EL GRAF SPEE LA TRAMPA DE MONTEVIDEO
Alejandro N. Bertocchi Morán
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189 páginas
Incluye Mapas y abundantes fotografías
Ediciones Cruz del Sur
2009, Uruguay
Tercera edición corregida y aumentada
tapa: blanda, color, plastificado,
Precio para Argentina: 60 pesos
Precio internacional: 18 euros
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A lo largo de los tiempos siempre se reiterará la pregunta del porqué el Graf Spee entró al Río de la Plata para encerrarse en "la trampa de Montevideo". En las páginas siguientes se traza una línea de interpretación histórica que, basándose en fuentes documentales y en la palabra de profesionales, encamina su pensamiento a señalar expresamente que el navío alemán no entró al puerto de Montevideo a causa de una avería, sino de un grave error de su comandante que sobrevino en el medio del combate atlántico del 13 de diciembre de 1939, cuando el proceso de lucha mostraba al Admiral Graf Spee como un seguro vencedor sobre sus tres aguerridos adversarios. Y el crudo peso de este yerro no solo deja en un muy marcado segundo plano los evidentes desperfectos devenidos de la acción, sino que consuma todo un drama que sufrió la mente del comandante alemán, ya en puerto, cuando nada más había por hacer. Había dejado a sus espaldas a un enemigo aún resuelto que al paso de los días recibiría apoyo desde aguas europeas. Y su psiquis no pudo aguantar el duro y despiadado peso de la guerra con sus responsabilidades conexas. Es de reconocer que muchas academias navales han puesto en discusión esta situación, sin duda, una crisis de comando como pocas en la historia naval que llevó a un desenlace totalmente inédito en la crónica de la guerra en la mar: la auto destrucción del buque.
Entonces , el wagneriano final de este suceso tuvo un doloroso remate para una situación que será siempre recordada en el Río de la Plata con la presencia de aquél acorazado que por un inesperado vaivén del destino sólo pudo ser vencido por sus propios tripulantes. |
ÍNDICE
PRÓLOGO
EXORDIO
INTRODUCCIÓN
LOS ACORAZADOS “DE BOLSILLO”
LA INCURSIÓN ATLÁNTICA DEL ADMIRAL GRAF SPEE
HACIA EL RÍO DE LA PLATA
EL COMBATE NAVAL DE PUNTA DEL ESTE
EN LA TRAMPA DE MONTEVIDEO
LA INMOLACIÓN DEL ADMIRAL GRAF SPEE
CONCLUSIÓN
APÉNDICE DOCUMENTAL
BIBLIOGRAFÍA DE CONSULTA
ÍNDICE ONOMÁSTICO
ÍNDICE DE BUQUES. |
CITAS
“Luego de una larga lucha interior llegué a la grave decisión de echar a pique al acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee para evitar que cayera en manos enemigas. Estoy seguro de que, considerando las circunstancias, ésta era la única solución a adoptar luego de haber conducido a mi buque a la trampa de Montevideo”
Capitán de navío Hans Langsdorff.
“Era evidente que esta decisión mía podría ser mal interpretada, ya fuera intencional o inconcientemente, por personas ajenas a mis motivos y atribuirla en parte o por completo a motivos personales, por lo tanto, decidí, desde el principio, sufrir las consecuencias que esta decisión llevara implicada, puesto que un Capitán, con sentido del honor, no puede separar su propio destino al de su barco. Solamente yo soy el responsable del hundimiento del acorazado de bolsillo Admira Graf Spee. Soy feliz al evitar, pagando con mi vida, cualquier reproche que pudiera hacerse sobre el honor de la bandera.”
Capitán de navío Hans Langsdorff. |
PRÓLOGO
El drama del Graf Spee, el Acorazado de Bolsillo, ha sido abundantemente tratado tanto en la literatura nacional como en la extranjera.
En los hechos, todos los momentos de su aventura, incluido el combate final y su propia autodestrucción, son bien conocidos. Pero este libro de Alejandro Nelson Bertocchi aporta un nuevo ángulo, una nueva visión sobre el episodio.
En efecto, la Batalla del Río de la Plata, como acción de guerra, no escapa a la implacable ley a la que están sometidos todos los hechos bélicos.
Ya Clausewitz, en su insuperable Tratado, nos advierte que toda acción de guerra está sometida al azar. Por lo tanto, lo que fue, lo que pudo haber sido y lo que se omitió, así como la propia casualidad, tienen su lugar en el drama; y por ello lo imprevisible, las vacilaciones y los errores cuentan en el resultado final. Esto es lo que se baraja en el presente libro.
Los dos Comandantes enfrentados tenían órdenes precisas y opciones claras: las mismas estaban determinadas por doctrinas estratégicas adecuadas a los imperativos militares de cada una de las potencias beligerantes.
Los ingleses, con una división homogénea, seguían la conocida máxima de que quien pega primero, pega dos veces. Harwood, en ese sentido, puede figurar en el Olimpo de los grandes marinos ingleses: buscó a su enemigo, lo acorraló en una zona en la que éste no lo podía eludir, lo enfrentó con todos sus medios, asimiló un duro castigo, y, por fin, lo obligó a abandonar la lucha...
Langsdorff, por su parte, estaba determinado por una estrategia confusa, propia de una potencia naval privada de amplias salidas al mar, y que, por ello, confiaba en la eficacia del poder de un solo buque, capaz, en teoría, de abrirse paso por los anchos mares, atacando las líneas de aprovisionamiento vitales de su adversario. Por supuesto que esta estrategia demasiado simple estaba destinada al fracaso.
En los hechos, lanzar a un crucero de batalla para hundir modestos mercantes no fue un cálculo acertado. En el caso del Graf Spee, este buque de quince mil toneladas logró hundir solo cincuenta mil toneladas de buques anticuados, con lo que ni siquiera llegó a desquitar su propio costo.
Tampoco las opciones que se le presentaron a Langsdorff fueron elegidas con tino. Su raid sobre las costas de América del Sur fue arriesgado en exceso, dado que los accesos al Plata estaban muy vigilados por el tráfico común y por la propia actividad desplegada por la Marina Británica.
Ya avistados los buques de la Marina Real, no debió vacilar: "al sur, al sur..."
Sin embargo, su instinto guerrero lo traicionó y presentó batalla, contrariando expresas órdenes de Berlín al respecto.
Harwood no perdió tiempo y lanzó hábilmente su división dispersada para dificultar el fuego enemigo. El tiro inglés fue certero desde el principio. Los marinos alemanes, años más tarde, confiaron a quien esto escribe que los proyectiles de madera utilizados para el tanteo inicial, ya impactaron de entrada en el Acorazado de Bolsillo.
Langsdorff respondió eficazmente, y el Exeter quedó devastado en el momento capital del combate.
Entonces, sobrevino lo inesperado: Langsdorff, que dirigía el combate desde un puente descubierto, resultó herido, y ahí se precipitó la crisis de mando.
Alcanzado también su buque en un mecanismo auxiliar pero muy necesario, el Comandante puso inexplicablemente rumbo al oeste, se internó en aguas territoriales y ganó el puerto más cercano y accesible: Montevideo.
Seguramente, Harwood respiró aliviado. Mientras tanto, en la capital uruguaya se inicia una larvada guerra diplomática. Berlín, mostrando una falta de criterio grave, bombardea a Langsdorff con una serie de instrucciones banales que recargan inútilmente el sistema decisorio, cuando solo era necesaria una palabra: combatir.
Langsdorff, impulsado por un sentimiento caballeresco, todavía hoy no suficientemente reconocido, hacia el gobierno del país que lo acogía, deja correr el tiempo y no se informa como corresponde sobre la situación y el orden de batalla del enemigo. En tal coyuntura, toma al pie de la letra las torpes instrucciones de Berlín: destruir el buque.
Ya consumado el hecho, el marino queda solo con su conciencia. Seguramente sopesó todas las alternativas vividas, y su balance le indicó que únicamente quedaba una decisión, la última. El oficial alemán asumió esa instancia con entereza y solo nos resta rendir un homenaje a la memoria de ese marino cabal.
No quiero cerrar este tema sin rescatar una vieja anécdota familiar. En 1939 mi abuela materna terminaba la construcción de una modestísima vivienda en Punta del Este. Un día, salió espantada al sentir un sostenido estruendo por el lado del mar. Entonces, interrogó muy alarmada a un al-bañil de origen alemán que daba los últimos retoques. El operario le contestó, sin levantar la vista de su tarea: "son aquellos, que están peleando".
El saber popular sintetiza verdades. La frase del anónimo personaje, que perduró en la familia, sintetizó tanto la realidad de ese momento, como el trágico futuro que se extendería por los próximos años.
Dr. DANIEL CASTAGNIN
Profesor de Historia y Geopolítica de la Escuela de Guerra Naval.
R.O. del Uruguay |
EXORDIO
La odisea rioplatense del acorazado ADMIRAL GRAF SPEE y los hechos que rodean a este suceso representan un breve capítulo de la historia naval de la Segunda Guerra Mundial. Empero, para el Uruguay fue un hecho impactante dados un sin fin de factores que supusieron jornadas de nerviosismo cuando un pequeño país, que juzgaba hallarse muy lejos de las convulsiones que se daban en otras latitudes, permaneció en vilo ante la imponente presencia en el seno de su principal puerto de un navío de guerra alemán, que se juzgaba posible entablara combate con sus enemigos, tanto en cualquier instante en aguas propias, como asimismo permanecer inmutable en su abrigo montevideano a tenor de su fuerza.
De tal forma aun hoy para los uruguayos aquellos sucesos de diciembre de 1939 significan pasto para publicaciones, conferencias y seminarios donde tanto los profesionales, como los inevitables "estrategas de café", efectúan sus análisis de cara a hechos que parecen permanecer siempre vigentes en el imaginario popular de los rioplatenses.
Ello se hace patente en estos últimos tiempos, dados los intermitentes trabajos submarinos que se han efectuado sobre el pecio del ADMIRAL GRAF SPEE clavado en los fangos del Río de la Plata, que han cobrado diversas piezas de inestimable valor histórico, como uno de sus cañones secundarios, el telémetro principal o actualmente el águila del coronamiento de popa, cuya magnífica presencia a cielo abierto en estos últimos tiempos levantó su buena polvareda.
Pero además todo el entorno de lo sucedido en aquel estival diciembre de 1939 se halla enclavado en un momento histórico muy particular donde la República O. del Uruguay estaba saliendo de la dictadura del Dr. Gabriel Terra, obligado proceso político que encabezaba el general Alfredo Baldomir. Era una hora de esperanza donde la situación económica del país se mostraba muy bonancible cosa favorecida por los tradicionales movimientos comerciales de nuestra agropecuaria cuyos rubros se colocaban en un mundo muy necesitado de tales elementos a tenor de las cifras de exportación, amén de que otro conflicto mundial sin duda proveería al país de un mercado sin fondo.
Además había otros factores que incidían claramente como para que el "país de las vacas gordas" consumara su destino en aras de aquel aluvión de emigrantes que estaban estableciendo una sociedad a semejanza casi absoluta de las tierras del Viejo Mundo. El carácter cosmopolita de Montevideo, la "tacita del plata", así lo señalaba, pues en sus espacios públicos se aunaban tanto el criollo como el emigrante fraguando un mundo absolutamente calcado a las esperanzas de un pueblo que parecía alejado de las convulsiones que sacudían al orbe.
Y este fue el momento donde cayó el ADMIRAL GRAF SPEE, algo mas que un acerado convidado de piedra, pues su aleatoria presencia, aunque muy breve, dejó signado que en el futuro de las guerras ya no habría rincón de este mundo donde cobijarse para hallarse a seguro de sus desgracias. |
INTRODUCCIÓN
El 28 de junio de 1919 en la misma "sala de los espejos" del Palacio de Versalles, donde 48 años atrás se proclamaba el imperio alemán, los plenipotenciarios germanos firmaban un tratado cuyos 440 artículos suponían dura imposición para Alemania, situación que en aquella hora era considerada adecuada por los vencedores, juzgándose que su eficaz cumplimiento iba a afirmar una paz duradera para un mundo que había sido convulsionado por aquella larga y sangrienta Gran Guerra.
En este caso la Primera Guerra Mundial había sido clara en su desarrollo ulterior siendo la derrota de las Potencias Centrales devengada por causas de notable peso como fue sin duda el bloqueo naval impuesto a ultranza por la Royal Navy que había consistido en una virtual estrategia de agotamiento que significó arribar a un final conocido.
"El mariscal Foch cruzó el río Rhin a caballo de un acorazado inglés". Así rezaba un titular del periódico francés L' Illustration en aquel noviembre de 1918 que ejemplificaba la entrada de las tropas aliadas en Renania luego de aplastar la línea Hindenburg. Quizás para muchos esto haya sido un juego de palabras pero es simplemente una verdad consumada bajo un aforismo mediático. El bloqueo marítimo había aplastado la voluntad de resistencia germana y el mar se había impuesto a la tierra pese a cruentas batallas campales como Verdún, Somme o el Marne donde cayeron centenares de miles de combatientes en un hercúleo esfuerzo sin parangón en la historia militar.
La frialdad de los números causa pavor pues sindican la realidad que desde 1916 vivían los pueblos centroeuropeos a causa de una penuria generalizada. En este menester no puede haber discusión pues la impecable burocracia estatal alemana hace constar ya en ese año la insuficiencia que en el rubro alimentario se hacía cada día más pesada pese a que los ejércitos germanos dominaban amplios espacios terrestres. En el verano de ese año señalado cada habitante recibía unas 1100 calorías diarias, cantidad somera pero que lograba paliar efectos nocivos. Pero a partir de junio de 1917 la leche pura animal es excluida en su totalidad para el estamento civil y se le añaden al pan féculas de patata por falta de harina de trigo más un verdadero "mejunje" compuesto de madera vegetal y hierbas. Las cifras son claras: en 1913 la cosecha de trigo del II Reich fue de unos 13 millones de toneladas y en 1918 la misma había caído a solo 8 millones. La cantidad de ganado bovino y porcino disminuyó cerca de un 60% durante los años de guerra y asimismo el peso medio de los habitantes de las ciudades alemanas había descendido un 20% mientras el flagelo de las enfermedades se cebaba en el país. En este tétrico 1917 el ministro prusiano de salud pública se vio gravemente superado por la epidemia de raquitismo que afectaba a la niñez.
Se debe tomar nota de que Alemania antes de 1914 se vanagloriaba de tener el más bajo porcentaje de tuberculosis del mundo, o sea 14 individuos por cada 10.000 habitantes; empero apenas a un año de guerra se producían 62.000 defunciones por esta enfermedad y ya en 1918 se arañan los 100.000 muertos entre la población civil. En la primavera de ese año el gobierno debe implantar un severo racionamiento cosa que llevará a que en el invierno de 1918 a l919 perezcan de hambre unos 763.000 alemanes.
Todo este sugestivo panorama, en verdad muy mal interpretado por los historiadores encandilados por las grandes decisiones en los teatros terrestres, expresa en forma cruda el resultado devengado por el cierre de fronteras impuesto sobre el continente europeo desde el mar, de esa suerte de "camisa de fuerza" que aplicó la marina británica a los intereses germanos llevando la desmoralización a sus fuerzas. Basta observar un panorama similar en países neutrales que como Holanda, Dinamarca, Suecia, Noruega y Suiza, sufrían la misma obligada escasez de materias primas, situación establecida por el cierre de las importaciones de ultramar. Y conviene señalar que Alemania previo a este conflicto se halló primera en las consideraciones de nación modelo en todos los terrenos materiales y sociales habidos y por haber.
El factor cardinal que obró sobre la voluntad moral de resistencia de las Potencias Centrales fueron todos estos factores reseñados y para llegar a ese mismo razonamiento los altos mandos alemanes arribaron muy tardíamente a obtener conciencia de los mismos pues recién en la primavera de 1916 es el mismo ejército imperial el que pide al Kaiser se lance la guerra submarina total contra los aliados, declarando a la Gran Bretaña como enemigo número uno. ¿Demasiado tarde?
Como vemos los grandes estrategas tudescos que habían en el inmediato pasado confiado a pies juntillas en la arrolladura fuerza de sus huestes para acabar con sus enemigos en una serie de grandes batallas terrestres de aniquilación, ahora ya "tiraban la toalla" atento a pesadas circunstancias, recordando que en este mismo año la Flota de Alta Mar había fracasado en la gran batalla naval de Jutlandia en su intento de romper el cerco impuesto por la Royal Navy. En fin decisiones muy retrasadas en el tiempo que incluso se verían agravadas con la entrada de los EEUU en la liza, otro peso más en contra que condujo aun con mayor rapidez a la ruina y posterior caída de las monarquías germánicas.
El espectro naval de esta Primera Guerra Mundial nos muestra crudamente su faz en las más de 12.500.000 toneladas de buques hundidos de todas las banderas, resaltando de estos guarismos un 40% de las marinas británicas y un 47% de bandera noruega, pese al ser este país escandinavo neutral en el conflicto. Amén de esto debe señalarse que Alemania, que en junio de 1914 era cómodamente la segunda potencia mercantil embarcada, con sus flamantes 4.900.000 toneladas, fruto del esfuerzo de apenas dos décadas, acabó perdiendo en solo meses cerca de un 98% de aquella cifra de una manera pasmosa, resultando este orgullo de la tenacidad germana enteramente barrida de la faz de las aguas por la acción de la Royal Navy.
En suma el fin del conflicto abrió esperanzas a los pueblos pues el tratado de Versalles establecía la constitución o pacto de una denominada Sociedad de las Naciones, donde se notaba la impronta del presidente estadounidense Wilson, dado que la cláusula que llamaba al compromiso universal de no recurrir a la guerra era a todas luces un pensamiento mil veces reiterado por este con una notable mediática, al menos durante la fase final del conflicto.
Empero, como trasluce el desarrollo de los tiempos históricos, el desarme alemán no significó el alejamiento del peligro de otra guerra y solo acaeció lo contrario, surgiendo el revanchismo y su aprovechamiento político recurrente, apareciendo en el horizonte europeo, poco más de una década después, el espectro inevitable de otra conflagración. Y a este tenor el desarrollo posterior de los conflictos que sacudieron al continente europeo, más la aparición en liza del Japón, supusieron no otra cosa que un sugestivo "segundo tiempo" donde ajustar viejas cuentas.
Las estipulaciones de Versalles establecían que Alemania solo debería contar con una suerte de guardia territorial puesta en ejército, no superior a los 100.000 hombres y una marina de guerra meramente costera, un genuino fantasma del pasado. En un análisis mayor no hay duda de que el mentado tratado fraguado en aras de lograr el "desarme alemán" colocó sobre las espaldas de los pueblos germanos las llamadas "reparaciones de guerra" que solo consumaron un panorama muy difícil en todos los terrenos pues estas estipulaciones tan poco pensadas, sumergieron al país en un caldo de cultivo para la acción de los resentidos. Así huelgas, paros, deflación y caos social fueron imprevista parte de la obra del referido acuerdo firmado en ese gran palacio francés.
Pero además el cumplimiento de tan draconianas disposiciones iba a resultar cosa de difícil control para las potencias vencedoras, no solo por los vaivenes políticos y sociales que todos sufrían en sus respectivos espacios estatales, sino por el hecho innegable de que nada podría impedir el rearme de una potencia de corte continental, con una población en franco ascenso y una industria medianamente pujante que necesitaba margen para subsistir tal cual el cercano pasado. Además persistían elementos políticos resultantes de la anterior guerra que abrigaban un espíritu de desquite, cosa matizada por las luchas intestinas dentro de los partidos y el desarrollo de severas crisis económicas que fueron llevando a la sociedad germana hacia otro callejón sin salida.
Entonces, para la república de Weimar nada fue fácil desde el inicio, ya que en el terreno naval- dado el auto hundimiento de la ex flota imperial en Scapa Flow, el 21 de junio de 1919- las condiciones que en este terreno impuso la Gran Bretaña fueron aun mas duras. Recién en 1921 le fueron entregadas a las autoridades alemanas cuatro veteranos buques de guerra, cifras que al paso del tiempo, que todo lo mitiga, se fue elevando en buena forma alcanzando cuatro años después la marina de guerra germana el guarismo autorizado por el tratado.
Con el advenimiento de Hitler y su partido nazi al poder la situación cambió de signo muy rápidamente con un desarrollo muy violento hacia un rumbo germinal de conflictos, que ya han sido profusamente comentados por los analistas históricos a lo largo de estos últimos tiempos por lo que el lector a ellos dirigirá su mira.
Las investigaciones dicen que ya a finales de la república de Weimar se habían puesto en gradas una afiatada serie de planes de rearme, que pese a estar solo plasmados sobre el papel, supusieron buen punto de partida para el futuro.
Pero sin duda la carrera armamentista no solo se hallaba en la mente de los perdidosos dado que las grandes potencias debieron entablar negociaciones para proceder a encausar los procesos en un margen menos peligroso. De aquí la Conferencia Naval de Washington, de noviembre de 1921, donde se estableció un marco limitativo en la carrera de construcciones, donde la Gran Bretaña, los EEUU, Japón, Francia e Italia convinieron en establecer un objetivo primario donde todos poder basarse en forma acorde. En ese terreno por primera vez en casi siglo y medio los británicos se avenían a compartir su primer puesto con la US. Navy.
Alemania no fue invitada al convite por convenir las potencias que estaba medianamente cumpliendo con lo prometido en Versalles y puesto que nada hacía sospechar que dado su calamitoso estado social hubiera posibilidad alguna de desquite. Pero reiteramos como hecho sintomático que es en este mismo año que se resuelve entregar a la marina de Weimar sus primeros cuatro buques, veteranos de la pasada contienda, pero en un momento muy especial pues asimismo el gobierno republicano alemán decide la puesta en gradas del que sería su primera unidad naval: el crucero EMDEN.
En este caso tan puntual resulta evidente que al paso de su recuperación económica Alemania intentó cumplir a rajatabla con la firma de Versalles aunque buscando poco a poco los nichos literales que dejaban sus párrafos. Y es así entonces que pocos años después esas mismas estipulaciones que se habían firmado en dicha gran conferencia a orillas del río Potomac, donde se establecía entre otras cosas, un desplazamiento determinado y una artillería de calibre unificado para todos los noveles buques que botaran los germanos, sirvió para que los técnicos alemanes elucubraran un nuevo tipo de navio aprovechando los resquicios legales que tanto las determinaciones de Versalles como ahora las de la conferencia de Washington, dejaban al descubierto.
A esto debe sumarse la Conferencia Naval de Londres desarrollada entre enero y abril de 1930 donde Alemania no fue invitada. Aquí sobresalió la necesidad británica de limitar la construcción de grandes buques aunque siguiendo en el 5. 5. 3. ya marcado para la cantidad de acorazados asignados para EEUU, la Gran Bretaña y el Japón.
Y mientras se discutían estas limitaciones ya el resurgimiento alemán es un hecho y finalmente en junio de 1935. se firma un acuerdo naval anglo- alemán en el que se establecía que las fuerzas alemanas solo podrían alcanzar el 35% del total de la Royal Navy y los Dominios, pudiendo construirse solo un 45% del total de submarinos británicos. Este protocolo fue bastante criticado por los historiadores señalando el interés británico de apaciguar a los germanos y para muchos esto fue el preámbulo de Munich.
En suma, el primer comandante de la flota alemana de entre guerras, el almirante Paul Behncke, tuvo en mente el establecimiento de una firme base inicial como para ir paulatinamente estructurando una forma más adecuada a un arma naval acorde con las expectativas y necesidades estratégicas de su país. Bajo su mandato puede decirse que la puesta en gradas de una buena serie de buques menores consumó el renacimiento de su marina.
Por tanto su relevo, el almirante Hans Zenker, que asumió funciones en 1924, tuvo en el papel una buena serie de ideas que en el marco de los procesos que sufría Europa dio pie al encare de dar luz verde a nuevas construcciones. Puede entonces decirse, sin lugar a dudas, que bastante tiempo antes del advenimiento de los nazis al poder, ya se establecía una modesta aunque pujante resurrección de la marina de guerra alemana. |
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