EMBAJADOR EN EL INFIERNO
Capitán Teodoro Palacios Cueto
Torcuato Luca de Tena |

297 páginas
20 x 14 cm.
Edición Facsímil 2008
Encuadernación rústica
Precio para Argentina: 70 pesos
Precio internacional: 15 euros
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La odisea de los soldados de la División Azul prisioneros en los campos de concentración soviéticos. El libro está lleno de emoción, tristeza, patriotismo, lucha y supervivencia, pero los hombres internados nunca perdieron el norte ni la personalidad. Es, sin duda, uno de los mejores libros que se pueden leer.
Tras una dura ofensiva, el capitán de la División Azul don Teodoro Palacios Cueto fue hecho prisionero, junto a 35 de sus hombres, a las afueras de Leningrado, el 10 de febrero de 1943. Y el 2 de abril de 1954 atracó en Barcelona el Semíramis, un barco que traía a España los restos de un naufragio que duró once años en los campos de exterminio de Stalin. Once años que constituyeron un testimonio ininterrumpido de entereza, sacrificio, decoro y amor a la patria difícil de igualar.
Si a esta callada épica del sufrimiento, la dignidad y la resistencia humanas, le añadimos el heroísmo del soldado en los nuevos campos de batalla de la Destrucción Total, y todo ello lo sazonamos con una de las mejores plumas que ha dado nunca el periodismo español, quizás podamos hacernos una idea del tipo de libro que es Embajador en el infierno. |
ÍNDICE
Prólogo....................................................................... 5
La última batalla ......................................................... 11
La primera celda ......................................................... 20
"Yo soy masón"............................................................ 27
Entre alambradas ......................................................... 32
El hambre ................................................................... 37
El precio de una flor ................................................... 45
Sin compañera............................................................ 49
Italia, siempre artista ................................................... 55
Un ángel sin piernas ................................................... 00
La muchacha y el camión .................... .......................... 69
¿Liebre o camello? ...................................................... 80
"Ya no la quiero" ......................................................... 87
Venturosamente secuestrado ....................................... 93
Huelga de hambre ................................... .................. 103
La cárcel de Catalina ................................................... 114
El tribunal militar......................................................... 121
La delincuencia en la U. R. S. S.................................. 129
Sergieff ....................................................................... 135
Morir respetado o vivir despreciado ................................. 141
En el banquillo ............................................................ 149
El hijo pródigo en Siberia .......................................... 161
Bucles de oro y el alférez Castillo ................................. 173
Escribo a Vichinsky ...................................................... 182
Borovichi .................................................................... 188
Muere Stalin ............................................................... 195
¡No eran fuertes como toros! .......................................... 202
Por la puerta grande ................................................... 211 |
PRÓLOGO
El 28 de marzo de 1954, una motora de la Policía turca desatracó del muelle, en el puerto de Estambul y se hizo a la mar en busca del Semíramis: un buque poblado de fantasmas.
Yo fui uno de los pocos afortunados que, a bordo de la motora, y después de surcar, quebrándolo, aquel paisaje de Pierre Loti, alcanzó, aguas del Bosforo arriba, en el punto mismo descrito por Espronceda, Asía a un lado, al otro Europa, el barco aquel fletado por la Cruz Roja Francesa. Había zarpado de Odesa la víspera y traía a bordo doscientos ochenta y seis hombres, rescatados de Rusia después de un cautiverio cuya duración oscilaba entre los once y los dieciocho años.
A lo largo de los cinco días que invirtió el Semíramis en llegar de Estambul a Barcelona, fuimos espiando, fui espiando, las reac ciones de aquellos hombres en su nuevo despertar a la vida. "Es como si en un muerto—dijo uno de ellos más tarde, explicando la torpeza de sus reacciones—renaciera de pronto la sensibilidad y comenzara a percibir en torno suyo rumores, reflejos, tenues nubes de luz emergiendo del silencio y de las sombras infinitas que le rodeaban. El resucitado no sabría nunca cuáles pertenecían aún al mundo de las sombras y cuáles eran ya fruto de su actividad consciente."
Como periodista, redacté entonces mis impresiones—hilos suel tos de un reportaje no escrito aún—de aquel viaje a bordo del Semíramis, "nueva barca de Caronte, entre las dos orillas de la muerte y de la vida". Describí en presente de indicativo cuanto iba aconteciendo y anticipé el impacto, porqué aquélla era la verdadera inquietud informativa del momento, del choque entre aquellos hombres y su propio futuro. Es decir, olvidé su pasado. La pregunta inquietante, de qué había sido de ellos en aquel mun do desconocido, durante aquellos años desconocidos, estaba en la mente de todos, pero no era aún el momento de formularla. Es como si España entera, al recibir a los ausentes—como un padre al estrechar contra su pecho al que creía perdido—le dijera:
—No. No me cuentes aún lo que ha sido de ti en este tiempo. Déjame primero que te abrace y que te mire.
Y primero palpa el rostro del redivivo y después observa las nuevas arrugas, las canas ignoradas, los posibles achaques en la salud del recién llegado. Y más tarde no le deja hablar todavía, porque en esa "toma de posesión" del hijo perdido y encontrado, entre las ceremonias—liturgia del corazón—que exige la íntima ternura, hay que ofrecerle primero un vaso del buen vino de la tierra y explicarle después que las sábanas que han colocado en su lecho tantos años vacío, son aquéllas compradas hace años y aún no estrenadas..., y hay también que dedicar un recuerdo a los que murieron sin la dicha de volverlos a ver... Sólo más tarde, cuando se han serenado los afectos, se hace el silencio en la mesa familiar, y el viejo dice:
—Y ahora, hijo, cuéntame...
Ya ha llegado la hora de saberlo todo. De escuchar el estupendo relato, la increíble aventura. —¡Cuéntame!
Y ésta y no otra es la razón de este libro. La razón de su re traso, también.
Este libro, un libro muy semejante a éste podría haber sido escrito por cualquiera de los repatriados retenidos once, quince, dieciocho años en la Unión Soviética, porque su gran protagonista es la Ausencia y la Muerte rondándole la espalda. Sin duda alguna no es el primero ni será el último. No pretende tampoco ser el mejor.
Ha querido, tan sólo, responder, bien sea de manera parcial, a ese "¡cuéntame!" genérico y universal de un país al recibir, después de tan larga aventura, a los que creía muertos.
Ahora bien. Este libro, aunque histórico, no es un libro de Historia. Que no se le achaque no ser lo que nunca pretendió. Es cribir la Historia de la División Española de Voluntarios en Ru sia es un empeño dignísimo, pero no ha sido ese nuestro empeño. Una cosa es la Historia del Renacimiento, y otra muy distinta las Memorias de Benvenuto Cellini, aunque, dicho sea de paso, las Memorias del genial artista prestan singularísima luz al estudio del Renacimiento. Pero, ¿por qué no escribir—puede argüirse— la de Miguel Ángel o Leonardo? No se culpe a quien levanta un edificio de no haber querido o- podido erigir una ciudad. Digo esto anticipándome a posibles recelos. En realidad, la común y descomunal aventura de Rusia ha tenido múltiples y dignísimos protagonistas. Si en una cesta se barajaran sus nombres y se es cogieran al azar uno de ellos, cualquier escritor con la pluma bien puesta hubiera podido escribir páginas mejor cortadas que las mías con otros personajes centrales. Pero ese escritor no sería yo. Desde que el azar periodístico me lanzó a bordo de la motora turca contra el Semíramis, sentí la necesidad imperiosa de escri bir este libro y no otro, seleccionando, como personaje central del reportaje que iba tomando cuerpo dentro de mí, a uno de los prisioneros.
No sé qué vi en él, que me impresionó vivamente: su apositura, su serenidad, su sencillez...
—No hable usted de mí—me dijo, cuando acudí a interrogar le—. Hable de los "soldadicos".
Pero fueron los "soldadicos" los primeros que me hablaron de él.
Al llegar a Barcelona casi tenía terminada su "ficha" para el re portaje. Esta:
"Teodoro Palacios Cueto, nacido el 11 de septiembre de 1912, en Potes, Santander. Hijo de hidalgos pobres. Cristiano viejo. Ca pitán de Infantería. Hecho prisionero ("¡preparad bolas de nieve! Sirven de piedras...") el 10 de febrero de 1943, en el frente de Leningrado, sector de Kolpino, cerca de Krasnivor. Prisionero en los campos de concentración de Cheropoviets, Moscú, Suztd'al, Oran-que, Potma, Jarcoff, Borovichi, Rewda, Cherbacov y Borochilo-grado. Condenado tras las celdas por insubordinación en Kolpino (por negarse a declarar desnudo, pues aquello atentaba contra su dignidad militar); en Suzdal (por negarse a realizar trabajos agrí colas, ante un piquete de soldados con armas cortas y perros po licías, pues aquello violaba la Convención de Ginebra sobre Pri sioneros de Guerra); en Oranque (por acudir en defensa de unos rojos españoles secuestrados por los rusos en una barraca); en Pbtma (por defender al teniente Altara, que había sido agredido por un centinela); en Jarcof (por negarse a trabajar como en Suzdal); en el número 1 de Borovichi (por encerrarse voluntaria mente por solidaridad con un alférez a quien habían maltratado); en Rewda (por escribir al Gobierno soviético idos cartas replican do a un discurso de Vichinsky)..."
Había que añadir, para la confección de la ficha: tres huelgas personales de hambre; cuatro cartas directas al ministro de Asun tos Exteriores; una Historia de España escrita para el uso de los "soldadicos" cautivos; una "Universidad" creada e improvisada por él para intercambiar clases de idiomas entre los prisioneros de diversas nacionalidades; la inspiración (pues la organización corrió a cuenta de otras manos) de un servicio de ayuda alimen ticia a los compañeros enfermos o depauperados, y, por último, una defensa de cinco horas, de sí mismo y de tres compañeros, en el primer Tribunal Militar que le condenó a muerte por agita ción política y sabotaje.
Esta es la "ficha" incompleta que yo tenia del capitán Palacios cuando el Semíramh llegó a Barcelona. Allí, entre vítores, aplau sos, flamear de banderas, estampidos de cohetes y repique de campanas, mientras el resto de la expedición estaba poseída de un loco histerismo, la serenidad de este hombre era casi insultante para los testigos que, contagiados por la intensa fuerza dramá tica del momento, no sabíamos ni podíamos contener la emoción. Aquel día escribí:
"Allí vi al tremendo e increíblemente sereno capitán Palacios —aquel a quien en el argot de los campos de concentración lla maban, sino por su estatura física, por su estatura moral, "el Gi gante"—, caer en brazos de sus hermanos y de una comisión de Santander que, con pancartas, acudió a rendirle el primer home naje anticipo de los que este hombre, héroe singularísimo de esta callada aventura, merece."
Y para que fuera cierto el pronóstico, busqué en España, tras unos días de respeto, al capitán Palacios para rogarle que escri biera sus Memorias, brindándole mi colaboración. No fué fácil e1 hallazgo, pues en este tiempo, el repatriado se encerró en su pue blo natal entre los Picos de Europa, para gozar de un necesario y soñado descanso, y más tarde contrajo matrimonio.
Al fin, estando en puertas el mes de diciembre del mismo año del retorno, iniciamos, en colaboración, las páginas que siguen. El tormento de los mil y un interrogatorios sufridos en Rusia, se reprodujo en cierto modo para él durante las ocho o diez horas de trabajo común. El libro estaba ya en marcha, pero avanzaba con dificultad. El capitán Palacios, excelente narrador de episo dios ajenos, se resistía, en cambio, por pudor, a relatar los pro pios. Y su resistencia era mayor cuanto más fundamental había sido en determinadas acciones su actuación personal. La defen sa ante los Tribunales Militares, por ejemplo (pieza de extraordi nario valor humano y oratorio), ha sido casi textualmente repro ducida..., pero gracias a la colaboración de terceros. Yo he sido, pues, responsable —así como del título— de la narración completa de muchos episodios que, escritos en primera persona, puedan parecer inmodestos, pero que de haber hecho caso a la modestia del protagonista hubieran quedado cojos y desfigurados.
En cuanto a los múltiples episodios acaecidos a los compa ñeros de cautiverio del capitán Palacios y conocidos por refe rencias más o menos directas, los autores responden de la veraci dad, mas no de su rigor cronológico, geográfico y documental. Es posible, a pesar de las múltiples purgas y comprobaciones a que han sido sometidas estas páginas, que se hayan deslizado olvidos, erratas y aun errores en lugares, fechas o nombres.
De aquí que no sólo serán bien recibidas, sino sinceramente agradecidas cuantas observaciones se remitan para rectificar po sibles lagunas en ediciones ulteriores.
La dificultad para retener nombres de complicadas fonéticas extranjeras, sin haber sido leídos, sino tan sólo oídos por quienes ignoraban el idioma en que se pronunciaban, es sólo un indicio de las muchas dificultadas con que han tropezado los autores para dar "rigor histórico" a la "veracidad histórica" del estupendo relato.
He procurado, en fin, prescindir de toda afectación retórica o literaria, ciñen do el estilo a la pura narración y hasta olvidan do, que no buscando, algún que otro pecadillo contra la analogía y la sintaxis que cayeron al correr de la máquina y que no fueron retirados, por no restar espontaneidad a la narración directa, casi oral, del reportaje. Y esto es fundamentalmente—no hay que ol vidarlo—un reportaje. Mejor aún: es la narración histórica de un militar, transformada en reportaje por un periodista.
La gran familia española, serenada ya del primer impacto cordial del recibimiento, se prepara a escuchar el relato de uno de sus hijos.
Yo no hice sino convocar la reunión.
—¡Cuéntanos!
El narrador se lleva una mano a la frente. Da marcha atrás al hilo de sus recuerdos, lo detiene en un punto, la víspera del cau tiverio, y dice...
TORCUATO LUCA DE TENA. |
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