 1981, página 28.